miércoles, 31 de diciembre de 2008

ANCHUELA DEL PEDREGAL


El pueblo de Anchuela nos va a recibir confundido entre las nieblas, al borde de los pedruscos junto a los que se asienta, con la mañana fresca y desapacible. Cuando en la radio del automóvil dejo de escuchar el Capricho Español, ya en las inmediaciones del pequeño pueblo molinés, suena violentamente el viento al chocar de perfil contra las ventanillas. Más allá las montañas grises que sirven de preludio a la paramera y los pinos recentales de la repoblación cepillados de humedad, una detrás de otra, por las nubes deshilachadas que descienden lamiendo la tierra con dirección al castillo de Molina. En los terraplenes de la cuneta nacieron las setas a centenares; setas tiernas y sanas de aspecto que producen deseo en el caminante, pero que el caminante, que no entiende de setas, desconfía de la abundancia y las deja adonde están por si el demonio enreda. Los chopos que rodean al pie el altillo de Anchuela, se ven de un amarillo otoñal que entusiasma al recién llegado.
A la derecha del camino un orondo pairón obliga a detenerse de nuevo. ¡Cuánta novedad en estos pueblecitos de Dios con los que nadie cuenta! En las cuatro caras del espigado y devoto monumento se repite la fecha de su construcción:1900. De las cuatro hornacinas adivino la imagen de tres: San José, San Vicente y las Ánimas del Purgatorio. La talla del pairón, según consta, se debe a un picapedrero apellidado Martínez. No lejos del pairón graznan los grajos junto a las tapias del cementerio. Los campos se ven empapados como esponjas. A las tierras del Señorío no les cabe este otoño ni una gota más. Falta les hacía.
Uno llega hasta Anchuela del Pedregal con cierta desconfian­za. Alguien me debió advertir que es un pueblo deshabitado, y eso, para quien junto a otras cosas más busca de alguna manera el calor humano de las gentes, no deja de ser un inconveniente la mar de serio. Con la soledad y el silencio que encuentro al arribar, temo que mis sospechas se confirmen.
Por debajo de la espadaña, el caño del lavadero arroja un chorro que se siente por medio pueblo. Sobre las losas del lavadero, bordeando las dos albercas llenas de un agua clarísima, hay un balde de plástico con ropa para lavar y una zapatilla. Más arriba, en la plaza, está la fuente mural de dos caños que abastece al lavadero y a las huertas de abajo, donde en su tiempo se debieron dar con abundancia las judías encañadas, los tomates y las frutas. Una olma pomposa, enorme, se deshoja entre la fuente y el techadillo por el que se entra en la iglesia. El señor Lucio acude al largo pilón del sobrante a cargar dos cubos de agua.
-Pues, no sé; le metieron en el tronco doscientos litros de un líquido, a ver si lo podían salvar, pero yo creo que se muere. Debajo del olmo en el verano siempre hay alguien.
El señor Lucio lleva una gorrilla de tela y se calza con un par de botucas altas de goma.
En tanto que me asomo por encima del olmo a ver el juego de pelota, acude por casualidad otro hombre mayor, don Emiliano, y un sobrino suyo más joven con gafas de un grueso cristal, Paulino. Don Emiliano es un señor correctísimo, muy educado y comprensivo, que se pone a mi disposición para lo que necesite mientras esté en Anchuela. Don Emiliano Orea suele pasar siete meses en el pueblo cada año, y cinco en Valencia, adonde emigró cuando aquello de marcharse.
-Sí, yo me fui a Valencia, otros a Madrid, otros a Barcelo­na, según se nos iban arreglando las cosas. Ahora, después de jubilados, volvemos al pueblo, porque como en la casa de uno no se está en ninguna parte. ¿No le parece a usted?
-Entonces, aquí quién queda en invierno.
-Una persona sola. Segundo Vázquez, que es ganadero, y nadie más. Es un hermano de Lucio, del que había aquí antes. Hasta ahora ha vivido el solito, sin familia, al tanto de sus quinien­tas ovejas o más; pero las ha tenido que vender, y quedarse con unas pocas solamente. El hombre también es mayor y ya no se vale.
