sábado, 3 de enero de 2009

ARAGONCILLO


Aragoncillo queda oculto a la vista del transeúnte, acurrucado como liebre en cama tras uno de los declives que a las puertas del Señorío da lugar la llamada Sierra de Selas. Como eternos vecinos la sabina y el pinar. Al pequeño burgo se llega partiendo de lo poco que todavía queda de una antigua venta, a la margen izquierda de la carretera de Molina. Por tratarse de un pueblo escondido, uno viaja hacia Aragoncillo con la impresión de descubrir algo nuevo, otras formas de vivir, tierras sin mácula, gentes quizás carentes de proble­mas o distintos en cualquier caso de las mil inquietudes del siglo que, debido a su general repercusión, quitan el sueño a los demás hombres. Al poco de haber entrado en Aragoncillo uno se da cuenta de que no es así, y se queda con la remota sensa­ción de haber viajado inútilmente, de haber perdido el tiempo.
Cuando se atraviesa el camino de entrada junto al pairón que da fe de su condición de pueblo molinés, Aragoncillo se ofrece al viajero blanco y floreado, como dormido en lo mejor de su sueño bajo el peso de la tarde. El sol y los nubarrones de mediado agosto han dejado en aquellos parajes un ambiente pastoso y desapacible. Ni qué decir que las calimas de las cinco tienen a la gente retenida en sus hogares, en tanto que la tarde acabe por refrescar. Algún perro, por toda señal de vida, veo bostezar estirado de patas a la vuelta de un pare­dón en sombra.
De hecho, en pleno corazón de Aragoncillo, he acertado a caer buscando un respiro bajo la fronda malherida por la grafio­sis de un olmo que sirve de cobijo al murillo lateral del juego de pelota. Al otro lado queda la severa fábrica parroquial levantada a base de mampostería, sillar y piedra arenisca de color quemado, con su impresionante torreón-espa­daña orientado al poniente. De vez en cuando bufa sobre nues­tras cabezas el viento del norte, meneando como una masa de esmeralda esponjosa las copas de las acacias. En los aleda­ños del campanario chillan en el azul los vencejos, incontro­lados y juguetones, enredando los hilos negros de su vuelo en el invisible cañamazo de la media tarde. Si al paso que el tiempo transcurre no le diera por levantar cabeza, uno acaba­ría pensando que Aragoncillo es un pueblo muerto, de aquellos que en alguna ocasión nos ha descrito para solaz la imagina­ción sin fronteras de un Giovani Papini, cuando en horas de alta fiebre imaginativa, se recrea llevando a Gog, transpor­tando a la ventura su sombra inexistente, por los senderos de la más inconcebible irrealidad.
Caminando en solitario por sus calles, uno se da cuenta de que está en un pueblo desparramado, de yerboso y olvidado pavimento, ancho en superficie, fresco en su entorno por huertecillos y choperas que crecen en solemne anarquía.
Al respaldo de la fuente pública, con la que topo por casualidad en una placetuela, se baña a su antojo, aprovechan­do que nadie lo ve, un perrucho negro. El perro salta dando una aparatosa sacudida, cuando paran al borde del abrevadero una pareja de chavales en bicicleta.
-¿Sois de aquí?
-No; ninguno de los dos somos de aquí. Mi abuelo es el panadero. Nosotros somos de Madrid, pero aquí en el pueblo nos lo pasamos mejor.
-¿Cómo os llamáis?
Los críos se lavan las manos en el chorro antes de con­testar, como si la pregunta no fuera con ellos. Luego, se miran el uno al otro y dicen, por fin, que se llaman Oscar e Israel.
-Somos hermanos.
-¿Ah, sí?; pues no os parecéis mucho. Digo yo que por estas calles del pueblo con las bicicletas lo pasaréis mal, ¿no?.
-Claro que lo pasamos mal. Éste ya se ha caído una vez. Le vamos a decir al alcalde que lo arregle como están las carrete­ras. En Madrid nos e puede andar en bicicleta ¡Pues, menuda!
En lo que los de Aragoncillo dicen la Calle de Molina hay tres hombres alzando pared en una casa vieja. Se nota que les resulta extraña la presencia del desconocido, a tales horas tomando cuenta de lo que ve. Florentino Clares dice que, aunque no lo parezca, puede que aquel sea el pueblo mayor de la zona.
-Pues tiene razón, que no lo parece.
-Bueno, puede que Torremocha sea un poco más grande; pero poca cosa.
-¿Cuántos habitantes son entonces?
-En invierno quizá seamos sesenta personas en el pueblo. Hay media docena de mozos, que serán los que lo tengan que sostener todo.
-Dependerán del campo, supongo.
-Sí, de la agricultura y de lo poco de ahorro que se hace. Aquí no hay pinos como en otras partes para ayudar al municipio. Yo, por ejemplo, me encargo de repartir la corres­pondencia por estos pueblos.
Mis dos jovencitos amigos me preceden por las callejuelas descarnadas de Aragoncillo, con las bicis como haciendo escol­ta. Cada cuatro pasos se detienen y me preguntan cosas. Les digo que si hay bar me podían indicar dónde está para tomar algo fresco. Ponen en función sus vehículos de pedal y me conducen hacia la casa de Teléfonos.
