lunes, 15 de diciembre de 2008

ALCOLEA DEL PINAR



Desde siempre tuve cierto pudor por entrar en Alcolea. El fantasmas de las vías de comunicación resta, bien lo sé, un poco del sabor rural que poseyeron a los pueblos situados a derecha e izquierda de las principales carreteras, y en este caso todavía más, pues Alcolea del Pinar es un hito importante en el plano general de las comunicaciones españo­las, sobradamente conocido no sólo aquí, sino fuera de nues­tras fronteras provin­ciales, precisamente por su situación. Al entrar a él, las cosas cambian, el ruido de los motores apenas si trasciende en el ambiente de su casco interior, y el pue­blo, y las gentes del pueblo, son en realidad como son los de los demás sitios, gente honesta, sufrida, trabajadora, y con ganas de vivir, que, para los tiempos que corren no es poco.
Alcolea del Pinar, el pueblo, se va extendiendo a lo largo de una doble vertiente de viviendas elegantes, de casas sólidas, adornada en ocasiones con la gracia artesanal de centenaria rejería enmarcando fachadas de buen ver, floreados jardinillos con la característica común de la limpieza, mucha limpieza: es la calle Real. En su entorno, paralelas unas, adyacentes otras, un laberinto de callejuelas y de plazuelas en obras, conforman el actual aspecto de la antigua Alcolea, a la que árabes dejaron nombre, y asentaron sobre las rocas civilizaciones que apuntan a la Prehistoria.
El sencillo juego de esquinas que volvemos recibiendo de frente los vientos fríos de la mañana, nos acercan en un instante al atrio de la iglesia. Antes hemos visto caer, sobre el pilón redondo de una fuente, dos hilillos de agua en la plaza de San Roque. La puerta de la iglesia está cerrada. El edificio concluye en una torre alta, rematada en chapitel metálico y carillón de forja con veleta. Salvo el romántico soportal, cuya techumbre descansa sobre dos columnas de piedra más antiguas que el templo, la iglesia no posee en su parte externa mayor atractivo que las vistas que se dominan desde el pretil. Con cadencias londinenses suenan las campanadas de las once en el reloj electrónico de la torre. Quedan por debajo las tremendas moles de arenisca y se oyen al pie los incesan­tes ruidos de los vehículos que van y vienen camino de Aragón. Allá, el bosque apretado de encinas y de pinos resineros, comiéndose el horizonte oscuro en cuyas hondonadas se esconden los pintorescos lugares de Hortezuela, de Saelices de la Sal, de Luzaga... En las copas de las acacias gime el viento del poniente, compañero inseparable en las horas de Alcolea.
De nuevo en la calle Real, uno se da cuenta de que el pueblo tiene todo el aspecto de una ciudad pequeña, y, como tal, son un sinfín los anuncios de establecimientos públicos, bancarios, comerciales, de recreo, que a veces se repiten con diferentes nombres, haciendo de ésta una calle atractiva, de un singular encanto.
Junto a la carretera, en la explanada de un taller mecá­nico para el que, paradójicamente no tienen acceso los automó­viles, se ve un casilicio de chapa y de hierro forjado con la imagen, también de metal de San Antonio. Es obra del artesano, herrero y mecánico, Antonio García Perdices, con quien me gustaría cambiar algunas palabras y contemplar, de la mano del autor, lo que alguien me dijo tiene para ofrecer al público curioso, fruto del trabajo paciente que en sus manos toma categoría de arte.
- Ver las obras de mi hermano, sí que las puede ver. Aquí las tiene. Hablar con él, no, porque casualmente no está en el pueblo.
Son figuras grises, mayores en tamaño que la estatura normal de los personajes que representan. Elaboradas con chapa de hierro en su tonalidad propia, como las armaduras de los guerreros medievales. Ocupan parte de los espacios que quedan entre el instrumental que hay para la venta en el almacén.
- ¿Hace mucho tiempo que anda su hermano metido en todo esto?
- Quince años, más o menos. Es muy duro, y muy entreteni­do hasta que se ve acabado. Cualquiera de las figuras lleva encima un año de trabajo.
- ¿Un año? ¿Cuanto vale, entonces, cada una?
- Nada. No se puede vender por nada. Antonio pretende hacer un día un museo con sus obras, pero no piensa despren­derse de ninguna, porque estas cosas no se pueden valorar.
Entre las originales estatuas, a modo de gigantescos fan­tasmas de pesadilla, uno reconoce de inmediato al Doncel de Sigüenza.
- Sí, ese es el Doncel. Como el de Sigüenza está tumbado, mi hermano ha preferido hacerlo de pie. Esta señora de los botijos es nuestra abuela. La sacó de una foto.
Diego Velázquez y su famoso Cristo, la imagen de Lino Bueno, dos mujeres anónimas, un emperador romano, aparte de otros mediorrelieves con escudos y bustos enmarcados, todo de hierro, y formas alegóricas como el Homenaje a Picasso, com­ple­tan el muestrario de la obra artesanal del joven herrero de Alcolea, Antonio García Perdices.
- ¿Cómo es su hermano, Saturnino?
