miércoles, 24 de diciembre de 2008

ALMADRONES


Como casi siempre, un guardia civil jovencito vigila el paso de vehículos a la altura del kilómetro 103 de la carretera general de Barcelona. Almadrones, a poco más de media hora de viaje desde la capital es un pueblo de paso, si bien, el casco urbano propia­mente dicho, se aparta ligeramente del tráfago de viajeros que vienen y que van hacia Guadalajara o hacia la misma capital de España por la Nacional II.
Ex profeso o por casualidad, la parada se hace obligatoria en el importante complejo hotelero que hay en la antigua venta, cuyo nombre para las gentes de la zona viene arrastrando desde tiempo inmemorial, sin parar en demasiadas consideraciones acerca de si la vida o si las cosas de la vida son o no son como antes fueron.
En estas mañanas crudas del invierno, el hecho de entrar desde la calle a las acogedoras estancias del restaurante parece que devuelve al viajero el optimismo y las ganas de vivir. En varias vitrinas se ven los artículos de regalo que sirven de reclamo a aquellos clientes que vienen desde lejanas tierras: golosinas, muñecos, encendedores, cintas de audio, repostería, tarros de miel, repos­tería jamones...De cuando en cuando suenan las máquinas tragape­rras o soplan a presión los terminales de las cafeteras exprés. dos señoras con abrigos de piel toman café en el mostrador y preguntan la distancia que aún les falta para llegar a Madrid.
- Son ciento tres kilómetros, señora -les dice el camarero.
Se ve que las mujeres no se han fijado al entrar en el letrero que da nombre al restaurante, y que es precisamente ése. El camarero, por su parte, se ha quedado como estaba; se ve que está acostumbrado a que las señoras con abrigo de piel le pregun­ten la distancia que hay hasta Madrid. Después soy yo el que interroga.
- Sois mucho personal para atender todo esto.
- Unos veinticinco -me dice-. Entre camareros y personal de la cocina y demás, seguro que somos cerca de treinta.
- ¿A qué hora soléis cerrar?
- Nunca, no cerramos ni de día ni de noche. Los sábados, muy a última hora, se cierra para hacer una limpieza general a fondo; pero el restaurante está abierto las veinticuatro horas del día.
- Aparte de los servicios normales de bar, ¿de qué suelen tirar más los viajeros de paso?
- De la miel sobre todo. Con aquello de que estamos en la Alcarria, la gente tira mucho de la miel. También de los bizcochos borrachos.
Ahora acude con prisas el hijo del dueño. Me ha dicho Antonio Rebollo que tiene que salir enseguida a no sé dónde. En cuatro minutos de conversación me habla de que todo aquello, siempre adaptado a los nuevos tiempos, viene funcionando desde hace más de un siglo.
- Mucho más. Se fundó como venta para carreteros por una bisabuela mía que se llamaba Celestina en el año 1862. Tal como lo tenemos ahora podrá llevar poco más de veinte años.
- ¿Siempre ha estado atendido por esta familia?
- Sí, siempre. De una manera o de otra, siempre.
- Creo que tienen ustedes talleres propios.
-Sí; tenemos talleres, peluquería, casas para los empleados, capilla, y plaza de toros a medias hacer. Esto es casi como un pueblo. En verano, por aquí se está muy bien.
Al salir para Almadrones -menos de quinientos metros de donde está la venta- me he detenido a conocer la capilla que hay junto a la carretera. Es redonda y de escasa capacidad, de piedra vista, con un altarcillo moderno y una imagen de la Virgen de talla envejecida.
Antes de colarme de hecho al pueblo de Almadrones, me sor­prenden, no lejos de las primeras casas, los cortes pedregosos por donde se abre el valle del Badiel. Lo contemplo sosegadamente desde las afueras, de pie en el añoso solar de lo que fuera en tiempos cuartel de la Guardia Civil, o casa pueblerina hace más de un siglo del dueño del Café de Fornos, uno de los más conocidos del Madrid posromántico.
Bajo el anuncio de la Tabacalera barre su acera al sol una señora que se llama Pilar. Es una mujer amable y muy comunicati­va. Le digo que me gusta mucho la galería de forja y el venerable tejadillo que hay junto a la casa donde ella vive. Me contesta que lo mejor fue la puerta que había antes, de madera gorda, pero que la quitaron para colocar esa de ahora tan simplona de hierros y de cristales.
- Sí señor, se lo digo de verdad, me dio mucha pena.
- ¿Sabe usted que desde la carretera parece que Almadrones no tiene traza y a mí me está gustando?
- Ya lo creo. Antiguamente era más bonito aún. Se nos lleva­ron quince cuadros de El Greco, y reliquias, y qué se yo cuanto.
Por supuesto que el tema del arte en Almadrones me gustaría tocarlo con un poco de profundidad, aunque reconozco que nada en limpio sacaremos a final de cuentas. No obstante he podido compro­bar que se trata de una herida abierta todavía en el ánimo de la gente. El expolio fue demasiado grande para que medio siglo de por medio haya podido borrar toda suerte de añoranzas, y de recuerdos legítimos de algo que fue suyo y que ya no lo tienen.
- ¿Cuántos habitantes hay hoy censados, señor alcalde?
- Incluyendo a los de La Venta y demás somos 128.
- Pocos, ¿no?
- Muy pocos. La juventud se ha ido marchando y el pueblo se nos quedó medio vacío. Como en todas partes.
