jueves, 18 de diciembre de 2008

ALDEANUEVA DE GUADALAJARA



Los repechos escarchados de las cuestas de Iriepal con­trastan con las tierras cultas y con los baldíos de la alti­planicie que dora el sol. Campos rasurados de pan llevar asomando tímidamente por encima de los surcos el verdín de la cosecha y eriales de miel, nos dejarán muy pronto en las puertas de Aldeanueva.
El pueblo recibe a los viajeros que vienen a él bajo mazas. Aldeanueva se deshace en honores, se rinde en pleite­sías con una hilera de árboles en ambas márgenes del camino, que acaban por introducirse en sus mismos umbrales. Es el nuestro un pueblo de agricultores, donde la gente vive bien y tiene motivos para ello: las consabidas ventajas de la ciudad vecina; un campo fértil de agradable quehacer; un paisaje hermoso, recreo al fin para los ojos y para los espíritus dispuestos a la contemplación; pero, a pesar de todo, pueblo desierto y olvidado.
Con tres plazas cuenta Aldeanueva en la escasa superficie de terreno que ocupa. En una de ellas, precisamente en la que los viejos del pueblo se reúnen cada mañana para recordar, y los niños no corren porque no los hay, está el sólido templo parroquial con el pórtico desmantelado. La iglesia de Aldea­nueva es un juego de estilos, de épocas, de materiales diver­sos, amparados por una sensacional robustez de conjunto, ante cuyos paredones uno piensa haber visto la mano de artesanos y canteros medievales, renacentistas, dieciochescos, completando con la forma peculiar de hacer de cada uno, el recio monumento que tenemos delante de los ojos.
- El portalillo lo tuvieron que volcar porque ofrecía pocas seguridades. Hace poco estuvieron arreglando toda la parte de atrás.
Al sol de la ventana del ayuntamiento se secan dos cala­bazas huecas en forma de guitarra; de aquellas que sirvieron como contenedor ideal a nuestros abuelos para guardar los vinos y los aceites de la tierra antes del consumismo.
De aquí parte una cruz de piedra, robusta y bien trabaja­da, que se va sucediendo con otra, y otra más, a lo largo de la calle, y seguirá después con nuevas cruces buscando el rellano de la ermita. Detrás de las últimas casas surge con dirección al saliente la magnífica veguilla del Matayeguas, encajada entre los altos de Aldeanueva y el cerro Benito, buscando en mitad de las formas caprichosas por donde discurre los bajos fertilísimos de Lupiana, hasta confundirse definiti­vamente con las aguas del Ungría y del Tajuña después, ya en tierras de Horche.
El aspecto general de la vega desde nuestro mirador, toma tales matices con el embrujo simpar del sol de enero, que uno preferiría considerar lo que vio como mera ilusión paradisíaca carente de realidad; pero no, la vega está ahí, en el fondo, invadida de luz, y allá los manchujos pardos del robledal y de los olivares, y los cuarteles mullidos junto al arroyo en los que el sudor se ha hecho arte; y la alameda tupida de los huertos llenando la vaguada, y las ruinas en pie del Cerro del Santo donde dice José Luís -carita treceañera de hombrecillo formal- que hubo en tiempos muy remotos una iglesia o un castillo, del que sólo ha llegado hasta nosotros un paredón de piedra triscando el horizonte, y el decir de las gentes, fresco documento en boca de mi joven amigo, heredero por línea directa de anteriores generaciones.
- Y también hubo un pueblo. Alrededor de todo aquello dicen que había un pueblo que se llamó Aldeanueva de Arriba.
- ¿Cómo se apañan para regar la vega cuando el río baja seco?
- No la riegan. La siembran de cereales y nada más. De todas formas, baja siempre muy poca agua. El río nace muy cerca de aquí, ahí arriba, en Valdegrudas.
No lejos alcanzamos a ver por encima de un pequeño alto­zano las tapias del cementerio. Llegaremos hasta él bordeando desde lo alto la caja de la vega. A mitad de camino encontra­mos a un anciano sentado al sol, junto a las ropas que se secan extendidas encima de la maleza. El anciano ha colocado su asiento en la vertiente y uno piensa que puede caer rodando cerro abajo.
- Ese -me dice José Luís- es el Tío Pedro. Tiene muchos años. Antes era el alguacil del pueblo.
El viejo está solo. Cuando vamos llegando hasta su altura nos mira curiosamente. Creo que le gustaría saber quien somos y qué es lo que andamos haciendo por aquellos andurriales, un adolescente y un cuarentón oteando la vega.
- Buenos días Tío Pedro ¿Qué se hace usted por aquí?
- Nada. Pasando un poco el rato. Me ha dicho la mujer que eche un vistazo a este poco de ropa, y eso hago. Uno ya no vale para otra cosa.
