miércoles, 21 de enero de 2009

BUDIA


Una Alcarria de lastra y de barbechos, de chaparral y tomillo, nos viene acercando al pueblo después de alcanzar el desvío que hay en la carretera de los pantanos. Mañana luminosa de invierno y vientos de la lejana sierra que sacuden a su paso las crestas de las encinas y do­blan hasta besar el suelo los yerbajos secos en los eriales. Por un mo­mento se aciertan a ver como fondo entre las sinuosidades del terreno las Tetas de Viana; luego, antigua, muy señora, arropada por la vege­tación y protegida por algunos montes que la circundan, la villa de Budia.
La plaza moruna de don Camilo ofrece al visitante en estas prime­ras horas del día toda la serenidad y el lustre añejo de la Cast1lia de los Austrias. Con su danza de aleros sobre el pavimento azul de los cielos de la Alcarria, su maderamen roído por agua de tantas lluvias, sus columnatas y sus hierros forjados que preside con toda su esbeltez la torre del ayuntamiento, Budia pone al descubierto desde allí, como desde cualquiera de los ángulos que la conforman, el encanto indes­criptible de su viejo señorío.
El pueblo se hace tipismo en la Cuesta de Molina, donde queda, como regalo para los ojos del que llega nuevo, uno de los rincones más bellos que haya podido ver. La Cuesta de Molina tiene allá arriba la fachada en piedra noble de una casona por la que se siente curiosidad.
-¿Qué es aquello, oiga?
-Aquello es una casa muy antigua de unos que no viven aquí. -Me había parecido un convento.
-No, no. Es una vivienda que menuda la tienen por dentro. Igual que un palacio está eso.
Conocí a don Bernardino Sanz arreglando unos fusibles de la insta­lación en la puerta de su almacén de vinos. Tiene don Bernardino una simpática bodega, a la usanza tradicional, donde pasamos nuestros mi­nutos de charla junto a los toneles de madera apilados al lado de la pared.
-Estas cubas, ya se sabe, se acabarán también por culpa de los vinos embotellados. Antes, yo me acuerdo que se traían en pellejos, pero tenían muchas averías: se pinchaban, se descosían... aquello era muy sucio. Luego vinieron las cubas de madera de roble, que serán poco prácticas, yo no lo discuto, pero hacen el mejor vino, digan lo que digan.
- ¿ Se bebe mucho en la Alcarria ?
- ¡Qué va! Vino, muy poco. Yo creo que es un disparate, porque bebido con moderación es lo más serio que hay, pero la gente se va a la cerveza.
-¿A qué se debe el buen nombre de Budia por todas partes? -No es que este pueblo tenga fama, creo yo. Aquí lo que más fama ha tenido fueron los bizcochos crispines, que todavía se siguen hacien­do, pero que no son, ni mucho menos, como los de antes. Lo que ocurre es que, de toda la contorna, es éste el más importante en indus­tria y en comercio, y eso atrae a mucho personal de toda la zona.
-¿ Qué industrias son ésas?
-Bueno; industrias de comercio, quiero decir. Tenemos dos taho­nas, carnicería, pescadería, cuatro tiendas, almacén de vinos y, luego, es también cabecera de médico y concentración escolar. Hay cuartel de la Guardia Civil y, en fin, muchas cosas que no las tienen todos los pueblos.
Dando la vuelta por la parte alta, al pie del cerro de Cuesta Ca­beza, se viene a caer de nuevo en la Plaza Mayor. El ayuntamiento de Budia está encima de los soportales. Es un edificio en pésimas condi­ciones que se debió levantar aprovechando las columnas y los arcos de otro más antiguo todavía. Por entre las portonas de la Casa Con­sistorial y por las ventanas, atadas la una a la otra con cordones de la luz por toda cerradura, sopla el viento frío produciendo en el caserón solitario sensaciones y crujidos fantasmales.
-No; desde luego, el ayuntamiento lo pensamos reconstruir total­mente. Queremos hacer obras respetando no sólo la forma actual, sino la primitiva: descubriendo los arcos y dejando fuera las columnas y los capiteles que hay ocultos en la pared de la farmacia. Se hará lim­pieza del artesonado de los soportales y, por supuesto, hay que adecentar las salas interiores y ponerlo todo en uso. La parte primitiva parece que es del XVI, según nos han asegurado los expertos.
-¿Cómo andan las cosas por cuanto a población, señor alcalde? -No demasiado bien. Puede haber quinientas personas escasamente. Desde 1975, el censo se viene sosteniendo, pero en los años anteriores se marcharon muchos a Madrid, a Guadalajara ya Zaragoza, especial­mente.
-¿Ya qué puede deberse esta sujeción de los últimos años?
-Se debe a que hay sitios donde trabajar. Budia tiene hoy cinco empresas de construcción que dan trabajo a muchos jóvenes. La agri­cultura se reduce a cuatro familias que se han mecanizado y llevan las tierras de, prácticamente, todo el pueblo. Además, tenemos varias tien­das y otros tipos de establecimientos. Sólo nos falta un restaurante, más o menos grande, y un taller mecánico.
El alcalde de Budia es un hombre atento, muy afable; un alcalde que, pese a su juventud, denota talento y competencia en su delicada misión de mandar. José Luis González habla con cierta familiaridad y mucho respeto a sus convecinos, de los que, en el fondo, debe sentirse orgulloso.
-La gente, aquí, es extraordinaria y poco amiga de crear proble­mas. El ayuntamiento, en cambio, da muchos quebraderos de cabeza y mucho trabajo para poder atender todos los servicios.
Siempre en compañía del alcalde, dimos otro vistazo por las calles de Budia. En la de La Lechuga vive doña Laureana Cuevas, una señora simpática, de fácil dialogar y un verdadero pozo donde se guarda todo el sabor y todo el saber costumbrista de la villa.
-Y qué quiere usted que le diga; que aquí tenemos para San Pedro las fiestas más grandes del mundo. Es nuestro patrón, ¿sabe? y la pa­trona, la Virgen del Peral. Mire :

