miércoles, 10 de diciembre de 2008

ALBARES



El campo por aquí se repite en su aspecto árido y en su soledad cada año. Me gusta andar por estas tierras bajas de la provincia, y entrar sigilosamente, siempre que me es posible, en el vivir de sus pueblos. Pienso que una porción considerable de la idiosincrasia general de nuestras gentes, queda cumplida­mente representada en el carácter celtibérico de los hombres y de las mujeres en esta Guadalajara meridional donde hoy me encuentro.
Marrón solar teñido en retazos por campos de mies, y por otros infecundos en donde difícilmente clavaron su raíz el tomillo y la aliaga bajo la fronda de cualquier encina, tienen en estas primeras horas del día el encanto indescriptible de un paraíso, donde conviven en ejemplar concordia la urraca albine­gra, la perdiz en celo y el abejaruco.
Para entrar en el pueblo, desde la carretera que sólo lo toca de costado, ha de hacerse por una costanilla muy pina que te coloca en el centro de la Plaza Mayor.
- No señor; su verdadero nombre es Plaza del Generalísi­mo. Dígalo usted así porque su nombre es ese.
- Sí señor, como a usted guste. Por mi parte no tengo el menor inconveniente.
- No me lo invento yo, oiga; que en la puerta del Ayunta­miento lo dice bien claro.
La de Albares, salvando las distancias, recuerda un poco a la Plaza de la Hora de Pastrana: cuadrangular en su forma, ajardinada, abierta al mediodía por un mirador que da a las huertas, y ennoblecida, no por un palacio ducal como aquella, sino por la majestad arquitectónica y monumental de su iglesia a cuyos pies se extiende.
Al pretil de piedra que la gente utiliza como mirador, llega suave el viento solano en la plaza de Albares. Se ve cómo se alinean por el saliente entre la niebla las plomizas alcarrias hasta perderse de vista. Ya frente a nosotros, al otro lado del arroyo que en el pueblo llaman del Tío Pájaro, quedan los altos de olivar de la Majada y del Portillo.
Junto al arco de San Antonio, las señoras se juntan alrededor de un curioso establecimiento ambulante en donde se venden plásticos, loza, cristal y artículos de regalo, que hay extendido por el suelo. La tendera es una señora simpática, una señora con muchas tablas y con buen pico, que se ha empe­ñado en vender al visitante una flanera de acero inoxidable.
- Mire usted, señora, compréndalo. ¿Para qué quiero yo eso?
- ¡Hala!, no sea usted así. Si no le gusta, cómpreme este jueguecito de copas tan mono. Le aseguro que por el precio que se lo voy a dar no lo encontrará en ningún establecimiento del ramo. De veras.
- No señora. Yo tampoco necesito copas. He venido a ver el puesto, y nada más.
- ¿Pero es posible que se vaya usted de aquí sin llevarse un regalito para su señora? Con esa cara de turista que tiene usted, y con la maquinita al cuello que parece un sueco.
Antes de pasar más adelante, y sin querer tampoco despe­dirme a lo francés, por muy sueco que a la mujer le pareciese, le compré un cascanueces, objeto útil del que uno tan sólo se suele acordar -como de Santa Bárbara- cuando lo necesita.
Albares es pueblo de calles largas, estrechas; calles con solera indiscutible de pueblo viejo, y algunas hasta con señorío impreso y escudo de armas. En las calles de Albares se ven por la mañana mujeres que vienen de la compra y niños comiendo pan y chocolate a la puerta de su casa. Por una esquina que sale a la calle Mayor, aparece Francisco Tomás tocando la trompeta.
- ¿Eres tú el alguacil?
- No, yo no soy. El alguacil es mi padre, pero como hoy no tenemos escuela, pregono yo.
- ¿Cuánto cuesta un pregón?
- Ahora vale veinte duros.
Los hombres y las mujeres se llevan el agua para beber de una fuente que hay en la puerta del Ayuntamiento, sobre un escalón al lado del arco. Una fuente centenaria, según reza en la piedra que tiene colocada por encima del grifo.
- No se crea usted eso. Esta la han puesto aquí hace poco más de un año. Antes la teníamos en medio de la plaza, pero cuando la arreglaron se conoce que les estorbaba y la trajeron aquí.
- Ya, claro, pero como dice...
- Eso dice ahí, pero es que la piedra la trajeron del campo, de otra fuente que había por el Pocillo.
- ¿Es que no tienen agua en las casas?
- Sí que tenemos; lo que pasa es que la empleamos para los servicios, para la limpieza y todo eso, y que no falte. Esta es mejor. Esta viene de la Veguilla, en el término de Escariche.
