martes, 30 de diciembre de 2008

ALUSTANTE


Después de doscientos kilómetros de viaje, el descanso cuando se llega a Alustante es una necesidad vital. Lástima que las áridas tierras de Molina, aquellas donde uno siempre tuvo la ocasión de descubrir algo nuevo que a veces contó y otras se guardó para sí, no estén un poco más al alcance de la mano. El verdadero Señorío de Molina trasciende de los límites inhóspitos del páramo, es algo inmaterial y por siempre perdurable, está en el secreto señorial de sus pueblos, en la nobleza de sus gentes, todavía incorrupta como legado generacional de la Historia que, a falta de otra cosa que dar, dejó regados a lo largo de los siglos una pléyade de varones ilustres cuya huella quedó impresa en el carácter y en la forma de ser y de vivir de cuantos les han precedido. Hace ahora medio siglo, el doctor Layna Serrano escribía con motivo de un viaje al propio Alustan­te: "Hablando con gente de aquella tierra, uno creyera verse con señores disfrazados de pastores". Hoy es posible que la frase del llorado don Francisco no se ajuste del todo a la realidad. Alustante, lo mismo que el resto de las villas y pueblos de su comarca, no ha perdido el tren de las modernas formas de vivir, sin detrimento de su gravedad de origen que los molineses lucen como lo mejor de toda su herencia.
Alustante no tiene en sus alrededores ni un árbol para cobijarse, ni una fuente donde matar la sed. Sentado sobre un tronco seco en las eras de la Lomilla, uno prepara, bajo la sombra maternal de una nube, su entrada oficial, vela las armas como un nuevo Alonso Quijano antes de emprender la aventura, siempre difícil, de colarse de soslayo por la puerta falsa, para otear con todo respeto y con admiración profunda, la previsible hermosura de este pueblo señor.
Las pilas de madera de la fábrica y la fachada colorista de la Casa-Cuartel sirven de límite con la carretera que pronto acabará perdiéndose en tierras turolenses. Luego, la plaza. Está completamente sola. A la hora de la siesta cruza un señor, de tarde en tarde, con la cabeza baja, y los niños corren en bicicleta alrededor del jardinillo que le sirve de marco. Un surtidor arroja tres chorros de agua que salen por el pico de un cisne; monótono caer de la fuente que observa atento desde su pedestal en el centro de la plaza el busto del doctor Vicente Fernández.
-Oiga: ¿Este señor era de aquí?
-Sí, claro que era de aquí. La estatua se la ha puesto el pueblo.
-Ya lo veo. Fue médico, claro.
-Sí. Se fue del pueblo a hacer la mili a Madrid y se puso a estudiar; se hizo médico y luego descubrió dos o tres productos farmacéuticas muy buenos que le dieron fortuna. Debió ser una eminencia, según cuentan.
-¿Hace mucho tiempo que murió?
-Mucho no. La gente mayor se acuerda de él perfecta­mente. Llegó a ser Teniente de Alcalde de Madrid, y en recuerdo de su pueblo mandó poner allí a una calle el nombre de Alustante.
Hasta la plaza llega el sonido de un televisor desde un bar cercano. El bar es un establecimiento grande y muy moderno, con largo mostrador que atiende una mujer que se llama Milagros. Tres ancianos miran desde sus sillas las imágenes en color y escuchan atentos las últimas noticias. Mientras sirve, la señora del bar me habla en un tono nostálgico, desesperanzado y tristón, que a uno le cuesta trabajo aceptar.
-Aquí ya no queda casi nada. Había muchas costumbres, y muy buenas. Son terrenos fríos, que no dan, y la gente se ha ido o se ha tenido que quedar para vivir con arreglo a lo que hay, y ya ve usted que no es mucho.
-Pues he visto por ahí algunas fábricas.
-Sí; hay dos serrerías y lo que van sacando del campo. No hace mucho, había en este pueblo una docena de familias que vivían del campo, eran tratantes; pero al desaparecer las caballerías, aquello desapareció también.