-Pues no deja de ser una pena. Cualquier día dice que se marcha también, y aquí se queda el pueblo solitario.
-No lo sé. Los fines de semana, de Molina y eso aún viene gente.
Don Emiliano se queda un poco metido dentro de sí mismo. Seguro que con el pensamiento está volando sobre algún tiempo pasado, que tanto para el pueblo como para el fueron mejores. Luego es él quien pregunta.
-Así que dice usted que viene de Guadalajara.
-Sí, señor; de allí vengo.
-Pues a Guadalajara me tuvieron que llevar este año como perrico muerto a que me pusieran un marcapasos. Dijo el médico que era lo más rápido y allí me fui. A Valencia pensaron que no daba tiempo, que no llegaría con vida seguramente.
-¿Y todo fue bien?
-Bien. Me fatigo mucho. Me dio un infarto hace años y de siempre me he fatigado al venir al pueblo. Debe ser por la altura. Pues dice usted, en Guadalajara tengo yo un primo que lo debe conocer. Se llama Teófilo Orea García.
-Creo que no lo conozco. Me suena de algo, pero no sé quién es.
-Ha sido teniente coronel de la Guardia Civil. Se jubiló hace un par de años o tres. Él nació en Valsalobre, pero su padre era de aquí.
Mientras que don Emiliano se escapa de nosotros para buscar la llave de la iglesia, me quedo con Paulino observando la espadaña con más detenimiento, e intentando descifrar desde abajo la leyenda que hay al pie de un ojo de buey en el frontal de la torre: "Año 1174. Siendo cura D. Nicolás Zabala".
Una amable mujer, doña María Loreto García, que pasa en Zaragoza los inviernos, es la encargada de enseñarme la igle­sia en compañía de don Emiliano. Antes de entrar les advierto que las confianzas que me dan son demasiadas, que las puertas de la iglesia no se deben abrir de para en par al primero que llega.
-Tiene usted razón -me dicen-. Nunca se piensa que la gente vaya con mal fin, y claro, luego vienen las cosas.
La iglesia es pequeña por dentro, como el pueblo. Tiene una sola nave. el retablo mayor es barroco, estrecho y alto, un poco oscurecido por el humillo de las devociones, pero muy bonito. La iglesia la veo decorosa, limpia, pintada recientemente y con otros dos retablos más, uno en honor de San José y el otro dedicado a la Virgen del Rosario. La Patrona del pueblo ocupa un lugar preferente en el altar mayor.
-Es la Virgen del Gavilán. Si se fija usted bien, lleva un pájaro en la mano, como que se lo quiere dar al Niño.
-Nunca había oído esa advocación.
Pues sí; -la historia me la cuentan entre los dos-. El judío Macandón pasaba un día con su caballo por el campo, cerca del pueblo, y venía un gavilán que le espantaba el caballo y no le dejaba andar. Dicen que el judío entonces gritó: ¡Virgen Santísima, líbrame de este gavilán!, y entonces el gavilán se fue. A aquellas tierras se les llama desde entonces El Gavilán, y allí es donde está la ermita. Como no nos fiamos por si nos roban la imagen, nos la hemos traído a la iglesia y aquí está mejor.
-Tendría su romería y todo.
- Claro que sí. Varios pueblos le hacían romería. Novella y Tordelpalo tenían su día, y nosotros el nuestro. Íbamos en letanías, y se pasaba muy bien. Siempre en el mes de mayo.
-¿Y la fiesta?
-La fiesta era el domingo del Rosario. Ahora la celebramos dos veces. En agosto se hace también otra fiesta, el día 15, que es aún mayor que la de octubre. Cuando nos vamos todos de aquí, llevamos la imagen a Molina, y la volvemos a traer en mayo, o antes.
-Es bonita la iglesia.
-Antes había muchas cosas más. Se llevaron lo mejor al museo de Sigüenza. Una custodia estupenda teníamos. a cambio nos trajeron una de esas corrientes de ahora.
-Bueno. Así se evitan de tener que esconder más cosas para que no se las roben. Eso sí que es triste. Ya ven la marcha que llevamos en la provincia.
