domingo, 21 de diciembre de 2008

ALGORA


Algora, como Alcolea del Pinar y como Trijueque, es pueblo a caras vistas, una antigua ciudadela al descubierto. La carretera de Barcelona lo divide en dos: el barrio del Arrabal, en donde está la ermita, y el del Perchel, en el que está el ayuntamiento y la mayor parte de las casas habitadas. A derecha e izquierda de la carretera los bares nos ponen al corriente de que la fortuna de las comunicaciones hicieron de él, cuando menos en apariencia, un pueblo próspero.
- ¿Digo bien o no, don José Contreras, juez de la villa y hombre al servicio del surtidor?
- Así es. Un noventa por ciento de la vida del pueblo se debe a la carretera. Los cuatro obreros que puedan haber o trabajan ahí. En cuanto nos la desvíen, nos fastidian lo que se dice bien.
Luego descubriría que, a pesar de los pesares, Algora es pueblo eminentemente rural y campesino, rico en costumbres que sus cien o pocos más habitantes se obstinan en conservar. Por lo demás, acabamos de poner los pies en un pueblo de gentes trabajadoras y honradas, en un pueblo decadente como todos, donde la penuria de la despoblación no pasó de largo.
- Hasta hace tres o cuatro años tuvimos concentración escolar, con niños de todos estos pueblos; pero se llevaron a los chiquillos y esto se quedó un poco muerto.
El viento bufa a la hora de llegar y, aun siendo abril, las ventoleras de cellisca y de nieve menuda corren al ras de la carretera casi a la misma velocidad que los automóviles. La tarde es francamente desapacible. En el bar de Justo, en cambio, se está la mar de bien, pegado a las cintas de casete que se anuncian, con el soplido de fondo que a intervalos expulsa el tubo de la cafetera exprés y sintiendo de cerca los efectos de la estufa de leña.
- ¿Y quién le manda a usted andar por esos mundos con lo que está cayendo?
Don Felipe Layna, un hombre mayor que sabe muchas cosas, me cuenta junto al mostrador que Algora fue un pueblo bueno para la caza, pero que de unos años a esta parte apenas si quedan cuatro piezas aburridas paseando de linde en linde.
- ¿Y cómo ha sido eso?
- Pues qué sabemos. Ha podido influir la climatología, el veneno que se echa para matar las malas hierbas y, sobre todo, la sequía de los últimos años. La perdiz y el conejo son animales que necesitan agua, cuando no la hay, se mueren o se van.
El hijo de don Justo Montejano, el dueño del bar, se llama Félix, y es el actual alcalde de Algora. También anda por aquí. Félix Montejano es un muchacho complaciente y muy atento, que con don Felipe Layna se presta voluntario para enseñarme sin condiciones lo que el pueblo es.
- Pues, poca cosa. Enseguida lo vemos todo. Nos vamos primero por el barrio de acá y luego nos pasamos al otro.
Un vagabundo melindroso y laña entra en el bar repartien­do versos escritos a multicopista que hablan en contra del Gobierno. Al pasar por delante de la televisión se pone de rodillas, hace una reverencia, toma el portante y se va por donde había venido. Los versos del vagabundo son irreproduci­bles.
- ¿Quién es ese gachó?
- Qué sabemos, De aquí, desde luego, no es. Parece como si estuviera pasado de rosca.
De camino hacia la ermita, me hablan mis amigos de que el campo de Algora es bueno dentro de lo normal, y de que la Concentración Parcelaria les ha hecho un gran bien.
Mire, esta casa está destruida de cuando la guerra. Aquí estallaron las bombas.
Los chopos de la Fuente del Cristo echarán hojas nuevas en cuanto que el tiempo se lo permita. Dos troncos centenarios de olmo cortados por la cruz y otro con todo el ramaje aparen­temente seco, llaman la atención en la encrucijada de caminos por donde está la picota. Algora tiene un rollo hermoso. El rollo de Algora es uno de los mayores, mejor conservados y más desconocidos de la provincia. Uno, que por naturaleza es amigo de estas cosas, lamenta decir que no tenía noticia de su existencia. La prueba material de su vieja condición de vi­llazgo, consta de un fuste estriado de dos cuerpos, y se remata por encima de la cruz con un peón de ajedrez como la fuente de Pastrana. La picota queda sobre un triple escalón de piedra sillar, y mide por encima de los cinco metros. En las distintas caras de la cornisa con que se corona el fuste, se puede leer “Año-DE-1765”.
Es que antiguamente la carretera pasaba por esta parte. Yo ni me acuerdo -me aclara el señor Felipe-. Aquellas ruinas de arriba son de un mesón antiguo, le decimos la Posada Vieja.
Al cruzar por las inmediaciones de la fuente, se me dice que no hace tanto aquel pasado estaba escoltado por árboles, que juntaban las copas arriba, pero que hubo que meterles el serrucho porque enfermaron. Los zopeteros más próximos a donde estamos conservan aún en las umbrías firlachos enormes de nieve encima de la hierba.
- Pues, aquí tiene la ermita. Se llama del Santo Cristo del Humilladero.

