miércoles, 14 de enero de 2009

BALCONETE


El pueblo tiene un acceso verdaderamente difícil. Llegar a Balconete me recordó, no en poco, las andanzas que precedie­ron en su día la subida a Valfermoso, muy cerca de aquí, en la misma ribera del Tajuña. Una carreterilla complicada que asciende ladera arriba, salvando entre la fraga las formas del monte, nos colocará por fin al pie de la ermita, ya junto a las primeras viviendas de Balconete, después de haber dejado atrás, recibiendo las últimas luces en la ladera, al pueblo de Tomellosa.
Apenas acaba de entrar la tarde y la plaza de Balconete aparece tapada por las sombras. dos fachadas arañadas de sarmiento, el juego de pelota, y el cerro arisco de la Peña del Coso perdido en el contraluz, donde los que vienen por primera vez sin conocer a nadie se detienen a mirar y a pre­guntarse si aquello será en realidad el corazón del pueblo, y si no lo es, por dónde habrá que buscarlo.
-Es que este pueblo es así, mire. Cada uno es como lo han hecho. Una calle nada más, como aquel que dice; lo otro son callejones que suben y que bajan, pero la calle principal es ésta. Por aquí se llama Calle del Profesor Elegido, y más abajo le decimos Calle Mayor.
-¿Son bodegas todas esas cuevas que se ven por el cerro?
-Fueron bodegas, de cuando todos los altos eran viñas. Ahora ya no se usan, como no sea para guardar las patatas.
-Según usted dice, para conocer el pueblo basta con seguir adelante toda esta calle.
-Pues, sí. Cuando llegue a la picota, allá abajones, ya no hay nada más que campo otra vez. La iglesia dicen que tiene mucho valor en el retablo, pero yo no lo sé, porque uno no entiende.
La calle del Profesor Elegido es estrecha y desciende lamiendo los sillares de la iglesia; un edificio grandioso que me gustaría ver, también por dentro si hubiera oportuni­dad. A una y a otra mano de la calle hay abundantes casonas deshabi­tadas que denotan cierta hidalguía en su origen, mues­trario de un rusticismo señorial interesante, con arcos dove­lados en varias de ellas, y todas provistas de artística rejería y balconajes de forja dañados por la herrumbre. En los tejados oscuros de las casas se estrella el sol, el sol frío, el sol sin fuerza de la tarde de invierno.
Dos chiquillos en bicicleta y un señor mayor arreglando con la legoncilla lo poco de jardín de su casa, cerca ya de la segunda plaza, serían las únicas personas con las que me habría de encontrar antes de caer en los aledaños de la ermita de los Ángeles, de cara al barranco de Retuerta. Los callejo­nes que hay a mano derecha son cortos y acaban al pie del cerro; los de la mano izquierda mueren también enseguida, en el mirador del arroyo. La plaza del Ayuntamiento, dedicada en Balconete a Nuestra Señora del Pilar, conserva todavía con toda la gracia que le da su origen centenario, el bello edifi­cio de la Casa Consistorial, antiguo caserón con soportales y galería corrediza que sostienen seis columnas de piedra. El Ayuntamiento se remata con una torrecilla en donde está la veleta y el viejo reloj en el que las horas de Balconete dejaron de contar hace mucho tiempo.
Una burra negra, atada a los pedregales de la escarpa, mordisquea la hierba y las hojarascas junto a la puerta de la ermita. Por el Barranco del Prao se siente desde arriba un griterío ininteligible de voces que el eco arrastra de una a otra parte de la veguilla. al pie de la picota hay un hombre que me mira con curiosidad, que sonríe cuando ve que me acerco hacia el altillo.
-Buenas tardes -le digo- ¿Qué son esos gritos que se oyen allá abajo?
-Son los del ojeo, que vocean a las perdices.
-Debe haber allí mucha gente. Ya decía yo que se encon­traba el pueblo casi vacío.
-Sí que hay; pero esos son más bien de los que han venido de fuera. La gente del pueblo está en las olivas. ¿No será usted el de los contadores de la luz?
- No, no señor; yo no soy el de los contadores de la luz. Eso ya me lo han preguntado en más sitios, no crea.
-Es que, como va usted apuntando cosas, me había parecido el de los contadores de la luz.
Esteban Pablo se quedó allí, de pie derecho mirando al barranco. Yo me marché por unas callejas hasta otro mirador sobre el arroyo Piñón, de frente a los olivares de Montealien­dre y del cerro del Chorlito, que ocupan la mole montañosa de la vertiente opuesta. Al atardecer, viene por las calles como un olor exquisito a tomillo quemado que el viento revoca desde las chimeneas. En la Peña del Coso se ven por encima de las cuevas algunos paredones de piedra limpia, como restos de un castro moruno en donde juegan los chiquillos. El bar de la calle Mayor se llama "Chaparral". Es un saloncillo acogedor, con una estufa de leña y poca luz. La televisión suena con volumen excesivo anunciando juguetes. Las paredes del bar están adornadas con colecciones de billetes de banco y un mapa mural de la provincia de Guadalajara. El dueño me explica que no son auténticos, que los billetes no son mercancía de exhi­bición.