- Sí, es joven. Tiene treinta y nueve años, buen trabaja­dor y artista, como se ve.
- ¿Son ustedes de aquí, de Alcolea?
- No. Vinimos de la provincia de Soria, y si las cosas no se nos ponen un poquito mejor, nos iremos de aquí a no tardar mucho.
- ¿Tan mal se portan con ustedes?
- No se portan mal con nosotros. En Alcolea nos quieren mucho, y seríamos injustos si nos quejásemos del pueblo. Pero, las circunstancias, sin dar nombres de personas ni organismos, son otra cosa. Aquí tiene usted un taller y unos mecánicos siempre sin trabajo, por no estarnos permitido abrir un acceso a la carretera. Créame que, con todo lo que aquí ve, con lo bueno que es el sitio, no podemos vivir, y no habrá más reme­dio que marcharse. Imagínese usted que viene por la carretera con su coche y necesita de nuestro trabajo. ¿Por donde entra­rá? ¿Qué hará usted?: marcharse a otro sitio. En estas condi­ciones no se puede seguir.
Y, bordeando la carretera, a cien metros escasos del taller de Saturnino, donde, efectivamente, no hay nada que hacer, se llega al punto de atracción que, junto a las esta­tuas de hierro que acabamos de ver, concentra la mayor parte del interés por visitar Alcolea. Acabamos de llegar a la Casa de Piedra.
La historia es bien sabida. Un honrado trabajador del pueblo, Lino Bueno, padre que fue de quince hijos, consiguió del Ayuntamiento la donación de una peña tremenda que se propuso ahuecar a base de pico, y conseguir de sus entrañas una vivienda para los suyos. Lo consiguió después de trabajar sin descanso en los ratos libres durante veintiún años, y, aquí está la obra para admiración de sus contemporáneos y de generaciones posteriores. Lino Bueno murió en 1935; pero la Casa de Piedra queda como recuerdo imperecedero de su paso por la vida, rememorando la hazaña que sus propios hijos: Patri­cia, Ángel y María, se encargan de relatar por enésima vez al turista o al curioso que, a diario, acude por allí atraído por lo que en algún sitio leyó o le contó alguien.
- ¡Ay! ¿Cómo no me voy a acordar? ¡Pero que bueno es usted! ¿Cómo están don Antonio Herrera Casado, y don Luís Monje Ciruelo, y don José Luís Pecker? ¡Cuántas cosas buenas han dicho ustedes de mi padre! ¡Qué contesta estoy de verle otra vez por mi casa! Pase usted, pase.
Era doña Patricia. Ochenta y seis años ya sobre su cuerpo y, naturalmente, tan amable como siempre, tan simpática y... tan sorda. Doña Patricia apenas si oye nada, y, uno que lo sabe, se despacha a su gusto preguntándole y contestándole cosas a voz en grito, aprovechando que en la casa no hay nadie más en aquel momento, y que las paredes de piedra mate se tragan la voz como el papel secante.
- ¡Parece una moza, doña Patricia! ¡No pasan los años por usted!
- ¡Qué cosas dice! ¡Ya está una muy vieja! La edad pesa mucho. Para andar por aquí aún aún, pero, en cuanto tengo que subir escaleras, ya casi no me valgo sola.
- ¿Tiene muchas visitas?
- Nunca faltan. La gente aprecia mucho el trabajo de mi padre, y eso nos hace muy felices, mire usted. Lo que pasa es que dan poco. Propinillas de nada.
Igual que en ocasiones precedentes, doña Patricia me ha recibido en el comedor, sentados ambos en la mesa camilla, junto a la ventana. Luego me lleva a la antigua cuadra, donde quedan las pesebreras labradas en la roca, y al pasillo tan relimpio donde está la hornacina de la loza colocada por color y por tamaño; y subimos, ella también, al dormitorio, impeca­ble, como la última vez que lo vi, en el piso alto.
- Yo creo que, con haber venido a ver el trabajo de mi padre dos reyes de España y dos reinas, ya estamos bien paga­dos, ¿No le parece a usted? Pero, no me gustaría morir sin ver en mi casa al príncipe don Felipe, me lo prometió Su Majestad, y, yo espero que, cuando tenga alguna ocasión, se acerque por aquí a ver esto. Mire, los queremos mucho, tenemos fotografías de ellos por todas partes.
- ¿A qué se debe el moho verde que sale por algunas paredes?
- A la humedad. Tenemos mucha humedad. Nos daña mucho la casa. Nos hicieron una cerca que nos manda el agua, y debe ser por eso.
Acaban de llegar dos coches de holandeses que desean ver la casa. Son hombres rubios y señoras pelirrojas que miran con asombro hacia todas partes. Doña Patricia les dice en román paladino que esperen un poco, que tiene que despedir a un amigo de la familia. Los extranjeros no han debido comprender nada y se quedan curioseando por los papeles que hay colgados en el portal: una sencilla exposición de fotografías antiguas, y hojas de revista con sus quereres, la mar de curiosa. Doña Patricia regresa de inmediato, después de dar en la explanada las últimas recomendaciones y saludos al viajero amigo que, cerca ya la hora del medio día, guardando en su memoria y en su libreta de notas la impresión general, un tanto somera, de aquel gran pueblo, encara la general con dirección a casa.
(N.A. Octubre, 1983)

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