domingo, 11 de enero de 2009

AUÑÓN


El sol daña la vista en su inútil esfuerzo por atravesar la mañana en las hondonadas y en los vallejos por los que se entra a la Alcarria. El visitante da los buenos días al pueblo desde las eras abandonadas que hay junto al cuartel de la Guardia Civil. Nada se ve abajo. Se adivina, por el sonar renqueante subiendo la cuesta, el paso de un camión por la carretera de los pantanos.
Auñón, bajo los efectos de la niebla mañanera, es un pueblo silencioso, adormilado. De vez en cuando, rompe la quietud por cualquier parte el grito solitario o la carcajada de algún chiquillo que viene hasta los oídos desfigurada, difícil de reconocer.
Visto desde su calle Mayor, donde las mujeres se reúnen cada mañana en fugaces tertulias a la hora de la compra, uno se da cuenta de la reciedumbre y del señorío de la tierra que pisa. El pueblo presenta desde allí sus calles hermosas, pintorescas, limpias, de nobilísimos herrajes y aparatosos aleros. Calles que salen a derecha e izquierda marcando en su recorrido el nivel en pendiente del terreno.
- Sí, señor. Es un pueblo muy antiguo, ya lo ve usted. Mi casa tendrá más de dos siglos. Fue de mis abuelos y de mis bisabuelos, así que, adivine quién la haría.
Doña Petra tiene su casa en el Portalillo, muy cerca del mirador que da a las huertas del Carril por el saliente.
- Pues, fíjese: todo esto lo he conocido de chica cuando aún era juego de bolos. Había un bancal que lo sembraban y todo. Yo me acuerdo. Ahora ya ve para lo que se emplea, para nada, para tirar desperdicios.
En el mirador del Portillo uno lamenta no poder ver lo que hay debajo a causa de la niebla, por las huertas del Carril o por la carretera allá al fondo. Don Fernando Pérez, desde aquel lugar escondido me fue contando todo.
- Si se espera usted un poco, lo verá. El sol tiene que romper de un momento a otro.
- Y estos pedruscos, ¿de qué son?
- Eso son desprendimientos de piedra que, como sigan así, pueden llevarse las casas detrás. Toda esta parte está muy mal. Si se fija usted en este paredón, se ha ido de plomo y se caerá al final. Todo se ha caído este año, pero más allá se han desprendido trozos mayores.
La de la Panadera es una calle estrecha, bien enrejada, con parras que cruzan su ramaje de parte a parte como una diadema de pámpanas y de sarmientos a la sombra de los tejados. La de la Panadera es una calle con duende, una calle con cierto sabor andaluz.
En la parte baja, al final de la calle Mayor, junto al monumental edificio de su iglesia, se abre con toda redondez la plaza de Auñón. Una olma centenaria, voluminosa y sombría como la de Alhóndiga o la de Pareja, ocupa el centro mismo de la plaza. Casonas de piedra noble cargadas de años y de historia, la fuente pública y el frontón, comparten por igual los intereses del visitante. La fuente de la plaza es redonda, con un monolito sobre los bordes por donde arrojan un agua fresquísima dos caños en curioso desacuerdo, tanto en cantidad como en dirección. Suena la hora con once martillazos sobre la campanilla negra del reloj del ayuntamiento. La Casa Consistorial es un antiguo edificio acondicionado para tal uso, con elegante balcón corredizo y un escudo de piedra incrustado en la pared. Por una de las puertas laterales se sube a las dependencias y a los despachos municipa­les, por la otra a la farmacia.
En la plaza hay hombres del pueblo, alcarreños puros, con los que, sin mayores preámbulos ni contemplaciones, uno hace amistad inmediatamente. Don Valentín y don León esperan en la pista del juego de pelota a que aparezca el sol de entre la niebla.
- Aquí esto no es nada de extraño. Se debe a la proximidad de los pantanos; pero en los altos, seguro que da el sol desde bien temprano.
- De todas formas, yo creo que éste es un buen pueblo con sol y sin sol. La pena es que la niebla no deje ver las orillas.
- Buen pueblo sí que lo es, y lo ha sido mucho más. Según oídas, en tiempos dependieron de aquí cuarenta pueblos, entre ellos Sacedón. ¿Ve usted esa casa de enfrente? Era el palacio del comendador, y el escudo que hay en la pared del ayuntamiento es el del marqués de Auñón, que, por cierto, lo vendieron por veinte duros y tuvieron que ir los del pueblo al ferrocarril, que pasaba por ahí abajo, y lo volvieron a traer. Hace poco que lo han puesto ahí, que es donde debe estar, ¿no le parece?
- Eso creo yo, que su sitio es ése.
- ¿Y lo del obispo que hay enterrado aquí, lo sabe usted?
- No, señor. De eso sí que no tengo idea.
- Si, hombre. Aquí vino a descansar hace muchos años el obispo de Salona, porque tenía una enfermedad que no le dejaba dormir, y aquella noche durmió, ya ve. Entonces mandó hacer una capilla y cuando fue viejo se vino aquí a vivir. Aquí murió y aquí está enterrado.
