martes, 6 de enero de 2009

ARBETETA


Nada más entrar por el desvío que parte de la carretera de Villanueva, un indicador pone en conocimiento del visitante que el camino hasta Arbeteta se debe hacer con la mayor pruden­cia. La cinta de asfalto desciende retorcida por medio de romerales, de tomilleras, de pinavetes sueltos de negral, de sabinas y de bosque bajo que crece en los eriales sin control. Es tierra difícil, muy áspera la que preludia la hoya de Arbeteta que aparecerá muy pronto, con la pequeña villa enclavada en el centro de cara a las puestas del sol, vigila­da desde lo alto de su airosa torre por una giralda bailarina que se mueve a merced de los vientos.
Un pastor viejecito anda cuidando medio millar de ovejas en las rastrojeras del camposanto. He querido, antes de entrar al pueblo, tener unos minutos de conversación sobre una linde con el simpático guardián del ganado, que me advierte que a lo que yo llamo giralda no es tal, sino el famoso Mambrú de Arbeteta.
-La Giralda esa que usted dice está en Escamilla. Yo he oído contar a los antiguos que si eran novios, y que se hacían señas desde lo alto de la torre. No sé si será verdad.
-Tampoco yo lo sé, mire usted. Lo que sí le digo es que, si fuera así, se hubiera quedado viudo, porque a la Giralda de Escamilla la destrozó un rayo.
-¡Ah!, pues eso sí que no lo sabía yo.
-Parece que lleva usted muchas ovejas, ¿verdad?
-Ya lo creo que llevo muchas. Para mí, demás. Mire, le dejo, que estas se me desmandan.
El Tío Alejandro, el viejo pastor de Arbeteta, se marchó corriendo con el atillo al hombro a entonar el rebaño. El perro va ladrando detrás de él. Desde donde ahora estoy, el pueblo queda a un paso.
Casi llevado por el instinto, uno se va a parar a la plaza donde está la iglesia, que en Arbeteta es la Plaza Mayor. También en esta bella plaza se repite el triste espec­táculo de la soledad. Al cabo de un rato acude una mujer llevando del ramal un macho romo que pone a beber en el pilón de la fuente. La mujer me dice que los agujeros que tiene el Mambrú en su casaca de hojalata negra se los hicieron a tiros cuando la guerra.
-Desde aquí abajo se entretenían los milicianos en sacu­dirle, pero ahí se quedó.
Las palomas del campanario se pasean por las cornisas, se persiguen, se pelean, caen al vacío y vuelven a levantar vuelo otra vez hasta el segundo cuerpo de la torre. En las juntos de los sillares ha nacido la hierba y crece una higuera canija, desbocada sobre el abismo, asida de uñas a las piedras del paredón como burlando el vértigo.
-Eso ha nacido ahí porque han subido la simiente los pajarillos; si no, a ver cómo.
El macho de la señora Melitona es un ejemplar arisco y de mala sangre. Un mulo que cabecea violentamente cuando el forastero se aproxima hasta él para hacerle una caricia.
-Tiene mal genio el animal, ya lo ve usted. Y como no le conoce...
La plaza de Arbeteta es cuadrada y se adorna de casas y balcones centenarios. Alguna de estas viejas casonas de la plaza, tiene protegida la puerta principal con un tejadillo paralluvias, que recuerda la arquitectura rural y el tipismo de los pueblos de la vecina Serranía de Cuenca.
He dejado el coche debajo de una galería corrediza, de artístico barandal con filigranas de hierro forjado que hace esquina en la cara opuesta a la torre parroquial, máximo motivo de atención en una plaza cargada de atención toda ella.
Por una callejuela en la que nadie parece habitar, suena de repente el timbre de la centralita de Teléfonos. Otra señora me dirá, poco más abajo, que la calle no está vacía, que allí vive ella y vive también su hermana, la telefonista.
-Pues en toda Arbeteta -explica- aún quedan como casas abiertas más de treinta; pero con dos personas o tres las que más.
-¿Qué me aconseja usted que puedo ver en el pueblo?
-No sé. ¡Hay tan pocas cosas que ver aquí! No se vaya usted sin ver el castillo y la ermita, que está allá abajo, en la carretera. Es muy bonita.
Por las eras se da vista al espectacular corte que llaman Peña la Puerta, donde dicen que están, labrados sobre la roca, los pesebres donde los Reyes Magos sirven a sus caballos el primer pienso en la noche del 5 de enero. Ocho o diez gallinas están acurrucadas bajo un remolque en las eras, barruntando la, todavía lejana, caída de la tarde, cacareando aburridas.
Por las callejas de extramuros crece la hierba. Arbeteta tiene rincones antiquísimos, cargados de nostalgias y de años, donde aún vive la gente. En uno de estos evocadores rincones de Arbeteta hay dos mujeres sentadas junto al quicio comiendo lechuga.
