miércoles, 7 de enero de 2009

ARCHILLA


A don Pedro Castillo,
maestro y hombre de bien.

La verdad es que tan sólo he hecho que llegar al pueblo. Acabo de atravesar la costanilla que sube hasta la plaza. Se ve enseguida que Archilla es un pueblo pequeño, sin que para cerciorarse se haga preciso llegar hasta él. Queda recostado en la solana sobre una ladera de bancales, de bosquecillo áspero y de olivar, a la margen derecha del Tajuña. Un pueble­cito por demás pintoresco, alegre, escondido en parte tras las frondas de la ribera que lo embellecen y vitalizan. En Archi­lla, a primeras horas del atardecer, hay mucho sol y mucho silencio, apenas se ve un alma. Es la eterna canción de la soledad de la Alcarria, el himno a la desesperada de los pueblos que, poco a poco, se van muriendo sin rechistar.
Cuando la estampa natural que le sirve de enclave comien­za a deshacerse en encantos, donde nadie o casi nadie los ha de gozar, las horas que circundan el paisaje de un pueblo son en todo caso tiempo perdido, un lienzo impecable escondido en el sombrío rincón de un viejo convento.
Embebido en estos y similares pensamientos, uno se exta­sía viendo discurrir, mansas al través de los chopos, las aguas del Tajuña, cuyo caudal salta del molino repartiéndose sin ninguna ley entre los tres ojos del triple puentecillo que sirve de acceso al pueblo.
Desde mi cómodo mirador: unos cuantos palitroques carco­midos tras los muros de la iglesia, se alcanza a ver con toda diafani­dad toda la maravilla del campo en calma, la vida inerte de extramuros con sus casetas a medio hacer, con alma­cenes escondi­dos detrás del ramaje, y, algo más lejos, las tierras morenas de la Vega Vieja luciendo las surqueras re­cientes que comienzan al otro lado del río y suben a perderse, rectas como velas, a los pies mismos del Rebollar entre las nogueras.
-Buenas tardes nos dé Dios ¿Qué se hace el hombre?
-Ya ve, poca cosa. Tomando el solecillo, ahora que se puede.
-¿Es usted de aquí?
-No señor; yo soy de Budia. Estuve muchos años de camine­ro en esa carretera que ve usted ahí abajo. Me jubilé, y nos vinimos aquí a vivir. Esperando a que nos lleven al otro lado del río, al camposanto.
-¡Bueno! Si está usted hecho un mozo.
-No lo crea. Siempre he tenido buena salud, gracias a Dios, pero a los noventa y dos, qué podemos pedir.
Estaba el Tío Blas a cuatro pasos de mí, meditativo también, sentado sobre unas piedras al pie de una higuera loca. Vive el Tío Blas con su esposa, que se llama Juana, en la casa del rincón, mirando a la vega. Ella me contó en pocas palabras la historia de su vida errante por los caminos de la Alcarria. Historia real, muy real, que hoy no comprendería nadie, cuyas últimas páginas se están acabando de escribir en aquella paz de la solana con el Tajuña por testigo.
-Treinta y un años de caminero, sí señor. Siempre por ahí con la rastra y el esportillo. Viviendo en las casillas de la carretera sin ver a nadie. La primera en el Monte Redondo; luego en el vivero de Budia, y al final en la de Tomellosa.
-Triste, ¿verdad?
-Muy triste. Eso es sólo para quien lo ha vivido. Y, afortunadamente, nosotros no nos podemos quejar. Toda la vida en el campo, de noche y de día, y nunca nos ha ocurrido nada.
-Pues ahora viven en un sitio muy bonito. Me gusta mucho este rincón.
-La casa no es nuestra; la tenemos en alquiler. Aquellas tierras de las nogueras son de don Pedro. A don Pedro lo conoce todo el mundo en Guadalajara. Es de aquí. Ahora creo que se ha jubilado y le han hecho no sé cuántos homenajes y cuántas cosas. Son una familia muy buena.
Un tractor amarillo sube la cuesta en posición inverosí­mil. La cuesta es pina y desemboca en los umbrales de la Plaza Mayor. Conduce el artefacto un hombre muy amable que se llama Juan, un señor abierto que tiene un perrillo negro, ladrador y chinche, que saca sus dientecillos e niño mamón al forastero por el simple placer de incordiar.
¡Pirracas! ¡Quieto, Pirracas! Este señor no te hace nada ¡Pero, qué modales son esos!
Pirracas, que a pesar de todo es un perro educado, deja de ladrar fiel a la voz de su amo, y nos sigue después sin decir ni una sola vez esta boca es mía.
-Debe ser porque no le conoce; si es un perrillo muy bueno.
