lunes, 12 de enero de 2009

AZUQUECA DE HENARES


Cuatro de las cinco chimeneas de la fábrica de cristal están arrojando vapor al mismo tiempo. Las cuatro columnas de humo suben rectas, sin que una brizna de viento las descompon­ga antes de deshacerse en el azul de la media tarde. Azuqueca queda a contraluz, un poco envuelta en la neblina industrial que suelen tener sobre sí las ciudades y los pueblos en donde hay fábricas. Por un instante se dejan ver a lo lejos al pasar, al otro lado de las casas y de los tejados, los vanos del campanario en la iglesia del pueblo primitivo.
Estoy sentado sobre uno de los bancos de piedra que rodean a la plaza donde está el ayuntamiento. "Plaza de la Constitu­ción", dice en una de las placas indicadoras que alcanzo a ver. La plaza tiene en mitad una farola muy elegan­te, la rodean media docena de pinos bien cuidados y el pavi­mento está recubierto de loseta. Es una plaza limpia, tranqui­la, romántica y solitaria a estas horas del atardecer. a un lado tengo el edificio del ayuntamiento, al otro el de la moderna iglesia de la Santa Cruz, y al frente un grupo de viviendas soportaladas donde quedan un bar y una notaría. Hace un solecillo apacible, impropio de la época.
La verdad es que no sé qué hacer ni por dónde empezar; Azuqueca, con mas de doce mil habitantes, escapa con mucho de lo que uno tiene por costumbre conocer en sus visitas. Por delante de mí pasa una muchacha de pantalón ceñido con un magnetófono a pilas puesto a todo volumen; luego un chaval de parecida indumentaria y una mata de pelos alborotados. Al norte se deja ver la suave llanura campiñesa, gris, punteada de olivos.
Entro a tomar un café con leche en la Casa de la Cultura. Encuentro junto al mostrador a un antiguo conocido de la villa, azudense por convicción y por nacimiento, Domingo Abad. Creo que el encuentro con Domingo Abad me podrá facilitar las cosas. Conoce su pueblo y recuerda con velada añoranza aquel otro Azuqueca de cuando fue niño.
-Es la añoranza lógica de la juventud -me dice-, pero reconociendo que la transformación del pueblo en los últimos años le ha beneficiado mucho.
-¿Cuántos erais aquí treinta años atrás?
-Unas mil quinientas personas, más o menos. Era un pueblo agrícola, de gentes del campo, con algunas vaquerías y nada más.
-Dices que la industrialización aportó al pueblo un beneficio grande.
-Eso, desde luego. No sólo a Azuqueca, sino a Guadalajara también. En estos momentos habrá quinientas personas o más de la capital que trabajan aquí. Se ha perdido mucho en tranqui­lidad, pero ha mejorado la forma de vivir, y eso siempre es bueno.
-La más conocida de las fábricas de Azuqueca es Vicasa, pero hay muchas más.
-Sí, claro que hay otras. Está Tudor, está Duraval, está la Mercedes de automóviles y unas cuantas más. Entre todas juntas dan trabajo a unos tres mil obreros. También hay fami­lias que se dedican a la agricultura, igual que antes.
-Los que nacisteis aquí, los que pudiéramos llamar nati­vos, ¿os sentís a gusto?
-Sí, por qué no. Estos sitios que no son ni capital ni pueblo resultan a veces incómodos, pero sí que estamos a gusto.
Nos acercamos dando un paseo hasta la casona de don Justo Bayo, ex alcalde de Azuqueca, agricultor de toda la vida y buen conocedor de las cosas del pueblo. Para bajar hasta la casona de don Justo hay que pasar junto a un laurel plagado de go­rriones. Salvamos no sé cuántos escalones hasta llegar a la casa. Una fuente de chorro abundante tiene estampado en el muro un San Antón de azulejos.
-Pues la fuente -nos explica- tiene el manadero ahí arriba. No se seca nunca. El agua es buena para beber.
-¿Para qué la usan?
-Nos sirve para el ganado, y la que sobra se va al colec­tor.
Don Justo Bayo no se despega de su vocación agrícola. Se siente feliz, no obstante, de haber tenido algo que ver con la transformación del pueblo en los últimos años, aunque noto cómo le desborda un poco el boom de las industrias.