-Aquí está el bar, pero café me parece que no tienen.
-Bueno, da lo mismo.
El bar de Aragoncillo en la casa de Teléfonos es tienda y estanco al mismo tiempo. Es un establecimiento amplio, cuidado y surtido convenientemente con los productos de uso común para no tener que salir a comprar fuera del pueblo. En una habita­ción contigua al portal donde queda el mostrador está la que pudiéra­mos llamar sala de juegos, con seis u ocho mesas de las de echar la partida de cartas. La señora Trini me cuenta mientras nos sirve que aquel es un negocio sin vida, que en verano, mal que mal se puede ir tirando, pero que cuando llega septiembre aquello se queda como muerto.
-Para las fiestas, me imagino que se pondrá que no se cabe.
-Sí, para San Bartolomé sí; pero son dos días.
Los dos acompañantes andan como inquietos, guerreros, sentándose y volviéndose a levantar en las sillas que hay en el portal.
-¿Queréis algo? Os invito a un chicle o a una piruleta si os apetece.
-No, un chicle no. Yo quiero mejor una Cocacola-dice Israel.
-Y yo otra -dice Cesar.
-Pues hijos, me vais a salir más caros que un traje de novia. Ya me extrañaba eso de que no os queráis despegar de mí.
Por las orillas del pueblo se ven solitarias las eras. Hay como una pradera informe, salpicada de casillas desier­tas que en tiempos sirvieron a los sacrificados campesinos como guarida en las tardes de sol y de almacén donde guardar los granos y los aperos.
Me gustaría saber, aunque supongo que nadie conocerá la causa, por qué a los habitantes de Aragoncillo les dicen por mal nombre los chuetes, y chínganos a los de Torremocha, y a los de Selas faldiquemaos. Tengo la experiencia de que, cuando en casos semejantes a alguien le pregunté la razón, la res­puesta es siempre una risotada.
Detrás del grueso tronco de un olmo mocho, hay una ancia­no que mira ensimismado hacia la ermita de la Soledad. El anciano se llama Doroteo Tello, un hombre simpático y cabal. Viejo, eso sí, pero fuerte como un roble y con buenas ganas de vivir.
-Claro, que bien visto más viejo es el olmo, ¿no le parece?
-Mucho más. Pero no crea -me dice-, que ya ando con los ochenta y siete. Treinta años me pasé como alguacil de Aragon­cillo. Eran otros tiempos, ya lo creo.
-¿Se pasa usted la vida aquí?
-Qué va. Los inviernos los paso en Alcorcón. Más allá de Madrid.
-Una pena; porque donde esté el pueblo que se quite lo demás.
-Sí, claro, pero son tres meses. Cuando el frío empieza por aquí a sacar las orejas, no hay quien aguante. Se está bien bajo la mínima copa del olmo conversando con el abuelo Doroteo. La tarde se acaba por suavizar y sobre los cerros de la Señorita y de Peña Alta, el contraste del marojo y de las estepas con el pulido celaje del Señorío, toma ciertas tonali­dades acristaladas imposibles de describir.
-Allí en lo alto se sube la Guardia Civil, y paran los helicópteros.
-Pues la ermita no está mal. Por la ventanilla se ve la Soledad y un San Antonio.
-Sí; los domingos nos dicen aquí la misa, porque la iglesia peligra. Es muy grande y muy hermosa la iglesia, pero el techo se nos viene abajo.
El abuelo Doroteo, y mis dos amigos inseparables, Oscar e Israel, me acompañan hasta la Lagunilla para que vea el parque infantil. Es un recinto de recreo relativamente amplio, enca­llejado, con césped en los espacios intermedios y yerbajos que nacieron por su cuenta en las pistas al no haber quien corra por ellas. Uno piensa que un parque infantil, en sitio donde no hay niños, no es una acierto que digamos.
-Lo hizo el Distrito. Se ve que les sobraban algunas perras y las emplearon aquí. No tiene mucha aplicación esto, no.
-Seguro que una buena arboleda para dar sombra y unos cuantos bancos más para sentarse hubiera sido mejor ¿No le parece?
- Sí; yo también estoy en esas.
Con la tarde en buenas, acudo debajo de las campanas a recoger el coche para volver a casa. Oscar e Israel, dentro de lo cabe, se ve que son unos niños agradecidos. No me dejarán ni a sol ni a sombra hasta que no me vean desaparecer de Aragonci­llo. Ya, abriendo la portezuela del automóvil para marchar, me habla Israel un poco preocupado.
-Es que antes te hemos gastado una broma.
-¡No me digas!
-Te hemos dicho que somos hermanos y no es verdad.
-Bueno; pues eso no está bien. Entre amigos no se dicen mentiras.
-No vas a venir más días a invitarnos a Coca-cola.
-Pues, no lo sé. Si la ocasión se presenta, claro que sí.
-Entonces nos das un beso y te decimos adiós, ¿vale?
Los dos, como estatuas vivas agarrados a la empuñadura del manillar, con los ojos abiertos como platos mirando la polvareda que levanta el coche al salir, se quedan atónitos en la orilla del pueblo. Uno se tira al camino embargado también, no sé, por una lejana tristeza.
(N.A. Septiembre, 1985)