Andar en solitario por las calles de Alustante es adentrarse de lleno en el recuerdo de las grandes villas que fueron luz durante los últimos siglos, es perderse en silenciosa meditación intentando hilvanar los caprichosos hilos de la Historia, entretejidos con la presencia todavía en pie de gallardas mansiones con puertas en arco de dovela; de rejería artística, testimonial, afiligranada e irrepetible en sus ventanas, que, con la habilidad magistral de los grandes artistas, moldearon siglos ha los propios herreros de la villa.
En Alustante nació en 1651 Fray Francisco Bordoy, eminente hombre de letras, autor de una Gramática Castellana, a quien en su tiempo se conoció como el "Nebrija redivivo"; y Juan Rosillo de Lara, también por aquellos años, considerado como el más prestigioso jurisconsulto de la época; y Fray Martín Rosillo, autor de un libro cuyo título exacto fue "Admirable sudor de la imagen de San Francisco en tiempo de guerra, cuadro que se conserva en Traid"; y Bonifacio Fernández de Córdoba, virrey de México, entre una lista interminable de personajes ilustres, que con el doctor Vicente Fernández nos dejaría en el presente siglo.
Ante la imposibilidad de que por ausencia me enseñase la iglesia el propio don Santiago, sacerdote joven e íntegro, a quien el viajero conoció de cura en Somolinos, la señora Gloria me presentó a don Juan Martínez, sacristán y peluquero desde los años de su juventud, hombre bueno, servicial, de los de alma transparente y sonrisa perpetua, quien me acompañó con absoluto desinterés durante una de las horas más gratas que recuerdo.
Andando hacia la mole parroquial que domina sobre todo edificio una torre cuadriforme, muy alta, posterior en el tiempo al resto de la iglesia, don Juan Martínez me fue contando que en el pueblo abundan los Lorentes, los López y los Izquierdos, que él es sacristán y barbero desde hace cuarenta años, y que en Alustante hay más de cuatro casas que para ellos las quisieran muchos poderosos de la capital.
-San casas divinas; algunas las hay divinas, de verdad. La del Tío Borriquilla, que le decimos, o esa del Tío Ventura, o la de los Mansillas, la de los Eusebietes, y muchas así. En este pueblo se ve que ha vivido gente de mucha importancia.
Desde el atrio, por encima del jardín que rodean unas cuantas ruedas de carro pintadas de colorines, se contemplan al fondo las lomas de Valhondo y de los Quemaos, y los cerros de Medio y el Costal de la Corza, más hacia tierras de Checa. La portada de la iglesia es una filigrana en piedra del XVI, rematada en arco de medio punto. Dentro ya, uno prefiere limitarse a escuchar y a ver, que en estos casos la experiencia le dice que es la mejor postura. La iglesia de Alustante da para más, para mucho más de una hora de visita, que será el tiempo que pudimos dedicar para ver con detalle, sino todo, si una buena parte de lo que allí hay.
-El retablo es hermoso, ¿verdad que sí? Yo creo que es lo que más vale de la iglesia -me dice Juan-. Aquel de allá arriba es San Miguel Arcángel, y esta de más abajo es la Asunción de la Virgen.
El retablo es hermoso, como dice Juan, y realmente lo es. Una joya del arte renacentista, donde, aparte de la imaginería antiquísima y bien conservada que lo adorna, sería injusto no destacar en el conjunto la riqueza en relieves, pinturas y columnatas que en sus diferentes cuerpos van cubriendo todo el muro frontal del presbiterio.
-Yo he oído decir -explica Juan- que el que lo hizo se murió sin acabarlo de dorar. Y en esta otra capilla está el Cristo de las Lluvias.
-Y bien que les habrá venido ahora con la sequía, ¿no?
-Pues mire, cuando no llueve, aquí solemos sacar a San Roque, pero un año siendo yo muchacho sacamos al Cristo. No ha vuelto a salir más, que yo recuerde. Y fuimos todos los cofrades que somos el pueblo entero. Yo no sé qué pasó con unos cables de la luz, que hubo un cortocircuito y casi arde todo el pueblo. Aquello daba miedo. La cosa es que cuando lo sacamos al Cristo estaba raso; luego se lió una tronada antes de llegar a la iglesia, y cayó una de agua que todavía nos acordamos. Ha ce unos días con San Roque nos pasó casi igual.
