lunes, 19 de enero de 2009

BOCHONES


Cruzo para llegar a Bochones por la cara norte de los cerros del Castillo y del Padrastro de Atienza. La Villa Realenga, con las igle­sias de San Bartolomé y de Santa María del Val en el barranco, toma por esta otra parte un encanto especial, una imagen menos conocida, más misteriosa, más adusta quizás, a medida que nos vamos internando por las parameras hacia la llamada Sierra Gorda. Por entre los tomi­llares que hay junto a la taina se esconde la perdiz en celo. Más adelante cárcavas. sanguinas, aliagares y tierra oscura como si se tratara de un paisaje lunar, dan paso a tremendas coscorreras de piedra arenisca en tono rojizo, y luego el pueblo, desviado ligeramente a la derecha del camino que sigue hasta Barcones, ya en la provincia de Soria. Las nuevas viviendas, excesivamente modernas y pomposas algunas de ellas, contrastan casi de forma hiriente con las otras que tienen por vecinas, más sólidas, según los tradicionales cánones de la construcción por estos pue­blos de la sierra.
No hay por qué ocultarlo, Bochones me produce apenas entrar en é1 una impresión bastante más favorable de lo que yo esperaba. Es un lu­gar sorprendentemente curioso, de plaza y calles anchas y luminosas en las que no se escatimó el terreno a la hora de trazarlas. Los huertos, incluso las tierras de labor, vienen a caer en mitad del casco urbano mientras que el pue­blo sigue. La p1aza es hermosa, pavimentada de cemento, con fuente en mitad provista de pi1ón abrevadero sobre el que vierte el agua, construida según consta en el año 1933.
Apenas llego, los vecinos de las dos casas contiguas a la plaza se me. ponen a mirar. Se ve que en Bochones no es corriente que en pleno invierno, a pesar del buen sol, llegue un forastero a la pla­za, lo mire todo, lo curiosee todo, y se ponga a escribir sin pronunciar palabra en una libreta de notas que se saca del bolsillo de la gabardina. Una de las viviendas de la plaza está levantada con sillería rodena trabajada con gusto y con sentido común. En la fachada hay figuritas en relieve que representan anima­les alegóricos. El dueño parece que me espera de pie en el quicio de la puerta.
- Buenos días -le digo-. Tienen un pueblo muy bonito.
- No está mal. Para nosotros es el mejor del mundo.
Me presento al vecino de la casa de cantería. El hombre es, sin duda, un señor amable y con deseos de complacerme.
- Yo soy el señor alcalde - me dice. Me llamo Prudencio de la Fuen­te de la Fuente.
- Tiene usted una casa preciosa. No parece vieja.
- No es vieja. La hicimos al terminar la guerra. Aquí estuvimos tra­bajando en ella sólo los de la familia. Mi padre murió con ella a me­dias de hacer.
- ¿Quién les picaba la piedra?
- Nosotros mismos. Mi padre era un cantero de categoría.
Aunque el encuentro con Prudencio en la puerta de su casa haya sido puramente casual, uno se da cuenta enseguida de que está con un hombre no demasiado corriente.
- ¿Cuantos habitantes son en Bochones, ahora mismo?
- De quieto somos unos treinta. Los fines de semana vienen muchos más. Han hecho sus casas nuevas y acuden a menudo. Aquí se han gastado muchos millones en hacer casas y en arreglar las viejas. Cualquiera sabe.
- ¿No le importaría acompañarme a dar una vuelta por el pueblo?
- Sí, señor. No faltaba más. Eso está hecho.
El alcalde entra a casa un momento a no sé qué. Quizás a cambiarse de zapatillas. En el portal hay algunas cajas metálicas y varios rollos de alambre.
- Es que están por aquí los del teléfono y tienen en casa todos los trastos. Nos lo están poniendo ahora.
- ¿No tenían teléfono en el pueblo?
- Qué va. Ponen uno en el ayuntamiento para todo el pueblo.
A Prudencio, como a todos los alcaldes celosos por el bien de su pueblo, le agrada cuando le digo que Bochones está muy bien, y que con aquellas calles tan arregladas da gusto, que parecen las de una capital.
- Pues aún nos queda, un trozo de pueblo sin arreglar, pero ya no me preocupa, lo tengo en el bote. Me lo da la Diputación.
- Vamos, que es usted un alcalde de los que saben pedir.
- Qué va. Pido sin abusar y lo que pido lo empleo. Por eso me atien­den.
La casa que hace de ayuntamiento y de consultorio médico está so­la. Un azulejo antiguo en la pared dice: “Plaza de la Constitución". Los dos entramos a lo que puede ser la secretaría. Sin duda, se trata de la vieja escuela de niños.
- Eso es, exactamente. El piso es lo que anda un poco mal.
En la sala de ayuntamiento hay por todo mobiliario una mesa desnu­da y un pesado sil1ón frailero. Alrededor están colocados los asientos y el respaldo de las mesas bipersonales de la escuela. Sobre la pared, un Crucifijo y dos vistas aéreas a todo color del pueblo.
- Aquí nos juntamos los de autoridad. La mesa y el asiento son los que tenía el señor maestro.
- Pues me parece muy bien. Para qué más.
- Aquí tenemos ya preparado para poner el teléfono, y en esa parte el centro médico. Toda la escuela la hemos aplicado para cosas y queda muy bien. Cuando vienen los doctores y lo ven se ponen tan contentos.