- ¿Y esa casa?
- Esa es la Casa del Marqués. Los marqueses de verdad ya no viven. En agosto vienen unas sobrinas, ya bastante mayores, pasan una temporada y se van.
La calle de la Victoria por la que subí de conversación con doña Eugenia y doña Victoria, es una calle estrecha, bien arreglada, de vistosas y recortadas viviendas, que acaba por dejarte en las orillas del pueblo. Lejos, luce sus arcos al sol un edificio escolar magnífico, rematado en los bordes con piedra labrada. El colegio de Albares está dedicado al doctor Jiménez Díaz; hecho, que si al principio parece sorprender, luego tiene una explicación de lo más lógica.
- Hombre, qué cosas tiene usted; es que el doctor Jiménez Díaz era de aquí. Vamos, era su padre, don Eusebio, que tam­bién tiene una calle por allá abajo. Don Carlos yo creo que debió dar algún dinero para hacer el colegio, por lo menos eso es lo que tengo entendido.
- ¿Venía mucho al pueblo?
- Pues sí que venía, sí. Estuvo viniendo toda la vida, claro.
Don Antonio Gutiérrez tomaba el sol sentado en la acera de su casa, frente al cerro de San Cristóbal. Don Antonio ha debido pasar una buena parte de su vida en el campo, lo conoce y le preocupa.
- Sí señor, sí. Este año la cosa va mal. Los olivos han fracasado con los hielos; la remolacha de las dos vegas no ha tenido casi grado, y el trigo, como no llueva pronto, ya veremos lo que pasa.
El Ayuntamiento está en el primer piso de una casona antigua, con doble balcón en la plaza del Generalísimo, al que hay que subir por una escalera poco acogedora, y con grietas en la pared. La secretaría anda en juego con lo demás, en edad y en destartalamiento. En la sala del Ayuntamiento de Albares se está muy bien junto a la estufa de orujo, en cordial diálo­go con don Felipe Martín, hombre amable y servicial, oriundo de Fontiberos y secretario, además, del Ayuntamiento de Almo­guera.
- Parece que no, pero ya llevo aquí desde 1968.
- ¿Cambió mucho el pueblo en ese tiempo?
- Sí; y desde luego nunca a peor. Perdiendo población hasta 1975, pero después, con la cosa de la industria peletera y demás, yo creo que no sólo se ha sostenido, sino que ha podido aumentar en una docena de habitantes, o algo más.
- ¿Cuál es la población actual?
- Hoy tiene el pueblo exactamente 623 habitantes.
- Para usted que vino de fuera, ¿hay alguna particulari­dad especial que distinga a la gente de Albares?
- Yo diría que sí la hay, y que son dos: el apego a su pueblo y la honradez. Los que viven fuera se juntan aquí los fines de semana en su mayoría. Un domingo cualquiera, la población se dispara por encima de las 1300 personas, con hijos del pueblo y descendientes de alguna manera. Puedo asegurarle que las casas de aquí las tienen mejor acondiciona­das que las que puedan tener en Madrid como domicilio, por ejemplo. Es cierto que se marchó mucha gente, pero nunca por hastío ni menosprecio a su pueblo, sino porque no tuvo más remedio.
- ¿En qué sentido hablaba usted de honradez?
- Pues en el sentido de que en mis años como profesional, tratando con gentes, yo creo que es el único sitio que conoz­co, donde los de fuera vienen sin avisarles a ver si tienen recibos que pagar. Y eso, me parece que se llama honradez, ¿no?
- Lo que encuentro son las instalaciones municipales un poco en desacuerdo con el pueblo. ¿No es verdad?
- Desde luego. Primero fueron las calles y la plaza, luego será el Ayuntamiento. Es cuestión de llevar un orden y esperar; me parece que le va a tocar muy pronto. Tiene usted razón, esto es muy viejo y está muy mal, para qué decir otra cosa.
Todavía tuve tiempo para darme una vuelta por las orillas del pueblo. Albares tiene en extramuros cómodos chales, que se han ido levantando en los mismos lugares que la gente empleó, no hace tanto, como mecas del trabajo y del sudor cada verano en este incomprensible juego del sobrevivir. Junto al velador confortable de los veraneantes, la quietud de un rodillo hecho de piedra viva que duerme olvidado entre los yerbajos de las eras llecas. Un pueblo que se fue y otro que ha vuelto, pasado y presente -quién se atrevería a juzgar- de una época, de una forma de vivir, de una circunstancia, no sé, que se repite calcada hoy en muchos, en casi todos los pueblos que conozco.
(N.A. Febrero, 1981)