jueves, 22 de enero de 2009

BUENAFUENTE DEL SISTAL


Al doctor Herrera Casado
con mi admiración y amistad de siempre
.

- Buenas tardes. Perdonad, no sé si vengo con el camino equivocado. Voy al lugar de Buenafuente y me parece que está demasiado lejos, que no se llega nunca.
- Pues ya ha llegado usted. A menos de un kilómetro tiene el empalme. Pero, Buenafuente no es un lugar, es un monasterio.
- Lo sé. Muchas gracias.
Iban paseando las dos jóvenes por el arcén de la carretera con un manojo cada una de espliego y de tomillo arrancado del terraplén. Las muchachas tienen las dos el aspecto inequívoco de ser de lejos.
El viejo monasterio del Císter y la moderna residencia de ancianos se encuentran juntos, asentados en el fondo de una hoya que cercan montañas ásperas, sin más vegetación que las sabinas que sirven de preludio al Alto Tajo, y huraños matorrales tapizando las laderas que ba­jan hasta los mismos muros del histórico cenobio.
- ¡Hola! ¿Qué se hace el hombre?
El hombre no se hace nada, no contesta, debe andar durillo de oído. El viejo se me queda mirando fijo, sin pestañear, agarrado a la cabeza del bastón. Luego agacha la vista y sigue como meditando en su si­lla de ruedas al abrigo de la muralla. Al bajar, una hermanita de las de Santa Ana trajina en una lavadora automática de las de gran cabida. En el leve cercado donde está la fuente hay más viejos y más viejas al pie del edificio en donde los acogen.
La fuente, la tal Buenafuente que da nombre al monasterio, queda en el interior de la primitiva iglesia románica que procuraré ver un poco más tarde. Aquí, en realidad, llega íntegro el caudal que mana dentro y que sirvió de base a la construcción del monasterio, pero a modo de desagüe. Un monolito blanqueado de enjalbegue, levantado según consta en 1898, nos permite beber un trago largo del agua de los milagros. En la expla­nada de la fuente, donde las hermanas tienden la ropa a secar y pasean los pupilos sin necesidad de salir del monasterio, hay algunos fruta­les en deshoje y espinas secas de las zarzamoras.
- ¡Hermana! ¿Sería posible que don Ángel me dedicase unos minutos?
- Yo creo que sí. Acaba de llegar de Molina y hasta las seis no tiene la meditación. Lo peor será encontrarlo. Suba usted hasta su casa. Está al final, pasando por el arco de arriba.
Al subir, me detengo a mitad de las escaleras para ver sin prisas y con detalle la portada románica de la primitiva iglesia, construida ha­cia el siglo XIII. Algo diferente a lo que conocemos de otros lugares de la provincia. La puerta está cerrada; la entrada a la iglesia se ha­ce por otra que hay unos pasos más abajo. Al atravesar el segundo arco uno se va encontrando con tablitas indicadoras que tienen escrita la palabra "silencio”. Ya arriba me adelantan las dos jóvenes que encontré ­en la carretera. Las dos andan sin decir palabra por estos vericuetos, con los ramos de espliego y de tomillo en las manos. Cuando llamo en la casa donde me habían indicado que vivía don Ángel, en principio me di­cen que no está. Creo que no me falta ninguna dependencia más sin pre­guntar por él.
- Sí, espere un momento, que enseguida sale.
Don Ángel Moreno, el sacerdote, joven más bien, alto y con el pelo ligeramente gris, es natural de Trillo. Su condición de fundador de la "Misión Rural”, sin dejar por ello de ser a la vez párroco de los cin­co pueblos de la comarca, hacen de él una de las personas más admira­bles con las que, en este mundillo nuestro de evasiones y de desintereses, uno se haya podido encontrar. Don Ángel Moreno fue elegido, no hace tanto, castellanomanchego del año y popular de "Nueva Alcarria”. En sus días de vacación y en los escasos minutos libres que pueda dejarle tan­to quehacer, atiende espiritualmente a cientos de personas cada año llegadas de distintos lugares de España, en las reconocidas y bendecidas ­Jornadas de Oración que él personalmente dirige. De paso hacia la capi­lla nueva me lo va contando un poco someramente.
- Todo el verano sin parar tenemos Jornadas de Oración. Asisten durante ocho días religiosos y seglares, de todo, a vivir en oración, un poco apartados de sus preocupaciones y de sus quehaceres habituales. Cuando uno de esos cursos concluye, inmediatamente comienza otro.
- ¿Cuántos asistentes suelen tener cada vez?
- Por término medio unos cincuenta o sesenta. De distintas regiones de España y algunos del extranjero. En julio vienen jóvenes a colaborar en las tareas del monasterio.
La capilla nueva constituye todo un alarde de imaginación y de comodidades, como un sueño medieval trasladado a nuestros días. Se construyó recientemente con motivo del centenario de San Benito. Cuando entramos había en piadoso silencio tres hermanas del Císter, otras de la, Misión Rural, hombres y mujeres de todas las edades recogidos en medi­tación. Al fondo, el singular Cristo románico de Buenafuente, la más va­liosa talla de aquel arte del XII que conservamos en nuestro patrimonio.
Una vez fuera, sin que uno desee abusar del escaso tiempo del que dispone don Ángel, todo vuelven a ser nuevas preguntas a las que sigue una con­testación amable.
-¿Es conocido el origen de todo esto con exactitud?
