lunes, 22 de diciembre de 2008

ALHÓNDIGA


Dejar al descubierto, poner ante los ojos del público no sólo la fisonomía, sino la vida y milagros de cualquier peque­ño lugar de esta Guadalajara de nuestros pecados, hemos de recono­cer, por mucho que lo parezca, tarea fácil ni regala­da; pero no es tampoco misión insufrible, capaz de acabar en cualquier mal momento con el ánimo volandero del informador que, tan sólo se limita a ver lo que buenamente comprende que debe ver, para luego contar a sus pacientes lectores cada semana la impresión de su última aventura en media docena de cuartillas. Cuando esta aventura informativa toma como refe­rencia o como tema de su quehacer al pueblo de Alhóndiga, la misión se simplifica bastante. Alhóndiga, por su situación al borde mismo del camino en la carretera de los pantanos, es un pueblo que se descubre por sí solo, que saluda desde el valle­jo del Arlés a quienes van de camino, un pueblo que se alza de puntillas al pie del otero para dejarse ver.
Por las tierras de Valdepeñalver, antes de entrar en Alhóndiga, un campesino de tostada faz engavilla la mies que acaba de segar entre los frutales y los chopos del barranco. Bajo la sombra maternal de la olma, los hombres de la plaza se juntan en tertulia a la puerta de los bares. La de Alhóndiga es una plaza oscura, comedida, a la que confluyen en cualquier dirección calles por todas partes. Sentados sobre los escalo­nes del octógono central que circunda el tronco de la soberbia olma, el mundo es un refrigerio; la idea del tiempo allí se disipa bajo el cielo verdeoscuro del tupido ramaje.
- Después de verla bien vista, no se atreverá usted a compararla otra vez con la de Pareja -me dice uno de los contertulios.
- Pues eso mismo estoy pensando, que esta parece mayor.
- Yo creo que no hay comparación. Esta olma no es solo lo grande, sino lo bien formada que está. En la ermita hay otra más vieja que esta y con más tronco, pero tiene menos pompa.
- ¿Qué años le echan?
- Vaya usted a saber. Más de dos siglos, seguro. Y sigue creciendo. Las ramas de año en año se notan, y el tronco revienta los escalones de piedra tantas veces como los ponen. Las raíces se van a chupar, allá lejos, la humedad de la vega.
Me dieron conversación en aquel paradisíaco rincón de la Alcarria un muchacho joven, Inda Gascó, y un señor de mediana edad, Bernardino Mayor, con quienes, muy de mi agrado hubiera dejado pasar el tiempo escuchando, junto al continuo rumor de agua fresca de los chorros que cuelgan de la fuente de la plaza.
- Tenía usted que haber venido para las fiestas de San Juan. Este año hemos vuelto a tener la carrera de gallos.
- ¿Y eso qué es?
- Pues eso es una costumbre muy antigua que se ha hecho aquí toda la vida; pero lo prohibieron hace veintitrés años, y lo teníamos un poco olvidado. Es, aparentemente, un poco salva­je; pero se trata de una tradición nuestra relacionada con la degollación de San Juan Bautista, nuestro patrón, y la gente lo ha vuelto a acoger con cariño. Para el próximo año estará todavía mejor.
-¿Y en que consiste, en soltar los gallos a ver cual corre más?
- Qué va. Se cogen los gallos vivos y se cuelgan de las patas en una cuerda. Entonces pasa por debajo un hombre co­rriendo con una mula y le tiene que arrancar la cabeza. No crea que lo consiguen todos, pues se ponen gallos ya viejos y tienen el cuello muy duro de desprender.
Por la calle del Toro, en un estrecho callejón trazado en pendiente, hay dos ancianas entretenidas en los pequeños quehaceres y contingencias domésticas, que nunca faltan.
- Eso, sí señor, y que no falten; por que cuando no se puedan hacer es que una no sirve para nada.
De las dos señoras, una da puntadas en un calcetín de lana negra sosteniendo la cestilla de labor en el halda; la otra está intentando poner en orden las cuentas de un rosario descompuesto.
- ¿Por qué le llaman a esta la calle del Toro?
- Es que hacen los toros ahí abajo, en la esquina de la plaza. En este pueblo les gustan mucho los toros.
La iglesia, enclavada en el barrio alto, está en estas fechas totalmente desmantelada por las obras. Los trabajos de adecentamiento me los intentaron explicar a su modo dos seño­ras que se encontraban allí. Doña Justa y doña Julia parecían animadas con el previsible resultado de todo aquello.
- Yo creo que va a quedar muy bien. Antes estaba toda enlucida y blanca, y ahora la quieren dejar para que se vea la piedra.
- Lo peor de estas cosas es lo que suelen costar.
- Ya; pero mire, los trabajos los hace el pueblo volunta­riamente. Todo eso de picar y demás lo han hecho los hombres del pueblo. En la cosa de albañilería se ayudará lo que se pueda. Lo que yo no sé es cómo se las van a arreglar para hacer lo del techo.
