viernes, 26 de diciembre de 2008

ALMOGUERA


Saltando de acá para allá, del alcor al vallejo, a lo largo y a lo ancho de esta variadísima geografía de Guadalajara, no es la primera vez que uno se siente sorprendido ante el simple contacto con un pueblo que, por una u otra razón, se escapa con mucho de la idea sobre él preconcebida. Ese es el caso de Almoguera, que se iría acrecentando más tarde a medida que, en el corto transcurso de unas horas, se fuera consiguiendo calor en la verdad de su vida, en la lejana penumbra de su historia como complemento a la estampa real de este Almoguera de hoy que por sí solo, sin apenas aditamentos mayores, casi lo dice todo.
La Almoguera que yo vi es una ciudad pequeña, emplazada en el corazón de una de las más nobles comarcas de la provincia. Descansando con la tarde acuestas sobre las barras pintadas de verde de un banco que hay delante de la farola y del jardinillo de la Plaza de España, el viajero se entretiene en rumiar su primera impresión con el sol de poniente. En un rincón de la plaza permanecen quietos dos autocares de línea regular, esperando a buen seguro la salida oficial en la madrugada del lunes. Sobre otro banco contiguo del mismo color, más hacia la fachada reconstruida del Ayuntamiento, hay cuatro hombres que hablan del precio de los abonos, de la mano de obra y de que cuesta un riñón sanear las tierras si es que de ellas se quiere sacar algún producto. En lo alto del cerro, voluminoso y limpio como el jaspe, se alcanza a ver la silueta recortada de una cruz negra, colocada de pie sobre una peana de yeso blanco.
En Almoguera las casas son elegantes, cuidadas con celo; casas que flanquean calles alegres en las que te salen al paso con frecuencia establecimientos bancarios y comerciales, nunca lejos de la plazuela ajardinada, de la arboleda o del arroyo que baja paralelo a la carretera. En el alfeizar de una panadería canta prisionero en su jaula el ruiseñor, al que responde, preso también, un canario amigo en la calle de la Concepción.
- ¡Qué plaza tan bonita!
- ¿Le gusta? Pues si va usted a la de José Antonio, aquella es más bonita aún. Allí hay columpios, piscina y de todo.
Se subes hasta la iglesia por una calle en cuesta, limitada a lo largo de toda ella con sendas filas verdes de arbustos y pavimentada con escalones de los de doble paso. La iglesia de Almoguera tiene la torre separada del resto del edificio, alzada sobre la cima rocosa del cerro del Castillo.
- ¡Ay, que ganas tenía de verte para decirte cuatro cosas!
- ¡De qué me conoce, señora?
- Apuesto a que ya me he vuelto a equivocar otra vez. Es que esta dichosa vista no me va, mire. Creí que era usted Enrique Canales, el alcalde. Perdone.
- No se preocupe. No pasa nada. Yo también me cuelo muchas veces. Y da una rabia... ¿Verdad usted?
- ¿Viene a ver el pueblo? Pues súbase al cerro del Castillo que es desde donde mejor se ve, o si no, al cerro de la Cruz. Desde allí es muy bonito. Dicen que quieren hacer parcelas todo aquello y plantar mucho de verde.
- Aquella parte de donde está la cruz ¿qué es, un calvario?
- No, no es nada. Hay quien dice que si en tiempos había allí una ermita, pero, cualquiera sabe. Dando la vuelta por detrás se puede subir en coche. Desde el cerro salen unas fotografías muy bonitas.
Doña Dolores vive en una casa nueva que hace esquina con el pórtico de la iglesia. Para subir al cerro del Castillo se pasa por una cueva larga, abierta en la roca, donde juegan los niños. La cueva, como la torre, como la propia altiplanicie del cerro desde donde se domina alrededor todo el encanto de Almoguera, encierra un algo de misterio, algo que uno no es capaz de definir y que nadie hasta ahora debe haber descubierto.
- Todo esto de la cueva dicen que lo hicieron los moros. Yo se lo he oído decir a un señor que viene de Madrid.
La Historia Medieval, relacionada directamente con la morisma y con las hazañas más bravas de los reyes cristianos, dedica a nuestro pueblo algunas de sus páginas más brillantes. Cuentan que las milicias concejiles de éste y de algún otro lugar de la provincia, mandadas por don Domingo Pascual, hijo de Almoguera, chantre y deán de la Santa Iglesia Catedral de Toledo, abanderado del arzobispo Ximénez de Rada en las Navas de Tolosa, junto con las tropas de Navarra, conquistaron la tienda del rey moro Miramamolín. Si bien fueron los navarros los que rompieron las famosas cadenas, los de Almoguera segaron las cabezas de tres moros que, debidamente armados, impedían el acceso hasta el histórico botín. Años después, el rey Alfonso X concedía para Almoguera las tres cabezas de moro para su emblema, al tiempo que otorgaba a Navarra las cadenas que figuran en su escudo.
