domingo, 14 de diciembre de 2008

ALCOLEA DE LAS PEÑAS


No serán muchos, cabe pensar después de haber conocido este simpático lugar de la Sierra de Atienza, los pueblos de la provincia de Guadalajara tan bellos y olvidados como Alcolea de las Peñas. Había pasado en diferentes ocasiones por la carretera que desde Cincovillas corre la bordeando la Sierra de Pela hasta el fronterizo lugar de Paredes, pero dejando siempre a un lado aquella singular dádiva, producto por igual de la Naturaleza y de la mano del hombre, desde tiempos parejos con los orígenes de nuestra historia patria.
Alcolea de las Peñas es un pueblecito diseminado, que asienta sus docenas de casas en riguroso color tierra encima de las rocas y en el sitio justo donde aquellas se lo quisie­ron permitir. Lo he sorprendido con parte de sus calles levan­tadas por las obras de abastecimiento de agua que, sabidas las muy especiales características del suelo, habrá zonas en las que la apertura de zanjas deberá convertirse en obra de moros, pese a las poderosas máquinas de excavación que faenan sobre el pavimento de la plaza.
Acabo de llegar y encuentro a una señora cosiendo en la solanilla de su casa. Es una mujer atenta, que me quiere encaminar personalmente a los paradisíacos miradores de las afueras y que, desde el sitio en donde estamos, no es posible sospechar siquiera.
- Pero ya ve usted qué plan tenemos con esto de las calles. No sé yo si para finales de verano estará listo como dicen.
Y tiene razón la señora Jacinta. La amplia plaza de Alcolea, pintoresca y original, con el edificio de las anti­guas escuelas alzado sobre un peñasco al otro lado de la fuente, está hecha una llaga a consecuencia de las obras. Arriba las Peñas del Horno con sus árboles equilibristas, y los cerros pedregosos de la Cruz y de los Palomares, como escudo rojizo de protección contra los malos vientos del norte.
La fuente pública se remata con un monolito cilíndrico de piedra y una cruz de forja. El rollo de la fuente pudiera ser muy bien la credencial de su condición de villa, conferida ya en la segunda década del siglo XIX por el rey Fernando VII, si bien, la fecha inscrita en el fuste habla de un siglo después, es decir, de 1923.
- Ahí es donde colgaban antiguamente a los ahorcados. Eso es lo que dicen, porque ninguno lo hemos visto.
Era la opinión de otra mujer que cruzaba casualmente la plaza en ese momento, y que, según me informó, era la madre del alcalde.
- Pues en este pueblo hay para ver cosas muy bonitas: la Cárcel, toda la parte de las huertas, la torre de Morenglos... Si hubiera estado mi chico le hubiera explicado todo muy bien, pero se marchó a tirar el abono. La chica le puede acompañar hasta la Cárcel.
Se llama Esperanza. Es una chica muy mona. Tiene catorce o quince años bien llevados y un trato agradable y correcto, pese a haber vivido hasta ahora sin salir del pueblo.
- Estoy haciendo octavo de EGB. Nos llevan a las escue­las de Atienza. Al curso que viene me iré a Guadalajara, segura­mente, para hacer Formación Profesional.
La Cárcel es una peña enorme, que se alza sobre el preci­picio de los huertos. Desde lo alto se divisa en primer lugar el bellísimo panorama del hocino, por el que baja el arroyo Alcolea, y las dos vegas a que da lugar en su cauce. A nuestra izquierda, escalonadas, terrosas en su color mate, suben las casas del pueblo aprovechando la ladera del saliente que asciende desde el río.
- ¿Cuántas personas vivís aquí, Esperanza?
- Cuarenta y nueve. Antes, dicen que había muchas más.
- ¿Por dónde se entra a la Cárcel?
- La puerta está ahí detrás, pero tiene una reja y no se puede pasar. Los chicos entramos por una ventana que hay en esta parte. Hay que tener cuidado porque el barranco es muy hondo.
Y fue para mi todo aquello una sorpresa. No lo esperaba. Una inverosímil obra de moros que uno ignora el por qué no se conoce más. De mayor volumen interior si cabe que la Casa de Piedra del otro Alcolea, y con dos plantas huecas dentro de la misma peña. Allí se ven las rudimentarias celdas de máxima seguridad de una legendaria prisión, los pasillos, las escale­ras, las ventanas que siempre salen al corte del profundo precipicio, y un pasadizo difícil para llegar en donde se hace presente el vértigo.
- Dicen que desde aquí se saltó uno cuando estaba en la Cárcel.
- Y se mataría, claro.
- Pues dicen que no se mató; que se enredó en las ramas de unos árboles y consiguió escaparse.
- Digo yo, Esperanza, que lo pasareis muy bien jugando por aquí al sol, con estos sitios tan bonitos.
- Los mayores sí que venimos, pero a los pequeños no les dejan porque se pueden caer al barranco.
