viernes, 19 de diciembre de 2008

ALEAS


Aleas, pueblito entre serrano y campiñés, perdido en los agrios parajes que conforman una buena porción de las tierras de Cogolludo, nos recibe, como cabría suponer, sin bombo ni fanfarrias, sin fuegos de artificio. En Aleas, invierno cerra­do y tarde francamente desapacible, nadie sospecha que el viajero de turno, cansado ya de tanto deambular de villa en villa, de aldea en aldea, por la complicada piel de las tie­rras guadalaja­reñas, ha caído de manera impensada como furtivo cazador de últimas voluntades o como alma en pena, en el centro mismo de su calle Mayor, de su única calle, porque no hay otra.
El pueblo duerme en letargo la interminable invernada después del Año Nuevo. Aquí apenas se reconoce nada que tenga relación con la aldehuela castellana de tierra adentro que cualquier inadvertido esperaría encontrar. Aleas, mucho más para su mal que para su bien, desapareció del mapa cuando fue línea de fuego en el horroroso enfrentamiento de la Guerra Civil. Las ruinas de extramuros y los montones de piedras de bajo las eras lo atestiguan medio siglo más tarde.
- Fue tremendo. En este pueblo no dejaron nada en pie. No sé si se llegó a salvar alguna casa. Los de una parte se pusieron en lo alto de aquel cerro, y los de la otra en éste de detrás. Lo volaron todo.
El nuevo pueblo de Aleas adolece como su vecino Monta­rrón, y como Copernal, y como Masegoso, y como Gajanejos, del regusto secular de tantos pueblos nuestros. La Dirección General de Regiones Devastadas, tal vez por imperativos de premura, no tuvo demasiado en cuenta la variadísima estampa de nuestro marco rural, y se limitó a levantar viviendas seria­das, todas iguales, donde pudieran recogerse cuanto antes las personas y las familias que el vandalismo de la guerra dejó sin hogar. Casonas sólidas, sí; aceptables en comodidad para lo que fue su tiempo, también, pero monótonas, simples, ruti­narias, desacordes hasta lo indecible con el ambiente inme­diato de las tierras que las rodean, uniformes y marciales, oficiales y frías. Aleas, pueblo acaparador como pocos de antiguas tradiciones, sufrió aquella monstruosa operación en su estética, y ahí está, con sus trece habitantes tan sólo que, a pesar de lo dicho, conservan en su manera personal de lidiar la vida el estilo fiel de sus antepasa­dos.
- Le advierto que aquí no fue lo peor el que nos tuviéra­mos que acostumbrar al pueblo nuevo, no. Lo más grave es que esto se ha quedado sin gente, y, cuando uno se muere o se marcha de aquí, no hay otro que lo sustituya. Yo pienso, y no quisiera que mi pronóstico se cumpliese, que la vida de Aleas tiene los años contados.
Al final de la calle Mayor, emparrada en sus fachadas de un blanco desvaído, con chimeneas iguales y puertas y balcones repetidos, pintado todo del mismo tono de verde, está la fuente pública. La fuente rompe un poco en Aleas la visión ruin del pueblo nuevo. Detrás de la fuente hay un abrevadero estirado y capaz, una pilastra en cuyo interior vierten dos chorros de un agua riquísima a punto de congelarse, un monoli­to airoso que la ensalza y ennoblece, y una farola muy artís­tica con remate donde el viento frío de la tarde viene a chocar antes de encarrilarse calle abajo. El constante rumor de los chorros al caer, adormila en la silenciosa tarde de Aleas las casas y los campos.
- Pues ya le digo, pocas casas son, pero en invierno sobran casi todas.
- Usted se acordara de cuando las levantaron.
- Ya lo creo. Yo trabajé aquí en el año 1944. Era muy joven, pero aún di algún que otro jornal cuando las obras. Venía de Romerosa, pero para el caso como si hubiera sido de aquí.
- ¿Que es Romerosa?
- Era el pueblecillo donde nací yo. A dos o tres kilóme­tros de aquí. Allí estuve viviendo hasta que me marché al servicio. Desde el año 50 ya no vive nadie; todo está hundido. Yo creo que en los mapas de ahora ni siquiera lo ponen.
Gracias a don Miguel Azcona, mi improvisado y casual guía de Aleas, las puertas del pueblo se me abrieron de par en par. Don Miguel Azcona no me conocía de nada; su vecina, doña Hilaria de la Torre, parece que sí.
- Sí señor -dice la buena mujer-, su cara a mí me es conocida de verlo en el papel.
- Pues tanto gusto. Hoy andamos por aquí, en este simpá­tico lugar con una calle sola. No deja de resultar curioso.
- Tenemos otra por ahí detrás, adonde van a parar las puertas falsas de la otra acera. Pero, como yo digo: eso ni calle ni nada.
Doña Hilaria es soltera he creído entender, hermana del alcalde pedáneo, y habitan en la misma vivienda ya casi al final de la calle Mayor. Cuando saco a colación el tema de su famosa botarga, me dicen que ya no hay nada que hacer, que ahora no hay quien se quiera poner la careta.
- Mi hermano, ya ve usted, es el que se anda poniendo el traje. Lo guardamos en casa, y es a él a quien le toca ponér­selo. Van todos los años al festival de Hita, y a Madrid también han tenido que ir alguna vez. En un calendario que tenemos sale retratada la botarga. Cuando vayamos faltando unos y otros se perderá la costumbre. Bueno, yo creo que ya se ha perdido.