-Agricultores ahora, muy pocos. Las fábricas han podido con el campo. Tenemos un término pequeño, que no llega a las dos mil hectáreas. en otro tiempo, un solo agricultor vendía ochenta mil arrobas de patatas. Se aprovechaba el mismo terre­no y se sembraban también remolachas y cereales.
Por los barrios más antiguos de Azuqueca se ven algunas casas de adobe y otras de ladrillo, al estilo tradicional campiñés. Las calles más antiguas del pueblo tienen nombres sugerentes y de mucha solera: calle de la Azucena, plazuela del Tejar, calle de la Ermita, plaza del Pez, callejón de los Infiernos... La fuente de los Leones es uno de los sitios que mejor hablan al visitante de lo que pudo ser aquel lejano modo de vivir. Por otras tantas cabezas metálicas de león salen del muro tres chorros de un agua fresca y de buen beber.
-Ahí pone "agua no potable", pero la gente bebe.
-Sí, eso lo han puesto en muchas de las fuentes de toda la vida.
-Aquí delante hubo un lavadero al que venían las mujeres hace años a lavar la ropa. Tenía su cubierta y todo.
Junto a la plaza del General Vives tenemos como fondo, algo más allá, el campanario de la iglesia de San Miguel. Creo que estamos en el corazón mismo del barrio de agricultores. Las viejas casas de labor han cambiado sensiblemente su fiso­nomía.
-¿Qué relación con Azuqueca tuvo el General Vives?
-Mucha. Su esposa era de aquí. Fue el fundador de la Aeronáutica Española. Su hijo, que es Teniente General jubila­do, don Francisco Vives Camino, vive en esta casa.
-¿Podría yo verlo?
-Claro que sí. Es un señor muy amable.
Cuando nos abren la puerta en la casa del general, entra­mos en un patio amplísimo, como aquellos patios de las anti­guas casas solariegas en las que había de todo. Mirando hacia la parte baja tiene como adorno un cañón oxidado, un cañón de aquellos del pasado siglo que se cargaban por la boca, aperos de labranza, curioso instrumental de artesanía, piscina, cabezas disecadas de cornudos antílopes, un escudo episcopal mendocino incrustado en la pared, la pila bautismal de la iglesia de San Miguel que retiraron después del Concilio y que el general se trajo a cambio de una nueva, y, por fin, un corredorcito ameno al que don Francisco nos sale a recibir personalmente. Es un señor mayor, nacido en el año 1900, hijo como se ha dicho del general Vives Vich y de doña Inocencia Camino Molina, natural y vecina de la villa de Azuqueca.
-Así es -explica-; ya hace años que nació mi madre aquí. Fue en 1862; el mismo año que plantaron ese peral. Mi abuelo se llamaba Teodoro Camino. También era de Azuqueca. Empezó de soldado y llegó a General de Brigada. Ahí dentro lo tengo en un cuadro.
El despacho del general Vives Camino es un completo álbum de recuerdos castrenses, un archivo valioso de documentos personales relacionados todos ellos con la Aviación Española, un museo de trofeos y de condecoraciones familiares, un rin­concito apacible con vistas al patio y a los lejanos montes, donde don Francisco debe de pasar muchas horas mirando y ordenando lo que para él constituye la esencia de su vida.
-Ahí abajo hemos convertido las cuadras en biblioteca. Lo preparamos un poco, y guardamos muchas cosas y recuerdos de mi padre y de mi abuelo.
En el despacho hay algunas pinturas y objetos familiares que a él le gusta conservar. Sobre la pared destacan varias litografías de personajes famosos del siglo XIX.
-Sí; ésta es la reina Isabel II, y los otros son el Duque de Ahumada, fundador de la Guardia Civil, el general O´Donell y el general Echagüe.
Don Francisco nos saca para ver fotocopias de documentos y otros escritos importantes relacionados con la Aviación, fotos de globos y dirigibles de distintos tipos. Con gran interés nos cuenta la historia de un piloto guadalajareño injustamente olvidado, el capitán Barberán, quien con el teniente Collar cubrió en 1933 por primera vez en vuelo sobre el mar la distancia que separa a Sevilla de la isla de cuba. El heroico capitán guadalajareño desapareció días después de su aterrizaje misteriosamente en Méjico. Se dijo que comido por una tribu de indígenas. El tiempo que emplearon para cruzar el charco en el avión Cuatro Vientos fue de 40 horas exactas.
-¿Cuanto tiempo lleva usted residiendo en Azuqueca?
-Pues, justamente desde que me jubilé en 1966.
