lunes, 5 de enero de 2009

ARBANCÓN


Son dos, con ésta, las veces que he visitado Arbancón y ambas en el transcurso de pocos meses. A pesar de todo, hoy a mí me resulta familiar. Pienso que es aquel un pueblo que se presta a la búsqueda de amigos con la seguridad de que los hay en número considerable. Después de haber pasado unas horas contemplando sus calles, bebiendo el agua de sus fuentes o respirando su aire, uno comienza a sentirse en Arbancón como en su propia casa.
La virtud colectiva queda patente en un monolito que, pasado el arroyo Salcedo, cuenta al visitante el agradecimien­to popular al Servicio de Extensión Agraria. Más tarde pude saber que los arbanconeros son, además, voluntariosos y muy amantes de su viejo rincón.
- Aquí, el arreglo de calles, traída de aguas, construc­ción de la piscina y cualquier cosa que repercuta en beneficio del pueblo, se hace siempre por prestación personal de los vecinos.
Me informó de todo esto don Eloy. A nadie mejor pude elegir en esta ocasión como guía. Don Eloy es un joven sacer­dote que lleva, aparte de aquella, las parroquias de cinco pueblos y el archivo parroquial de otros nueve que, a causa de la emigración, se quedaron deshabitados. La Secretaría del pueblo corre también, desde hace tiempo, a cargo del sacerdo­te.
- ¿Qué necesidades serias tienen hoy?
- Bueno; necesidades más urgentes pueden ser la construc­ción de un nuevo depósito de agua para un millón de litros; puesto que el que tenemos tiene una capacidad de cincuenta mil, y, desde luego, el arreglo del puente sobre el arroyo, que ha dado ya varios sustos.
Subiendo las calles de Arbancón, que, dicho en su honor, tiene rincones insólitos, uno mira atentamente los viejos aleros que con dificultad vienen cumpliendo su misión desde hace años, ofreciendo una estampa típicamente rural cargada de belleza. Sobre la fachada blanca hay una rueda de carro com­pleta que sirve de reja a la ventana interior pintada de verde. El olmo centena­rio de la iglesia es un olmo que no tiene corazón ni entrañas, hueco como un tambor, al cual alguien se le ocurrió, para mayor desgracia, dejarlo mocho, sin una sola rama. Junto al olmo está la fuente de piedra sin cultivar que echa agua abundante por varios chorros de dife­rente grosor.

La fuente de don Eloy
es una fuente muy maja,
manando catorce chorros
de agua pura, limpia y clara.