San Pedro defiende a Budia
y la Virgen del Peral.
Con tan buenos defensores
¿qué miedo nos puede dar?

-¿y qué hacen ustedes para San Pedro?
-Antiguamente, íbamos a bailar con el pianillo; luego se recorría el pueblo cantando el San Pedro y, por las noches, se quemaban los cueros del vino. Ahora, como no hay cueros, se queman ruedas de coche.
-¿Cómo era el San Pedro, señora Laureana?
-Son unas coplillas que se cantan esa noche y que dicen cosas de las calles por donde se pasa. Si van, por ejemplo, por la plaza, entonces dicen:

A la entrada de la plaza
todo el mundo cante flores;
a la entrada, buenas chicas,
a la salida, mejores.

Que van por las Cuatro Calles :

En medio las Cuatro Calles
hay una pilita de oro,
donde lavan las muchachas
los pañuelos de los novios.

y si pasan por la puerta de José Luis, ahora que me está oyendo :

A la entrada de la plaza
hay un papel en el aire,
con un letrero que dice:
"Que viva el señor alcalde".

-¿Qué le parece?
-Estupendo. Me parece que es una pena que se llegue a perder todo lo que usted sabe.
-Y luego, entre una coplilla y otra, se dice: ¡Sarna, sarna, que pica que rabia!
Al cruzar por la plaza de Budia, con la única pretensión de ver y de juzgar lo que le sale al paso, tal y como buenamente le parece para luego contárselo a ustedes, uno, a la vista de toda aquella historia po­sible, oculta de puro vieja en el arcón de las cosas grandes que jamás saldrán a la luz, intenta, al menos con la imaginación, dejarlo todo en su justo lugar. El pueblo, según alguien me contó, ha dado al mundo en distintas épocas de su vida once hijos obispos, de los que siete cuen­tan con la debida documentación que lo atestigüe, y otros cuatro que, como tantas cosas más, desvanecidas en el pasar de los tiempos, tan sólo quedan en el decir y en el creer indulgente de sus paisanos.
Don Jesús López me prestó su atención y un poquito de su tiempo durante los últimos minutos de mi estancia en el pueblo. Don Jesús es sacristán y, además, lo parece; una excelente voz para los funerales solemnes y un magnífico ejecutante en el armonio parroquial. Cuando se ve la iglesia de Budia en compañía del sacristán se asiste a la vez a una lección improvisada de lo más interesante.
- La cúpula ésa no crea usted que tiene buena cara, no. Como no se le ponga remedio, esa grieta irá cada vez a más.
- ¡Cuán tos años lleva usted de sacristán?
- De sacristán, toda la vida. Aquí, en Budia, casi treinta años, por­que yo soy de Chillarón del Rey.
- ¿Cómo fue dejar su pueblo?
- ¡Pues ya ve usted! Los pueblos, que si el pantano y unas cosas y otras, se fueron deshabitando y nos tuvimos que marchar a ganar el pan donde lo hubiese. Yo llevo aquí también la secretaría de la Her­mandad.
La iglesia parroquial bien merece por sí sola una visita a la villa. La sorpresa surge en cualquier momento y uno sale a la calle prendado de haber podido ver lo que menos piensa en el sitio exacto donde con­sidera que debe de estar. Un templo sólido, de elegante traza, que pide a gritos desde algunas de sus partes más visibles se le dedique un po­quito de atención.
Así es Budia o así, al menos, a mí me pareció ser. El viejo pueblo de curtidores escondido en un hermoso rincón de la Alcarria, donde a la sombra de su pasado vive toda una generación nueva de gente excepcional, en la que se trasluce el señorío y la nobleza de su raza.

(N.A. Enero, 1981)