sábado, 10 de enero de 2009

ATANZÓN


Estamos, amigo lector, en otro silencioso, y hasta hoy desconocido para mí, lugar de la Alcarria. A los gorriones, sólo a los gorriones, se les oye cantar en manada escondidos entre la espesura de hojas que, a duras penas, consigue mover el viento a la vera misma de la bella portada renacentista de la iglesia del pueblo. Desde la explanada en sombra que va bordeando el pretil como tribuna, la plaza aparece inmóvil, hundida en una tremenda quietud, como una plaza moribunda a la luz de la tarde. La portona de madera nueva está casualmente abierta en este momento.
Atanzón tiene un magnífico templo parroquial trazado sobre tres naves, donde las maderas, sobre todo, bien en la artística balaustrada del coro que la ocupa en toda su exten­sión, bien entrelazando sus formas en el riquísimo artesonado mudéjar del presbiterio, se reparten por igual la atención del forastero. En la capilla del Santísimo hay una mujer colocan­do, con reverente silencio, ramos de rosas y de hierbabuena delante de una imagen del Sagrado Corazón. La mujer se llama Aquilina, y me diría después que al Sagrado Corazón se le tiene mucha devoción en el pueblo, pero que el Patrón era en realidad San Agustín.
-Sí, señor, con su fiesta en agosto. Y no es porque lo digamos nosotros, que a la vista está; pero San Agustín en Atanzón es la mejor fiesta de toda la comarca.
La vieja plaza del pueblo es un antiguo recinto, muy original, que viene a caer a los pies de la iglesia, cuyo centro geométrico ocupa una fuente moderna con pilón por la que no corre el agua, y que preside, con su añosa escalinata de piedras y su puerta en arco, el edificio en desuso del ayuntamiento. De un yerbazal cercano veo bajar a un hombre tirando de dos mulillas: un hombre que se cubre con gorra de visera y lleva los brazos marcados con tatuajes. El hombre se llama Domingo, Domingo Roldán Crespo, y es comprador y vendedor de lanas, tratante de pieles, agricultor y hortelano.
-Y de lo que salga, sí señor. De todo un poco. a la vida hay que hacerle frente como sea; no hay más remedio.
-¿Por qué no echa la fuente?
-Es que la cortan. No ve que hay quien viene a coger aquí para no gastar de la de sus casas. Pues, por eso la cortan. Dejan caer una lágrima para que el pilón resista, y nada más.
-Con estos calores, el campo...
-Se ha arrebatao. La siembra se nos ha arrebatao y se nos va a quedar en medio grano. Si refrescara, aún haríamos algo; pero si no, la cosa al final se pondrá fea.
-¿Cuánto vale ahora una mula?
-Por ésta, si me da usted seis mil duros no se la doy. En Talavera debe quedar aún una miaja de feria, pero ya están escasas. En este pueblo pueden quedar veinticinco o treinta todavía. Esa otra tiene ya treinta años. Me la trajo don Faustino, un veterinario que había en Tomellosa.
Pasado un ratito de conversación, no demasiado largo junto al brocal de la fuente, don Domingo acaba de descubrir que ya somos amigos; que cuántas veces y por motivos mucho más simples que aquel, la gente se dispara en salvas y en juegos florales sin ton ni son.
-¡Hala! Véngase a casa que vamos a echar un vasejo. Tengo un vinillo tirando a dulce que pasa muy bien. Es de uno de Fuentes, que no se lo vende más que a los amigos.
Nuestro amigo de Atanzón habita en una venerable vivienda de pueblo, a la que rodea una parra en el barrio del Pocillo. La salita de estar o comedor, que para todo se usa, es una estancia reducida y confortable donde uno se encuentra bien, con fotogra­fías de familia, recuerdos y colgaduras pendientes de la pared. Una mesa camilla y media botella de vino de Fuentes que acaba de sacar la dueña de la casa, son el amable refugio con el que matar durante un rato las horas fuertes del calor antes de salir otra vez a la calle.
-Pues sí, señor; mi mujer, ahí donde la ve, estuvo de cocinera con ministros en Madrid. Para todo eso de la cocina ha tenido siempre como un poquito de gracia. Ahora, ya ve usted lo que son las cosas, tenemos también dos hijos de cocineros en la capital, y no es porque su madre haya tenido nada de ver con ello; son las cosas, que vienen así.
-Aquí viven ustedes como marqueses.
-Hombre, sí; pero sin dejar de trabajar. El pueblo se habrá podido quedar en una parte de lo que era. Aquí hubo mil habitan­tes, dos escuelas, cantón de la Guardia Civil y de todo. Poca gente, sí; pero se vive bien.