-Pues el Nazareno de aquella capilla es un capricho.
-¡Hombre! Aquel vino desde el palacio del Rey. Resulta que uno de aquí fue médico del rey Carlos III, y, por lo visto, le curó a su hijo y no le quiso cobrar nada. La cosa es que el Rey le regaló la imagen y el la trajo como donativo a la iglesia de su pueblo.
-¿Cuál es la Patrona?
-La Virgen de la Natividad. La imagen está aquí detrás. ¡Guapa, sí Señor! Los miles de fotografías que le habrán hecho.
Mi amigo Juan me habló del órgano que el nunca ha conocido funcionando y que allí está, como pieza ornamental únicamente; pero sí que funciona el armonium y lo toca él con la misma ilusión de un niño caprichoso. En el silencio del templo, con la puerta cerrada, es un espectáculo pintoresco, por lo que pudo tener de inhabitual, escuchar las voces no mal coordinadas del sacristán y del periodista entonando los kíries de la "Misa Coral de San Pío X" acompañados por el pequeño órgano de la capilla del Nazareno.
-Digo yo que el cura estará contento con usted.
-Y yo más. Esto de la música es lo más grande que hay.
En la sacristía nos encontramos con una señora enseñando el catecismo a cuatro niños, que iban repitiendo de rutina las primeras oraciones de la doctrina Cristiana. Luego vinieron algunos cuantos más hasta completar un grupo nutrido, atento y disciplinado. Los niños de Alustante tienen cara de listos, y acuden a la doctrina por sí solos, sin que nadie los tenga que mandar.
-Hoy hemos empezado tarde y han venido pocos; pero, cuando llega la hora, no falta ninguno.
Vimos después la imagen de Santa Catalina y el Ecce-Homo, ambas imágenes del siglo XVI, y la Virgen de los Desamparados, regalo de los hijos del pueblo que viven en Valencia, y San Roque, la milagrosa imagen de San Roque, para quien no faltaron las palabras más fervorosas y sentidas de Juan.
-Éste es nuestra prenda. Póbrecico. Cuántos milagros nos ha hecho siempre que se lo hemos pedido. Cuánto nos habrá dado a ganar. ¡Prenda! Lo queremos más...
Pero la sorpresa quedó para el final. Es mucho lo que allí vimos, aunque por prudencia uno prefiere quedarse con pequeños detalles guardados para sí en el recuerdo: Por una puerta oscura nos colamos al cuerpo de la torre, a la que se puede ascender fácilmente escalando su famoso "caracol", que con el de Tartanedo -menos conocido pero bastante parecido en su forma- son dos muestras interesantísimas de la arquitectura helicoidal sin apoyo alguno de espigón en el centro. Según explicó mi celoso guía, el "caracol" es una de las tres primeras maravillas del mundo.
-Sí, señor; para nosotros así es:

Quien haya visto Valencia
y los Arcos de Teruel
y el Caracol de Alustante
no le queda na que ver.

-Pues, no; no lo sabía, ya ve usted.
-Es de piedra blanda. Todo esto que brilla es de tanto como se ha sobado bajando. Yo bajaba desde arriba dando vueltas como en un soplo, igual que en un coche. Apoyaba la pierna aquí, y a volar.
Desde el coro, la iglesia tiene una vista espectacular, recargada, con un valiosísimo retablo mayor en el ábside. Después, la calle. El cielo oscuro de las primeras horas del atardecer se había ido desvaneciendo poco a poco, Cuando salimos, los campos de Alustante eran distintos, más risueños. Por la veguilla del Palomar, detrás de la iglesia, las tierras de cebada y los trigales lucían un color alegre, un verde brillante que favorecieron las lluvias de mayo, donde las tamarillas y los ababoles se mecen al antojo del viento que ahora baja desde las puestas del sol.
(N.A., Junio 1982)