martes, 30 de diciembre de 2008

AMAYAS


Por haber cogido la hora a contrapelo hube de comer de fiambre al pie de una sabina de las que pueblan el páramo una vez dejado atrás el pueblo de Labros. Desde Labros hasta Amayas es todo un agrio bosquedal de sabinas, de aliagas y de tomillos en sus más variadas especies. Por las umbrías y en los espacios en sombra permanente que hay entre los arbustos, quedan aún vestigios apelmazados de la última nevada primaveral. el ambiente del campo es de absoluta calma. Ni un rebaño, ni un transeúnte, ni siquiera el viento del valle del Mesa sube a estas alturas para hacerse sentir.
Amayas queda ligeramente desviado del camino a nuestra mano derecha. Se advierte a distancia como un pueblo hostil, sin sombras ni árboles, donde manda la piedra y tiñen los centenarios ocres que dan carácter a los viejos pueblos de la trashumancia. Un pairón molinés: "A devoción de Santiago Mellado.1896" nos pondrá en un minuto en la Plaza de Pascual Pérez Soler, donde está la iglesia. En el pairón hay azulejos por cada cara en memoria de las Ánimas Benditas, de San Roque y de San Antonio de Padua. Antes de llegar, se sienten los ladridos de los perros que cortan el aire como latigazos cuando el pueblo sestea.
La plaza de Amayas cuenta con el juego de pelota en el mismo centro, con una olma moñuda y desmochada sobre un doble escalón donde tomar la sombra, y con cuatro o seis perros que dormitean en paz afectados por el nubarrón de la tarde. No se ve un alma. Parece como si a todos los hombres del mundo se los hubiese tragado la tierra. Al cabo dobla la esquina sin decir ni media aun joven con jersey amarillo canario y un portafolios en la mano izquierda. Por simple intuición, uno piensa que el joven del portafolios pudiera ser el médico o un corresponsal de las cajas de ahorro.
En la portezuela de un coche todoterreno dice: "A. Marco. Ama­yas. Guadalajara" Dentro del pórtico en la parroquia de San Martín queda el acceso a la iglesia y la fecha del añadido que se cifra en 1887. Asegura la entrada una verja de hierro pintada de negro. La antigua escuela de niños asoma por una de las ventanas que dan al sol las cajas de cerveza. Ni qué decir que, con el despobla­miento, la escuela de niños ha corrido la misma suerte que tantas más en otros muchos pueblos que uno conoce: centro social, teleclub, sala de recreo o simplemente bar, a falta de alguna otra actividad más aparente en qué ocuparlas. Por la amplia explanada de las eras se ven clavadas de cepa en el suelo medio embarrado las porterías de jugar al fútbol los veraneantes. Unas cuantas gallinas picotean a sus anchas en el espeso yerbazal que regaron las lluvias. Como fondo, al otro lado del pueblo, los rudos montículos improductivos que algo tendrían que ver para que la población de la comarca se diezmase en cuestión de años.
Amayas, tal y como así consta en la monografía escrita por don Pascual Pérez Soler, recordado secretario de ayuntamiento al que aquí se le quiere como a un padre, es nombre originario del vascuence, y significa "arriba", impuesto a buen seguro por pastores procedentes de aquellas tierras norteñas que en estos escalones del páramo debieron habitar hace siglos, teniendo en cuenta la diferencia de altitud (más de 200 metros) sobre su vecino Mochales, situado en pleno valle.
Al fin acierto a llamar en una casa que encuentro con la puerta entreabierta. Me sale a recibir un hombre que se llama Alejandro, Alejandro Yagüe Escolano. Me explica que es el alcalde pedáneo, y como tal le ruego dedique unos minutos a acompañarme para ver el pueblo. Acepta de buen grado, y en su compañía vuelvo otra vez hacia la plaza.
-Es un pueblo muy pequeño, no tiene nada -me dice-. Como mucho vivimos aquí unas veinticinco personas.
-Poco campo, y escasa juventud es lo que veo.
-Campo malo, de sabina y de chaparro, lo que quiera. De tierras de labor ya hay menos. Jóvenes, nada; y de chicos, uno o dos que llevan al colegio de Molina. Como van las cosas, los pueblos de por aquí están casi todos muertos. La gente se marchó a las capitales y nos dejaron solos.
-He visto muchas casas en obras.
-Algunas hay. Ahora estamos arreglando lo del ayuntamiento para sacarle más provecho. Hemos preparado una habitación para el consultorio médico, otro salón grande para que se divierta la juventud cuando la fiesta, y otro más pequeño para secretaría y oficina.
-¿A qué Ayuntamiento pertenecen?
-A Tartanedo.
-¿Sigue siendo en Noviembre la fiesta de San Martín?
-No; ahora se celebra el primer fin de semana de agosto. Se trasladó para que pudieran asistir los que viven fuera. Así se ha convertido en una fiesta variable, sin un día fijo.