-Buenas tardes, señoras ¿Cómo se llama este barrio?
-No lo sabemos. Nosotras somos de un pueblo que le dicen Castejón, y sólo llevamos viviendo aquí dos años.
Son frecuentes en los pueblos de la comarca las portonas arqueadas que delatan la noble condición de los que fueron sus dueños. En Arbeteta, se une a esta circunstancia común la presencia de algunos escudos nobiliarios sobre las fachadas, como el de la vivienda del cartero o el de la antigua Casa-cuartel. Pero es muy posible que el más impresionante espec­táculo visual que el visitante descubre en Arbeteta sea el que se advierte desde la Cuesta de la Arena. Abajo el barranco del Arroyo, con sus huertecillos tapiados, siguiendo por ambas márgenes del regato el curso del hocino, en donde la erosión dio forma a los tremendos cabezos de piedra, sobre cuyo alti­plano se alzan los muros del Castillo.
-A esa parte de enfrente le decimos la Roza. Es todo roca.
A Marcos Costero lo encontré encerrando su tractor en la cochera de la Cuesta de la Arena. Él me habló de la agricultu­ra, y un poco del mimbre, como fuentes principales de riqueza para la economía de la villa; y también del Mambrú, que es lo más característico, y que tiene su historia.
-Sí señor; todo está escrito. Según contaba el doctor Layna Serrano debió ser un guerrero muy famoso.
Arbeteta debió seguir parejo durante siglos a los aconte­ceres históricos de las tierras de Cuenca, a cuyo fuero del rey Alfonso VIII se debió acoger como parte integradora de aquel común. Después, los Reyes Católicos le otorgaron la categoría de villa, título que, sírvale o no, ostentara de por vida.
En una casa distinguida de la calle Mayor vive Fidel del Amo, el alcalde de Arbeteta.
-No, alcalde ya no. Lo he sido durante muchos años, y ya está bien que lo deje. Que, quieras que no, siempre es una carga que conviene repartirse.
Fidel del Amo, y Paulina, su esposa, reciben al forastero con agrado, casi con familiaridad. El ex alcalde de Arbeteta es persona correcta y servicial, de esas personas que uno celebra encontrar por los pueblos cuando viaja sin conocer a nadie y que, afortunadamente, jamás le faltaron.
Aceptó Fidel acompañarme por los alrededores hasta la ermita, a un par de kilómetros de distancia por la carretera de Valtablado. El agreste espectáculo de la hoz asombra por su grandiosidad. Cuevas, fuentes y peñascos, en medio de los que transcurre el camino, y que mi guía me va presentando sobre la marcha que es lenta por aquí, aleccionadora, admirable.
Esa que acabamos de pasar es la fuente de los Chiles, y al pedrusco de más abajo le decimos la Peña del Tío Estre­llao. Debe ser el mote de algún hombre de antes.
Me fui enterando después de que los habitantes de la zona le tienen nombre propio a todos los accidentes que enmarcan la carretera. Y así me habló Fidel de la Peña de los concejos, de Santa Catalina, hasta acabar el recorrido bajo una cueva natural que surge al volver de una curva. No con poca sorpresa para quien nunca lo vio, ni pudo sospecharlo, uno se encuentra con la escena de las apariciones de Lourdes representada en imágenes de piedra esculpida, y que, según cuentan, se ha convertido en un rinconci­to de fervores, de romerías, y sobre todo de recuerdos entraña­bles.
-Mire, en esa maceta que hay junto a la pastorcilla pone Sacecorbo. La gente de los pueblos cercanos le trae tiestos y flores, y los ponen ahí. Antes se bajaba en romería rezando el Rosario, todos los años el día de Santiago, y se organizaban unas meriendas por aquí que daba gusto.
-Ya hará tiempo que montaron la gruta, ¿no?
-Sí, hace tiempo, pero no mucho. Unos quince o veinte años, yo creo. Lo hizo un sacerdote muy bueno que tuvimos aquí, que se llamaba don Ángel Frías. Nos acordamos mucho de él. Pero ya sabe lo que pasa, cuando no hay gente, hasta las buenas costumbres desaparecen por falta de personal.
Arbeteta, por su situación geográfica, no es pueblo que se exhibe aunque no le faltarían motivos para ello. Hay que irlo a buscar con previa intención, como al buen paño. Cuando uno acaba de vivir media tarde en aquel simpático lugar de la provincia, de encontrar el deleite de tantas cosas que no esperaba de apuntar en su bien nutrida lista de amistades algunos nombres más, regresa con igual contento que lo hiciera en sus primeras salidas, dulcificado además, como si de un gesto de gratitud se tratase, por el vientecillo sobre la piel y la paz augusta de las tierras del Alto Tajo.
(N.A. Julio, 1983)