jueves, 18 de diciembre de 2008

ALDEANUEVA DE ATIENZA



El hombre que guarda las vacas por el pinar de Condemios debe aburrirse soberanamente. Cuando al hombre que guarda las vacas le parece bien, se planta en mitad de la carretera, hace una leve insinuación con el cayado y detiene al primero que pasa.
- ¿Me haría el favor de decir la hora?
- Sí señor, faltaría más. Son las cinco y veinte.
El camino es una cinta retorcida de asfalto que se va colando entre la espesura con dirección a las crestas más elevadas del Alto Rey. Es difícil encontrar en cualquier otro sitio por escondido que sea una quietud semejante a la que aquí hay. El silencio de los bosques, la calma del matorral que crece -yo no sé cómo- entre las piedras pardas, el sem­blante plomizo del cielo de la tarde, son en estas estribacio­nes postreras de la sierra como el grito unánime y ensordece­dor de la naturaleza en demanda de orden para ese otro mundo desbocado que se obstina en romper la originaria paz de las cosas, en bramar a la desesperada sin solución posible, en autoeliminarse al margen de toda ley sin otro argumento que el de su propio egoísmo.
Cuando se da vista a Aldeanueva se hace preciso ponerse a mirar. El pueblo se ve abajo, hundido en el barranco por el que pasea su pobre caudal el arroyo Cristóbal. Las viejas parideras de ganado arrastran sus lomos oscuros por las faldas del monte, hasta unirse definitivamente con las casas en donde viven los hombres. En medio de todo, la pequeña iglesia sopor­talada y el edificio del ayuntamiento que se remata con el reloj municipal y el campanillo para dar la hora. El cemente­rio se ve cerca del pueblo, aguas abajo; es un recinto rectan­gular, ínfimo, orientado hacia las montañas, con ramos de flores y coronas abrazadas a las cruces de una docena de tumbas.
La tarde huele a monte. De los retamares y de las estepe­ras del ribazo sale un dulce aroma a campo desnudo y a hume­dad. Arriba, más allá de donde suena el mirlo, brillan con el sol las torres metálicas de los militares. El pueblo está recostado en la ladera, al pie del cerro de la Hirita, a la margen derecha del riato. Por la calle del Cerrillo o de la Cuesta, que tanto da, baja una señora con un capazo de heno colgando del hombro. Después subirá por la misma callejuela un hombre ayudándose para caminar de una garrota de olmo.
- Buenas tardes. Cuánto frío, ¿verdad?
- Sí que hace frío; y eso que estamos como acurrucados al abrigo del cerro. Que no es éste de los pueblos más fríos de la sierra, no.
- ¿Siguen todavía dependiendo de Condemios?
- No señor. Desde primeros de año ya tenemos ayuntamiento propio, con alcalde del pueblo y todo. En algunas cosas creo que todavía dependemos de Condemios, pero, para el caso ya no tenemos nada que ver.
- ¿Cuánta gente queda?
- Aquí puede que no lleguemos a cincuenta personas.
A don Marcelino Benito, hombre que nació aquí y que se ha ido dejando su vida a jirones por estas montañas, no le com­place en exceso la nueva fisonomía de su pueblo. El prefiere la Aldeanueva de siempre, la particular y entrañable Aldeanue­va de sus años mozos.
- Hombre, pues claro que sí. Con todos los tejados de pizarra estaba el pueblo mejor. Eso es lo nuestro. Usted fíjese bien en lo que está viendo, que si las tejas, que si la urali­ta...; ya no parece nuestro pueblo. Ahora está más desor­ganizado, mucho peor.
- Yo también pienso eso. A cada uno lo suyo, sí señor.
- Mire, yo estuve un año de mozo de mulas en Valdenuño y dos en Usanos, pues ¿sabe lo que le digo?, que para ellos. A mí me gusta lo mío, si es pobre como si es rico ¿No le parece?
Don Marcelino y yo hablamos animadamente, como dos viejos amigos, en la puerta del ayuntamiento, por encima de un preci­picio plagado de enredaderas y de violetas en flor. Del ba­rranco asciende hasta nosotros el rumor mortecino del arroyo. Por las cercas del Cazairo y de las Eras, en la falda del cerro Molondrón por su ladera norte, pacen dos mulillas entre los fresnos y el robledal.
- El Alto Rey está por encima de todo aquello. La gente se cree que el Alto Rey es de Bustares, pero es de aquí. Cuando yo era chico, me acuerdo que cayó una chispa en todo lo alto y mató a dos de Albendiego. Los tuvieron que traer al pueblo, y aquí están enterrados. Ahora dicen que van a poner allá arriba unos aparatos para que se vea mejor la televisión por toda esta parte y hasta tierra de Soria.. Yo no sé, pero pachasco que la vean bien los demás, y nosotros, metidos aquí en el bacho, nos quedemos sin verla.
En Aldeanueva de Atienza hay un barecillo muy acogedor y muy limpio, en la plazuela de la fuente. En el pequeño bar de Aldeanueva atiende al público una señora joven que se llama Balbina. La estancia tiene una mesa redonda, sólo una, cubier­ta con tapete de hule, y un juego de futbolín. En la pared se lucen tres fotografías del pueblo tomadas desde avión. Mi amigo, don Marcelino Benito, me había hablado de ellas: "Son divinas, ya las verá usted" -me había dicho. Detrás del mos­trador están colocadas en sus correspondientes repisas las botellas de licor, las latas de conserva y las bolsas de arroz y de pastas para sopa. En el barecillo de Aldeanueva todo está a punto, cada cosa en el sitio justo en donde debe estar.
- ¿No será usted, por casualidad, el que puso en la Nueva Alcarria que el Alto Rey pertenecía a Bustares?
- No, no señora. Yo en esos asuntos me suelo andar con mucho cuidado, aunque yo también lo creía, ya ve.
- Pues no señor, el Alto Rey es de aquí, es nuestro y muy nuestro, para que se enteren.
- Ya, ya. Pues no sabe cuanto me alegra que me lo digan, para eso mismo que usted dice, para que se enteren. Oiga ¿Beben mucho los hombres por aquí?
- Que va. Una caja de cerveza nos dura las eternidades.
- El pueblo es un capricho. A mí me gusta mucho.
- Ya no queda nada, mire usted. Hasta hace poco teníamos nuestra escuela y todo. Ahora, los pocos chicos que hay se los llevan a Sigüenza. Pero estamos muy tranquilos por aquí. Antiguamente salíamos las mozas cantando por el pueblo, y recogíamos dinero para comprar la cera del monumento. Ya, de todo aquello, nada.
- ¿Qué cantaban?
- Pues aquellas cosas que se cantaban entonces. Lo del arao, lo de los pajaritos, la baraja, los mandamientos... Todo aquello.
- Ah, pues eso de "los pajaritos" no es tan antiguo.
- No, aquellos pajaritos eran otros, que no tienen nada que ver con los que cantan ahora. No me acuerdo muy bien, pero empeza­ban así:

