sábado, 31 de enero de 2009

CANTALOJAS


-¡Ah!, ¿por fin te decides? Yo creo que ya está bien, ya.
-¿Por qué dice usted eso, abuela?
-¡A ver! Tú dirás si, después de qué sé yo el tiempo sacando pueblos en el papel, no merecerá el nuestro que lo pongas. . . Lo que no sé es cómo la gente te mira a la cara.
La abuela Flor tenía aquella noche toda la razón del mundo. Se lo había oído comentar algunas veces, pero sólo como una mera insinua­ción. Lo que nunca llegó a pensar la abuela Flor es que Cantalojas tiene para mí las mismas dificultades que pudiera tener mi propio pueblo ; que los tres mejores años de mi juventud y largas temporadas de otros posteriores los he pasado allí, entre aquellas cuatro montañas, respi­rando su atmósfera limpia, soportando los rigores de su clima en medio de toda aquella buena gente, de cuya entrañable amistad me siento or­gulloso. Por primera vez, y creo que jamás se repita, uno se enfunda su jersey de lana y se tira a la calle sintiéndose, al mismo tiempo, juez y parte.
Las gallinas del barrio de la iglesia picotean madrugadoras en los muladares que hay junto a las eras. Suben rectas, por encima de los tejados rojizos de las últimas casas, las columnas de humo de los ho­gares que se van abriendo en penachos hasta perderse después en el azul de la mañana. Vuelve Antonia de su casillo de echar una lata de pienso a los animales; de soltar las vacas; de encerrar las yeguas; no sé, es un serio ritual de quehaceres que jamás llegué a comprender y que creo no entenderé nunca. Antonia, que es una mujer del campo, sabe de su­dores agobiantes, de heladas insufribles, de horas de trabajo perdido en una tierra que desde siempre se negó a dar y, por extraño que pa­rezca, Antonia sabe de versos.
-¡Hombre! y de prosa, también sé. Empecé con los versos, pero ahora tengo mucho escrito en prosa. Tengo escrito todo, desde cuando nacemos hasta el ocaso. Pero, claro, lo que más tengo son poesías. Pa­sarán de cien.
-¿Se las sabe de memoria?
-Todas, no. De las primeras que hice se me han ido olvidando al­gunas. Quiero publicarlas en un libro para que la gente las lea, pero cuesta eso tanto que ya veremos.
Cantalojas se quedó en la mitad de su población durante las dos últimas décadas; pese a todo, y por no haber faltado nunca un jornal, todavía conserva sus escuelas, su médico, dos establecimientos comer­ciales, una panadería y bares y tabernas donde elegir.
El arroyo de la Virgen corre con agua de deshielo campo abajo. De unos humedales entre los chopos sale la cigüeña con una culebrita de agua en el pico y se va en vuelo aparatoso hasta su nido de los Ne­brillos.
-Hola, Julián. Buenos días.
Julián Arenas no es de aquí. Llegó a Cantalojas de niño hace mu­chos años. Es un muchacho trabajador, inteligente, padre de familia numerosa y el mayor ganadero del pueblo en la actualidad.
-¿Queda todavía mucho ganado?
-En el pueblo puede que queden aún más de dos mil ovejas, y cabras, más del millar.
El ganado menudo va para abajo; no hay quien lo guarde. Las vacas se guardan mejor porque no necesitan que la gente se quede a dormir en la sierra, y eso lo pueden hacer los mayores. Seguro que hay aquí cerca de quinientas vacas entre todo el pueblo. Desde el camino de Valdeiglesias, Cantalojas se ve en medio de todo un laberinto de praderas cercadas con piedra de pizarra, como restos de alguna vieja ciudad legendaria que hubiera salido a la luz desde las entrañas mismas de la tierra. Al fondo, el oscuro telón de las montañas tapizado en su mayor parte por un extenso pinar, al que iluminan por el Poniente, con su pincelada blanca, las sierras de Riaza y Tejeranegra.
La iglesia es un sólido edificio de piedra labrada que ni en sus par­tes más antiguas estará por encima de los dos siglos de existencia. Tiene un retablo mayor montado sobre dos piezas de estilo dispar: mitad neoclásico, mitad churrigueresco, en cuya hornacina principal, empuñando en su mano diestra la espada parricida, está la imagen de San Julián Confesor, titular de la parroquia y patrón del pueblo.
En Cantalojas nació el 19 de enero de 1797 don Damián Gordo Sáez, un virtuoso varón a quien la diócesis tortosina sigue contando entre sus obispos más preclaros.
Los casillos de penetrante olor a heno y las rústicas casonas de la Castilla del XIX comparten la fisonomía general del pueblo, que sólo vendrá a romperse con la nota romántica de sus pequeñas huertas, ar­boladas y sombrías, cuyas cercas de piedra limitan con las propias calles. De vez en cuando, uno se encuentra con inscripciones piadosas, retazos heráldicos o simples fechas de otro siglo marcadas en las pocas piedras nobles que lograron escapar de la garra del anticuario. Frente a una de estas bellas viviendas de corrido balcón está la panadería. Abraham, el panadero, continúa dando, pese a la inevitable maquinaria con que trabaja, el sabor tradicional a las hogazas redondas de pan de pueblo.