-Sí; puede fijarse en el año 1177, cuando unos frailes Agustinos procedentes de Francia se afincan aquí. La construcción del monasterio y su repoblación con monjas procedentes de Casbas (Huesca) llegaría poco después.
­- ¿Cómo fue el hecho milagroso que se dio con el agua de la fuente?
- Todo es leyenda. Se cree que don Alonso, señor de Molina, quedó cu­rado de una enfermedad penosa al beber de estas aguas. Se lo comunicó a su hermano, el rey Fernando III, hablándole de una "buena fuente”, con cuya agua había recobrado la salud, y sobre ella se construyó la pri­mitiva iglesia. Lo del Sistal, es palabra que procede de Císter.
Trae infinidad de personajes importantes que tuvieron relación con él, después de una serie de vicisitudes comunes a las de otros monaste­rios no lejanos, el de Buenafuente llegó a sentir en sus piedras la ga­rra demoledora del abandono amenazador de ruinas. Fue en 1971, gracias al celo pastoral y apostólico de un joven sacerdote que, con quince años más ahora, me acompaña, cuando estas piedras venerables y estos caminos perdi­dos comienzan a renacer. En 1973 se cuenta con los primeros amigos de Buenafuente, y en 1977 se funda la Misión Rural, que atiende a un buen número de ancianos de la comarca en sus propios domicilios, más otros catorce en la actualidad que viven como residentes perpetuos y son atendidos en las modernas instalaciones. Los costes, en buena parte, a car­go de la Diputación Provincial.
- ¿Los residentes no suelen salir nunca, creo?
- Algunos sí; los que tienen casa en el pueblo y su salud se lo per­mite, se marchan a pasar alguna temporada durante el buen tiempo. Pero lo normal es que no salgan de aquí .
- ¿Y los no residentes?
- A esos se les visita en sus casas, se les lava la ropa y se les asiste en asunto de medicinas y de limpieza personal sobre todo.
- ¿Suelen ayudar en algo los que viven aquí?
- Los que pueden hacerlo sí que ayudan. Les gusta mucho cuidar sus huertos, los conejos y demás. Eso lo llevan con tanto interés como si fueran propios. No todos lo pueden hacer, naturalmente.
La casa es un verdadero balneario. La limpieza, la comodidad, los cuidados, son la nota distintiva de la residencia. Las habitaciones suelen ser dobles o personales, también las hay para matrimonios, por si se diera el caso. Todas adaptadas en servicios a las incapacidades de algunos residentes. La sala de estar, donde tienen la chimenea de leña, la televisión y algo de biblioteca, con grandes ventanales acristalados de cara al campo es una delicia. Cuatro o cinco ancianas se ­encuentran allí en este momento, algunas se ocupan en hacer ganchillo. Doña María Cortijo, del Villar de Cobeta, tiene 85 años y es la más anciana, de la reunión.
- No se quejarán ustedes.
- No señor, no nos quejamos. Estamos muy bien.
-¿De qué otros pueblos son?­
- Pues de las que estamos aquí, somos dos del Villar y dos de Ablanque. Nos distraemos en hacer alfombras y ganchillo y esas cosas algunas veces. Los que saben leer cogen también libros para enterarse de las cosas.
La visita, un tanto apretada a Buenafuente, se vino a completar con un vistazo a la primitiva iglesia románica, cuya portada pude ad­mirar desde fuera hace una hora. La iglesia tiene nave única, con co­bertura muy alta de bóveda apuntada, otra portada gemela con la del exterior dentro de la clausura, y retablo barroco del XVII con la imagen de la Madre de Dios y dos santos señeros en la vida del Císter: San Benito y San Bernardo.
- Nos gustaría descubrir los restos de doña Sancha Gómez y de doña Mafalda, su hija, señoras de Molina. Tenemos localizado el sitio exacto donde están, pero necesitamos una ayuda para realizar los trabajos. Ya veremos.
Pasaríamos después a una sala contigua, fresca y conventual, dedi­cada a museo o archivo visible de documentos importantes y a custodiar la interesantísima colección de sellos reales, de señoríos y de concejos, que en su momento tuvieron relación con la época funda­cional y siglos posteriores de la historia del monasterio. Tanto los documentos, como los sellos que aparecen colocados en sus correspon­dientes vitrinas, son fotocopias o reproducciones exactas de los ori­ginales.
- El más antiguo es éste de Alfonso VIII, fechado en 1177, y el más importante pudiera ser este otro del 17 de mayo de 1245, en el que se autoriza a las monjas de Casbas que vengan a Buenafuente a ocupar las nuevas instalaciones. Las monjas Bernardas vendrían un año más tarde, un poco amedrentadas por la soledad de estos parajes.
Aquí descansan, sin que se haya podido precisar el lugar exacto, los restos mortales de la primera abadesa de Buenafuente, doña Marquesa, hija de doña Sancha señora de Molina. Todo un sinfín de recuerdos y de personajes de los que -unos los registran las crónicas y otros ­trajeron a nuestros tiempos este valioso legado, testigo luminoso de una vida pretérita de la que se alimentó durante años y siglos la manera de ser de nuestros pueblos y de nuestras gentes.
Aquí, a. la vera de sus cansados sillares, el mundo se deja ver de manera distinta. Como un aliento de su añosa religiosidad, la vida mo­nástica tamizada en el frío cedazo de los sig1os, inunda de serena paz los campos solitarios que avecina el río Tajo, donde las aguas -la Historia así lo cuenta- tienen poderes que van más allá de las pro­pias fuerzas de la Naturaleza.

(N.A. Noviembre, 1986)