jueves, 1 de enero de 2009

ANGÓN


-Angón debe caer muy cerca de aquí, ¿no?
-Muy cerca, sí señor. Un kilómetro más abajo lo tiene.
Un hombre y dos mujeres están esperando, al respaldo de una casilla en la carretera de Soria, el autobús de la tarde.
Efectivamente, enseguida se divisa el pueblo de Angón en el vallejo, con su torre alzada sobre la escarpa de una prominen­cia gris y por debajo los tejados ocre de sus viviendas. Siempre como fondo las sinuosidades, no tan lejanas, de la presierra, y en lontananza los perdidos picachos del Sistema Central, más o menos por la línea divisoria de las dos Castillas.
El ramal de carretera es corto, pero enrevesado. Los que suben a pie o en caballerías suelen burlar por el atajo y llegan con mayor rapidez a la que pudiéramos llamar carretera madre, equidistante casi de Atienza y de Jadraque, las villas más cercanas, al norte la una y al mediodía de la otra del empalme de Angón.
En los sequedales de los bajos se agostó la mostaza, mientras que en los vecinos oteros se enseñorean las aliagas, los enebros y los roquedales de un triste color de plomo. La tarde también es oscura como el campo, de una placidez otoñal sobreco­gedora. Ha y momentos en los que el sol se cuela entre los claros del nubarrón y se hace la luz. Entonces el campo se enciende y se carga de optimismo. Es otro campo.
Henos ya junto a la pequeña ermita de la soledad, adormecida bajo el caduco ramaje de una noguera. En la calle principal -quiero recordar que está dedicada a la reina María Cristina- los ancianos y las ancianas se han salido al poyo a ver lo que pasa. Angón es como un mar en calma. Al fin alcanzo la recoleta Plaza Mayor, pequeña y graciosa, con la leve escalinata del ayuntamien­to en un lateral y un olmo en el centro, desmochado y herido de grafiosis. Los ventanales de la antigua escuela de niños gimen en la solana con dolor de madre que no se resigna a haber perdido a sus hijos. Poco más abajo, el señor Claudio ojea una revista que alguien le ha traído de la capital.
-Más de treinta chicos hubo siempre en esa escuela. Pero, ya ve lo que son las cosas, seguramente que en este tiempo no quedamos aquí de fijo ni una docena. Chicos, ninguno. En verano, eso sí, los que quiera.
-¿Sabe que me gusta su casa? De piedra fuerte, sí señor, para durar.
-Para durar si se la cuida. Las casas de los pueblos, si no se está encima, empiezan por una gotera y acaban en el suelo; pero en poco tiempo.
La piedra caliza y el adobe sostienen como pueden la vejez de tantas viviendas destinadas a la ruina. Algunas con curioso entramado y con una centuria o más bajo el alero; y otras adecentadas y elegantes, de artísticos balcones de forja enfilando calles limpias, impecablemente pavimentadas, como esta de la Fuente por donde ahora nos movemos, que cuenta con la gracia secular de un arco de dovelas curiosísimo.
-Buenas tardes tenga usted, caballero.
-Muy buenas.
-La fuente del pueblo cae más a las afueras, me han dicho.
-Sí, está más abajo, detrás de la plaza. Son dos fuentes las que hay. La primera, que tiene mejor paladar, y la otra que se empleaba antiguamente para dar de beber a las caballerías. Están juntas, pero las aguas son bien distintas.
La primera, la de mejor paladar según me contó don Julián de Pedro, el alcalde, vierte de un frontis menudo de sillar a un piloncillo a ras de suelo que malamente permite beber, aun poniéndose de rodillas sobre el borde. La otra pilla a cuatro pasos. Es un pilón rectangular, que vierte desde un monolito colocado en el mismo centro.
-¿Vienen aquí a coger agua?
-No; la tenemos en las casas de otro manantial distinto que es todavía mejor. Aquella viene desde un paraje que le decimos Valdefresno. NO falta quien viene aquí a llenar el botijo, porque ha sido la fuente de toda la vida y sale más fresca en verano, pero por capricho.
Por estos extramuros he vuelto a saludar a don Pablo y a don Daniel de Pedro, a quienes había visto días atrás en aquel mismo sitio y quise entregarles el original de la fotografía que tomé previamente; a don Máximo, capellán castrense, quien salvando un malentendido que no viene a cuento, me regaló un encendedor como recuerdo del regimiento de Artillería Antiaérea, número 71, en que hice el servicio militar por aquella añorada década de los años sesenta.
El alcalde me invita después a ver el pueblo desde otra perspectiva, desde el pretil de la iglesia. Para subir es preciso atravesar todo Angón, siempre de cara al cerro del Altillo, donde parecen distinguirse grandes hileras de pared, correspondientes, quién sabe, a un viejo castro musulmán o a olvidadas parideras de primeros de siglo.
-Qué va. Son paredes de piedra, como de cercas. Detrás hay una carrasca muy grande. Aquella es mía.
-Lo que sí se ven son muchas parras.
-Tampoco valen mucho. Un pinar divino es lo que tenemos, jovencito, de unos treinta años y propiedad del pueblo.
-Pues no parece tierra de pinos; ya ve.
-Sí, allá más adentro. Es un pinar de repoblación, pero muy hermoso. El día que se pueda tirar de ello será una gran riqueza.
-Y buenas calles, señor alcalde.
