jueves, 4 de diciembre de 2008

ABLANQUE



Al pueblo se debe ir necesariamente por un ramal de carretera estrecha que partiendo desde Mazarete, ya en tierras de Molina, viene a morir al mismo Ablanque. A pesar de todo, y aprovechando la valiosísima colaboración de un amigo, Emilio Vergara, consigo llegar cortando por un pintoresco atajo de camino forestal desde La Riba.
El casco urbano aparece, ya desde sus inmediaciones, como un cogollo que ocupa completa la altiplanicie de un otero en la margen derecha del río Ablanquejo, un poco a la sombra de la cresta montañosa del Águila que lo resguarda en cadena por el poniente. Junto a la fuente de la carretera, sin haber llegado a hacer todavía su entrada oficial en el pueblo, uno contempla a sus pies, sobre una extensa pendiente de tierras llanas que bajan hasta las aguas del río, el curioso espectá­culo que forman las casetas diminutas, casi iguales, marcando, es posible que abandonadas, los espacios que ocuparon en su día las antiguas eras de trillar.
En la fuente de la carretera, que es una fuente sin nombre, sin historia, sin nada que merezca más atención que su agua fresquísima, da de beber a una mulilla joven don Juan Sanz. La mulilla de Juan Sanz se sacia enseguida en el pilón del abrevadero. Es una mula con cara de preocupación, sin ganas de nada; una mulilla triste, cariacontecida, nostálgica, que arrastra en su porte lastimero el destino fatal de su propia especie.
- Pues mire, las mulillas aún nos hacen apaño.
- Oiga: ¿Para qué emplean ustedes todas esas casetas?
- Son pajares. Muchas no se usan para nada.
- ¿Qué tal se vive por aquí?
- Mire, a ver si con todo lo que le estoy contando, luego me van a meter en la cárcel. Que ahora ya no se sabe con qué intención viene la gente.
Ablanque, envuelto a estas horas de la tarde bajo los efectos de una climatología desapacible, me pareció un pueblo extraño, extraordinariamente silencioso, como si la quietud y el mutismo fueran, por algún mal arte, la esencia o el alma de su propio ser. Calles estrechas de viejas y apiñadas viviendas van configurando, al pie del cerro del Cejo, la estructura general de la antigua villa
- Es verdad. El pueblo está muy apretado. Da la impresión de que quien comenzó a hacerlo en este cerrillo no tenía campo bastante, y eso que tenemos uno de los términos más grandes de la provincia.
- Me parece que, aparte del campo, tuvieron en tiem­pos un escape económico con los trabajos de la resina.
- Sí, ahora se ha vuelto a poner bien. Le pagan a usted por un kilo 42 pesetas, desde hace unos meses. Antes de la guerra, yo me acuerdo que un barril de 200 kilos valía cuatro duros. Así que, compare.
Había comenzado a nevar. Don Anacleto Abánades, mi nuevo amigo de Ablanque, me dio cobijo en su tiendecilla de la plazuela de la Iglesia. La tienda de don Anacleto sirve tam­bién de bodega. Un establecimiento sombrío, de poca luz natu­ral en tardes nubladas, con un olor penetrante a género que se puede cortar a filo de navaja. En la tienda de don Anacleto se venden cuerdas, galletas, zapatos, licores, artículos de escritorio, comestibles de todas clases y vino; vino selecto de Aragón y de la Mancha, envasado en viejas tinajas de roble que llevan escrito en su vientre la clase y el sitio de ori­gen.
- Parece que es antiguo todo esto. ¿Verdad usted?
- Ya lo creo. Mas de cuarenta años, tal y como está. Es la tienda más antigua del pueblo, pero la tendremos que dejar dentro de un par de años. Lo llevamos todo mi señora y yo, por que el chico se marchó a Madrid, y nosotros, quieras que no, ya no estamos tan sueltos como antes para atender el negocio.
Nos acompaña en la amable tertulia don Baldomero Ágreda, un señor abierto y simpático a quien los problemas del pueblo le han debido quitar el sueño más de una vez.
- El chico de éste -nos dice- se fue del pueblo por el mismo motivo que se fueron todos los demás. Empezaron por marcharse las mozas, y luego, ¿que les quedó a ellos que hacer?, pues usted me dirá: irse, qué remedio.
- O sea, que en Ablanque la gente no se marchó del pueblo por falta de trabajo.
- Pues no. Aquí hay trabajo, si se quiere, para muchas manos: campo, pinar, ganadería..., y todo lo tenemos sin trabajar, porque no hay quien lo mueva. A ver, la verdad es esa.
- ¿Les deja mucho la madera?
- La madera sí que deja; lo que pasa es que no es nues­tra. La debieron medio regalar a la Resinera, y ahora no hay forma de volverla a recuperar. El problema afecta a dieciséis pueblos de la contorna. Pero mire, de eso es mejor no hablar.
Por la oscura ventana del establecimiento se deja ver la espadaña de la parroquia, recortada y solitaria entre la cortina del aguanieve.
- ¡Hala! Vamos a tomar un sorbete. Este vino se ve que por lo menos se ha paseado por el campo de Cariñena. Lo que venden en Madrid y en Guadalajara, yo no sé de qué demonios lo harán, pero produce escalofríos. ¿Qué le parece?
- Riquísimo. Tiene usted razón. Es un autentico descu­brimiento, ya lo creo.
En Ablanque se reza a la Virgen del Buen Labrado, origi­nal advocación cuya fiesta celebró el pueblo con carácter fijo el día 22 de mayo, pero, por quererla acomodar a las dis­ponibilidades de los que viven fuera, fue trasladada con carácter variable al cuarto domingo del mismo mes.
- Pues sí señor. Aquí siempre se le ha tenido mucha devoción a la Virgen del Buen Labrado. La mitad del tiempo lo pasa en la ermita, y la otra mitad la tenemos aquí en el pueblo, dentro de la iglesia.
Las estrechas callejuelas de Ablanque, y los bellos rincones perdidos por cualquier esquina, continúan sin gente una hora después de mi llegada al pueblo. En la Plaza del Olmo hay un barecillo recoleto y acogedor. Tres señores de edad rodean a una estufa de leña pintada con purpurina. La dueña, una mujer amable que se llama Dora, hace punto sentada a la luz de una ventana.
- Buenas tardes -les digo-. Cómo se saben ustedes los sitios buenos.
- Qué quiere que hagamos. No ve que no tenemos otro entretenimiento. ¿No sabrá usted por un casual jugar al subas­tao?
- Pues no señor, no sé. Y bien que lo siento.
- Aquí, al guiñote pronto se encuentra partida, pero al subastao, que es lo que a mí me gusta, no pillas a nadie. Alguna vez echamos una partida, pero ya se sabe, de a peseti­lla. Yo siempre digo que de a duro está más emocionante.
- Yo le puedo acompañar a las siete y media; pero eso del subastao no lo entiendo.
- Pues es todo lo contrario. A las siete y media lo malo es pasarse, y a lo otro, lo peor es no llegar.
Con mis nuevos amigos de Ablanque: don Vicente Aparicio, don Luís Abánades y don Emiliano Serrano, creo haber vivido una de las horas más gratas de mi correr por las tierras de la provin­cia. Don Emiliano, hombre de bien hundida raíz en la vida del pueblo, es un señor de escasa estatura y ligero de carnes; uno de esos hombres que nacieron allí, se criaron allí, y allí esperan a verdadera gala, acabar sus días cuando le llegue la hora; hombre del pueblo para quien cada calle es un recuerdo, y cada rincón una fuente de anécdotas y de viven­cias, dulces y amargas, que llenan la memoria y que gusta referir cuando vienen al caso. Ni la ocasión ni el momento podían ser aquí más oportunos.
- Un año, de aquellos que se mataban cabras y ovejas el día de los Reyes, vinieron los mozos de La Riba y los de Cobeta. Al día siguiente, que era el día de los Reyecillos, se liaron a pelear uno de cada pueblo. No sabe usted la que se armó. Los de aquí nos pusimos a favor de los de La Riba, por que llevaban la razón y por que no eran más que tres. A los de Cobeta, que han sido siempre un poco delanteros, los echamos del pueblo. Aquella noche, yo, que me gustaba mucho tocar la guitarra y salir de ronda, aquí mismo, en mitad de la Plaza del Olmo, les canté:

