martes, 27 de enero de 2009

CAMPILLO DE DUEÑAS


Allá donde la provincia acaba, donde Aragón y Castilla se dan la mano en presencia de inmensas llanuras de cereal, está Campillo de Dueñas. El pueblo que de mil formas te pone en contacto con el latir de su vieja estirpe, es uno de los que más impresionan al viajero que llega, no sólo por su situación geográfica, a la sombra de los picachos de la Sierra de Caldere­ros, que desde el mediodía le sirve de barrera natural, ni siquiera por la feracidad de sus campos trabajados sabiamente por unos cuantos labradores celosos, sino por el pueblo en sí, por su vivir y su haber vivido, por la huella que el paso de los años y de los siglos le dejó marcada y que, a finales del siglo XIX, recogiera en un esfuerzo meritorio de investigación y de amor a su pueblo don Julián Herranz, cura de San Martín de Molina, impreso en interesante volumen que se editó en Barcelona en 1913.
En la plaza de Campillo de Dueñas los ancianos duermen la siesta tumbados sobre los poyos de piedra que hay a la sombra de los paredones. Dos pollitos con pantalón corto juegan a la pelota en el frontón, y un grupo de señoras hacen punto sentadas en sillas bajas de cara a la fachada principal. La plaza de Campillo es a estas horas un lugar soñoliento, un dormitorio cargado de luz, de la luz fortísima de las cuatro de la tarde. La veleta de la torre, que no concluye en gallo de hojalata, sino en la silueta de un guardia civil, permanece inmóvil bajo la fuerza del sol.
Don Bernabé Navío es un hombre abierto, al que le gusta hablar con las personas sin recelos ni miramientos, como debe ser.
-Y dice usted que esta es la plaza principal del pueblo.
-Sí, señor.

Ésta es la plaza, señores;
ésta es la plaza, y no hay otra,
donde se tira a la barra
y se juega a la pelota.

