martes, 23 de diciembre de 2008

ALIQUE


Chopos altísimos colocados en hilera, carrascas voluminosas colocadas a derecha e izquierda que ofrecen una sombra espesa y oscura como la sombra de los álamos, vástagos cilíndricos de tronco viejo, nogueras en leche, espliego, romero, tomillares, pájaros cantarines en las ramas, un barranco por el que corre el agua... Alique, menguado en mucho por la inevitable pérdida de sus olmos seculares que hubo que cortar, es un menudo paraíso perdido en la Alcarria.
Cuando de buena mañana llego al pueblo sopla un vientecillo fresco que eriza la piel. La espadaña de su iglesia y el juego de pelota se ven anclados allá arriba, sobre unas peñas que se elevan desde el cauce del riato. El riato o arroyo de Alique no tiene nombre. La poca agua que todavía corre, baja escondiéndose entre los matorrales silvestres de la hondonada y los residuos de ceniza que quedaron después de quemar los olmos. Al pueblo se entra desde abajo, siguiendo un barandal con triángulos calados de rasilla. Después el puente viejo, símbolo de la villa volande­ra, donde cuentan los que lo vieron que hubo un olmo que daba sombra a medio pueblo; y de seguido, como breve repisa antes de comenzar la escalada, la plazuela de la fuente, donde hay prendi­dos cuatro chorros que manan copiosos -uno hacia cada punto cardinal- de una especie de pilastra sólida, que concluye en un juego de forja a manera de cruz.
En la plazuela de la fuente hay en este momento media docena de personas tomando refrescos y cervezas con cacahuetes bajo un cobertizo, un poco al modo oriental. Les sirve una mujer joven, muy dispuesta, tirando en su color de pelo a castaña clara que viste pantalones vaqueros.
- ¿Quién será ese? -se preguntan.
- Cualquiera sabe. Alguno de las obras, o vaya usted a saber.
Casi en lo más alto del pueblo está la Plaza Mayor. Tiene un juego de pelota que prácticamente la ocupa toda, la portada en arco de la iglesia parroquial con una cifra escrita que dice 1760, y una sencilla barbacana por detrás que mira al barranco. Desde la barbacana de la plaza de Alique se consigue una visión a vuelo de mosquito muy bonita. Al rato pasan por encima de nuestras cabezas y de las copas de los árboles dos aviones a reacción haciendo un ruido infernal. El ruido de los aviones lo repetirán, ahora más atenuado, los cerros de Peñalacueva y Piedra­saltas por donde están los chaparros. Detrás del frontón, justa­mente al respaldo y sobre el mismo muro, hay una higuera muy frondosa que no tiene higos, como la del Evangelio.
- Antes era todo más bonito que ahora, ya lo creo que sí. Usted porque no lo ha conocido hace unos años.
La iglesia, al menos por lo poco que se ve desde fuera, no tiene demasiado que contar. Es un edificio sencillo, con paredes de mampostería y bloques de sillar reforzando las esquinas.
Gran parte de las casas que tiene Alique por el Barrio de Arriba son viejas, blanqueadas las más, con parrales que les sirven de adorno a varias de ellas. En otras con aires más actua­les hay jardinillos adosados, con rejas y cantidad de flores sin olor, de colores aparatosos y encendidos. En una de esas casa más modernas sale a través de la cortina, como disparada del altavoz en una radio a todo volumen, aquella conocida canción de tropa de "Adiós Lily Marlén". Por un instante, en la más absoluta soledad de una calle de Alique, he vuelto a recordar con nostalgia los ya lejanos tiempos del caqui que, con el poeta, es justo reconocer que nunca fueron peores.
- ¿Qué le parece el pueblo?
- Muy bien. Me parece muy bonito. Por lo menos en verano, a mí no me importaría vivir aquí. Pienso que debe ser un pueblo muy tranquilo.
- En eso que usted dice tiene razón. En el verano da gusto estar aquí, pero en cuanto llega septiembre, la gente se va.
- Y ustedes se quedan solos, como pasa siempre.
- Sí señor, y bien solos que nos quedamos. Nosotros que tenemos ganado, el alcalde que vive ahí abajo y dos o tres más.
