martes, 16 de diciembre de 2008

ALCOROCHES



Siempre que el viajero se propone atravesar de un tirón las tierras de Guadalajara, para dar con su persona en aque­llos otros confines del Señorío, donde a pesar de las distan­cias jamás se consideró extraño, cierto es que se detiene a pensarlo más de una vez y, por supuesto, no pone los pies en el camino hasta tanto que la situación atmosférica le ofrece las mayores garantías.
La mañana tornó el cristal de las primeras horas por la calina veraniega de las doce antes de llegar al empalme de Checa. La serranía y el páramo se dan la mano por estas lati­tudes; como testigo, la Castilla muda y soñolienta bajo un sol de justicia. No veo a nadie ni encuentro nada que no sea la áspera vegetación tan peculiar de las tierras entre corriente: los chaparros cenizosos, las eternas sabinas, los marojos de la varga, el canijo pinar que rebrota entre las piedras, los matorrales, aparte siempre de los bajos de mies en sazón donde cantan la perdiz y el avechocha y trabaja el hombre.
Misterioso y anónimo, como todo lo que tuvo por cuna la morería, Alcoroches surge extendido a lo largo siguiendo el pie de una colina limpia que lo libra de los aires del norte, y que los nativos del lugar conocen -sin que haya a simple vis­ta huella alguna que lo justifique- por el Castillo de los Moros. La primera impresión que se siente al llegar a Alcoro­ches es que se arribó a un pueblo grande, mayor en extensión y en número de habitantes que la media general de los pueblos molineses. Tiene una calle principal que lo atraviesa de poniente a levante elegantísima, y, lo que todavía es mejor, niños que corren, maquinarias que trabajan en el campo y hombres y mujeres de cualquier edad que van y vienen, entre los que abundan, ya se sabe, la gente mayor, sentados debajo de una reja en cómodos bancos de a tres o a la sombra de un sauce, como don Jacinto Muñoz, un señor afable y con ganas de hablar que me dio ocasión para compartir mi descanso, nada más llegar, y un poquito de conversación.
- Pues a este árbol aquí se le dice sarga; pero da poca sombra. Los olmos, donde los hay, dan mucha más, ya lo creo.
- ¿Sabe usted -le digo- que venir desde Guadalajara de un tirón es una paliza?
- Claro que lo sé. De cuando estuve por allí con lo de los médicos, lo se muy bien. Seguro que se ha metido usted esta mañana en el cuerpo ochenta kilómetro, por lo menos.
- Muchos más. Y doscientos también.
- No lo sé muy bien. Algunos días es que me falla la memoria un poco. Desde que me pasó lo de Huesca , no crea que ando muy bien.
- ¿Qué fue aquello?
- Nada, que me hirieron. Me pegaron un tiro en la cabeza. Yo soy mutilado de guerra.
- ¿Ah, sí?
- Estábamos haciendo zanja cuando me arrearon. Y tuve suerte que me recogieron con los capotes; y al final, mal que mal, me pude salvar. Si no es por eso, ni lo cuento.
- Aunque estamos en verano, la temperatura en Alcoroches no es mala, ¿verdad?
- Ahora da gusto; que en mayo buenas nevadas nos cayeron. Lo nunca visto, algunos copos eran como mi boina.
- Y dice usted que en ese cerro estuvieron los moros.
- Hombre claro -me responde-. Los que había en Molina en tiempo de guerra decían que no se querían ir de allí, que todo esto era de ellos.
- ¿Qué listos, no?
- Ya lo creo; pero tampoco llevaron mal pisto de aquí.
La calle Mayor de Alcoroches no tiene mucho que envidiar a las principales ruas de cualquier ciudad con solera, tenien­do en cuenta, naturalmente, la consabida realidad de su condi­ción de pueblo. Ahora me he detenido para ver de cerca el largo pilón de la fuente pública; angulado, con piedra rodena, y de cuya leve espadaña se desprenden dos chorros de agua casi helada. Saludo a Víctor, caminero jubilado que viene, me ha dicho, de cortar el pelo a un anciano por hacerle un favor.
- Y qué trabajo cuesta, ¿no le parece a usted? No ve que no hay peluquero.
Del añorado Alcoroches de hace varias décadas, todavía queda mucho; menos gente, eso sí, que apenas si llegará en un recuento no demasiado cabal a las doscientas cincuenta almas tirando de largo; pero se conserva el regusto señorial de su pasado, no muy lejano, hecho piedra o hierro en casonas de refinados portes y rejas artísticas, tan sólo comparables a las que hace tiempo vimos en la vecina Alustante, y que se deben a la mano maestra, experta en moldear los hierros a base de brazo y de calor, de los Casas, herreros de principio de siglo con sede y fragua en la última villa mencionada.
