lunes, 5 de enero de 2009

ARANZUEQUE


A esas horas en las que la tarde comienza a romper, inoportunas siempre para andar en solitario por los soñolientos caminos de la Alcarria, uno encuentra como un remoto placer, como una inefable sensación de bienestar, al encontrarse de nuevo con las tierras que configuran la vega baja del Tajuña.
Aranzueque nos da la bienvenida con todo el optimismo de una moderna ciudad veraniega, nimbada de vegetación y de luz; dejando adivinar, no obstante, por encima del ramaje tupido de la alameda, la otra realidad, la perdurable, la que le confiere su vieja y noble condición al otro lado del río. La carretera por la que uno acaba de entrar con todo el calor de la tarde, atraviesa el pueblo zigzagueando y se convierte a su paso en calle principal. Media docena de hombres juegan al mus sentados cómodamente a la sombra de uno de los barecillos de la Puerta del Sol, que es el sitio por donde en Aranzueque se entra a la plaza, a su sorprendente Plaza Mayor, que preside la torre cuadrada del Ayuntamiento.
El bar del Moreno, uno de los dos que aparecen situados en cada acera de la Puerta del Sol, es un establecimiento reducido, donde la gente se encuentra cómoda tomando cerveza y copas de coñac; un barecillo repleto de colgaduras que van, desde una chaquetilla de torero a un nido de urraca, desde un estoque de matar en los ruedos a un jamón de Teruel, pasando por todo un muestrario de carteles evocadores y fotografías del nunca bien ponderado mundillo de los toros. El dueño se llama Alejandro.
-¿De dónde sacó todo esto?
-Pues hombre, afición que tiene uno. ¿Es que no se nota?
-Pero es todo muy original. Además, se ve que alguno de estos personajes es amigo suyo.
-Algunos sí; ese mismo que tiene usted ahí en el retrato estuvo en mi casa hace poco. Ahora nos han traído una ganadería de reses bravas aquí cerca, al monte Mon, con vistas, debe ser a las fiestas de todos estos pueblos. Por aquí hay mucha afición.
-¿Y esos nidos, tienen algo que ver con la fiesta?
-No; pero me gustan. El de golondrina lo he hecho yo con mis manos, y el de urraca lo traje hecho del campo y lo colgué ahí.
En el confortable barecillo del Moreno, uno tuvo a bien dejarse, sin apenas hablar con nadie, una buena parte del sopor con el que entró, consumiendo sin prisa su botellita de refresco, entre la mirada lánguida de Manolete dando la vuelta al ruedo, y la sonrisa aparatosa de don Alfonso del Real, en sendas fotografías colgadas de la pared.
-Aquí vivió Saleri, ¿sabe usted? Sí, en esa casa que hace esquina. Ahora vive su hijo, y la hija, que suele venir los fines de semana.
Aranzueque está intentando romper una lanza en favor de la música tradicional que marchó a mejor vida hace unas cuantas décadas, sin perspectiva posible de acoplamiento en la actual concepción materialista en la que nos desenvolvemos. Empeño nobilísimo, el de traer cada noche a cada esquina los viejos compases de la jota y de la seguidilla, de la poesía y del incontaminado amor de nuestros antepasados en las noches serenas de la Alcarria.
-El problema más gordo que se nos ha presentado fue el conseguir un local para los ensayos; porque, lo que es entusiasmo por parte de la gente, no falta.
-¿Y ya lo consiguieron?
-Lo hemos conseguido, porque hay un vecino, Venancio López, que nos ha cedido un local gratuitamente y lo ha puesto en condiciones, también por su cuenta. Yo creo que nunca terminare­mos de agradecérselo.
-¿Qué es lo que han hecho hasta ahora?
-Lo primero que se hizo fue la inauguración del local, con un buen grupo traído de Madrid. Luego se organizó la sociedad que ya cuenta con ciento cincuenta socios, y ahora, empezaremos a trabajar hasta que consigamos que se reconozcan nuestras rondas que fueron hace años, sin duda, las mejores de la comarca.
-¿Existe alguna particularidad musical propia del pueblo?
-Aquí se cantó mucho la jota, muy similar a la de todas partes; pero, además, está la seguidilla, que esa sí tiene un carácter muy personal de aquí. Siempre, claro está, acompañada con música de cuerda.
