miércoles, 31 de diciembre de 2008

ANCHUELA DEL CAMPO


La del Campo es una de las históricas sexmas molinesas que ocupa una extensión considerable de tierras y de pueblos, coincidiendo con la zona nordeste del mapa general del Señorío. Anchuela del Campo, por su parte, tal vez sea uno de los tradicionales lugarejos de aquella sexma más despoblados e intrascendentes, al menos en apariencia.
Hallamos nuestro pequeño burgo en la misma carretera que desde Anquela del Ducado sale hacia Milmarcos, dejando atrás Turmiel y el abundoso cauce en primavera del río Mesa. Con los tiernos soles de abril, apenas si llegamos a divisar en las afueras de Anchuela la sólida fábrica de su iglesia, un puñado de casa marrones y poco más. Luego aparecerá un chopo copudo y desmochado, una chopa más bien en sustitución del clásico olmo cerca de la casa de Teléfonos y del buzón de Correos, y algo más adelante una balsa con tremendo barrizal en la que abreva el ganado, una ermita que se hunde y pare usted de contar. el casco urbano queda, en esta ocasión, a mano izquierda del caminante.
La gente de Anchuela, por lo que se ve, bien entrada la mañana no ha salido aún a la calle. Es preciso irla a buscar donde se encuentre. Por las orillas del pueblo se oyen al llegar los cacareos de las gallinas y el bullidor y desconcertado piar de los tordos en el tejado de la iglesia. El coche lo dejo al pie de un caserón al que han rejuvenecido excesivamente el porte. como una isla de piedra tallada en mitad del ocre mar de los encalados, resalta el escudo heráldico de los Cubillas, familia ilustre con raíces en pleno siglo XVI, de la que nacieron algunos militares y eclesiásticos de gran renombre, como don José Martínez Malo y Cubillas, oidor de la Real Chancillería de Santa Fe de Bogotá, o don Gregorio Martínez Cubillas, muerto heroica­mente en Portugal cuando la Guerra de Sucesión con el grado de capitán de Infantería.
Por encima del juego de pelota hay una calle en obras. En Anchuela por este tiempo andan en obras casi en todas las calles. Una señora cruza la carretera con mucho cubos y latas vacías enmanojados del asa.
-Poco personal, señora, por lo que se ve.
-Pocos. Aquí cada cual estamos a lo nuestro.
Más adelante me cruzo con un señor bajito que viste un mono azul. También debe estar a lo suyo, porque le doy los buenos días y no contesta; pienso que no debe oír.
-Y que lo diga. Está muy sordo el pobre.
Al volver la esquina hay una casa en la que no vive nadie. Tiene un piso alto con galería descubierta, con corredera de balaustres que debieron ser muy artísticos, destartalados ahora y maltrechos por la intemperie. En el techo de la galería se ven trazos geométricos muy elementales, pintados en tonos añiles y marrones la mar de llamativos. algo más arriba hay otra vivienda especialmente curiosa; es una casa estrecha y alta, de piedra sin pulir, deshabitada como casi todas las de Anchuela y que remata en palomar. Después me dirían que precisamente La Casa del palomar era su nombre.
-La verdad es que el pueblo no tiene mucho que ver, señora. Enseguida se acaba.
-Nada; hundimientos nada más. A eso de abajo le decimos Los Hoyuelos, que tampoco vale para nada. Lo bueno del término lo tenemos lejos, y aún hay bastante.
Anchuela es en sus alrededores un pueblo de escombreras y casillas de piedra que en otro tiempo fueron pajar y almacén de grano, por donde las eras. En el barranco de la Nevera se ve como fondo una faja aprovechable de tierra para sembrar; las vertien­tes que la circundan son hoscas e improductivas. Un gallo en la calle del Sol camina erguido a la pata tiesa, marcial el paso y ojo avizor como los caballos de alta escuela. La porción de campo que media entre las casas del pueblo y la iglesia es todo ello una huerta desatendida, donde se pueden ver algunos arbolillos frutales comidos por la maleza.
-Si no hay manos que lo trabajen. Se lo digo yo.
Algunas de las ventanas balconadas y puertas de Anchuela, tienen como cortaaguas el típico tejadillo en ángulo, que en los días soleados del verano también le sirve de sombrilla. Un señor está leyendo a pleno sol en el patio de una casa distinguida que da a los Hoyuelos.
-Aún se ven algunas casas buenas -le digo.
-Sí; ahí vive el alcalde. No sé si estará o habrá salido con el ganado. Pregunte.
Me abre la verja una señora que se llama Milagros. Su marido, alcalde pedáneo y al tiempo concejal del Ayuntamiento de Establés, había salido al campo con las ovejas.
-Bueno; pero si sólo es para ir con usted para que le acompañe a ver el pueblo, pueden ir el abuelo y el chico.
