jueves, 25 de diciembre de 2008

ALMIRUETE



Antes de adentrarme en las interioridades de la sierra he subido a visitar en su ermita restaurada, con las puertas abiertas de por vida, la imagen menuda de la Reina y Señora del Macizo. La Virgen de los Enebrales preside desde tiempo inmemo­rial estas tierras abruptas, cuyo patronazgo se ha hecho a través de los siglos consustancial con las formas de ser y de vivir de las buenas gentes de los pueblos de la comarca.
Sin pérdida de tiempo, dejo los aledaños de Tamajón y me interno muy despacio, bebiendo y respirando el paisaje, con dirección a los bordes montañosos del noroeste. La temperatura desde que salí de la capital ha descendido considerablemente. Voy un poco a ciegas. Almiruete surgirá poco después acostado en el fondo de un valle a la solana, salpicado en derredor por la abundosa vegetación de rebollos, de enebros, de chopos y de alamedas, y que coronan con los picachos puntiagudos de piedras que tienen nombre las cumbres serranas, bajo el celaje azul, purísimo de la Castilla eterna. Un badén profundo en el camino nos coloca inmediatamente en el interior de este pintoresco pueblecito de montaña.
Bordeando por una callejuela pina el arroyo de Fragua, de cuyas márgenes brotan, rectos como velas, los chopos trajeados de hiedra, doy en caer en una placetuela recoleta donde hay una fuente construida en 1794, con una inscripción sobre el triángulo de sillar que le sirve de remate en el que se puede leer: "REI CARLOS IV".
- Yo la he conocido toda la vida así. La Fuente Vieja le llamamos. Luego se hizo otra un poco más abajo, siendo yo alcalde.
- ¿Cuantas personas quedan de fijo en Almiruete, Tío Tomás?
- Picas, hijo. En invierno somos muy pocos. Lo mismo somos catorce o quince. Ahora se ha muerto un matrimonio en nada de tiempo y todavía somos menos; pero la gente viene los fines de semana.
Me senté a descansar junto al quicio de la puerta de don Tomás Serrano, con su hijo Tomás en compañía y como escenario las rústicas construcciones de las viviendas próximas, los tiestos en letargo de las aceras y las faldas de jaral de las montañas que nos acorralan como ronda de gigantes jugando a la gallinita ciega.
- No es por que te lo diga yo, pero este pueblo parece un jardín. Cuando salgo a la contorna y vengo aquí, da gusto ver tanto verde y tanta agua. Mira, aquel de enfrente es el Pico de la Tonda. Allí he dormido yo más de cuatro noches con las ovejas.
- Y aquello de la izquierda es un repetidor de televisión ¿no?.
- Eso es; pero no sé para qué lo queremos, porque no se ve aquí la televisión. Le dicen el Alto de San Sebastián. Y estos de atrás son las Peñas Palomas y la Piedra del Reloj.
- ¿Por qué esos nombres?
- Pues eso era porque había palomas que vivían en los agujeros; y el otro, porque cuando daba la sombra en la cara de acá, era la hora de desenganchar las mulas de la trilla. Y que no fallaba; enseguida rebuznaban las mulas y sonaban las campanas. Las doce en punto, sí señor.
- La anciana de la casa me ha sacado un cojín para que esté más cómodo. Me tratan como si fuera de la familia. Yo se lo agradezco y se lo hago constar.
- Digo yo que a lo mejor somos parientes. Yo también soy Serrano.
- Ah, pues ¡pachasco! Aquí llevamos ese apellido casi todo el pueblo.
- Lo que se ven por aquí son muchos chalés, muchas casas nuevas que son muy bonitas. Los de fuera, claro.
- Allá atrás se ha hecho una el padre de Ufarte, ese que juega al fútbol. Vienen mucho por aquí. El hijo ha venido a Almiruete un par de veces. Yo he hablado con él.
- ¿Y cómo?
- Pues resulta que ese señor conocía estas tierras de cuando estuvo trabajando en el pantano del Vado. Luego se fue a Brasil, y se ha montado aquí una casa para veranear.
El olor en la tarde de Almiruete es el característico de los campos serranos. Olor a jara, a huertos, a humedad, que estrella contra la piel del hombre la brisa permanente de las cumbres que comanda el padre Ocejón, no muy lejos de nosotros. La abuela Eustaquia descansa con las manos cruzadas sobre el halda a la puerta de su casa, cubierta como tantas más con planchas de pizarra. Félix Serrano, el alcalde de barrio, nos sale al paso casualmente, trabajando en unas obras cuando el abuelo Tomás y yo bajamos hacia la iglesia.
- No se preocupe. El trabajo lo puedo hacer igual un poco más tarde. Ahora le acompaño. Faltaría más.