¿No sabía eso?
-Pues ya ve usted, es la primera vez que lo oigo. ¿Queda mucha gente aquí?
-Menos de la mitad. Se han ido a Madrid, a San Feliú, a Zaragoza, a muchas partes. Aquí sólo quedamos los buenos. Yo creo que, para lo que esto ha sido antes, no llegaremos ni a doscien­tas personas.
Dentro de la gastronomía campiñesa ocupan un lugar preferen­te las tortas de alma, una especie de empanadillas, muy dulces, que tuve ocasión de probar y cuyo secreto me reveló doña Miguela mientras daba puntadas en una camisa.
-Pues mire: la pasta se hace con aceite, agua, azúcar, harina y un poco de aguardiente. El alma, que es lo que va dentro, lleva miel, peladura de naranja, pan rallado y algunos granos de anís. Para hacerlas se cuece antes el alma, se mete en la pasta y luego se fríe todo.
-¿En qué ocasiones hacen ustedes estas tortas?
-Las hacemos en todo tiempo, para celebrar cualquier cosa: cumpleaños, comuniones, en las fiestas del pueblo y cuando hay ganas de hacerlas.
Por una calle cercana a la iglesia baja, echando un pregón a toque de trompeta, la señora Constantina. Avisa por orden de la autoridad que mañana comienza en el pueblo el servicio de recogida de basuras. La señora Constantina pregona siempre que el bando se trata de cosas escritas; cuando no, suele pregonar Bartolo, que se aprende de memoria lo que tiene que decir y luego lo adorna a su gusto.
En la plaza está la casa de don Antonio Gaona, sacerdote de Traid, a quien conocí en su época de coadjutor en la colegiata de Pastrana, y que ejerce su misión pastoral en Campillo desde hace doce años. Don Antonio, correspondiendo con exceso a una vieja amistad, fue desde entonces mi guía e informador de casi todo cuanto pude saber del pueblo, tanto de lo que aquí aparece como de lo que pudiera quedar sin decir por falta de espacio.
Éste es un pueblo tranquilo, de gente buena, donde el campo se lleva bastante bien, pero que se ha quedado en una parte de lo que era.
-¿No es difícil ser cura en un pueblo donde han nacido tantos sacerdotes?
-No; difícil no es, ni mucho menos. Quiere decir que es un pueblo con una raíz religiosa muy profunda, y eso siempre es bueno.
¿Cuántos sacerdotes ha dado Campillo?
-Entre sacerdotes, religiosos y religiosas, más de doscien­tos en los últimos siglos. Actualmente hay más de treinta hijos del pueblo como sacerdotes por ahí; muchos de ellos en Madrid. Aquí vivió desde muy niño, aunque él era de Rueda, don Narciso Martínez Izquierdo, que fue el primer obispo de Madrid-Alcalá, hará unos cien años.
Aparte de algunos aderezos posteriores que la hacen más confortable y acogedora, la iglesia parroquial conserva todavía el gusto dieciochesco con el que se inauguró pomposamente un 29 de julio de 1732. Sobresale, entre las particularidades artísti­cas del templo, el encanto barroco de su retablo mayor, obra del maestro de Bello don Miguel Erber, cuyo dorado se conserva sorprendentemente intacto al cumplirse los doscientos años de su ornamentación, medio siglo después de la puesta al culto de la parroquia que el pueblo dedica a Santa Catalina, virgen y mártir.
-El órgano funciona perfectamente. Lo que pasa es que no hay quien lo toque mientras las ceremonias religiosas.
Preparando su maquinaria para salir al campo saludé a José Antonio Martínez, el joven alcalde de Campillo, a quien el cargo le ha venido a quitar muchas horas de tranquilidad al servicio de su pueblo.
-Los problemas de aquí son varios, y ninguno está para esperar mucho. Por ejemplo, la carretera de La Yunta no puede continuar así por más tiempo; y el no tener en toda la zona un silo para llevar el trigo es un mal que estamos padeciendo los agricultores de estos pueblos, al que se debe buscar una solución urgente.
-¿Y como cosas ya hechas, señor alcalde?
-Pues mire, acaban de avisar que mañana empieza el servicio de recogida de basuras a domicilio, y luego, ahí abajo, tenemos a punto de acabar el Centro Cultural, que nos está suponiendo mucho más dinero del que tenemos. Podría estar funcionando si se nos hubiera dado alguna ayuda. No será por no haberlo pedido con insistencia.
Una buena parte de mi estancia en Campillo la pasé con don Antonio recorriendo en su automóvil distintos parajes del término. Las ramblas y los riatos del término se unirán en Embid, para dar lugar más adelante al río Piedra, el de los lagos y las cascadas que se despeñan a la sombra del conocido Monasterio, ya en tierras de Aragón.
-Y aquí mismo está la divisoria de aguas. Desde esta sierra hacia un lado es vertiente del Tajo; la otra parte pertenece al Ebro.
La Sierra de Caldereros es una cadena de picachos de piedra arenisca entre los que destaca el Pico Lituero, que se alza por encima de los 1450 metros de altitud.
Muy cerca, sobre una de estas rocas colosales en la misma sierra, se conservan restos de torreones y muros de lo que fuera en otro tiempo el Castillo de Zafra, una de las antiguas fortale­zas que por su calidad de inexpugnable llegara a ser foco de codicias y sinsabores para guerreros y reyes en plena Reconquis­ta. El castillo se debió de fundar en tiempos de Leovigildo, y cuenta en su interesante historial con el hecho de haber sido durante cuarenta días lugar de refugio de don Gonzalo Pérez de Lara, tercer señor de Molina, cuando el rey Fernando III el Santo vino a pedirle cuentas por haber querido ampliar alegremente a sus espaldas el Señorío por tierras de Castilla.
-Mira, aquí en esta piedra hay signos y letras que nadie sabía que existen. Yo creo que fue un pastor el primero que se dio cuenta.
-Pues, fijándose bien, algunas parecen árabes.
Cuando un cura atrevido invita a subir a lo alto de la peña que sostiene las ruinas del castillo a un amigo mucho más miedoso y pesado que él, éste se queda sin respiración a cada peldaño que pisa en el aire de una vieja escalera de palo. Desde el castillo de Zafra la vista se pierde en muchos kilómetros a la redonda. Pacen un centenar de vacas de cría en la vega próxima. Las laderas de la sierra cambian caprichosamente de color entre los marojos y los matorrales, y allá, como un mínimo indicio de habitabilidad en medio de tanto campo, los pueblos de Hombrados y El Pobo a la vera del camino, que una vez pasado El Pedregal dirá adiós a la provincia antes de adentrarse definitivamente en tierras turolenses.
Siguiendo la sierra por la cara sur, los bloques de piedra adoptan formas originales que las gentes de la comarca distinguen con sus nombres propios. Desde el coche vimos de paso el Fraile y la Monja, las Corbeteras, el Púlpito y algunos otros que semejan en su quietud rocosa objetos y figuras bien definidos. Sin parar, cruzando entre buenos campos de trigo pané, que es la especie que mejor se adapta a las condiciones del terreno, se pasa de regreso junto a la Laguna Honda, en cuyas aguas tranqui­las navegan a placer una docena de patos.
-No creas que es una simple charca. Por el centro pasará de los diez metros de profundidad.
Cerca del pueblo se guarda y se venera con gran cariño desde hace siglos la imagen de su Patrona, bajo la misma advocación que en la capital de provincia. La Virgen de la Antigua de Campillo está en una ermita bien cuidada, a la que hay que asomarse por cualquiera de los dos ventanillos que tiene en la puerta de entrada.
Era ya la media tarde. Los ancianos de la plaza habían despertado de la siesta, y hablaban ahora y discutían en animada tertulia a la sombra de la pared. Por la carretera de La Yunta aprieta el sol. No sopla ni una brizna de aire que mueva las espigas secas. Queda atrás, entre una nube polvo cegador que levantan las ruedas del coche, Campillo de Dueñas, el pueblo donde después de unas cuantas horas, uno viene con la impresión de haber visto poco, de haber dado quizás demasiada importancia al tiempo cuando hay tanto que ver y que admirar.

(N.A. Septiembre, 1980)