-No son de verdad. Si fueran de verdad, ahí iban a estar ya.
En ausencia del sacerdote es doña María Yélamos, la telefonista, quien tiene las llaves de la iglesia. Es admira­ble lo bien aprendida que tienen en los pueblos para estas cosas la lección de la desconfianza, cuando de dejar solo a un extraño en su iglesia se trata. Me complace mucho esa actitud, la comparto plenamente, no me molesta en absoluto, aunque me he quedado por ello sin ver alguna. Doña María, por aquello de la atención al servicio de Teléfonos, no me pudo acompañar; pero, una vez reconocida la personalidad del forastero, dijo que lo hubiera hecho con gusto.
-Bueno, de todas formas no se preocupe, que llamo a la Benita y le enseña la iglesia en un momento.
Benita es una muchacha joven, muy atenta, enterada más o menos de lo que hay en su pueblo. Por el camino me habló de que la actual población de hecho en Balconete apenas supera el centenar de habitantes; que el sacerdote es de Pastrana, pero reside en Romancos, y que las pulmonías -será por estar orien­tado a la umbría- han sido siempre el mal endémico del vecin­dario.
-La iglesia no está mal. Algunas cosas a lo mejor las encuentra un poco desatendidas, pero es que cuesta todo mucho.
En el portalillo hay una lápida mortuoria de a finales del siglo XVI, en memoria del doctor Crespo Cirades, muerto en 1595.
-Pues yo no sé decirle exactamente quien sería ese señor. Me parece que fue un sacerdote de aquí. Fíjese, cuatro siglos donde más pisa la gente, y lo bien que se conserva.
Aparte de sus bóvedas de crucería, del juego magnífico de nervaduras que recorren el techo, lo más destacado que pudimos ver fue, en efecto, el retablo plateresco que recubre el muro frontal del presbiterio, obra del siglo XVI como toda la iglesia, pero en un lamentable estado de conservación. Dieci­siete tablas en total, alusivas a otras tantas escenas de la vida de Cristo, colman de interés aquella joya perdida en la Alcarria, que como otras muchas que a veces nos sorprenden en los lugares más insospechados, espera, con la paciencia que le enseñaron los siglos, la mano bienhechora del restaurador. Por lo demás, la iglesia de Balconete es una evocación viva a la Virgen de la Zarza, a modo de imagen difuminada en la mente de los más ancianos, que no ha conseguido después de cuatro décadas materializarse en algo concreto.
-Era la Patrona, pero desapareció cuando la guerra, y ni se ha repuesto ni se ha vuelto a celebrar. La fiesta patronal es el Santo Cristo, el día 14 de septiembre.
La iglesia tiene adosada una capilla lateral muy grande, que se remata en cúpula al uso neoclásico. La capilla, según me explicó Benita, no tiene una dedicación especial.
-Que yo sepa no está dedicada a nadie, ni tiene nombre tampoco. Antes, las chicas celebraban aquí la fiesta de las Hijas de María. Ahí arriba sí que había un cuadro, me parece que era San Pedro, que se lo llevaron a Sigüenza. Y las campa­nas de antes de la guerra, para qué, creo que no había otras. Los viejos cuentan que se oían en el Llano de la Conde­sa, nada menos.
Afuera otra vez, apoyado en las piedras del atrio, uno se complace en admirar de nuevo el sereno espectáculo de la vega por donde baja el arroyo Peñón buscando al Tajuña, bordeado por el camino del Monte Frío. Los gritos de los ojeadores, los ladridos de los perros y los disparos de las escopetas, resue­nan en siniestra sinfonía por allá abajo, por los declives del Prao y por la misma hoya de Retuerta.
-Retuerta era un pueblo que desapareció hace un siglo o poco más. Todavía quedan restos de la iglesia, y huesos de muertos y todo eso. En la iglesia de Santa María de Guadalaja­ra hay una pila que dicen que si era de allí, de la antigua parroquia de Retuerta. Ahora, todo aquello pertenece a Balco­nete.
El viento frío de las puestas del sol sube vega arriba y se estrella en la piel, en el ramaje desnudo de las nogueras y en las piedras del pretil. El pueblo se abriga con su capa de maraña. Las sombras definitivas que preludian la hora del anochecer se ciernen sobre todo el pueblo en ese correr presu­roso de los atardeceres del invierno. Los automóviles de los cazadores emprenden la retirada y la calma se va acentuando paulatinamente., en medio de un adormecimiento general, pinta­do en derredor con el soñoliento gris ceniza de los olivares, de las encinas y del campo de tomillos.
(N.A. Enero, 1983)

1 comentario:

alberto dijo...

Hola, yo voy a Balconete y el ayuntamiento de la foto lo tiraron abajo para construir uno nuevo, una pena. La iglesia está restaurada y merece la pena verla. En éste articulo no se habla de la picota, que tambien es digna de ver.
Saludos