Los versos fueron el saludo de presentación de nuestro amigo el señor Cruz. Un hombre que vive de las rentas, que de vez en cuando se arranca por romances y para quien el refrane­ro no tiene secretos.
- ¡Pero, hombre! Tenía usted que haber venido dos meses antes.
- ¿Y eso?
- sí, hombre, sí. Para la Candelaria y Santa Águeda.
- ¿Hay buena fiesta?
- Claro. Hay botarga y todo. Luego se empalma con Santa Águeda. Cuando yo era mozo teníamos ocho días de fiesta. Ahora son menos. En Santa Águeda hacen una cena que sólo se admiten mujeres, pero este año, yo no sé como ha sido que entraron también hombres. Ahora, si quiere usted fiesta no se vaya de aquí, que luego viene la de la Virgen de la Salceda, y después la del Cristo. Yo creo que si viene usted para el Cristo se lo va a pasar bien.
- ¿Qué hacen para la fiesta del Cristo?
- Ese día no queda nadie en el pueblo. Todo el mundo se va de merienda a Monasterio. Allí se hace la comida en la pradera y se pasa..., ya sabe. Antes, los de aquí les soltaban las gallinas y los cochinos a los de Monasterio, y aquellos se tenían que pasar el día buscándolos para volverlos a encerrar. Cuando no encontraban alguna gallina, solía aparecer en el arroz de la pradera. ¡Y qué va usted a hacer...! Ya hace tiempo que se perdió la costumbre.
En la plaza de la iglesia hay viejos soportales soste­niendo almacenes de paja, que amenazan con venirse abajo el día en que los palos carcomidos que lo aguantan digan con un crujido que no pueden más. Estoy convencido de que los sopor­tales de la plaza vieron a Cristóbal Colón la noche en que, procedente de Torrela­guna, durmió allí de paso para Cogolludo, y que, según la creencia popular, cenó cabrito asado. Así me lo contó don Eloy de una forma un tanto imprecisa.
- Sí, Colón durmió aquí en una posada que se derrumbó hace poco, y hay un dicho que asegura que el navegante cenó cabrito asado.
- ¿Es esa la especialidad del pueblo?
- En Arbancón hay dos hornos de asar que funcionan los sábados y domingos. La fama del cabrito asado la lleva Jadra­que, pero bueno es decir que los asadores de Jadraque son de aquí, o sea, que la tradición en origen viene de este pueblo.
Entre callejas y recovecos subimos hasta la otra plaza, a la que en realidad es la verdadera plaza de Arbancón. Una plaza amplia y castiza que las obras de última hora se están encargando de quitarle todo el tipismo y toda su belleza tradicional. Allí queda, majestuosa y elegante como pocas, la fuente dieciochesca de los cuatro caños. Como en la antigua de Pareja, en la fuente de Arbancón se recoge el agua valiéndose de una caña larga o de un canal labrado en madera. La fuente se alza en pirámide y está rematada por una cruz de hierro y una farola en forma de ancla.
El teleclub es, de algún modo, el lugar de asueto del vecindario. En aquel momento todavía andaban por los suelos de la sala principal cáscaras de cacahuete y otros residuos de la última junta de hombres después de la hacendera. La sala principal del teleclub, que los propios jóvenes adecentan en sus ratos libres, puede muy bien utilizarse, indistintamente, para una juerga popular o para una conferencia, para un concurso de habilidad manual o para una sesión de cine. En una habitación contigua esperan su turno montones de libros sin orden ni concierto.
Un artesano de Arbancón, don Hermenegildo Alonso, se ha especializado, a fuerza de echar a esta labor muchas horas de su vida, en hacer caretas para botarga la mar de originales. No pude hablar, ni siquiera ver, a don Hermenegildo. Había sido operado pocos días antes y en aquel momento estaba recibiendo la atención del médico. No obstante, su hija nos enseñó un modelo de máscara ya terminado y otro a mitad de faena.
- Mi padre ha hecho muchas; lo que pasa es que se las quitan de las manos. Tiene más pedidos de los que puede atender.
- ¿Qué madera emplea para hacer esto?
- Emplea siempre la madera de nogal; y hace también las castañuelas y las cachiporras de los botargas. No sabe cuánto siento que no le puedan ver, pero es que lo tenemos recién operado.
Por la calle abajo, según se acerca uno a lo que será el polideportivo, los ochenta y cuatro años del señor Cruz se dejan notar y se nos va quedando atrás o se cuela por algún atajo para llegar antes. Una vez allí, frente a la piscina, don Eloy me fue explicando lo que ya es realidad, y todo lo que por el momento son todavía proyectos en vías de realización.
- Las piscinas, tanto la de mayores como la de niños, se hicieron con la colaboración del vecindario, y así se seguirá haciendo todo lo que falta. Esto se rige por unos estatutos que la gente suele respetar, y es propiedad de 220 socios que corren con todos los gastos, arreglos y mantenimiento.
- ¿Qué más piensan hacer aquí?
- Se piensa hacer, y de algunas cosas ya se han iniciado las obras, dos pistas de tenis, frontón, pista de balonmano, una cancha de baloncesto, juego para la petanca, ping-pong, un parque para niños y, en la parte más alta, con comodidad para subir, otro parque destinado a los ancianos desde donde puedan ver todo.
Se hizo tarde. El tiempo pasa con excesiva rapidez cuando uno se encuentra bien en alguna parte. Antes de salir de Arbancón celebramos nuestro segundo encuentro tomando alguna cosilla en casa del señor Cruz y con promesas, no demasiado firmes de volvernos a ver pronto, nos dijimos adiós. Un adiós que, yo así lo espero, puede ser un hasta luego que se haga efectivo cualquier día.

(N.A.Abril, 1980)