- No me diga. Pues parece usted un mozo.
- Sí, sí. Igual que ese que va con usted. Nací en el noventa y cinco, y soy de la quinta del dieciséis, así que, vaya usted echando la cuenta. Oiga, si no está mal preguntao: ¿Por qué sabe que me llamo Pedro?
- Pues, sencillamente, porque no conozco a ningún Pedro que tenga cara de mala persona. Por eso.
- Ah, pues no se fíe. ¿Usted sabe quién tiene las llaves del Cielo?
- Claro que lo sé: San Pedro.
- Pues no señor. Las tienen los gitanos.
- ¡No me diga!
- Pues sí. Resulta que una vez riñó San Pedro con los gitanos -no sé por qué sería, ya sabe usted cómo son-, y, por lo visto, no tenía a mano ni un mal canto ni nada que tirar­les. La cosa es que les tiró las llaves del cielo, y los gitanos las cogieron y salieron corriendo.
- Pero, luego se las devolverían, digo yo. Para qué las quieren ellos.
- Que no se las devolvieron, no señor; que las tienen ellos.
- Bueno, bueno, si usted lo dice... No se quejará del día, ni de las vistas que tiene desde aquí, ni del olor de los tomillos.
- No me quejo, no señor. Esto es media vida. A mi no me va la capital, ¿sabe?. Me fui unos días con mi hijo y ya no vuelvo más, porque lo nuestro está aquí. Yo he sido alguacil muchos años, pero ya nada. Con las garrotas a mi casa, al sol, hasta la solana de la iglesia... Lo peor es lo de la hija.
- ¿Pues, qué le pasa?
- Tenemos una hija de cincuenta años que no se anda, y yo ya ve cómo estoy. A mi mujer, que tampoco puede, le toca todo. Qué quiere que le diga.
- ¿Por qué no huelen igual todos los tomillos, Tío Pedro?
- Pues, porque son como las personas. Los hay buenos y los hay malos. Coja ese que tiene al lado de sus pies, a ver si huele.
- Sí, mucho. Cuánto sabe usted.
- Los años, hijo; los años.
El corazón latiente de Aldeanueva, la zona urbana en donde vive la gente, está sufriendo, para bien o para mal, los efectos innovadores de los últimos años. Las calles, en cam­bio, son las mismas de siempre, difícil pavimento de tierra y canto a la espera del día previsto para su restauración.
- Las iban a alquitranar -explica José Luís-, pero han perdido la oportunidad y, de momento, se tienen que quedar así. Si quiere podemos ir a ver la iglesia. Es muy importante la iglesia de este pueblo. Se ha llevado un primer premio de antigua y de no sé qué más. Ahora han arreglado la parte trasera, pero se conoce que se les ha terminado el presupuesto y no siguen.
Desde los pies del ábside, recientemente reforzado, volvemos a ver la vega. Una señora sube con su cesta de ropa en el ijar por la cuestecilla del lavadero. El Tío Benito pasa junto a nosotros con un cubo lleno hasta la mitad de dientes de ajo.
- A sembrarlos -me dice-. Voy a bajar un rato a los poyales de la Cañá a ver si los siembro. Ya sabe lo que dicen: "Cada día que pasa de enero pierde un ajo el ajero".
José Luís tenía razón. La de Aldeanueva es una iglesia muy importante. Un poco extraña también, diría yo. Las formas más características, los ladrillos y las piedras de los últi­mos ocho siglos, sacados de nuevo a la luz a golpe de piqueta, envuelven en la oscuridad aquella única nave en la que se va colando, por toda luz, el hilo luminoso de tres troneras alineadas en la frontal del presbiterio.
- Y ahora, por que han abierto aquella ventana de atrás, que antes aquí no se veía ni gota.
La sacristía cuenta con una puerta interesantísima, trabajada en arabescos, y una leyenda incompleta rodeando la pared a la altura del techo. Sobre uno de los muros de la sacristía está representada la escena del "Descendimiento", en un fresco cargado de años y de interés, al que la uña de la desconsideración y el fantasma cerril de la ignorancia, han conseguido destrozar totalmente a fuerza de picotazos con instrumento punzante encima mismo de la superficie pintada de la obra.
En Aldeanueva de Guadalajara se bebe el ambiente rural más auténtico a media hora escasa de viaje desde la capital. Subir hasta Aldeanueva no será nunca un tiempo perdido. Las huellas del pasado, las inquietudes del presente, los consabi­dos pecadillos y las virtudes todas del alma castellana tienen allí su mejor sede, tomando como asiento ideal la calma de los llanos y a su vera el provocador espectáculo del valle por donde baja exangüe un arroyuelo de la Alcarria.
(N.A., Febrero 1983)