Me comentaba doña Paulina estas cosas desde el altillo en que vive por la calle de la Iglesia, y se lamentaba la buena mujer, con mucha razón, de que la muerte de los olmos dejó al pueblo prácticamente al descubierto.
- Sí señor. Todo lo del barranco eran olmos hermosísimos. Aquí mismo tiene usted la señal de donde cortaron uno. Tapaba toda mi casa con las ramas y nos dejaba ver.
La situación de Alique en cuestas, su exuberante vegetación, y sobre todo el arroyo, son las tres notas esenciales que dan carácter y que condicionan la vida del pueblo.
Cerca del puente me viene a saludar un señor muy atento que lleva dos barras de pan envueltas en papel blanco. El hombre se ha equivocado de parte a parte al querer descubrir mi personali­dad, pero nos hacemos amigos enseguida. Me ha dicho que se llama Niceto Vaquero, y que es natural de Villalba en la provincia de Madrid.
- Pues encantado de saludarle, y aunque haya sido por error, usted perdone.
- No hay nada que perdonar. Le advierto que no es usted el único que me toma por otro. Como ando mucho por los pueblos sin avisar a nadie, es natural que la gente me confunda.
- Lo que usted no sabrá es que aquí hay una centenaria.
- Pues no lo sabía, no señor. Hace unos meses saludé a otra en Mandayona. Afortunadamente es una fruta que se da con harta frecuencia en la provincia. Yo creo que hay más de veinte.
- Si no le importa, pase usted luego a verla. Seguro que se está levantando ahora. Todavía está la mujer muy en su juicio. Es mi madre política.
- No se preocupe, dentro de un rato me tiene allí.
El alcalde de Alique se llama Pedro Betrín. Vive en la casa de Teléfonos, frente por frente al arroyo y al barandal de rasi­lla. Es un señor alto, mas bien delgado, sin rayar con exceso en lo uno ni en lo otro, y con el pelo tirando a cano. El alcalde, desde que me vio entrar en su pueblo, lleva media mañana con la mosca en la oreja pensando qué demonios pinto yo en Alique, olismeándolo todo y hablando con la gente como si tal. Lo sorpren­do arreglándose las uñas detrás de la cortina en el portal de su casa. Dicho sea que, ignorada por él la identidad del forastero, ni siquiera me ha invitado a entrar. Pedro Betrín sabe guardar debidamente las distancias con quien no conoce y da la impresión de ser un hombre frío y poco cordial. Un rato después comprobaría que no es así, ni mucho menos.
- Buenos días. Quería saludar al alcalde. ¿Es usted?
- ¿Para qué lo quiere?
- Para nada en particular; solamente para decirle hola, y para que sepa que soy una persona de bien que viene a ver el pueblo sin meterse con nadie.
- Pues en Alique hay poco que ver.
- ¿Cuántos habitantes son en este momento?
- Censados, veintiuno.
- Bueno, pues usted perdone. No le molesto más. Muchas gracias.
Al momento el alcalde se sacó la "Nueva Alcarria" al poyo, y se quedó pensativo mirando atentamente la fotografía que encabe­za "Plaza Mayor". Observo la escena con curiosidad desde el puente. Me doy cuenta de que el hombre ha cambiado de súbito la forma de pensar.
En la otra orilla del pueblo han sacado a la calle a doña Justina Rebollo Alonso, sentada en un sillón de mimbre. La abuela Justina es la centenaria de Alique a quien tenía el compromiso de saludar. Está como encogida la buena mujer, consecuencia de los años. Cuando me siento sobre un escalón frente a ella, me acoge igual que si me hubiera conocido durante toda la vida.
- Abuela. Digo que si bailará usted para el Cristo este año.
- No bailo ya para la fiesta nunca. No me ha gustado a mí mucho eso de bailar. Me entretengo en acordarme de las cosas y llorando.
- ¿Cuántos años tiene?
- Cien y medio. Voy a cumplir ciento uno.
- ¿Y qué tal se encuentra?
- Pues, quitándome lo malo, funciono bien. Las piernas, y la cabeza, y casi todo me duele. A mis años no soy ya persona. Todo lo tengo inútil. Nunca he sido encogida yo, pero ahora sí.
- ¿Qué le parece la vida moderna?
- Muy triste y muy trastornada. Aquí no se puede vivir.
- Me han dicho que se casó usted muy joven.