En el moral de la Fuente Nueva me invitan a probar la fruta ya madura. Como siempre ocurre con los frutales de tercer o cuarto orden, de los que nadie hace caso, el fruto de la morera tiene un sabor exquisito, y un inconveniente también: que ensucia las manos. El abuelo Tomás que lo sabe, me da la receta para ponerle remedio.
- Sí hombre. Eso se va restregándolo con una verde. ¿No lo has oído nunca? «La mancha de la morera, con otra verde se quita».
Debajo del campanario toman cuerpo, y altura sobre todo, los picachos de la sierra que resguardan al pueblo. Félix, el alcalde, me habla de que en las peñas del Reloj anidaban hace años las águilas reales.
- Dos parejas creo que quedan ahora. Con eso de que echan estricnina para las zorras, están acabando con ellas.
El triángulo de la espadaña es una bella y bien cuidada pieza del arte románico. Completan la estructura del templo en su exterior otras partes acordes con el gusto ojival, y demás añadiduras de épocas posteriores.
- La queremos arreglar un poco, a ver qué pasa. Ya hicimos una colecta y se arregló lo más urgente. Ahora tenemos millón y medio que nos dieron. Por lo menos para el tejado y poco más sí que habrá.
El pórtico se sostiene sobre cuatro columnas de piedra de cantería, bastante más reciente que el resto del edificio. El abuelo Tomás tiene noticia de cuando las pusieron.
- Apenas si me acuerdo, pero apuesto que las arregló un picapedrero y las trajeron a hombros y con palos los hombres del pueblo desde la Encina de la Abuelita.
- ¿Qué nombre más original?
- Ya no existe la encina esa. La vendieron y la cortaron para leña. Se llamaba así porque, antiguamente, había una abuela que iba casi todos los días a rezar el Rosario a Los Enebra­les. Cuando fue más vieja, ya no podía pasar de allí; lo rezaba debajo de la encina y se venía al pueblo. Aquello está en el antiguo camino de Tamajón.
- Muy bonito, ya ve usted.
- ¿Se ha dado cuenta de la higuera que hay en el campanario?
- Ya la he visto.
- Y qué chupará la condená. Tiene cuatro o seis higos.
Dice el alcalde que en Almiruete celebran la fiesta de San Blas, trasladada al primer domingo de agosto por conveniencia del público.
- También hemos celebrado Santa Águeda. Querían las mujeres mandar un poco, y ¡hala!, lo hemos hecho fiesta también, para que no digan.
El alcalde de Almiruete es un muchacho soltero.
Tiene este pintoresco lugar de la sierra del Ocejón dos barrios bien distintos: el que acabamos de visitar en donde está la iglesia, la calle del Pilar y la Fuente Vieja, llamada de la Cerca, y otro segundo paralelo a aquel, más pequeño, en la margen izquierda del arroyo, al que llaman la Calle de Atienza. Entre uno y otro barrio se ve, tapado por las obras de acondiciona­miento, un puentecillo románico, muy curioso, contemporáneo quizá de las obras de la parroquia.
- Hubiéramos querido empedrar de loseta las calles, pero no ha podido ser por la cosa económica. Así como están, de cemento, no quedan mal, pero se levantan con los hielos y en invierno son peligrosas. Hay días que, como están en cuesta, parecen una pista de patinaje.
Cuando se anda sin prisas por Almiruete, las impresiones afloran en racimo al volver de cada esquina. Detrás de cualquier callejón angosto, la sabrosa estampa de una casona centenaria con barandal comido por los soles; aleros envejecidos que uno jamás se acaba de explicar cómo sostienen sobre sus lomos labrados con hacha el peso ingente de la piedra negra; huerteci­llos de erial donde crecen, ellos sabrán cómo, los retorcidos olivos, las higueras silvestres, las parras y los perales en un admirable desorden.
- La gente por estos pueblos se va arreglando con lo de la jubilación. Menos yo, que me dedico a la construcción, y dos pastores, los demás son todos gente mayor.
Ahora hemos caído junto a una tercera fuente pública. Esta es muy distinta a las otras dos que acabamos de ver. Por la forma del estanque que tiene a su espalda, podría muy bien llamarse la Fuente Redonda. Ocupa el centro de una placetuela en el barrio de Atienza, quiero recordar, y tiene un agua deliciosa y de apetecible beber. Por el fondo del estanque corretean en bandada un par de docenas de pececillos, todos iguales. «No tienen clase, son peces comunes», me ha dicho el alcalde. Viéndolos ir y venir, siempre por el mismo sitio en aquel medio transparente e incontaminado de aguas serranas, pero sin una salida posible, pienso en Almiruete y en tantos puebleci­llos más, perdidos al amparo de nadie. Lugares ideales para nacer, y para morir sin dejar rastro. Uno piensa si, después de visto el final previsible del mundo del progreso, la verdadera sabiduría no andará por ahí, en manos de los más humildes como reza la Escritura Santa, y de la que estos pececillos grises de un estanque serrano no son sino un símbolo.
(N.A. Septiembre, 1984)