Cuando salgo por la noche
con mi guitarra a rondar,
que nadie se eche p'alante,
que yo no me echo p'atrás.

La cosa se puso fea, y lo mejor que pudieron hacer es irse del pueblo. Luego, si sale, pues tan amigos otra vez.
- Veo muy poca gente por las calles. ¿Qué pasa hoy?
- Estarán cada uno en su trabajo. En el pueblo siempre quedamos de oficiales los cuatro que ya tenemos todo hecho.
En la Plaza del Olmo, luciendo un sol limpio después de lo desapacible de la tarde, uno se llega a entusiasmar ante la sobrecogedora imagen de la sierra próxima, con la policroma serenidad del arco iris por estandarte, entre la Cabezolilla y las Cespederas, engalanando las cumbres que nos separan por el saliente de las tierras duras de Cobeta y del Villar.
Una foto para el recuerdo, de la plaza con su viejo olmo desmochado, y con la imagen en mitad de don Luís, de don Vicente y de don Emiliano, que en esta ocasión nos viene a servir como apoyo gráfico de esta memoria viajera, me preparó con la tarde de caída el camino de regreso. Un paseo más que me permitiría de nuevo ver, oler y hasta escuchar, la paz indecible y todo el encanto de nuestros atardeceres; ese regalo que cada día se repite por estas tierras de nuestros pecados y del que, tan sólo nos está permitido gozar de tarde en tarde.
(N.A. Junio 1981)