viernes, 30 de enero de 2009

CANREDONDO


El sol acaba de aparecer y ya comienza a derretirse en tonos fríos entre las sinuosidades del terreno. Los chaparros de la ladera se esfuerzan por despertar con los primeros rayos. El tomillo, el romero, el espliego, la humilde matilla de la ajedrea, una fila de colmenas bajo la visera de un ribazo en la solana. El campo es por aquí fragoso, arisco; campo de bermejales y rocas grises perdidos en mitad de una naturaleza difícil en la que el hombre apenas tiene algo que hacer. Uno piensa que, después de tantos viajes pisando su piel, hoy ha dado por fin con el corazón de la Alcarria, La Alcarria tiene el corazón atercio­pelado, huraño, aromático. Habría que estudiar a fondo hasta qué punto la magia no dejó clavada también en la Alcarria su pequeña sede. Sería interesante velar las armas alguna vez a horas intempestivas en las oquedades de la llamada Puerta de Ruguilla, en el estrecho y bajo las peñas. Se acabaría por ver, quién lo duda, el vuelo torpe de los docejos sobre la roca, y los cabrichochos pastar entre las breñas del desfiladero; extraña fauna de aquelarre que un loco de Cuenca, Raúl Torres, ha llegado a sorprender en las noches de luna vagando de cueva en cueva, de risco en risco, por las hoces del Huécar.
Un hombre con traje de pana camina tirando del ronzal a una mulilla negra. No encontraría a nadie más desde Cifuentes antes de llegar al pueblo. En una vega de barbecheras ralas surge el tamo del verdín como un tul delicadísimo: es el anuncio de la cosecha; los trigos que se aventuraron a nacer sin el beso del agua, y ahora piden para sobrevivir una gotita de rocío a la mañana por el amor de Dios. Arriba el páramo extenso, desierto de vegetación, en cuyo término se divisan las primeras casas y la torre parroquial de Canredondo.
Hay, apoyado sobre la pared de unos corrales, un anciano que toma el sol mirando a los campos. El anciano padece de perlesía, camina con sorprendente agilidad y tiene en sus manos por el momento el testigo venerable del patriarcado.
-El más viejo del pueblo, sí señor. El diez de febrero me caen los noventa.
-Los ochenta, querrá decir.
-No, no; los noventa. Qué yo sé muy bien lo que me digo. Y hay otros dos que andan con mi edad, pero no están aquí ahora: el Isidoro, que está en Zaragoza, y otro que está en Parla con los hijos.
-¿Qué hacen ustedes para vivir tanto?
-Pues hombre, agua y pan no nos faltó nunca, pero vida mala... Hemos tenido que luchar y trabajar mucho. Ahora, cada cuatro meses me cambio de aquí a Coslada que tengo un hijo. Vivo en esa casa, donde la iglesia.
-Me pregunto, señor Guillermo, si aquí en la plazuela de la iglesia no haría bien una fuente, ¿verdad?
-Claro que haría bien; pero si no hay agua nunca ¿para que la queremos? Este año ya es la caraba. Cuando yo me casé, hace ahora sesenta y cuatro años, y éste, los peores. Yo no he visto cosa igual.
-Cuánto me extraña que camine usted tan bien, fíjese.
-Mire, no está bien que se lo cuente, pero el año pasado me fui a cobrar el subsidio y me vine andando desde Cifuentes por el Val. Más de quince kilómetros con mis ochenta y nueve años. No sé lo que es estar malo.
-¿Qué va a hacer usted hoy?
-Nada; lo de siempre. Ya lo tengo hecho todo. Yo voy a ver si encuentro alguno que me corte el pelo.
-Que no hay peluquero, claro.
-No; aficionaos hay muchos. La cosa es que encuentre alguno que le venga bien.
El abuelo Guillermo se marchó calle abajo hacia el frontón. A lo largo de la carretera, el barrio más soleado y alegre de Canredondo, va apareciendo gente por cualquier sitio. Hay un vendedor ambulante despachando a las señoras fruta y verdura fresca en cajas de madera que ha colocado alrededor de la furgoneta. Dos jóvenes repellan el muro del frontón con una llana de madera, y otros, menos jóvenes, se entretienen en mirar a los que trabajan. Allí se quedó mi amigo buscando un peluquero. En Canredondo uno topó siempre con gente amable, tanto, que uno hubo de pararse a veces a pensar si la contestación podría ajustarse más bien a la realidad o a la broma.
-¿Cómo se llama esta calle?
-Le dicen la Plaza; pero yo quería que le hubieran puesto Avenida de la Tercera Edad. Tampoco quedaría mal.
-Aún se ve gente por el pueblo.
-Unas ciento veinticinco personas debemos ser. Se fueron muchos. Algunos ya están empezando a volver. De Barcelona hay tres que ya se han venido de fijo; jubilados también.
-¿Tienen buena tierra?
-La tierra no es mala. Lo mejor de ella es que no desampara. Se cogerá poco, pero siempre se coge algo. Este año, sin caer una gota, muchos han sembrado, pero no sé ni cómo nace.
