jueves, 29 de enero de 2009

CANALES DE MOLINA


La capital del Señorío está al caer. Apenas nos separan unos minutos de camino cuando el pueblo de Canales nos sorprende a lomos de su atalaya por la margen izquierda de la carretera. Es la hora de la media tarde. El verano parece que asentó sobre su copetón de finales de junio y pica el sol, quién sabe si tramando desde ahora la tormenta que nadie prevé para la anochecida.
Ascendemos nada más llegar por un ramal muy pino hasta la Plaza de la Fuente. La altura parece que intensifica el silencio. Abajo carea un rebaño de ovejas sobre la plataforma verde de una era recortada en círculo. Al otro lado del valle por el que se estira la carretera se divisa con asombrosa nitidez el áspero espectáculo de las sabinas dibujando las formas del monte, preludio de aquel otro tupido manto de pinar que nos imaginamos debe de haber a la caída.
Ahora sale de su casa en el rincón una mujer, con el asiento arrastra en una mano y la cestilla de la labor debajo del brazo contrario. Al punto se instala en una esquina al otro lado de la calle.
-Buenas tardes tenga usted, señora. Parece que se busca la sombra.
-Mire; aquí estoy cuidando un poco de esos pollos que compré el otro día. A ver si suben a colmo.
-Subirán -le digo-; claro que subirán. La pluma no es mala, y con este tiempo que llevamos, seguro que enseguida se le hacen grandes.
-Luego se mueren. Todos los años se mueren. No sé que les pasa.
El atrio de la iglesia está comido por la hierba, que crece por cualquier rendija entre las losas del suelo. Da la impresión de que no hay animales callejeros que la coman ni personas que la pisen.
-Si está todo igual, las calles y todo. Este año, con tanta lluvia en la primavera, yo creo que sale la hierba hasta por debajo de las camas.
La señora Rosa continuó haciendo ganchillo a la sombra de la pared, cuando yo me dispuse a subir hasta lo más alto del pueblo de Canales: las eras del Calvario, desde donde, con un poco de suerte, se dará vista a las dos veguillas que bordean al pueblo: la del camino de Molina por donde llegamos, y la de Valdecanales, más escondida, más solitaria y más bella quizás.
He venido a situarme cómodamente sobre las peñas al pie de una cruz de palo. El firme de las eras se ve embaldosado en parte por losetas planas rodeadas de hierba. Son muchos los pajares semiabandonados que se cuentan en la ladera, testigos mudos que hablan al forastero de aquel otro Canales de hace un cuarto de siglo. Aquí los despeñaderos abruptos del Calvario, que se cortan en vertical desafiando al vacío hasta las tapias del cementerio en el barranco. Muy lejos, como a la salida del sol, se distin­guen a pesar de la distancia las torres y las murallas inconfun­dibles del castillo de Molina; y ocupando las extensas sinuosida­des que miran al norte, las tierras de Valdecanales, con sus altos de breña a derecha e izquierda, entre los que se despliega la veguilla suave de los Navarejos, fertilizada por las aguas del arroyo, cuyo rumor al salvar los pedregales de su cauce, sube hasta nuestros oídos en singular concierto que favorece el viento de la tarde.
Se ven cuatro hombres en otros cuantos bancalillos removien­do la tierra. El golpe de las legonas nos llega tardo y arrítmi­co, punteado desde no sé dónde por el canto del cuclillo.
-Oiga, ¿para ir hasta la Peña Escrita?
-Pero qué me dice usted. Eso ya no existe.
-¿Cómo? ¿Pero no es en este término donde hay una piedra que tiene marcadas así como figuras muy raras?
-No señor; ya no está. Hace cuatro o cinco años que la volaron con barrenos, cuando hicieron lo de la concentración.
-Usted perdone; eso no puede ser.
-No podrá ser, pero es. Los cachos de piedra los tiramos al río. No sé si aún quedará alguno por allí.
El señor Rufino me está contando todas estas cosas mientras pinta la puerta de su casa en un rincón que hay por detrás del campanario.
-En el monte, y más escondida que la que usted dice está la Peña del Moro. A esa vienen a verla muchos extranjeros. Hay como un moro muy grande y una mora pintados en la piedra. Lo que pasa es que como no vaya alguien con usted, no dará con ella.
-Pues qué mala suerte. Y dice que la verdadera Peñas Escrita ya no existe.
-Nada, no señor; de esa no queda ni el rastro. Aquella sí que no tenía pierde; estaba en el mismo camino. Pero, ya le digo, hacía mal tercio cuando lo de la concentración y al quitamos del medio.
-¡Caray, pero de qué formas!
Una hija del señor Rufino lo animó para que me acompañase hasta la Piedra del Moro. Yo le insistí y el buen hombre no se hizo rogar demasiado. Dejó sobre una mesa los bártulos de la pintura, y los dos nos fuimos a tomar el coche en la plaza de la Fuente. Por el camino me fue contando que no le gustaba llevar a nadie hasta la Peña, porque en una de aquellas cuevas está enterrada la Reina Mora, y dentro hay un tesoro, que según cuentan debe de ser muy valioso, que vienen muchos de otros países a medir el terreno y que nadie quiere decir nada.
Pasamos ahora junto al cementerio que había visto desde el alto de las eras unos minutos antes, y después por la vega de los Navarejos hacia el pinar con dirección norte. En el sitio mismo en donde el señor Rufino me indicó que había estado la Peña Escrita, nos detuvimos a olismear con la esperanza de ver por lo menos algún pedazo en medio de aquellos montones de piedra desprendida.