El abuelo se llama don Mateo Martínez, y el nieto Javier. El abuelo deja la lectura encima del poyo, y andando despacio para desentumecer, se sale a la calle.
-Le gusta leer. Eso siempre va bien.
-Es que me han suspendido en el colegio -me dice- y ahora tengo que aplicarme. No hay más remedio.
-¿Cuánta es la población de Anchuela en este momento?
-Cuatro gatos somos en total. Alguna treintena, o puede que no llegue. En verano aumenta mucho la cosa de habitantes.
-Lo que quiere decir que Javier no puede jugar al fútbol, aunque le guste.
-¡Qué va! -dice el chico-. Aunque se juntara todo el pueblo. Así de mi edad sólo estamos mi hermano y yo. Los viernes por la tarde venimos, pero pasamos la semana en Molina yendo al colegio. En el buen tiempo, a veces vienen mis primos, y más chicos; pero casi siempre pasamos los fines de semana solos.
El abuelo Mateo aclara que el pueblo tuvo vida en otro tiempo, y que el terreno responde; pero que a la gente le dio por irse, y si no se le pone remedio, dentro de unos años no quedará ni un alma.
-Mire, todo aquello de los bajos es de la Dehesa y la Cañadilla, un terreno de primera. Trabajando bien todo lo que tiene el término, aquí se podía vivir estupendamente, pero, váyale usted con esas a la gente joven.
Los tres nos vamos hacia la solanilla de la iglesia buscando el abrigo. Uno sabe muy bien que en las mañanas de invierno, incluso en las de abril, el simple hecho de recibir el sol de frente pegado a las viejas piedras de las ermitas y de las iglesias en los pueblos semidesiertos, es un placer inenarrable que han experimentado muy pocos.
-En estos sitios, habiendo sol es donde mejor se está. Nadie te molesta y te entretienes viendo lo que pasa por la carretera.
Aparte de su triple ábside semicircular como las hojas del trébol, la iglesia de Anchuela posee una espadaña calada por tres vanos que mira hacia el poniente. En uno de los dos vanos mayores hay una campana cortada por mitad; menos de media campana está asida a su melena con el cazo de bronce mirando al cielo.
-Se rompió hace mucho, y así se quedó.
Según la fecha que consta en el canto del muro donde remata el pretil, es posible que las obras finalizaran en 1641, sin contar, por supuesto, con los añadidos de siglos posteriores.
-Robaron hace poco. Se conoce que forzaron la puerta y se llevaron todo lo que había de valor.
-Que no sería mucho.
-Sí había cosas, sí. Se llevaron cuadros, collares de la Virgen, y todo lo que vieron. ¡Lástima que no se les quedasen las manos pegadas, como yo digo!
A derecha e izquierda de la tiara papal y de las dos llaves simbólicas que se ven esculpidas bajo el pórtico, se puede leer: «Esta yglesia y pórtico a espensas de don José Pérez y vezinos, se hizo», mientras que en el otro flanco dice: «Se concluyó a devoción de don Manuel Andrés, cura de esta parroquia».
La hemos retejado este año. Se aprovecharon las tejas de la ermita de San Miguel y ha quedado bastante en condiciones.
-Eso quiere decir desnudar a un santo para vestir a otro.
-Sí, pero como la ermita se nos hundía con tejas y sin ellas, se aprovechó lo que se pudo.
Bajo una cruz de madera que colgada sobre la pared se tuesta al sol, el abuelo Mateo y el adolescente Javier me hablan de que la fiesta de San Miguel ya no es para efectos patronales el 29 de septiembre, sino el 11 de agosto; y que para hacer compras y salir de tarde en tarde un poco de aquel rincón, la gente se va a Molina.
-Nos pilla a un paso; pero la verdad es que para cosa de comestibles no echamos de menos las tiendas; lo que hace falta son duros. Los vendedores de las furgonetas andan por aquí casi a diario. Algunos vienen de Teruel, y otros de la parte de Valencia.
Por las umbrías de la Loma de la Torre está el depósito de las aguas, allá entre las sabinas. Las sabinas, las mitológicas e incorruptibles sabinas, símbolo de una buena porción de las tierras del páramo, son empleadas en varios de los pueblos molineses a falta de mejor servicio, para quemar en el fuego. Pese a su indiscutible condición de madera de lujo, alegan los campesinos de las sexmas que su madera se trabaja muy mal, y que apenas se utiliza para las obras. Todo un tratado de aplicación práctica, de la imperante ley del mínimo esfuerzo.
Me despido de mis amigos de Anchuela del Campo bajo el escudo heráldico de los Cubillas en la misma plaza. No sé si volveré a verlos otra vez; será difícil. El sol se remonta sobre los hombres y sobre los campos, mientras que el hato de ovejas se apelotonan en vasto vellón a beber en los bordes de la balsa.
(N.A. Mayo, 1986)