En Almadrones las casas son de piedra caliza, grises, recias y evocadoras. Se adivina que por aquí anduvieron en su día fami­lias distinguidas, cuya memoria pasó como todo pasa. En las calles de Almadrones figuran como titulares nombres de un singular relieve en la Historia de España: de Hernán Cortés, de Pizarro, Plaza de María Cristina, calle de San Fernando, del Duque de Alba...
Dionisio Juárez, el alcalde, me lleva a ver un escudo de armas esculpido en el frontal de una de aquellas mansiones a las que nos acabamos de referir. Me ha dicho luego que correspondió a la familia de don Miguel del Olmo, gran personaje allá por los albores del siglo XVIII que llegó a la dignidad de obispo de Cuenca, nacido en Almadrones de la estirpe de los de la Riba, y al cual se debe la llegada al pueblo de sus añorados relicarios de plata y, posiblemente también, el apostolado completo del Greco desaparecido cuando la guerra civil.
- Pues este señor trajo de Roma muchas reliquias de los Santos Mártires. Huesos enteros del brazo algunos, y de las piernas, en sus buenos relicarios de plata de más de medio metro. En algunos estaba marcado ese mismo escudo.
- ¿Y adonde están ahora?
- Eso nadie lo sabe. El 25 de julio del 1936 por la tarde, aquello fue terrible. Entraron a la iglesia y la desmantelaron toda. Se cargaron los altares y arrearon con todo lo que había de valor.
- ¿Usted se acuerda de los cuadros del Greco?
- Claro que me acuerdo. Tenía yo doce años entonces. Estaban colgados arriba, por las paredes, así muy oscuros y con un dedo de polvo; nadie les hacía caso. Luego nos hemos enterado del valor que tenían.
- ¿No se pudo hacer nada por evitarlo?
- Nada. ¡Cualquiera se metía con aquellos individuos! Milagro que no pegaron fuego a la iglesia, como querían.
- Ya. Actos que de ninguna forma que se les mire tienen justificación. Ignorancia, al fin y al cabo.
- Eso ya lo sabemos. Cosas de las guerras; pero que al que le toca es para él.
Al rato llegamos a las inmediaciones de la parroquia. La iglesia de Almadrones es de estampa hermosa, impresionante y monumental. La leve cobertura de su pórtico se sostiene sobre cuatro columnas, desiguales dos a dos. Por lo que supe, las columnas proceden de una ermita en las afueras que los del pueblo dicen del Santo.
- Sí, yo he oído que ahí existió un pueblo que se llamaba Almadrones de Arriba, desaparecido hace mucho.
La iglesia tiene en su interior un juego artístico de nerva­duras cruzando la techumbre y un retablo mayor que viene a ser toda una antología del arte de las formas. El retablo mayor de la iglesia de Almadrones, sus pinturas y sus impecables dorados sobre la filigrana churrigueresca de todo su estilo, fueron traídos a este lugar de la Alcarria desde la iglesia atencina de San Gil.
- Ahí, por encima de los arcos es donde estaban los cuadros del Greco. El órgano también lo destruyeron.
Ahora hacemos alto ante las dos laudas sepulcrales, con blasón y epitafio, emparejadas en la parte izquierda del crucero. En una de ellas se dice cómo allí está enterrado don Juan de la Riba, hijo de Juan y de María de Lucas, año de 1602; la losa pareja corresponde al enterramiento de doña Victoria de la Riba, hija de otro tal don Juan de la misma familia, sobrino o nieto de los anteriores, fallecido en 1683.
- Si le interesa ver fechas, ahí tiene una todavía más antigua. Debe ser de cuando se terminaron las obras.
En efecto, por encima del fuste de una de las columnas que quedan por detrás del retablo, perdura la oportuna inscripción haciendo referencia al año 1557.
De paso hacia el mirador que hay en extramuros, por encima de la vega, y que los del pueblo conocen por El Picozo, Dionisio Juárez me cuenta que los santos patronos de Almadrones son Santa Julita y San Quirico, madre e hijo, cuya fiesta celebran con gran pompa el día 16 de junio. Antes de haber dado vistas al vallejo desde los peñascales, nos cruzamos con el abuelo Vicente que viene del Picozo con una lata de mendrugos de pan para los perros. Al pronto, la sugestiva visión en la mañana clara de los campos inmediatos del barranco, y las cumbres nevadas en la lejanía, presentes desde el mirador con toda su nitidez y toda su crudeza.
- Es decir, que el Badiel nace a cuatro pasos de donde estamos ahora.
- Eso es. Nace ahí en las carderas; detrás de ese cerrillo que le decimos la Torre de los Peñascos. Pero ya ve, baja seco. Hasta Argecilla por lo menos no coge agua.
El valle del Badiel en invierno cuenta con un misterio que en poco recuerda la espectacularidad conque lo hemos visto otras veces, después de que llega mayo. Tiene los bajos lisos, de tierra oscura perfectamente rasurada, planos como una carta; por los bordes del regato seco se alinean los árboles desnudos, y en los humedales de la umbría permanece la escarcha.
- Ese terreno vale cualquier cosa.
No vimos mucho más. La plaza de San Fernando tiene en mitad una fuente pública construida con bloquecillos de piedra berro­queña que trajeron de Ávila. En el pueblo de Almadrones, prudente­mente al margen del tráfico rodado de la general, hay mucha tranquilidad que el vecindario aprovecha para tomar el sol a las puertas de sus casas que miran hacia el mediodía, mientras pasan, lentas y sin otro aliciente apenas, las horas pueblerinas en este simpático lugar de la Alcarria.
(N.A. Enero, 1986)