martes, 13 de enero de 2009

BALBACIL


Al decir de su iglesia, que pulcra y majestuosa se deja ver desde que asomamos al alto, Balbacil debió de ser en mejor hora un pueblo grande. Hemos detenido un instante el automóvil antes de llegar para que nos diese de plano sobre el rostro el viento frío de los vallejos que asoman por el noroeste. Son las tierras por las que ahora pisamos hoscos balcones del páramo, a las que el hombre, a fuerza de sudor, se empeñó en sacar de su corteza lo que jamás fue capaz de darle: la justa abundancia de sus frutos en compensación equitativa con su esfuerzo, sin pararse en menudencias ni en regateos.
A nuestra izquierda en otro alcor vecino se recortan los tejados ocre de la vecina villa de Codes, la de la espadaña altiva y su ermita de extramuros donde se le reza a la Virgen de Lluvio. Frente por frente a Balbacil, no a mucho más de un tiro de piedra, se yerguen los muros enquistados de un viejo torreón, residuo según se ve de alguna fortaleza que la Histo­ria no tuvo a bien registrar en sus páginas.
-Me parece que es una torre de cuando los moros. Ahora se usa como palomar.
-¿Qué andamos, preparando los aperos para la siembra?
-Sí, un poco. De año en año conviene darles un repaso.
Juan José debe andar por los veinticinco años, o quizá no llegue, y su hermano Jesús es todavía más joven. Luego, doña Vicenta Tabernero, su madre, me contará que su hijo Juan José es el alcalde pedáneo del pueblo, ya que, por agrupamiento de municipios, Balbacil pertenece al ayuntamiento de Maranchón.
-El agua es lo que tiene usted que decir que nos la pongan. Que no hay derecho a que haya un pueblo como estamos nosotros.
-Que no tienen agua.
-Nada, ni gota. La fuente ha dejado de caer y la que usamos nos la traen desde Mazarete, con cisternas de la Dipu­tación.
Estamos en la Plaza Mayor de Balbacil; una ancha plaza dedicada al General Moscardó Huarte. En el centro, con unas cuantas hojas amarillas sostenidas en sus ramas, que el viento limpiará en cuestión de días, hay un chopo robusto y de rolli­zo corpachón.
-Me parece que acertaron con poner chopo en lugar de olmo; porque la enfermedad no está dejando uno.
-Pues aquí también se están muriendo los chopos. Los antiguos todavía duran, pero los que se han puesto después se están empezando a morir.
-Noto al pueblo muy tranquilo ¿Cuántos habitantes son en este momen­to?
-En este momento, al ser sábado no lo sabemos. Habitan­tes en el pueblo somos quince.
-Y algunos son jóvenes. Parece extraño.
-Pues ahí está la cosa, que jóvenes somos seis. Todos chicos. De chicas no queda ni una. Así que, esto es un plan.
-A la vista de los tractores que tenéis pienso que el campo no debe ser malo. Seguro que, tal y como están las cosas, merece la pena quedarse en el pueblo, ¿no?
-El campo no es muy malo. Lo que lo pierde es el frío.
Me he apartado un poco de la Plaza Mayor mientras que la señora Se asea para acompañarme por los alrededores y por las calles de Balbacil. Por donde el frontón, las gallinas escar­ban en los paredones de tierra que hay en la cerca, entre los matujos y entre los hierros de los cultivadores. Una corneja grazna desde las ramas desnudas de un chopo a orillas de la Charca. Pegado a la fuente seca hay otro zagal poniendo a punto los tubos de la máquina de sembrar, asida a un tractor enorme. Al rato, con la señora madre del alcalde como guía, llegamos hasta los bordes cenagosos de una lagunilla que los del pueblo reconocen como la Charca. Alrededor hay un batibu­rrillo impresionante, amasado por las patas del ganado que acude allí a beber a falta de un mejor sitio.
-Y dice usted que no se agota nunca.
-Nunca. Aquí se recoge lo que llueve y algo que debe manar también. Fuentes en el pueblo no faltan. Ahí, enfrente, tiene una, pero sin agua. Entre esos chopos está el Pozo Airón, del que también se sacó agua para beber.
-¿No les produce cierta nostalgia cuando recuerdan al pueblo con toda su gente?
-Ya lo creo. Cuando me casé aquí, porque yo soy de Cla­res, había qué se yo cuantas personas; seguro que más de trescientas, pero, unos se han marchado y otros se han ido muriendo. En unos cuantos años, seguro que se han muerto más de ochenta viejos.
Al subir por el barrio de los Olmos, se ve cómo toda la parte alta de Balbacil está cimentada sobre roca, y los pare­dones de las casas son un canto sepulcral al mismo espíritu del silencio. La señora Vicenta me advierte que el pueblo está mal y que parte de las calles son intransitables, porque el ayuntamiento es pobre; que son tres vecinos nada más y los ingresos no dan para tanto.
-Luego -añade, sabe lo que pasa también, que el pueblo coge muy apartado y así todo va mal.
-Bueno, se aburrirán un poquito, pero la tranquilidad también vale. Cuántos la quisieran.
-Pues, sí. En verano se llena el pueblo. Las mujeres que somos así, más de las de antes, y no vamos al bar como las otras, nos juntamos en una casa y nos jugamos nuestras buenas partidas al julepe y a la perejila. Por pasar el rato.
-En invierno tampoco les faltará el frío. El pueblo es alto.
-Hace mucho frío, sí señor. Pero todavía son más fríos Maranchón y Clares, aunque parece que están más bajos.