-¿Cuál es el secreto, Abraham?
-Secreto no tiene ninguno, ya ves. El pan sale así porque lo ha­cemos con levadura madre, igual que se hacía antes; nada o casi nada de artificial. Por eso sale menos lustroso que todo lo que se hace por ahí, pero con sabor a pan.
-¿Lo sacas fuera del pueblo?
-Sí; llevo también a Galve y, por hacer un favor a las cuatro fa­milias que quedan, me acerco algunos días a Valdepinillos y La Huerce. Donde viene a morir la calle Mayor, junto a la Puentecilla, hay un pararrayos descomunal, dividido en cuerpos, como una antena de automóvil con treinta metros de longitud y un disco de metal en todo lo alto. Camino del abrevadero, cruzan para el Caño media docena de vacas negras y dos ternerillos blancos con ganas de retozar. Un ven­dedor ambulante echa una cabezadilla a la sombra de su establecimien­to, sentado en una silla de tijera junto a la pared de la plaza. No se oye una mosca en el bar de Juanito. Hay tres ancianos que matan la mañana aburridos alrededor de la estufa de leña al lado de unos vasos de tinto a medias de beber. Felipe, el albañil, que viene de paso, puede ser en cualquier momento la insustituible compañía para conversar sin prisas, echando, cuidadosamente, delicadamente, un poquito de fuego al calor oculto de las añoranzas.
-¿Qué fue de tu guitarra, Felipe?
-¿La guitarra? Por casa debe de andar, medio sin cuerdas. ¡Cómo pasa el tiempo, hay que ver! Si se les cuenta aquello a los de ahora, se ríen.
-Parece que no se concibe en Cantalojas una fiesta sin ronda, ¿verdad?
-Ahora ya no hace falta rondar a nadie. Son ellas las primeras que se presentan en el baile o en la discoteca ésa sin avisarlas. ¡Anda, que no nos costaba antes a los mozos ir a rogarlas, a las mozas ya las madres, para que las dejaran venir al salón! Y, ya ves, sin malicia nin­guna. Con una cuartilla, los mozos, que entonces había mozos, toda la noche de juerga, de cantares y pasándolo bien. Ahora no se saben di­vertir si no van con el bolsillo lleno.
Cantalojas se abre al mundo por el único camino que llega hasta el pueblo. Con el arroyo a sus pies, la carretera se va estirando desde las afueras camino de Galve. En las praderas de la Dehesilla, entre el pueblo y el pinar, pacen al sol más de un centenar de vacas sin que nadie las cuide. De vuelta del molino, con un costal de harina terciado sobre el lomo de su cabalgadura, el tío Eulogio desanda por enésima vez el camino en el que, día tras día, con calores y con hielos, se ha ido dejando, sin darse cuenta, la mayor parte de su vida.
-No; la mayor parte, no. Toda la vida. Yo no he hecho otra cosa desde que era chico. Antes, en el otro molino y, luego, en éste, toda la vida en el oficio.
-¿Quedan aún muchos molinos de río como el suyo?
-Pues no lo sé, pero que yo sepa no debe quedar ninguno. Y el mío seguro que ya será por poco tiempo. Los años pasan y ya no está uno como antes.
-Pero lo bueno es que todavía sigue habiendo trabajo, ¿no?
-¡Que va! Como ya casi no quedan cochinos, no hace falta moler pienso. Así que entre la edad, la falta de animales y el molino, que cualquier día se va a hundir, esto habrá que dejarlo a la fuerza. Y bien que lo sentiré, pero no habrá más remedio.
De cara a los picachos más altos de la sierra, teniendo como trono sin par la humilde barandilla del puente de las Lumbreras, uno en­cuentra, en la claridad de esta primavera reciente, tiempo para recor­dar, momentos apacibles para volver a vivir con la caricia fresca de su brisa y el aroma perpetuo de sus pinares; con el encanto insólito de tanta belleza perdida entre los bosques, como un desafío de la Natu­raleza toda que se viniera a manifestar en riscos afilados y en hondo­nadas por las que corren limpias, silenciosas, anónimas, las aguas de mil regatos que allí encontraron su cuna y que perderán más tarde su virginidad monte abajo.
Tiene mucho de delicia subir por el camino de los Prados Redondos detrás de una carreta, oyendo de cerca el sonar acompasado de los cencerros y el resuello pertinaz de la yunta de vacas. Han pasado dos horas. Es posible que sea todo cuanto se necesita para introducir de hecho a cualquiera de ustedes en lo más íntimo del vivir cotidiano de uno de los pueblos más olvidados y más hermosos de la provincia. Cantalojas, a 1.200 metros de altitud, es un paraíso donde, a pesar de su trabajo y de la dureza de su clima, la gente vive en paz como una reserva de bienestar y de honradez a la vista de todos.

(N.A. Marzo, 1981)