La ermita del Cristo es grande, bastante mayor que la media ordinaria de otras muchas que yo conozco. Tiene dos puertas en arco, una de ellas tabicada, y la otra pareja está cerrada y sin ventanilla para mirar. Por un trozo de tabla que le falta consigo ver en su interior una imagen solitaria que se me antoja de Santa Rita.
- Pues no se ve dentro ningún Cristo.
- Ya. Lo que aquí se guarda es la Soledad; pero en Semana Santa se sube hasta la iglesia. Luego se devuelve a la ermita para rezar Las Flores en mayo, y se queda hasta el año si­guiente.
Por encima de la doble arcada hay un bajorrelieve con dos angelotes sosteniendo, uno a cada lado, un escudo heráldico de piedra con las llagas de Cristo. Es muy posible que el origen de la ermita se cifre en el siglo XVI
- Esta se pudo salvar cuando la Guerra. La iglesia, no.
Frente por frente se ve perdida entre la maleza toda la montura bicentenaria de una fuente bajera de piedra sillar que no echa agua. A esa misma altura comienza la inmensa vega que, según me explican, se extiende al sur hasta la mojonera de Navalpotro. El señor Felipe y Félix, el alcalde, se esmeran por satisfacer mi curiosidad.
- Tenemos un terreno superior para pastos. Aquí era costumbre pagar en aquellos tiempos una peseta más que en otras partes por la arroba de lana, y si era en cosa de carne pasaba igual; todo por la buena calidad de los pastos.
El barrio del Arrabal es más pequeño y tiene menos pobla­ción que el barrio del Perchel. Las casas por esta parte poseen un recio sabor a siglos, pero muchas de ellas están vacías. Desde uno de aquellos callejones de extramuros me dicen que en el cerro de enfrente, al otro lado del pueblo, donde hay una cruz y un repetidor de televisión, es donde se hace el primer domingo de mayo la romería de bendecir los campos. Es el cerro de San Cristóbal. Toda una Meca de costum­brismo y de devociones que, a pesar de los años, se conservan con la misma pureza que hará medio siglo.
- La primera cruz de madera desapareció en Guerra. Des­pués vino un requeté y nos montó esa con armadura de cemento. Un buen recuerdo.
- ¿Y qué hacen allí cuando suben?
- Pues nada, cantamos las rogativas y el cura bendice los campos. Luego, la merienda y demás. Se pasa bien, ya lo creo. También hacemos cuatro cruces de cera virgen. Vamos, las hago yo con la cera de mis colmenas. En lo alto del cerro se bendi­cen y luego se le dan al guarda para que las coloque una en cada extremo del término. Ahora, al no haber guarda, se las damos a los pastores y ellos se encargan de ponerlo.
- ¿Qué pasará cuando usted no esté, señor Felipe?
- Ah, no se yo quién será mi sucesor, si es que hay alguno.
Al cruzar la carretera se cae en la Plaza del Generalísi­mo, pequeñita, con seis bancos de piedra alrededor y una farola en el centro, que por el día la adorna y por la noche le da luz. La plaza queda un par de metros por debajo del nivel que, a su paso por el pueblo, señala la general.
- Aquí baila la gente para la fiesta mayor de la Virgen del Carmen. Es una fiesta muy alegre y viene mucho público. Como por la fecha es sola en la comarca, nadie sabe el perso­nal que acude.
Por su parte, el joven alcalde, parece satisfecho del comportamiento y de la conducta cívica de sus convecinos, no sólo en fiestas, sino en todo tiempo.
- Sí, la gente normalmente es buena. Procuramos hacer las cosas bien y no suele haber problemas.
La torre, espadaña y campanario, todo a la vez, es verda­deramente grandiosa y espectacular. Está orientada al ponien­te, y lleva inscrito en las piedras esquineras el nombre del presunto constructor, que debió llamarse Lope de Alvarado. Una serie de contrafuertes refuerzan los altos muros que constitu­yen el único cuerpo del edificio. Sobre el dintel se puede leer, algo borrosa, la inscripción de "Iglesia-asilo", en medio de las sencillas formas renacentistas de la portada.
- Toda esta plazoleta del atrio fue cementerio. Ahí tiene una pila de bautismo descompuesta que estaba boca abajo en mitad; la quisieron meter dentro de la iglesia y no pudieron. Se ve que es muy antigua.
Las dimensiones colosales de su fábrica en sólido sillar se traducen dentro en una nave de gran altura con techumbre de nervaduras También interesante. La iglesia de Algora no tiene retablo. Se ve que acabó con lo que tuvo la voracidad de tiempos ya pasados. Una imagen en el frontis del presbiterio nos muestra al Papa San Silvestre, cuya fiesta, sabido es, se debería celebrar el último día del año.
- Es el titular de la parroquia, pero ya no se celebra. Yo he oído que tuvo un cabildo y todo.
No le falta su aquel de la curiosidad a una lápida in­crustada en la pared, aun dentro del presbiterio, escrita toda ella con apretados caracteres góticos de la mejor escuela. La lápida, por supuesto, es posterior en el tiempo a la edifica­ción de la iglesia. Como más característico, además de lo dicho, un caracol de acceso al campanario con sesenta y cuatro escalones y una capilla lateral un poco en alto, donde se guarda el Santísimo.
En Algora se bebe limonada cuando llega la Semana Santa, que paga el ayuntamiento, y También, con sonado convite de vino a costa de la Corporación, se festeja la romería ya reseñada del cerro de San Cristóbal.
- Sí, eso es una costumbre. Si se consumen una, o dos o tres arrobas de vino, siempre lo costea el municipio. Eso es así.
El tiempo se va. Un vistazo ligero a la fuente pública de Nuestra Señora del Carmen, mandada construir a expensas de la generosa dama doña Blasa Jalvo Andradas en 1965, con sus dos caños abundantes y un rico sabor, pondrán fin cuando uno menos piensa a su visita de media tarde a la villa de Algora. Es muy posible que con el justificado pretexto de saludar a los amigos que allí quedaron, no sea tampoco la última vez que el obstinado viajero se pierda por las calles de sus dos barrios, o sea ocasión -quién sabe- de admirar en su momento y lugar justos, alguna de las paradas costumbristas que cada año la gente repite como un ritual.
(N.A. Mayo, 1986)