Pasamos luego al sa1ón del piso bajo. Hay dentro un transformador de la luz, mucho polvo y mucha humedad.
- Aquí mismamente es donde se juntan los jóvenes y preparan sus bue­nos bailes.
- ¿Para cuándo tienen la fiesta mayor?
- Bueno, aquí la fiesta, lo que es la fiesta, se hace el día del Cor­pus. Lo que pasa es que por nuestra cuenta hacemos otra a mediados de agosto, cuando están todos.
Andando plácidamente y con buen sol mañanero por lo que pudiéramos llamar el Barrio de la Iglesia, me cuenta Prudencio que la juventud se fue, sobre todo las chicas, que los tres o cuatro mozos que quedan no tienen con quién casarse, y que claro, con las cosas así, el pueblo no tiene más remedio que desaparecer más tarde o más pronto.
- Yo tengo un hijo en Guadalajara -me dice-. Tiene una tienda de re­cambios por el Fuerte. Se llama la tienda “Recambios de la Fuente”. Alomejor la conoce usted.
- Pues no lo sé. Quizá sí, pero ahora no caigo.
Los cerros mondos que quedan al noreste ofrecen en la distancia una profunda severidad. La inhóspita barrera que separa a las dos Castillas se tiñe por aquellas latitudes de una pálida tonalidad gris.
- Le decimos el Pendón a todo aquello. La ermita que se ve es la de la Torralbilla.
En realidad, la ermita que surge en la falda de aquellos montes fronterizos está dedicada a Santa Quiteria. Le dicen la Torralbilla porque allí existió un pueblo que se llamó Torralba. Prudencio, muy pacientemente y muy a su modo, me va contando la historia.
- Dicen que la imagen que hay allí, que es muy pequeñita, se la encontró un labrador y se la trajo a su mujer metida en las alforjas, como si fuese una muñeca. Cuando se la fue a dar ya había desaparecido. Al otro día estaba otra vez donde se la había encontrado el día de an­tes. Entonces, la metió en un saco bien atado y la trajo de nuevo; pe­ro resulta que también se fue. Así que determinaron en hacerle allí la ermita y dejarla donde ella quería estar. Quieren que nos la traigamos a la iglesia del pueblo, para que esté más segura, pero nos da no sé qué, no se nos vaya otra vez.
- Claro, ese es el plan. Aunque esa leyenda la he oído yo en otros sitios con otras imágenes distintas, y resulta que ha sido eso, sólo leyenda.
- No sabe la devoción que aquí se le tiene. Sea la gente de la manera de pensar que sea, con la Torralbilla mucho ojo, que no nos la toque nadie. También la querían como suya los de Casillas.
En Bochones la iglesia está bastante retirada de las casas. La es­padaña tiene forma triangular delatando su origen románico, y la porta­da es de sencillo arco. En la explanada hay una docena de pedruscos de arenisca que uno desconoce cuál es allí su misión. Puntual me lo expli­ca el alcalde.
- Es que queremos hacerle delante un portalillo. Con sus columnas, su tejado y todo.
- Pero eso ya no hay quien sea capaz de hacerlo –le digo. ¿Quién va a sacar columnas de estas piedras?
- Pues un servidor, ya ve. No crea que me meten miedo. Ya voy siendo un poco mayor, pero con buenas herramientas, como las de ahora, no me asusta.
- Ah, pues pensándolo bien sería una buena obra, y un agradable moti­vo para que en el pueblo le recordasen, quién sabe si durante años y siglos..
- Eso me anima a hacerlo. Pues ya lo ve, todo dispuesto para empezar.
Detrás de la iglesia está el cementerio, pequeñito y sombrío, con sus cruces adornadas de flores y sus yerbas mustias. La igle­sia también en su interior es sorprendente, como todo Bochones. De nave única, se cubre con buen artesonado y cúpula de nervaduras en el presbiterio. El retablo mayor es con mucho el joyel de la iglesia: plateresco de principios del siglo XVI, con una serie de tablas también renacentistas que representan escenas de la Pasión del Señor y de la vida de Santa María. En la predela las pinturas representan profetas y sibilas en grupos de a tres.
- Dicen que el altar tiene mucho valor ¿Qué le parece a usted?
- Muy bonito me parece. Un poco estropeado se ve.
Como piezas de imaginería hay destacar un San Juan Bautista y la escena completa del Calvario. Otros retablos laterales, éstos barrocos, están dedicados a la Virgen del Rosario, al Santo Cristo y a San Anto­nio de Padua. Las imágenes de la Virgen del Buen Camino, vesti­da de riguroso blanco, y de San Lorenzo, completan con la pila bautis­mal románica e1 interés por este templo pueblerino, cuya visita creo de verdad que ha valido la pena.
Me dispongo, siempre en compañía de Prudencio, a subir de nuevo hasta la plaza. Pienso que, salvo el gozar de un ambiente sano y agrada­ble, en Bochones debe haber ya muy poquitas cosas que ver. Pregunto.
- ¿Sacan algún provecho de todos aquellos cerros tan limpios?
- Sí, se los andan aplicando las ovejas para pastos. De la otra parte sacamos mucha leña de encina en un sitio que le decimos la Roza.
Todo está visto y todo quedó dicho tal y como lo vi. Bochones, pue­blecito rayano de la provincia por la franja norte, merece otra visita cuando los rayos del sol serrano no caigan tan oblicuos. A su lado, muy cerca, el mínimo pueblecito de Casillas, una invitación y un reto para fechas no lejanas.­

(N.A. Febrero, 1988)