Cerca de la iglesia hay varias casas en las que la piedra se desgrana; los paredones se desmoronan dejando a ojos vista el esqueleto de los entramados. Al momento aparece la señora Vicenta, acompañada de otra mujer, la señora Dolores, su vecina, que por razones de proximidad es la que guarda las llaves de la iglesia.
-Mire, sólo nuestro campanario vale más que otros pueblos enteros. Dicen que cuando tocan las campanas de aquí se sien­ten en Alcolea.
El templo parroquial de Balbacil tiene la puerta protegi­da por un techadillo sobre dos muros laterales. En cada uno de ellos han pintado un ramo grande, rematado con sendas cruces de color. Uno no se detiene a pensar si el detalle le va al motivo o no le va; pero, de lo que no hay duda, es de que llama la atención por lo que tiene de original, de insólito.
-Lo pintó un primo nuestro que se llama Roberto.
Produce una fuerte impresión la iglesia apenas entrar. Dos naves cargadas de recuerdos -que no son otra cosa sino prueba fehaciente de la exquisita religiosidad de sus gentes cuando las hubo- nos cortan la conversación para que vean los ojos. La nave principal concluye en un bello retablo de traza renacentista, adornado con columnas policromas, y presi­dido por una estupenda talla antigua que representa a la Purísima Concepción. En las cuatro pechinas de la cúpula se ven, alza­das en relieve, las imágenes de los cuatro evangelis­tas.
-¿Cuál es la Patrona?
-Es el Santísimo Cristo, que ahí está, vestido y todo. Aquí le tenemos mucha devoción. Yo, como soy de Clares -expli­ca la señora Vicenta-, parece que me quedo más con la Virgen del Rosario.
Al momento se hizo presente el vecino de Balbacil don Ángel Herranz, esposo de la señora Dolores. Ángel Herranz es uno de esos hombres admirables que todavía quedan en los pueblos, de esos que matan sus ratos de ocio leyendo todo lo que cae en sus manos. Por cuanto se refiere a la iglesia y a la vida de su pueblo, lo sabe todo.
-¿Y esa imagen más pequeña?
-Esa es la Virgen del Tremedal. Jamás se le ha hecho fiesta. El retablo que parece más interesante es aquel de San Pascual Bailón. No nos atrevemos siquiera a quitarle el polvo por no dañar la madera. Aquí entró una vez un anticuario y se volvía loco mirando a las tablas del altar.
-Pues no me parece esa la mejor fauna como para meterla en estos sitios. Cuando las cosas han ocurrido, luego ya no tienen remedio.
-Todas las tablas en relieve representan escenas de la infancia de Cristo y de su resurrección.
-Ya me he dado cuenta. Y éste es San Martín y ésta no sé si Santa Bárbara o Santa Catalina.
-El señor cura dice que si pudiera ser Judit.
-Pues, tal vez. No parecen las tallas muy perfectas. De lo que no hay duda es del mucho trabajo que llevan.
-Mire, y aquí más abajo están los doce Apóstoles, com­pletos, en la misma tabla uno detrás de otro.
Mis amigos me muestran en la sacristía otra imagen de Cristo crucificado; una imagen que impresiona por su patetis­mo. Personalmente, a mí me gusta más que la del Patrón de Balbacil, que, como ya se dijo, cuenta con la total devoción de los hijos del pueblo. Ésta, en cambio, aparece como relega­da en la penumbra conventual de la sacristía, donde nadie la ve.
-Tampoco está mal, ¿verdad usted? Es un Cristo muerto. Lo que pasa es que en el pueblo tenemos más inclinación por el otro.
Ángel Herranz se muestra interesado en que pase a ver el baptisterio -trastero hoy como en casi todas las iglesias de los pueblos-, para echar un vistazo a la pila bautismal en apariencia románica. También él parece que se inclina por la otra menor, la del agua bendita, adosada a una de las colum­nas de la nave.
-Y ya ve usted lo que son las cosas -explica-. Cuando vino el señor Obispo dijo que era mejor la de bautizar, con lo vieja que se le ve.
Al salir de la iglesia largamos la vista lejos, al campo abierto desde debajo de las campanas. Sobre el dintel de un ventanuco se lee la fecha de 1556. Ángel precisa que fueron por aquellos años las obras de El Escorial, y que la religio­sidad de los hombres de entonces era muy grande.
-Ahora nos podemos acercar a ver algunas casas antiguas que hay por el barrio de arriba.
Me pareció bien, y así, en compañía de doña Vicenta y de doña Dolores, que nunca nos dejaron de la mano, estuvimos visitando las viejas mansiones del XVIII que todavía quedan. Una de ellas tiene aún marcada sobre el montante la fecha de 1719 como año de su conclusión. Sobre la puerta de otra se lee: «Me hizo Juan López y Lucía Manrique».
-¿Y quién podrían ser esos señores? -se pregunta Ángel-. La casa es ahora nuestra, y en ella nació mi mujer. Pero no tenemos idea.
Otra tercera casa, en fin, deja constancia inscrita de que se acabó en 1717.
Nos asomamos después a las eras. No lejos, por el sa­liente, se divisa un pairón en el campo. Debe ser el pairón de la Soledad. Hay otros dos, además, en otros caminos: el de la Puentecilla y el de Carraclares. Aunque lejos de la metró­poli de los Señores, la condición molinesa de nuestro pueblo queda patente.
No sé si merece la pena o no una visita a Balbacil. A mí me ha producido un gran respeto, y mucho dolor conocerlo y sentir de cerca el latido agónico de su hora postrera. Un pueblo con arrolladora personalidad, adormilado en el recuerdo de sus días pretéritos y al que le falta todo.

(N.A. Noviembre, 1985)