Juan Jodra es, además, alcalde de barrio en Archilla. Un representante del ayuntamiento de Brihuega en aquella pedanía. Juan es propietario del pequeño taller que hay a la entrada del pueblo; uno de los pocos hombres románticos que por fortu­na todavía quedan. Se marchó, como tantos, a probar suerte lejos de su patria chica, hasta que un día, de la noche a la mañana se dio cuenta de que su sitio estaba allí, en el molino de Archilla. Y aquí está, entretenido con sus cuatro cosas, viviendo honrada­mente según su temperamento en el viejo oficio de carpintero; haciendo trabajar al Tajuña que, a pesar de todo, es una fuerza motriz segura, limpia, barata y sin contaminación.
-Pues no crea, que hay veces que tengo que enchufar el motor. Cuando llega el verano, el río baja casi seco y no hay más remedio. Tiene usted que bajar a verlo.
Y bajé; bajé con el propio Juan y con otro señor muy simpático que se llama Román y trabaja de panadero en Guadala­jara. La industria se halla metida entre los chopos al otro lado del puente. Es un taller de reducidas dimensiones, cuyas máquinas funcionan impulsadas por la corriente que hace girar las paletas de una elemental turbina, cuando Juan, dejándose caer sobre una palanca de madera, pone todo aquello a dar vueltas como por arte de encantamiento.
-Oiga: ¿Esto lleva fuerza bastante para serrar troncos?
-Esto sierra troncos, y manos, si se le ponen por delan­te: mire.
A Juan le falta un dedo de la mano izquierda y los demás los tiene sin movimiento. Hubiera podido muy bien pasar desa­percibi­do, si él no lo dice, pero es el tributo obligado que el hombre debe pagar a la fuerza por la fuerza, a la fuerza sin corazón de las máquinas, la mar de corriente en cualquier oficio.
-¿Qué le suele encargar el público?
-Me encargan todo aquello que en las fábricas no se molestan en hacer: puertas, ventanas, escaleras, barandi­llas­... Trabajo no falta nunca.
-¿De dónde le traen la madera?
-De aquí mismo. Es casi toda del pueblo. Algo de pino me lo traen de fuera, pero lo que más gasto es chopo.
El puentecillo sobre el río Tajuña es una obra sólida, de aquellas obras de principio de siglo. Demasiado estrecho quizás para las necesidades actuales; pero un paso seguro, y hasta muy bello a la sombra de los árboles. Lo mandó hacer Romanones, según cuentan, y allá por los años de la posguerra se debió someter en más de una ocasión a la dura prueba de las inundaciones.
-Sí; yo me acuerdo que pasó el agua a más de un metro por encima del puente, y se quedó como si nada. Fue por el año cuarenta y cinco, y luego, a los dos años, se volvió a inun­dar.
Juan tiene la bodega en plena cuesta. Es una antigua estancia, decorosa y fresca, donde, además de tranquilidad hay de todo. Su dueño ha ido adornando aquel refugio con instru­mental antiguo ya en desuso; y así, en número tal vez superior a las quinientas piezas, allí están recogidas calderas, puche­ros, tinajas, planchas y candiles, molinillos de café, aperos de labranza, y una escopeta colgada en la chimenea de aquellas que en su tiempo llamaron de chin-pun.
-Cuando nos aburrimos, nos juntamos aquí y organizamos nuestras juerguecillas. Muy a menudo; no crea.
-¿El vino también es de la cosecha?
-No, esa es la pena. Aquí ya no se hace vino. Traemos botellas y en la cueva las conservamos tan frescas.
Olayo debió acudir al olorcillo acre de la bodega. Olayo es quizás el personaje más popular de todos los vecinos de Archilla. Setentón y soltero, ha tenido la oportunidad de comprobar en su propia carne que el tiempo nunca pasa sin dejar rastro, una ley tan antigua como el hombre y que habre­mos de aceptar aunque nos pese, y que el tal rastro se traduce las más de las veces en una falta de dominio sobre el propio ser, en poner el corazón en terrenos que los pies son incapa­ces de pisar.
-Sí señor; y así es. Que yo he sido muy cazador y lo tuve que dejar porque el cuerpo ya no aguanta. Las liebres no se me resistían, no. Un año, por el camino del Roble del Tío Conejo, de diez que había mate nueve.
-Pues qué lástima. Total, por una...
-Hombre, algo hay que dejar para cría. Pero ya digo, ahora tiene uno mal pelo.
Enmarcado por el quicio de la puerta, se ve al fondo la cumbre del Rebollar, el cerro que toca términos de cuatro pueblos: Romancos, Yélamos y Tomellosa, además de éste de Archilla que le lame los pies por el poniente. El término municipal el pequeño, doscientas hectáreas de vega y otras tantas de monte pueden ser el total, casi, de las tierras de Archilla medidas un poco a la ligera. Pero el pueblo está allí, alzado de puntillas para mirarse en las aguas del Taju­ña, con su escaso medio centenar de habitantes, sólo una digna muestra de lo que antes fue, con sus tradiciones ya olvidadas, y sus quereres que San Roque bendice en justa correspondencia a la loable calidad humana de las gentes que allí viven.

(N.A. Abril, 1982)