Nuestro paseo concluye por el barrio alto junto a las piedras rodadas del Cerro de los Moros. Luego, la iglesia en las orillas, obra relativamente reciente, donde es fe que se conserva el cuerpo íntegro de San Timoteo. Detrás de la igle­sia hay unas cuevas en la roca donde cuentan que existe un sumidero que se traga el agua y se la lleva, por ruta subte­rrá­nea, hasta el borbollón de Castilnuevo.
- Oiga, -le digo a doña Felisa, una amable mujer que pasa por casualidad junto a la boca de la cueva- ¿dónde nace el arroyo?
No tiene nacimiento fijo -me contesta-. Sale de las fuentes que hay por todo aquello del pinar. Tampoco tiene ningún nombre, que yo sepa.
- La fiesta, por lo que puede uno imaginar, será el día de San Timoteo.
- Sí, el 22 de agosto. Ni fiesta ni nada. Hace años este pueblo era muy alegre. Se hacían unos rollos de azúcar y de huevo, y los colocaban los quintos en los palos de las morci­llas. Unas bodas de más de doscientas personas; todo el mundo de fiesta. Ahora no hay juventud, y se ha perdido el buen humor de la gente. La diversión la tienen ahora con meterse ahí en la cueva. Asómese y verá lo que hay dentro.
Y me asomé. Y no me atreví a entrar. Y no comento.
Al otro lado de la carretera está el bar de León. Amplio salón de recreo, acogedora barra, detalles y estampas con recuerdos y símbolos taurinos sobre las paredes, y, encima de la televisión, un extraño animalejo disecado.
- Es un tasón. Lo cazaron en el pinar de aquí del pueblo. Esos bichos se alimentan de las raíces de los marojos, escar­bando.
- ¿Es comestible la carne de esos animales?
- No es buena. Yo he comido una vez y está malo; sabe mucho a monte.
- Me gusta Alcoroches. Tienen un pueblo estupendo, según parece.
- Pues ahora no es nada. Se ha quedado sin gente, y más que se quedará como las cosas sigan como van.
- ¿De qué se vive?
- De todo un poco. De lo que más del ganado. Las ovejas, las terneras, los cerdos... Últimamente la paleta ha dado bastante. Se ha construido mucho.
- La temperatura es una delicia -le digo al dueño del bar-. En pleno verano y ya ve lo bien que se está aquí, a las dos de la tarde.
- Pues hay un sitio en donde todavía se está mejor. Se coge uno con la familia y se va a comer a la Fuente del Angos­to, y aquello sí que es gloria. Ahí mismo, a la salida del pueblo, está la pista que le lleva hasta la fuente. Son un par de kilómetros desde aquí.
Una última visita a los entornos del pueblo me trae a la memoria la personalidad más que olvidada del insigne escritor musulmán Mohamed Ben Hayan -al-Amche, nacido aquí; si bien, la estancia mora en estos valles y colinas molineses, cuya magni­ficencia y calma hoy admiramos, queda tan sólo reducida al decir de las gentes, un poco a la leyenda y a cuatro topónimos repartidos por el término municipal que, como ya se sabe, se cuelan como todo lo inmaterial a través de los siglos y perdu­ran siempre.
Visto lo avanzado de la hora me encuentro con tiempo y con deseo de salir al monte. Por el mediodía, la espesa cober­tura del pinar tapa de verde las escabrosidades de las sierra. Junto al camino pacen las vacas de cría y retozan los terneri­llos en la pradera al amor de sus madres. En una umbrosa explanada, apenas alcanzar los primeros pinos, descuelga su abundante chorro de agua serrana la Fuente del Angosto.
Cuenta el sitio con todas las excelencias como para pasar una hora de reposo: mesas y asientos de piedra labrada; olor penetrante a naturaleza limpia; silencio que solamente inte­rrumpen a su paso las aguas cantarinas de un regato; troncos altísimos y rectos de los pinos en cuyas copas sacude casi imperceptible el soplo del viento. Un rincón ideal, creado y protegido por el ICONA, que a uno le recuerda aquellos otros no tan distantes de aquí que hay en la Serranía de Cuenca, con los que ha tenido ocasión de soñar tantas veces en tardes insufribles de nuestros julios y agostos de la Meseta a los que, ignoro cuál será el motivo, nunca nos acabamos por acos­tumbrar.
Tras la ligera comida de campo, tomada así en solitario, con la espalda fría y el pulmón limpio como el de un niño, uno busca el complemento de un café calentito en la casa de León antes de emprender el camino de vuelta.
Cuando, luego de haber puesto tiempo por medio al largo viaje a las sierras de Alcoroches, se recuerdan algunos porme­nores de la breve estancia por aquellas latitudes, aflora al ánimo del caminante la nostalgia de los buenos momentos vivi­dos, y escribe en su agenda una fecha no lejana de cara al futuro; es la corazonada primera que culminará, Dios mediante, en la realidad de otro viaje al Señorío de Molina.
(N. A. Agosto, 1984)