Cuando Alejandro, el alcalde, me llevó a que viera la iglesia, ya se habían agregado al grupo otros dos amigos más: Armando Marco, el del todoterreno, y Ramón Olías, taxista jubilado de Madrid que sirvió en el oficio durante treinta y tres años.
-Casi nada, ya ve usted. Y no dirá que por eso me acuerdo de la capital, ni mucho menos. Si voy alguna vez, enseguida me entran unas ganas locas de volverme a casa.
Armando, el labrador, fuma puro como los señorones adinera­dos, y es un ardiente defensor de su gremio.
-Hombre, claro que lo soy, por la cuenta que me tiene. Los labradores somos el oficio más desunido que existe, y así nos pasa, que todos los golpes se nos vienen encima. De nosotros todo el mundo abusa.
Hay en las contrapuertas de la parroquia dos bajorrelieves que merecen la pena, uno que representa a San Roque y el otro a San Martín de Tours. La iglesia es de nave única, más bien pequeña, acorde al parecer con la contada población que tuvo Amayas. El retablo tiene colocada en la hornacina superior la escena de su Patrón a caballo, repartiendo su capa con el mendigo. Por debajo, la imagen de un santo obispo, al que también veneran en el pueblo por San Martín, y que igual pudiera ser San Blas, San Agustín, San Fermín o San Nicolás de Bari. Uno no se lo explica, pero las costumbres y la devoción de la gente tiene a veces esos detalles pintorescos. Efectivamente, el Patrón de Amayas ejerce su titularidad en ocho o diez pueblos más de la provincia y que uno recuerde, y aunque fuese en vida obispo de Tours, resulta insólito el hecho de que se le muestre a la devoción de los fieles en traje talar, mitra y báculo. Por mi parte tomo la debida nota por lo que ello tiene de singular, aunque también de legítimo: Otros retablillos laterales están dedicados a Santa Bárbara, San Antonio de Padua, al Santo Cristo y a la Virgen del Rosario. En las pechinas, sobre las que descansa la sencilla cúpula del presbiterio, se ven un poco deterioradas cuatro pinturas con los Evangelistas.
-Ahora le podemos enseñar el Centro Cultural. Lo tenemos ahí, en lo que antes era la escuela mixta.
En realidad, el Centro Cultural "San Martín" está en la misma plaza, al lado de la iglesia, de la olma y del juego de pelota. En él hay unas cuantas mesas, un mostrador con botellas y trofeos sobre los anaqueles, un montón de cajas apiladas y una estufa de leña. Por detrás de las botellas se ven carteletas con dichos, consejos y recomendaciones.
-Lo abrimos a diario, pero como somos pocos nos metemos en una habitación aneja. Cuando somos más encendemos la estufa.
-¿A qué suelen jugar?
-Al guiñote -aclara Ramón Olías-, pero, como yo no lo entiendo, me ganan siempre. Les digo que al mus, que es lo mío, pero no entran.
El Centro Social, según explica Amador, fue montado por los socios en aportación equitativa y administrado hasta hace poco por una sociedad; pero que no resulta. Provisionalmente se encarga de él Ramón Olías.
-Sí, muy provisionalmente. Esto da muchas complicaciones y a mí tampoco me interesa. Lo hago para que no desaparezca, pero todo son pegas y me parece que no estoy dispuesto a seguir.
Como en tantos centros semejantes, un folio escrito a mano muestra en el tablón de anuncios las cuentas claras con cifras y detalles. Amador insinúa que eso es para información, más bien, de los socios que viven fuera.
-Hombre, claro. Los que no están aquí a diario nos piden cuentas.
-Lo que no significa que hayan perdido el deseo de verlos por aquí, supongo. Por lo menos siempre darán vida al pueblo.
-Pues, qué quiere que le diga. Estamos deseando que vengan, ya ve. Yo mismo, tengo cinco hijos que viven fuera; pero cuando vienen los veraneantes, no sé qué pasa, que nos quitan la tranquilidad. Pocos son, pero hay algunos que saben mucho, parecen abogados de secano y nos dan quehacer. La mayoría son buenos chicos, como hijos y descendientes del pueblo que son, pero no todos.
Con cosas como éstas, mejores, peores o parecidas, se entreteje, bien lo sé, el encanto y la singularidad toda de la vida rural en nuestros pueblos, algo así como la sangre de la raza, más acusada cuando los pueblos son menores. Hoy nos hemos detenido en Amayas, allá en el balcón molinés próximo al Valle del Mesa en la zona más septentrional del Señorío. Amayas, igual que Labros, Hinojosa, Tartanedo, Concha, Mochales, Villel y Algar, es pueblo donde uno deja amigos, gentes nobles que emplean el corazón cuando llega la hora de suplir cualquier deficiencia; hombres y mujeres transparentes como el cristal, en este mundo nuestro de opacidad y embrollo.
(N.A. Abril, 1986)