Al poco tiempo de haber llegado al pueblo y de hablar con las buenas gentes de Auñón, pronto se adivina que su gran protagonista es, ante todo y sobre todo, desde 1085, la Virgen del Madroñal. Una breve narración, escrita por el licenciado don Francisco Palomares en 1758, recoge detalladas las apariciones de la Madre de Dios sobre un madroño en aquel término. Habla de la negativa del pueblo a aceptar el hecho y del favor popular después de ver con sus propios ojos, como Santo Tomás, curado el brazo seco del pastor vidente. La primitiva imagen de la Virgen del Madroñal se cree que fue esculpida por las propias manos del evangelista San Lucas, quien la llevó a todas partes durante su vida y apareció en la Alcarria de forma sobrenatural. La de hoy es una reproducción de aquella, que debió desaparecer, según me contaron, hace poco más de cuarenta años.
- Si quiere usted podemos acercarnos a la ermita en un instante.
La expedición a bordo del "Citroen" de don Lucas de la Villa, el cura de Auñón, a quien acababa de saludar casualmente a la puerta de la iglesia, se organizó en el acto y se puso en camino inmediatamente. Iban con nosotros don Valentín, el de la plaza, y don Vicente del Amo, que cayó por allí en aquel momento. Es admirable ver cómo la gente del pueblo no pierde ocasión de hacer una visita a su Patrona, sea cuando fuere.
- Aquí, todo el mundo: el piadoso, el indiferente, y hasta el que dice que no cree, cuando se habla de la Virgen hay que descubrirse.
Desde las afueras de Auñón hasta el santuario hay algo más de siete kilómetros, por un camino medianamente aceptable; un camino hecho con la aportación personal de los vecinos. Cruzando los llanos de la Parailla se ven en ambos lados del camino vastas extensiones de olivos alineados; más adelante, por la Veguilla, predomina el bosque bajo, el terreno yermo, los tomillares y la fraga, que crecen al amparo de nadie.
- En el pueblo se vive de esto, del olivo. Se recoge de todo un poco; pero aceitunas, lo que más.
Don Vicente del Amo me contó durante el viaje que en Auñón hubo hasta cinco almazaras, pero que no compensa, que en la actualidad no merece la pena y las han tenido que cerrar.
- ¡Qué va! Sí que merece la pena. Ahora se vende la aceituna a los de fuera. La mayor parte yo creo que se la llevan a Mondéjar.
Llegados a lo alto del Madroñal, para descender luego a pie los pocos metros que faltan hasta la ermita, aparece ante nuestros ojos uno de los espectáculos más bellos de la provincia: la piedra secular, musgosa cobertura, arcos y ventanales del santuario a primera vista, dejan entrever a la caída las aguas tranquilas del Entrepeñas, y, al otro lado, recortadas y oscuras, las tierras de la Alcarria. Un espectáculo incomparable que, por aquella vez, hubimos de conformarnos con imaginar.
Nos abrió la puerta una señora mayor que vive en la ermita con su familia desde hace tiempo.
- ¿Cuánto, señora Paca?
- Pues mire, ya hace trece años y vamos para catorce.
- ¿Se acerca mucho público a ver a la Virgen?
- Ahora en este tiempo, no; pero de mayo en adelante aquí hay gente todos los días.
- Creo que algunos vienen a pasar temporadas.
- Sí, señor. Para el novenario de septiembre vienen personas y familias enteras a pasar aquí los nueve días. Se traen colchón, comida y todo.
- ¿Cómo se arreglan para cocinar y para dormir?
Pues guisan en las lumbres bajas y se acuestan en las habitaciones que hay por arriba. Suba usted con don Lucas a verlas. Un poco viejas están, pero en el buen tiempo la gente se va arreglando.
La capilla, corazón del santuario, tiene todo el sabor conventual de los antiguos cenobios. Entre la luz que se cuela por la vidriera de un ventanal al fondo, se ve ínfima, solemne, impresionante en su pequeñez, la imagen de Nuestra Señora metida en su templete de cristal, donde recibe el homenaje de sus hijos de Auñón en oraciones y gozos que el pueblo corea en cualquiera de las concentraciones marianas de cada año:

Merece a vuestros fulgores,
si la ermita entre alegrías
celestiales armonías,
toda la Alcarria favores.
Y pues trono es celestial
un madroño a tal Señora:
sed del mundo protectora,
¡Oh!, Virgen del Madroñal
.

Subí con don Lucas a la parte alta del edificio, a lo que en otro tiempo fuera estancia de frailes o convento, quizás. Se ven a los lados del pasillo habitaciones enormes para la vida en común, con paredes despellejadas y suelos de yeso, donde, por todo mueble, algunas tienen un banco añoso sin respaldo en cualquier rincón. Por un postigo entreabierto se alcanza a ver, con relativa diafanidad, el panorama excelso de matorrales y tierras escabrosas que bajan a morir a las aguas del pantano.
Auñón, el pueblo, aparece a la vuelta luciendo su encantado­ra antigüedad bajo los soles del medio día, como un viejo hidalgo tuviera de por vida la misión de ennoblecer desde allí las tierras de la Alcarria.

(N.A. Diciembre, 1980)