-¿Qué ocupaciones suelen llenar su tiempo?
-Lo dedico a cultivar la tierra, y a estar un poco al tanto de algo de labor que tenemos de mi madre.
-¿Como recuerda usted la otra Azuqueca, aquella de hace cuarenta años?
-Era un pueblecito de agricultores; muy pequeño, pero muy entrañable. Unas mil personas tenía por entonces. Yo ayude cuando la transformación en lo que buenamente pude, y aquí, tanto mi hermana Carmen como yo, nos encontramos muy bien.
Carmen, la hermana del General Vives, es una mujer encan­tadora, de trato sencillo y familiar, que tiene como primera distracción la pintura y el gusto por el arte antiguo. En su estudio pasa muchos ratos rellenando lienzos, algunos de indiscutible mérito.
-Bueno -me dice-, hay de todo. Algunos salen mejor y otros no tanto.
En el Centro Social de la Caja de Ahorros hay cada tarde una docena de mesas ocupadas por ancianos jugando a las car­tas. Los que prefieren no jugar o no encontraron sitio, miran medio adormilados a la televisión; otros toman en el mostrador café con leche.
De nuevo regresamos Domingo y yo a la casa de la Cultura. Tenía previsto saludar allí al alcalde y prefiero no hacerle esperar. Florentino García Bonilla, alcalde de Azuqueca, es un hombre todavía joven, de recortada estatura y de trato amable y cordial. Nos esperaba acompañado de Fernando, el concejal de Cultura. Florentino, que lleva como alcalde varios años, conoce como nadie la problemática de Azuqueca, sus pros y sus contras.
-¿Qué es hoy por hoy lo que más abunda? -le pregunto.
-De todo hay bastante. Quizá más problemas por ser un pueblo grande; pero también tiene más recursos, qué duda cabe.
-Comentamos de pasada que Azuqueca no es sólo un pueblo abultado en número de habitantes, sino un pueblo vivo, en el que hay de todo y la gente tiene donde pasar el rato.
-Sí, de eso no andamos mal. Tenemos un Instituto de Bachillerato, otro de Formación Profesional, todos los cole­gios que hacen falta, equipo de fútbol en tercera división, de baloncesto y balonmano en segunda, más de sesenta bares y cuatro o cinco pubes. Aquí hay de todo.
-Estupendo para un alcalde, ¿no?
-Lo que no te podemos enseñar es cosas del Románico, de esas que ves por la sierra, pero hay una iglesia de San Miguel y una ermita de la Soledad muy bonitas. Algunas casonas anti­guas también son interesantes.
-¿Qué le quita el sueño a Florentino García Bonilla como alcal­de?
-Varias cosas me quitan el sueño. El presupuesto del ayuntamiento que no es demasiado largo, y, desde luego, el paro. Tenemos un veinticinco por ciento de la población activa en paro, casi todos jóvenes. Se hace lo que se puede para evitarlo, pero ahí está.
La Casa Municipal de la Cultura que con tanto interés me enseña Fernando, el concejal, me ha parecido, sencillamente un modelo. Cuenta con todo lo que una casa de Cultura debe reu­nir: sala de lectura, salón de juegos, bar, sala de exposi­cio­nes, salón de actos con cine dos veces por semana, aulas de música, de pintura, de fotografía, de danza, y una biblioteca con más de siete mil volúmenes disponibles. Lo que no he podido comprobar es si se le saca todo el producto que es capaz de dar, puesto que la hora de mi visita tampoco ha sido la más adecuada.
-¿Hace muchos años que esto viene funcionando?
-Sí, hace unos años. Se inauguró el 28 de mayo de 1984.
-Reconozco que ésta ha sido la sorpresa final. Tal vez esta Casa Municipal de la Cultura, así como el flamante ayun­tamiento que también vi, sean las dos realizaciones más impor­tantes de los últimos tiempos dignas de un pueblo que se merece todo. No obstante, en el nuevo Azuqueca he querido encontrar algo de lo que posiblemente pudiera quedar de su pasado y que no es mucho, la verdad. El pueblo queda ahí, con sus chimeneas humeantes y vivo, que no es poco. Segundo núcleo de la provincia en número de habitantes después de la capital; a manera de Torre de Babel que lucha por encontrarse a sí misma. Orgullo al fin de toda la Campiña agrícola y del resto de las tierras de Guadalajara por extensión.
(N.A. Enero, 1988)