Una importante superficie en las orillas del pueblo está minada por cuevas subterráneas, que hasta hace poco las fami­lias utilizaron como bodegas. Hoy, varias de ellas han venido a convertirse en pequeñas cloacas, depósito de inmundicias, o en el mejor de los casos en simples almacenes de escombros perdidos en la oscuridad. El alto de la Peracha, entre los olmos, es un balcón incomparable para contemplar a distancia la vega del Ungría. El río, un arroyuelo visiblemente menguado por el estiaje, desciende de norte a sur como señor del valle, dejando por ambas márgenes de su ribera el encanto de rincones frondosos, el cromatismo virginal de la vegetación y de los campos yermos, jugando a los colores con el verde intenso del barranco, el ocre de las tierras cultivadas, el insípido ceniza de los olivos en el ribazo, bajo un cielo limpio y azul en la tarde serena de la Alcarria.
-Mire, por ese camino arriba, sin dejarlo, llega usted a Caspueñas, y luego a Valdesaz. Es un camino de tierra, pero se va bien.
Mi amigo me fue enumerando desde nuestro mirador en la Peracha -donde por fortuna comenzaba a subir desde la vega un vientecillo vitalizador-, uno por uno, todos los parajes que en la tarde clara se alcanzaban a ver con nitidez absoluta.
-Aquello es el arroyo de Valdespartar, esta otra parte se llama la Liendre, y los altos de allá abajo son la cuesta del Perrillo y el Cantero. aquí mismo, encima del pueblo, tiene usted los Eros, donde se ve esa cabaña en todo lo alto, y esto de debajo de nosotros son los huertos del Barrancal, que llegan hasta ahí abajo.
-Qué bonito ¿verdad usted? ¿Qué son aquellas casas a orillas del río?
-Aquella caseta es un molino. Le decimos el Molino de Patricio.
El Barrancal baja desde el pueblo buscando el curso del Ungría. Es una masa tupida de chopos altísimos, de higueras, de olmos y de nogales extraordinariamente desarrollados con la humedad de la cañada que le proporciona desde un poco más arriba la Fuente Mayor. Por el Camino Nuevo de la Vega, un hatajo de ovejas se apiñan al pie de una noguera con las cabezas juntas.
-Eso es porque los animales se amodorran con el calor.
Escondidos entre los matujos que van cubriendo de cerca el caminillo que dicen del Cantón, de regreso al pueblo, salen a la superficie las piedras y los paredones de viejos edifi­cios que se dejaron hundir.
-Aquí hubo antes un matadero en el que se sacrificaban todos los cerdos del pueblo. Se bajaba el animal entero y lo subíamos ya limpio, abierto y en canal; sin necesidad de manchar nada en las casas. Eso otro era un lagar de aceite.
De la Fuente Mayor salen dos chorros abundantes que vierten su caudal en los lavaderos contiguos. Hay una señora lavando ropa en un agua que apenas debe usar nadie.
-Mire, yo no vivo aquí -dice la señora-, pero cuando vengo al pueblo me gusta venir al lavadero, con tanta agua, tan limpia. Éste es para lavar, y el otro para aclarar la ropa
Los caños de la Fuente Mayor están a ras de suelo, y es preciso adoptar posiciones difíciles, casi ridículas, para poder beber.
Entramos de nuevo al pueblo por la calle Mayor, antigua y emparrada, donde hay mujeres que cosen en corrillo a la sombra de un viejo patio y ancianos sentados al sol escuchando radio­novelas. Los ancianos de Atanzón son hombres que se saben conformar con su suerte y no esperan que la vida vuelva a correr para atrás, sino para adelante; una norma de muy ele­mental filosofía que no toda la gente está en condiciones de entender.
-Como no podemos ir a los sitios a ver las cosas, las escuchamos aquí que nos las dan hechas ¿A que no sabe usted cuántos años juntamos entre los dos?
-No sé, pero muchos no serán. Ustedes parecen dos chava­les.
-Entre los dos juntamos ciento cincuenta y cuatro.
A la salida del pueblo por una calle en obras, aparecen de nuevo los extensos campos de mies luciendo su prematuro color dorado con el sol de la tarde. Una señora con una lampa­rilla en las manos intenta abrir la pequeña ermita de la Concepción, bajo el templete al lado de la carretera. Pasada una curva en el camino pierdo de vista por la ventanilla del retrovisor las últimas casas. Atanzón, amable y hospitalario, un poco abandonado quizás, juega, desde aquel inolvidable mirador de la Alcarria de cara al río Ungría, el difícil papel que como pueblo le está tocando desempeñar en este complicado mundo nuestro.

(N.A. Agosto, 1981)