Divino Antonio precioso,
suplicando a Dios inmenso,
que por tu gracia divina
alumbra mi entendimiento.

La señora Balbina no debió salir muchas cuaresmas cantan­do con las mozas por las calles del pueblo, pero sí la señora Felisa, que llegó a la tienda y en poco rato nos contó con el texto escrito en un cuaderno viejo todos aquellos versos -parte valiosa del costumbrismo más genuino de la Sierra de Atienza- que algún día se perderán, sin remedio.
- Dice usted que había que copiarlo mejor y guardarlo ¿verdad?
- Yo creo que sí, y cantarlo de vez en cuando también, y enseñárselo a los chicos.
- Pues mire, como las costumbres se han perdido, ya no hacemos ni caso. Y la cosa es que aquí los cantábamos siempre. Mire, estos que canto ahora son los del arado.

El arado os cantaré,
de piezas lo voy formando,
y de la Pasión de Cristo
palabras voy explicando.
La reja era la lengua,
la que todo lo decía,
la Muerte y Pasión de Cristo,
los dolores de María
.

- Muy bonito, sí señora. Y seguirá con todas las piezas del arado diciendo cosas parecidas, supongo.
- Sí señor. Y los mandamientos, igual. Esos se dicen con una flor en cada uno:

Aquí me pongo a cantar
por dar gusto a estos señores,
por ver si puedo explicar
los mandamientos en flores
.

- ¿No nos podría usted cantar un par de ellos?
- Si es que ya no me acuerdo. Escuche:

La segunda de estas rosas
se convierte en palo amargo,
esto te lo digo a ti
porque no jures en vano.
En el tercero te doy
la flor de la violeta,
por ser la más escogida
que santifica las fiestas
.

- Muchas gracias. No sabe cuanto agradezco tanta amabili­dad.
Si no tuviera que irme a uncir las vacas le hubiera atendido mejor. Aquí ya se sabe, cuando no estamos con una cosa estamos con otra.
La fuente de la plaza tira un chorro de agua muy fría, agua de primera mano acabada de salir de las entrañas del monte. Un trago para cumplir el viejo ritual me pone en el camino de regreso. Uno sale de Aldeanueva con nostalgia. Hundido allí en medio de las cumbres, extasiado de día, dormi­do de noche, con los penachos azulosos de sus chimeneas como única muestra de habitabilidad, el pueblo nos habla de unas maneras extrañas de vivir, donde todo es calma, donde la gente se entiende, palpando en su piel áspera el arrullo perpetuo de la naturaleza, señora y madre de la sierra.
(N.A. Mayo, 1982)