Tomando como motivo el antedicho acontecimiento, el pueblo celebra desde hace siete siglos la festividad de la victoria de la Santa Cruz el día tres de mayo de cada año. El papa Inocencio III concedió una bula a la aldea de la Santa Cruz que se había erigido en las inmediaciones de Almoguera para conmemorar la batalla de las Navas de Tolosa. De aquella primitiva aldea de la que habla la Historia, hoy tan sólo queda el ábside converti­do en ermita, desde la que parte la procesión en la fecha indicada hasta el pueblo, portando la venerada imagen de un Cristo cuya cabeza pudiera atribuirse a Pedro de Mena. La imagen, cumpliendo órdenes expresas del Rey Sabio que concedió al pueblo una feria de siete días con este fin, se devuelve a su ermita el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, o al día siguiente.
A su actual fisonomía de pueblo con vida, le acompaña un hábitat de hecho próximo a las mil quinientas almas, una importante industria peletera y, repartidas entre las distintas granjas de los alrededores, un millón y medio de gallinas ponedoras, aparte de la tradicional actividad agrícola de la que vive en buena parte el vecindario.
Don Cayo Martínez Arroyo abandonó por unos minutos su partida de cartas y se vino conmigo hasta el taller exposición de peletería que tiene en la plaza, contiguo a la casa consisto­rial.
- Si hubiera estado mi hijo sería mejor. Es él quien lleva todo esto. Yo, lo único que puedo hacer es enseñárselo; eso sí.
El taller de pieles está instalado en una amplia estancia que ocupan en su mayoría las prendas ya confeccionadas, pendien­tes de dos o tres centenares de perchas en línea que cuelgan del techo. El resto lo ocupa el obrador: mesas de corte, máquinas especiales para la costura, y silencio. El taller se cierra durante los fines de semana y hoy es uno de esos días.
- ¿Y cómo fue montar aquí todo esto?
- Pues fueron los de mi familia que tengo en Madrid los que nos metieron en este follón. Todos son peleteros, y ya hará siete u ocho años que nos venimos dedicando a este oficio.
- ¿De dónde traen el material?
- Nos lo traen desde Madrid, pero, menos el mutón y el zorro que son del país, todo lo demás procede del extranjero. Aquí se trabaja el visón, la nutria, la marmota..., todo.
- ¿Cuánto vale el abrigo más caro?
- Aquí tenemos alguno que pasa del millón de pesetas. Mire, este chaquetón, por ejemplo, le cuesta a usted más de medio kilo. Un abrigo de lince o de pantera, sí que pasa del millón, y si es de visón se podrá muy cerca de las seiscientas mil.
- ¿Y lo más barato?
- De barato también hay cosas. Algunas de las prendas que tenemos se las puede llevar por ocho o diez mil pesetas. Suelen ser prendas hechas de piel de conejo o de retales de mutón. El mutón es piel de borrego.
- ¿De todas ellas cuál es la clase que más trabajan?
- Lo que más trabajamos es la nutria y el zorro. El astracán también se trabaja mucho.
- Necesitarán bastantes empleados.
- Lo llevamos todo entre siete personas.
- ¿Adónde va a parar todo lo que hacen?
- Nosotros lo mandamos a Madrid. Desde allí lo reparten a mercados diferentes.
- ¿Y si un día les roban...?
- ¿Y si un día nos morimos...?
A pesar de la condición semifestiva de la tarde, las calles y las plazas de Almoguera no tienen hoy esa imagen habitual de los pueblos que en las tardes del sábado se traduce en el ir y llegar de forasteros que huyen de la ciudad. Su carácter de pequeña urbe impide que, si la hubiera, la tal imagen se dejase notar. En los bares de la plaza los hombres toman café y cañas de cerveza mirando indiferentes a la cajita boba de la televi­sión, donde está saliendo una señora con plumero que canta I will be your girl entre efectos luminosos y lentejuelas de colores que centellean al moverse. Por la carretera de Mondéjar el sol comienza a esconderse detrás de un otero. El pueblo se va quedando oculto bajo el velo del ocaso que empieza a tomar posición en las primeras casas. Sólo destaca, como culmen de un día que se va, sobre su peana en el cerro, la cruz de palo recibiendo las últimas luces de la tarde.

(N.A. Mayo, 1982)