-Nada, por aquí no se ve nada. Qué sé yo adonde irían a parar los cachos. Era una piedra llana, de un palmo o dos de gorda, y estaba en este mismo sitio de pie, pegada al camino.
Por un sendero fatal para subir en coche llegamos finalmen­te a una calvera entre los pinos, desde donde mi acompañante me indicó que podíamos bajar a pie hasta la Peña del Moro. Es todo aquel un paraje inhóspito, plagado de maleza y de pinar escaso, de lastras de piedra que bajan hasta la vega y de matorral arisco por el que nos vamos colando, dejando a salvo las ramas secas de los marojos y de las estepas, saltando a veces sobre las cañas tronzadas de los pinos resineros hasta caer en el fondo de otra barranquera por la que pasa un arroyo.
-A todo esto le decimos en el pueblo Las Palancás. Hay que tener mucho cuidada, que por aquí andan los jabalines.
-¿Los han visto?
-Muchos. Por aquí arriba vieron el otro día a doce juntos.
-Estoy admirado de lo bien que camina usted, señor Rufino. algunos ratos me cuesta trabajo poderlo seguir ¿Cuántos años tiene?
-Más de los que usted se imagina. Eche, a ver.
-Pues, qué sé yo. Unos sesenta y cinco o setenta a lo sumo.
-Qué más quisiera. Tengo ochenta y dos.
Hemos llegado, al fin, colándonos desde el riato por mitad de unas zarzas que se agarran a las ropas, a la que en Canales llaman la Peña del Moro, mientras que los historiadores y los investigadores de todos los tiempos conocen por la Peña Escrita. Es admirable saber cómo en 1646, hace mucho más de tres siglos, el erudito molinés don Diego Sánchez de Portocarrero, ya vio en este rincón "áspero y fragoso" lo que cualquiera de los que hoy somos podemos admirar con idéntico realismo, siempre y cuando tengamos la precaución de asirnos a la compañía de algún cicerone del pueblo, naturalmente.
La peña en cuestión es una losa tremenda, de cinco o seis metros cuadrados de superficie y forma triangular, colocada en horizontal por la Naturaleza bajo la visera de otro peñasco liso y mucho mayor todavía, que la protege de las lluvias y de los demás efectos demoledores de la intemperie. La Peña está toda ella recubierta de unos signos extrañísimos, no atribuibles con exactitud a ninguna civilización pretérita sin correr el riesgo de equivocarse, por lo que se ha llegado a pensar indagando acerca de su origen, en la posibilidad de que fueran señales grabadas por seres extraterrestres de lejanas épocas. Allí se ven a manera de cascos guerreros rematados por una cruz, huellas de manos y de pies con cuatro dedos, dibujos de herraduras en tamaños diferentes, y un ciento más de formas inconcretas donde cada cual puede imaginarse lo que buenamente se le ocurra. Lo que sí parece ser cierto es que nada de aquello tiene que ver con la España Musulmana ni con períodos posteriores de nuestra historia, pese a las ricas leyendas montadas en su entorno y que el paso de los siglos no ha conseguido borrar del decir de las gentes.
-Pues la mora debe de estar enterrada en aquella cueva de abajo. Dicen que si la mañana de San Juan la han oído cantar alguna vez, pero a mí esa no me la cuelan.
Tanto por los signos de la peña como por las dos figuras que hay marcadas algo más arriba, pudiera muy bien fijarse su origen en el período Neolítico como suposición más digna de crédito. Una de estas dos figuras humanoides que se ven arriba es de un tamaño enorme, de no menos de cuatro metros de altura y con los brazos extendidos en forma de cruz.
-Ese es el moro. Menudo tiarrón debió de ser, ¿no le parece? La que hay más abajo es la mora.
-Un poco estropeadillos me parecen. Claro que, con los años y con los siglos que tendrán encima, y el sol, y la nieve y demás...
-Cuando veníamos por aquí los pastores, también nos gustaba picar en la piedra. Eso le ha tenido que perjudicar.
-¿Viene mucha gente a ver todo esto?
-Aún vienen. Sobre todo extranjeros, vienen muchos con libros muy gordos, y toman medidas de las piedras. Yo no sé lo que andarán buscando. El tesoro, desde luego; pero que no dan con él.
Sabiendo que es ésta y no otra la famosa Peña Escrita de la que hemos leído algunas cosas antes de venir aquí, uno se marcha con deseo de saber lo que fue aquella, la que encontró fin a sus posibles milenios de existencia por obra y desgracia de unos cartuchos de dinamita.
-¿Ve usted todas esas bocas que se ven por debajo de las piedras? Por ahí se meten las zorras y van a salir por allá, por encima del cerro. En estos sitios hemos cogido muchas, y algunos tajudos también.
Nada más. El resto de la historia fue devolver al bueno de don Rufino Benito, mi amigo de Canales, hasta la puerta de su casa debajo del campanario. Con el sol grana del ocaso sobre los ojos, el regreso resulta molesto, hasta que el astro acaba por esconderse por donde cada tarde dejando al viajero seguir su camino por la general, pasada Alcolea.
La satisfacción personal con la que uno regresa cada vez que viaja hasta las tierras de Molina, se ha vuelto a hacer presente en esta ocasión. Hasta el tráfico por la carretera es tranquilo y la noche grata.

(N.A. Julio, 1984)