- Es una pena que no esté un poco mejor acondicionado para que venga la gente a verlo.
- Aquí no viene nadie. A la torre de Morenglos vienen más. Allí se ven los huesos de las personas metidos en las tumbas.
- Y a ese cerro de la otra parte del río ¿cómo le dicen?
- Esos son los Hijares. En lo alto han encontrado muchas cerámicas, y cosas antiguas que ahora están en el Museo Ar­queológico. Me parece que son de la Edad del Hierro. Un poco más abajo hay una cueva que va a parar a Tordelrábano. Como no se atreve nadie a entrar... Una vez, dicen que metieron un gallo y salió por la otra parte.
Después bajamos a ver la iglesia. La iglesia de Alcolea de las Peñas es un bello ejemplar gotico-renacentista, del siglo XV, con espadaña anterior de estilo románico, y sólido garitón al poniente que recuerda la arquitectura civil de la época. El arco principal de la portada y todos sus aditamentos ornamentales, tienen en su piedra tallada el sello particular del arte del Renacimiento.
- El patrón del pueblo es San Isidro, pero la iglesia está dedicada a San Martín.
Dentro de la iglesia sorprende la oscuridad; la estrechez de su única nave completada con alguna capilla lateral; su retablo mayor, plateresco, con tallas policromas muy viejas, presididas por un altorrelieve del santo obispo de Tours montado a caballo. Pero llama sobre todo la atención la bóve­da, recorrida por nervaduras catedralicias de piedra, que hacen de la cobertura del templo una verdadera obra maestra del quehacer ojival, anónima y desconocida.
- La fiesta la han trasladado al mes de agosto. En mayo no venía la gente. Ahora, resulta que celebramos dos, porque la de mayo también se hace.
Esperanza se marchó a casa y volvió poco después para decir­me que su hermano estaba con el tractor por la torre de Moren­glos; que si me acercaba por allí podría verlo y hablar con él. Luego, a la hora de la verdad, nada salió así, pues el joven alcalde de Alcolea debía estar en aquel instante por algún otro paraje del término, y me tuve que llegar hasta la torre sin más compañía que la estremecedora quietud de los campos, en donde uno no adivinó otra señal de vida que las lagartijas que andaban escondiéndose entre los escombros, o el sonar acompasado de las cencerrillas de un rebaño de ovejas que pastaban en la ladera de algún alcor lejano. Por lo demás, en el despoblado medieval de Morenglos, todo recuerda a la eternidad o a la muerte.
Un muro alto de perfecto sillar se yergue sobre los peñascales que le hacen de peana. Alrededor, campos de cereal rizados por el viento suave del medio día. Al poniente, la noble villa de Atienza desparramada en la falda del cerro, en cuya cabeza de áspero roquedal se vislumbra el castillo. Ahora suena el motor de un automóvil por la carretera próxima, Las peñas de Morenglos también están minadas por cuevas, que uno encuentra en el más absoluto abandono. Refugio, tal vez, de cazadores o de campesinos a los que sorprendió el temporal por estos llanos, y, en cualquier caso, guarida de chiquillos que encienden fuego en su interior y dejan al marcharse el rescol­do y las cenizas.
Al pie del muro, excavadas en el interior de aquel apa­rente mar de piedra, se ven abiertas las tumbas de seres humanos, labradas según la forma del cuerpo y según su tamaño. Pues resulta curioso ver junto a las tumbas mayores de los adultos otras más pequeñas, abiertas ex profeso para enterrar los huesos de algún infante de corta edad, colocados, cabe suponer, al lado de los cuerpos de sus progenitores. Y así se pueden observar, regados por el suelo o amontonados en los hoyos, fémures, clavículas, tibias y huesos planos pertene­cientes a cráneos, sueltos entre las piedras y la tierra molida que desde los campos trajo el viento.
Parece ser que los sillares de esta iglesia de Morenglos fueron trasladados en el siglo XVI hasta la vecina Atienza, para emplearlos en la reconstrucción de la iglesia de San Juan, hoy parroquia de la villa, en la Plaza del Trigo.
Calculo que han transcurrido dos horas, poco más, desde que llegué al pueblo de Alcolea de las Peñas. Vengo de vuelta a una hora intempestiva, cuando los soles abrileños pican en la piel y adormecen el alma. Me he prometido volver en ocasión más propicia, y mejor documentado acerca de lo que allí hay; pues cosa cierta es que, al salir de casa con un nombre en mente y un itinerario previsto de antemano, hay veces en las que el viajero se encuentra, sin esperarlo, con demasiados motivos de interés que no figuraban en su cuenta. Valga esta exposición somera como aviso para visitar el bello sitio de Alcolea, aprovechando la bonanza de cualquier fin de semana, en este tiempo tan oportuno para saturar el espíritu de impre­siones, tan cercanas como desconocidas, que de manera gratuita nos brinda esta tierra nuestra.
(N.A. Mayo, 1984)