- A los diecisiete años. Yo no me quería casar, porque no conocía al novio; pero medio me obligaron para que un hermano suyo se librara del servicio.
- Increíble. ¿Y resultó bien?
- Muy bien, sí señor. Mi marido y yo nos quisimos mucho toda la vida. No como los de ahora, que les sobra de todo y no se entienden.
- ¿Cómo se portan sus hijos con usted?
- Muy bien. algunas veces me regañan porque soy mandona, pero es que no lo puedo remediar.
- ¿Y a que se debe, abuela Justina, que viva usted tanto?
- No lo sé. Será que no quieren lo malo en el otro mundo.
Le di dos besos al marchar y la abuela Justina -mujer al fin- los recibió con cierto rubor. A sus años es muy posible que, excepción hecha de los más afines, la gente no tenga con ella esa atención, por lo menos a diario. Cuando me fui, la buena mujer se quedó llorando a la sombra de los árboles en su cómodo sillón de mimbres.
Los efectos incómodos del sol de la Alcarria cuando son las doce, nos empujan a Niceto y a mí a buscar cobijo bajo el coberti­zo de la plazuela de la fuente. Allí cabe esperar que habrá mejor temperatura, sosiego y algún que otro botellín de cerveza fresca, como así es. Acabamos de acomodarnos en las bailarinas sillas del quiosco rodeando una mesa. Al momento aparece, periódico en mano, don Pedro Betrín, el alcalde, más convencido que hace una hora, más amable, más servicial, y dispuesto a invitar y a lo que hiciera falta. Uno, que dados los aconteceres que a diario se ven por este mundillo nuestro, nos es de los que se suelen fiar por sistema del primero que llega, lo recibe con calor de amigo y agradece sinceramente su compañía y su invitación. Las gentes de Guadalajara, sean de la comarca o latitud que fueren, son herede­ras de la castellanía del Cid en su conducta, y ahí está la prueba: primero, con recia severidad, se exigen todas las pruebas habidas y por haber -como el de Vivar en Santa Gadea-, luego la amistad, la fidelidad sin condiciones y el vasallaje. Hoy, Pedro Betrín, alcalde de la Alcarria, es una de las personas que con mayor afecto recuerdo de todos mis viajes.
- Así que me dijeron que las fiestas del Cristo las habían trasladado al mes de agosto.
- Eso es. El 16, 17 y 18 de agosto son ahora. Están muy animadas y acude mucha gente.
La intrascendente, pero amena conversación entre el perio­dista y sus amigos se ve interrumpida más de una vez por la pequeña Liana, la hija de Mari Carmen que es la señora que sirve en el quiosco. Cuando Diana se cansa de danzar entre las mesas, de hablar como una cotorra y de pedir golosinas que su madre a regañadientes siempre le da, se tumba en el suelo e intenta echar a dormir a dos caracoles sobre el papel de un chicle.
- ¿Cuántos añitos tiene Diana?
La parlanchina niña del quiosco se obstina en no responder. Cuando insisto, me muestra los dedos índice y corazón de su mano, indicando que tiene dos, sin mirarme siquiera.
- Pues qué niña más fea. Parece que la ha comido la lengua un gato. ¿Me das un besito, Diana?
- ¡¡ No !!
Alique. Aquí la Alcarria deshabitada y sola, cargando sobre su espalda árida el triste sino de las tierras mesetarias, donde a mucha honra, que diría el castizo, nos ha tocado vivir. Otra llamita encendida para el recuerdo -esperemos que lo sea por mucho tiempo- de la que quien esto escribe desea dejar la debida cons­tan­cia.
(N.A. Agosto, 1986)

1 comentario:

Mercedes dijo...

Ha sido un placer para mi encontrar este articulo sobre Alique en Internet. Sin embargo he de hacer algunas puntualizaciones sobre el articulo. El río de Alique si que tiene nombre, siempre lo ha tenido. Se llama Valdealique. El nombre correcto del alcalde es Pedro Bretín (y no Betrín como figura), que por cierto siguió siendo alcalde hasta 2007, y por último la niña de Mari Carmen se llama Diana y no Liana. Salvo estos errores el árticulo es precioso y desde aquí le invito a volver por Alique y comprobar que sigue siendo un pueblo precioso, a pesar de que se nos han vuelto a secar todos los olmos.