-Buenas. Las arreglamos el año pasado, y el agua a las casas la pusimos también. Casi todo de aportaciones y de hacenderas de la gente. Otro poco nos dio también la Diputación. después de las obras ha quedado muy bien; pero no sabe usted lo que cuesta.
Angón, activo y solidario, es un pueblo en el que, hoy por hoy, están sin fiestas patronales. Me lo explica el alcalde.
-Bueno; Patrón sí que tenemos. Es San Blas. Como usted sabrá, su fiesta es el tres de febrero, pero hace mucho que se cambió a septiembre. Ahora resulta que para esas fechas la gente ya se ha ido, así que, como aquel que dice, no celebramos nada. Qué sé yo si nos traerá cuenta de pasarla ahora al tres de agosto.
-Eso, ustedes verán.
-Claro, y como aquí no hay ninguno. El más joven del pueblo soy yo. Tengo sesenta y ocho y lo que cuelga... Ya ve qué plan.
Mientras que así habla mi amigo Julián de Pedro, vamos alcanzando, poco a poco, el alto del pretil. La iglesia sirve de remate al barrio más antiguo y descuidado de Angón. Se ve que la gente prefiere para vivir la parte llana de la calle de María Cristina, de la Plaza Mayor y de la calle de la Fuente. Pisamos por callejones de piedra desgastada, donde han crecido la hierba y los zarzales porque nadie transita. El atrio y las escalinatas de la iglesia se sostienen sobre cimiento natural de roca viva. Julián, el alcalde, prefiere que pasemos antes a ver el depósito de las aguas.
-Yo me encargo de darla y de quitarla -dice-. Aunque tiene un aparato que hace que se corte y se dispare solo.
Una vez en el interior de la caseta donde está el depósito, subimos por los escalones de hierro y nos sentamos encima del borde. El tubo de entrada no echa ni una gota. Mi acompañante tira de la boya y, al momento, comienza a salir cada vez con más fuerza hasta que no cabe por la boca de la tubería.
-¿Verdad que esto es una riqueza?
-Ya lo creo.
-En lo del sondeo lo tenemos regulado para que dé tres litros por segundo, pero da seis. Ya ve si nos sobra.
-¿Cuánto cabe el depósito?
-Treinta y cinco mil litros, un poco escasos. Con dos horas y media al día funcionando, tenemos bastante.
Afuera otra vez, nos hemos quedado solos ante el espectáculo de los Aguanares y todos aquellos vallejuelos que comanda a lo lejos la Peña Bodera. Desde el pretil el alma se torna serena como el campo. Antes hemos visto el campanario de bien conservado sillar, mirando a las puestas del sol; el cementerio adosado al templo, y ahora la sorpresa de una portada bellísima de escuela románica, de línea sencilla y cubierta por un techadillo acabado de restaurar.
-Estaba de mal que daba miedo. Hubo que restaurarlo. así ha quedado bien, y curioso.
La iglesia es otra pequeña joyita de las muchas que, hasta el día de hoy, uno ha tenido la suerte de descubrir para sí en los dos centenares y pico de pueblos que conoce. Posee un retablo mayor de cargadísimo barroco, con templete del mismo estilo sobre el primitivo altar, gustosamente conservado, y una talla de Santa Catalina, titular de la parroquia, entre otras más. en la única navecilla lateral lucen sus impecables dorados otros dos retablos: uno dedicado a San Blas y otro a la Virgen del Rosario.
-Esta de aquí es la Virgen Blanca.
-Paradójicamente, la Virgen Blanca de Angón va vestida de azul. es una talla sedente, muy antigua y maltrecha, a la que el pueblo debió venerar, suponemos, en mal recordados tiempos.
-Arriba está lo que queda del órgano. Cuatro trompetas y un fuelle. Era divino, pero en la guerra... usted ya me entiende.
Don Julián de Pedro me habló después de las tradicionales romerías al santuario de Valbuena; de cómo su cruz parroquial destacaba de las cruces que llevaban los feligreses de los demás pueblos, lo que motivó, por buenas composturas, que dejaran de ir.
-¡Qué remedio! Todos los años había gresca con los de Membrillera, que la querían porque era mejor que la suya. Así que, como nosotros éramos menos y llevábamos las de perder, acabamos por no volver más, y así terminó la cosa.
La última mirada en la penumbra es para la magnífica balaustrada del coro, de artísticos torneados dos veces centena­rios, y escondida allí, como reliquia de tiempos más prósperos para el pueblo y muestra del buen hacer de quienes vivieron antes que nosotros.
-Bueno, pues ya que ha visto todo lo que hay que ver, si quiere podemos bajar a la miaja de cantina que tenemos en la plaza.
Cuando uno precisa en Angón los servicios del bar y lo encuentra cerrado, busca a Hipólito y enseguida aparecerá con la llave. El modesto centro de recreo ocupa la sala de clase de la antigua escuela de niños. Hay tres mesas para jugar a la brisca, un viejo aparato de televisión de los de blanco y negro, y un mostrador reducido donde el señor Hipólito sirve a los clientes con prontitud.
-Cerveza es lo que más se consume en verano. En este tiempo, nada. Llenas el frigorífico y tienes abastecimiento para un mes.
-Pero usted no está aquí de continuo.
-Qué va. Subo un rato. Si no viene nadie, me aburro y me voy.
-Los de Angón deben ser angoneños -pregunto.
-No sé. Angoneros nos deben decir.
-¿Y de mote?
-Nada. Por aquí tienen mote todos los pueblos, menos nosotros. Los de El Atance son escarabajos; los de Huérmeces, dichosos; los de Santiuste, cesteros; y los de Pinilla, barraque­tes. Y en verso escuche:

En Santamera los grajos,
en La Olmeda los ratones,
en Riosalido los majos
y en Imón los jaquetones.

La tarde de Angón nos traicionó un poco. Cuando uno comienza a sentirse a gusto, vienen las sombras de la noche y lo tiran de allí. El tiempo en el casi desierto lugar ha volado sin ser visto, pero el informador se marcha con la impresión de haberlo aprovechado. Un pueblo más de gentes honestas, donde uno encontró hospitalidad y cariño.
(N.A. Noviembre, 1984)

3 comentarios:

Agapito Lima dijo...

"A los treinta y seis capitulos dixeron: que á poco mas de media legua está vn sitio que se llama é nombra el Castillo de Ynesque, y en aquella parte é lugar está vn castillo que se llama segun dicho es, Ynesque, é no dicen, ni han oido que haya sido población.(Madoz)

Jaime dijo...

En primer lugar, muchas gracias por abrir este blog, en el que aparece pueblos de los que ya casi nadie se acuerda. Al leerlo he recordado los nombres de los que aquí aparecen, creo que todos ellos fallecidos. De la foto tan sólo vive uno.

En segundo quería decirle que soy nieto de uno de los señores que aparece en la foto (Pablo de Pedro) y que me gustaría saber si es posible conseguir la foto en un tamaño mayor. Mi abuelo falleció hace ya algunos años y no quedaron demasiadas fotos suyas, así que estaría muy bien el tenerla

Muchas gracias

Jaime dijo...

Acabo de darme cuenta de dos cosas:
- La primera, que pinchando sobre la foto se abre en un formato mayor
- La segunda, que sí que sobrevive una persona, Máximo, el capellán al que se hace referencia

De todos modos, si conserva fotos de aquel viaje, estaría encantado de verlas

Gracias