- ¿Y esa imagen de la cristalera?
- Esa es nuestra patrona, la Virgen del Sauce. Es que fue en un sauce donde se apareció, allá por donde está la ermita yendo para Anguix. En el pueblo le llamamos Nuestra Señora del Saz.
A los muros del cementerio, que está situado en Alhóndiga en la misma cumbre del cerro, se sube desde la iglesia con relativa facilidad por los escalones de un caminillo abierto a golpes de azadón. Las puertas del cementerio están de par en par. Hay un botijo grande de agua junto a la puerta. En el interior del camposanto, dos hombres van arrancando de una fosa tierra removida y huesos entre dos tumbas preparadas cuidadosamente con lápida y cruz.
- Es para enterrar a una señora medio familia nuestra que se ha muerto. En esta otra está enterrada mi madre -dice uno de ellos-. Aquí se trabaja bien, sin que nadie te moleste.
- Un poco triste el trabajo, ¿no?
- Hombre, pues sí; pero de cuando en cuando yo creo que conviene darse una vuelta por estos sitios para que nos demos cuenta de lo que somos.
- Esa columna de la pared parece un rollo.
- Es que, según cuentan, aquí debió estar la primitiva iglesia del pueblo, y eso deben ser restos de columnas de entonces.
Permanecí atento durante un buen rato al trabajo delicado de Fausto y de Juan Fernández, aprendiendo de ellos, entre el frío de los epitafios, la sencilla lección de la vida desde la palpable realidad de la muerte.
- ¿Ve usted lo poco que se necesita para este viaje?
La vista al atardecer desde aquel montículo te pone delante el augusto panorama de la ribera del Arlés, pintada a retazos con el dorado de las mieses y el verde perpetuo de la hortaliza y del frutal en la vega, por la que cruzan casi sin interrupción los automóviles camino del pantano.
- Oiga -me gritan desde abajo- venga con nosotros a probar el vinillo del Candil.
El Candil es una de las pocas cuevas subterráneas que en Alhóndiga todavía se emplean como bodega. El Candil se clava en el cerro por el barrio nuevo de Valdecorrales, de cara a la Cuesta de los Santos. Los mozos del pueblo se reúnen en asam­blea alrededor de una rueda de molino a las puertas de El Candil, para comerse la merienda que van amenizando con los alegres jugos de la Alcarria acabado de sacar.
- Qué le vamos a hacer. Es la única diversión que tenemos en los pueblos, mire usted.
- ¿Os juntáis muchos?
- Aquí nos reunimos todos los solterones y hacemos nues­tras buenas meriendas sin meternos en la vida de nadie.
- Y ahora, aprovechando el verano todavía mejor, ¿no?
- No lo crea; es mejor en invierno. En invierno encende­mos la cocina para guisar y se está aquí que da gusto.
- ¿Qué plato es el que mejor se os da?
- Aquí hacemos de lo que sale, pero casi siempre freímos un par de conejos y luego buen trago. Lo que pasa es que cuando tenemos que matar los animales nos da pena.
El forastero, que tiene cierta pericia en el golpe de gracia para esta especie de caza menor, les dejó a punto los gazapos a cambio de medio vasito de un rosado de fresco y exquisito paladar.
Por el barrio de San Roque, al que llega desde las huer­tas cercanas la suave brisa del atardecer, vuelvo a encontrar a Inda, con un caballo blanco que lanza al galope por el camino de las eras. En un romántico y un poco abandonado rincón, detrás de la ermita, aparece la picota, rodada de árboles y de bancos de jardín donde se sientan los enamorados y los sin enamorar que vienen de paseo. Al otro lado de la carretera está el complejo taurino de don Zoilo. Don Zoilo Centenera Tabernero, antiguo matador de novillos, vive con su esposa, doña Pilar Saboya, y con sus hijos, en una especie de cortijo plantado en medio de la Alcarria. Don Zoilo fue maes­tro durante los últimos veinte años de matadores de toros y de novilleros de renombre en su escuela de Alhóndiga. Al final de toda aquella encomiable labor, la escuela de don Zoilo se ha convertido en un original descansillo de capeas para turistas domingueros, con veinte vaquillas propias y una placita pinto­resca, tapizada de madreselva para solaz y disfrute de aficio­nados al bello arte.
- Este año la tengo cerrada por jubilación. A partir de marzo la abriremos otra vez para la temporada.
El viaje a Alhóndiga acabó en compañía de mi amigo don Zoilo, cogiendo cerezas en los árboles de su finca, con la tarde en penumbra, a la hora justa en que las vaquillas comen­zaban a rumiar el último pienso y el sol, desde su escondite al otro lado del cementerio, apagaba la luz a toda la Alca­rria.
(N.A. Agosto, 1981)