La sacristía es una estancia pequeñita y conventual, situada detrás del retablo mayor. Por un ventanal de la sacristía se coloca y se saca de su hornacina la imagen de la Patrona. En un rincón están recogidos los estandartes y los palios, las cruces, los pendones y los ciriales de la procesión, todo ello de cuando el pueblo contaba con cincuenta o más casas abiertas.
-Los domingos terceros se hacía una procesión con el palio dentro de la iglesia. Una costumbre que ya hace tiempo que desapareció.
El piso de la iglesia está entarimado. Sobre las tablas de la nave se pueden ver y contar, ya desgastados, los números indicativos de las tumbas de cuando las iglesias hacían además función de cementerio.
Luego, lloviendo fino pero incesante, mis amigos y yo nos acercamos hasta la ermita de San José que queda a la entrada. El aspecto exterior de la ermita, abarrocado, de piedra piadosa y extraordinariamente adornada, resulta en verdad sorprendente. Toda la imagina­ción decimonónica y la posible capacidad para la filigrana en la arquitectura, tienen su sede en esta recoleta ermita de Anchuela, a la que, como a tantas cosas, le cayó la picadura mortal del abandono, y un poco también el siempre doloroso desplante de la desconsideración.
-Mire, aquí detrás pone la fecha de cuando se hizo: 1890. Los ancianos de antes decían que se construyó en sus tiempos. Yo aún me acuerdo de cuando aquí había la costumbre de decir una misa en la ermita todos los meses.
-Claro. Hay que reconocer que con un solo habitante en el .pueblo no se pueden hacer las cosas como se debieran, y todo andará de mal en peor.
Sobre la complicada y elegante fachada de la ermita se puede leer el nombre de San José en letras rosadas con relieve de piedra. Los anagramas de María y de José, uno en cada extremo, y sobre ellos un escudo desgastado que semeja un cáliz, para terminar en veleta y airosa cruz de forja sobre un pigote mayestático de piedra labrada parecido a una tiara papal. Dentro de la ermita, el alarde de figurillas, pinturas murales de trazo ingenuo, líneas en los arcos imitando un trabajo de marquetería, lejana apariencia de arabescos, ocupan el total de los muros que de vez en cuando se ven inscritos con frases alusivas a la vida eterna, a la devoción al Santo Patriarca y a las Ánimas del Purgatorio. Los exvotos, las láminas enmarcadas recubiertas de polvo, las piezas de retablo amontonadas, los elementos inservi­bles de iglesia del pueblo y de la propia ermita con algunas imágenes desvaídas y sucias, completan el sombrío maremagnum de lo que hay dentro, monumento al desorden o lección de cosas de lo que no debiera ser.
-Fíjese en el piso. Está completamente deshecho. Aquí no se puede entrar -advierte don Emiliano.
Una estampa del Papa León XIII y otra de San Pío X cuelgan de sus marcos en las pechinas. Por la bellísima ermita de San José no parece que haya puesto su mano el hombre, para bien, desde principios de siglo.
-Bueno; pues acompáñeme a casa, que le voy a invitar a una bebida que usted no ha tomado nunca.
El obsequio de mi amigo de Anchuela, don Emiliano Orea, es una copa de un licor riquísimo, moradote, color de vino tinto, con sabor a anís y un remoto paladar a café tostado. Ciertamente que no lo había probado nunca.
-Esta bebida se llama "pacharán". Me enseñaron la fórmula unos navarros. Dicen que Zoco, el que jugaba en el Real Madrid, tiene una buena fábrica de esto, no sé si en Pamplona. Hoy mismo me voy a preparar cinco litros para el año que viene. Ya tengo ahí a punto las endrinas. Hay quien lo hace con cazalla, pero no resulta.
De personas así, amables y obsequiosas como el señor Emiliano y su esposa doña Guadalupe, es difícil despegarse sin sentir un rasguño interior en esa bolsita del alma donde se guardan los afectos. La hora se encargaría de ello, y éste es el momento, a varias semanas de aquella fecha, en que uno los recuerda con gratitud y les guarda de por vida inscritos en la voluminosa lista de sus incondicionales.
(N.A. Junio, 1987)