Por la Vega, que así llaman en Canredondo a las tierra llanas que se dejan ver desde las piedras del frontón, se divisa una superficie extensa de rastrojeras pardas sin cultivar. Toman el sol en las eras dos mulillas negras, dóciles, soñolientas, aburridas.
-Esas ya tienen poco que hacer. Para la cosa de la leña y las colmenas todavía se van usando. Hay en el pueblo ocho o nueve mulas y un burro. En otros hay más sin salir de la contorna, ya lo creo que hay más.
El señor Anselmo se fue de allí cuando se deshizo el corrillo después de la conversación. Seguro que a cortar el pelo a mi amigo el Tío Guillermo. «La cosa es que me encuentre a uno que le venga bien».
Cerca de nosotros hay una casona antigua, sólida, muy grande, con todo el porte de las mansiones castellanas donde usaban vivir los prestamistas y los grandes terratenientes del diecinueve. Es la posada. La posadera, doña Quintina Laguna, está barriendo el sombrío portalón por el que se entra en la taberna.
-Taberna, sí señor. Esto es taberna, nada de bar. A mí no me molesta que le llamen taberna; al revés, me gusta que llamen a las cosas por su nombre, ya ve usted.
-¿Y cómo es que le dicen posada?
-Porque fue posada cuando los tiempos de los arrieros. en la cuadra que tenía esta casa cabrían cuarenta mulas. Todo esto se llenaba de gente. Traían sus sacas, las llenaban de paja, y todos a dormir por aquí por el suelo.
-Vida dura, ¿verdad usted?
-Nada; de eso nada. Era una vida más sana y más alegre. La de ahora será más cómoda si se quiere, pero ¿adonde está la confianza que se tenía con la gente? ¿y aquellos cantares de los arrieros?. No me diga.
En la taberna de doña Quintina Laguna me junté con el colmenero de Abánades, que se llama Vicente. Es caminero, y tiene una visible -supongo que molesta- hinchazón en el ojo izquierdo.
-Una abeja. Y llevaba careta, pero no me la he puesto. Se fía uno, y luego pasan estas cosas. Lo da el oficio.
El colmenero de Abánades pidió para beber una copita de aguardiente de la Alcarria y yo le acompañé en ese trabajo. El aguardiente de la Alcarria es un licorcillo que yo no había probado nunca, de sabor fuerte y de efectos fulminantes, según cuentan, si no se le guardan las debidas distancias a la hora de tirar de él. La tabernera me contó que lo hacen en Morillejo, y que lo sacan del orujo de la uva, como el alcohol. En cambio, la miel, la verdadera miel de la Alcarria, hay que irla a buscar a Canredondo.
-Pues yo había oído decir a un melero de Pastrana que la mejor miel está en Ruguilla. Eso se conoce que va en gustos.
- anda, claro; porque los de Ruguilla tienen las colmenas aquí, y los de aquí, si sale, las ponen en Ruguilla. Ve usted, éste señor es de Abánades y las trae a Canredondo; por algo será.
-¿Le sacan mucho a las colmenas?
-Este año poco. No llueve y las abejas no dan. Para el gasto y los cuatro compromisos que siempre salen de amistades y gente que viene a buscar.
El vendedor ambulante que había en la carretera está empezando a replegar las cajas del establecimiento. El vendedor se llama Gregorio Pérez y es vecino y natural de La Puerta. Gregorio Pérez se pasea media Provincia cada semana con su cargamento de manzanas, plátanos, tomates, naranjas, melocotones, uvas..., según la época del año. Aunque hablar por hablar no cuesta dinero, uno prefiere abrir brecha en la conversación comprándole medio quilo de castañas.
-Cuarenta y tres pesetas, señor.
-¿Viene mucho por aquí?
-Todas las semanas. Los sábados me encontrará aquí siempre. Ahora me voy a Torrecuadrada.
-¿Hasta adonde llega?
-Llego hasta Armallones y Villanueva de Alcorón. Por esa ruta me toca los lunes. Hay que hacer por la vida; no hay más remedio.
-¿Y se va haciendo algo?
-Hombre; aunque sea poco, siempre se hace algo. Lo que más se vende es la fruta. El congelado tiene menos aceptación.
-¿Se acordará de dar recuerdos al Tío Julián, cuando llegue a su pueblo? El Tío Julián de La Puerta es mi amigo. Un señor muy simpático.
-Ya no podrá ser. El Tío Julián ya no vive. Lo enterramos el día de Jueves Santo. Se murió el hombre casi de repente.
En un rincón de la plaza hay una niña que hace cuentas y escribe, sentada al sol en su mesita de madera vieja. El adiós a Canredondo fue un paseo general por las calles del pueblo. Vi muchas casas de piedra antigua y viviendas en construcción por todas partes; y gatos, muchos gatos como adormilados a la puerta de casa o haciendo cabriolas por las esquinas. La iglesia está sola. Es un edificio monumental con un retablo llamativo, rico en dorados, y una imagen preciosa de la Soledad y otra de la Visitación de la Virgen, la Patrona del pueblo; todo en un ambiente de relajante paz, donde el tiempo no cuenta.
(N.A. Enero, 1982)