- Según se ve al entrar la iglesia debió ser muy hermosa, ¿verdad?
- Ya lo creo, pero mire, ahí está hundida desde cuando la guerra. Nos la destruyeron y no se volvió a recomponer. Nos vamos arreglando con la ermita.
- ¿Ah sí?
- Claro, la ermita de San Roque. La han preparado un poco y queda muy bien. Cada mes tenemos la llave en una casa del pueblo.
Bajo el alero de las viviendas de don Miguel y de doña Hilaria hay decenas de nidos de golondrinas como los que vi en Barriopedro, allá en la Alcarria, colocados en fila. Uno piensa que el espectáculo es bonito, quizá un poco sucio, pero bonito.
- Pues sí, pero como el vecino dice que le duele tirar­los, pues ahí están.
- El terreno áspero y complicado, tal como lo tienen, debe ir bien para la caza, ¿no?.
- Pues aún hay. Conejo y perdiz debe haber bastante. Lo que es cazadores por aquí no nos suelen faltar. De cuando en cuando acuden también a los “jabalines”.
- ¿Y de fiestas, qué tal andan?
- Mal. Este último año ni fiestas ni nada. Antes se celebraba el día del Niño, el segundo domingo de enero, allá por los Sebastianes, pero lo quitaron y lo pusieron en agosto. Ahora sacan al San Roque, pero ya le digo que nada.
Los dos vecinos de la calle Mayor aceptan generosamente mi propuesta de dar un paseo hasta la ermita. Al subir se pasa muy cerca de las antiguas bodegas en los subterráneos del pueblo viejo. Todas vienen a ser como pequeños antros de suciedad, en cuyas puertas crecen los cardos y las zarzamoras, y escarban las gallinas.
- Es que antes en el pueblo había viñas y se hacía vino.
Desde la Cochera vemos los cerros y las laderas de roble­dillo que dicen de Las Matas, con los vallejuelos tupidos de carrascas como natural surquera color de plomo. La tarde se ha vuelto fría, es muy posible que, con algo de sol aún a la vista, esté comenzando a helar.
- Ahí, en eso de la escuela antigua, nos han hecho el consultorio médico y un poco de ayuntamiento -explica Miguel-. Cuando el tiroteo, ya le digo, por aquí no quedó nada. Nos evacuaron a Humanes, y desde allí nos íbamos adonde nos conve­nía. Nosotros nos tuvimos que marchar a Robledillo.
La de San Roque es una ermita pequeña. Al intentar habi­litarla para iglesia le colocaron una sencilla cobertura a la entrada con materiales de ahora. En su interior es limpia, cómoda y muy bonita. Llenan el reducido espacio interior de la ermita un altar miniatura para decir misa, cuatro bancos para sentarse los fieles, un confesionario portátil, tres imágenes diferentes de la Virgen, otra de San José, y otra más chiquita con el patrón de Aleas, el Niño de la Bola. El niño va reves­tido con un precioso atuendo de color lila.
- Pues esa Virgen del Rosario se bajó de Romerosa, antes de que se destruyera el pueblo.
Por los tesos y cerrucos de alrededor van corriendo las sombras a medida que el sol se esconde tras el tapiz escarlata que enciende el frío. Los parajes que se alcanzan a ver no lejos del pueblo son los cerros mondos de Las Cabezas, la Pared de Fraguas, el monte encinoso del Pendolero y del Mai­llo, el Bacho de San Roque y las Cañadas. De regreso al pueblo el ambiente es pastoso y acre; la brisa sube fresca con un fuerte olor a sirle.
- Las tierras las llevan a renta unos de Arbancón. Como aquí no hay nada más que gente mayor, pues hubo que darlas.
Doña Hilaria se marchó a su casa desde la fuente, mien­tras que el señor Miguel y yo subimos hasta las eras para ver, aunque sólo fuera de paso, los chalés de la urbanización. Bordeamos el juego de bolos y pasamos muy cerca del depósito de las aguas. Por el camino que dejamos a nuestra izquierda baja el amigo Cruz con un hacecillo de leña. Arriba, en las eras, hay unos palos como porterías de fútbol donde los hijos de los veraneantes juegan en el buen tiempo.
- Pues ahí la tiene usted; esa es la urbanización que decimos Las Torres. Yo creo que andan por la docena de parce­las con su chalé cada una.
- Para verano parece buen sitio.
- Ya ve usted. Antiguamente era todo una finca de labor. La vendió el dueño hace quince años, no se si a diez pesetas el metro cuadrado, y al final le debió sacar una miseria.
- ¿Y aquellas canteras que se ven por detrás?
- De allí es de donde sacan el material para la fábrica de escayola que hay en Espinosa. Ya le han metido mano.
Por debajo de las eras se ven en el Bacho las tierras oscuras de barbechera salpicadas de chopos desnudos y de nogueras esperando la inminente anochecida.
- Aquí la tierra va bien para nogueras, pero el cereal no rinde, es demasiado fría.
En lo que fue el antiguo pueblo de Aleas, los olmos muertos por el mal estiran su ramaje por entre las ruinas. La impresión, ya con la noche encima, no puede ser más desolado­ra. Aleas, con sus perpetuas añoranzas y su postizo aspecto, se ha vuelto a dormir hasta que la luz del día, bien entrada la mañana segura­mente, lo comience a desperezar de su edredón de escarcha.
(N.A. Enero, 1987)