Después de la conversación con Julián Salas, muy entusiasma­do ante la posible realidad musical que se vislumbra, uno prefiere dejar el ambiente cordial de la Puerta del sol y marcharse callejeando por las aceras en sombra, sin rumbo fijo. La Plaza Mayor de Aranzueque es de las que merecen un especial tratamiento, una de las más bellas plazas que el visitante conoce; una plaza que se engalana con la estampa recortada de la Casa Consistorial, su torre impecable para dar la hora, su olma centenaria y una fuente moderna, rematada en triple farola ante la que, por su dificultad para conseguirlo, uno decide marcharse sin beber.
En el pretil de la iglesia la fogosidad del día se suaviza con el vientecillo que sube de la vega. A la sombra de los árboles es aquel un lugar apacible, que de puro al alcance de la mano la gente no ha debido descubrir aún. Desde aquel mirador, la vista se va por encima de la variopinta coraza de los tejados hasta perderse en la deliciosa hondonada donde comienza a tomar cuerpo y vida la Ribera Baja. La portada renacentista de la iglesia conserva esculpidas viejas inscripciones en honor de Santa María. El templo está cerrado, silencioso, solitario, acusando tal vez en su silencio la falta irreparable de su grandioso retablo mayor que perdió para siempre. Abajo, por el valle, se oye el ronco sonar de las máquinas de trabajo guiadas por hombres, hijos quizá de aquellos labradores de otros tiempos. Alrededor, los cerrucos grises de la Alcarria.
La calle del Norte parte de los aledaños de la iglesia y va a perderse por extramuros con dirección al cerro Capirucho. Los amables habitantes de la calle del Norte se salen a la puerta en grupos de buena vecindad y van de un lado para otro con la conversación, hablando de lo primero que se les ocurre.
-Pues mire usted, si en vez de venir hoy viene el 5 de septiembre, tendría que irse a aparcar el coche a Valdarachas.
-No será tanto. En cada pueblo su fiesta es la mejor.
-No, no; usted pruebe. A ver si lo que le digo no es verdad.
-¿Cuál es el Patrón de Aranzueque?
-Santo Domingo de Guzmán. Antes se celebraba el 4 de agosto; pero por los trabajos del campo se tuvo que cambiar al 4 de septiembre. Al contrario que en otros sitios.
-Entonces tienen el mismo Patrón que en Loranca.
-Sí señor, el mismo; pero no vaya usted a comparar.
-¡Ah! Pues allí tengo entendido que se gastan medio millón cada año en las fiestas de agosto.
-Sí, por lo menos. Y usted se lo habrá creído. Mire, los jóvenes de Loranca se vienen aquí los sábados. Y de eso de gastarse, nada de nada. En Loranca son más agarraos que un chotis.
-¿Qué pasa? No se entienden bien.
-Ni bien, ni mal. Antiguamente había sus más y sus menos entre los dos pueblos. Ahora, nada. Aquí, con los pueblos que mejor nos llevamos es con Armuña y con Hontoba; de toda la vida.
-También se habrá quedado esto sin gente.
-No; este pueblo no se ha deshecho como otros. Fuera habrá sólo una parte. Todavía tenemos jóvenes que van de tractoristas, y hay vida aquí. La gente se ha ido, sí, pero no es eso de quedarse el pueblo vacío; ni de qué.
El coloquio con don Tomás Moreno y con todo el grupo de vecinos de la calle del Norte es largo y amistoso; una conversa­ción relajante y familiar, sentados, sin que el tiempo cuente para nada a la sombra de la pared. Rosa Mari Cortés sacó a relucir, un poco por encima, el sabor añejo de las leyendas que a nadie hoy se le ocurriría creer, pero que si alguien no las ataja terminarán perdiéndose para siempre.
El cerro del Moro está hueco por dentro. No sé si es que los moros lo emplearon como refugio, y cuentan muchas cosas que pasaron allí. Luego está la Peña del Judío, que según nos decían antes, había escondido un tesoro y lo guardaba una culebra muy grande. Ya nadie habla de esas cosas; no sé porqué. Los jóvenes del pueblo seguramente que no lo han oído nunca.
Aranzueque, visto sin más durante las horas fuertes de un verano prematuro, es un pueblo hermoso y con ganas de vivir, que escogió para levantarse uno de los rincones más privilegiados de la provincia; donde la gente, pienso yo, debe sentirse a gusto, aferrada a su campo, a su riqueza costumbrista, al esplendor de su sol que mima cada mañana y cada tarde aquella simpar ribera de la Alcarria.
(N.A. Julio, 1981)