miércoles, 28 de enero de 2009

CAMPILLO DE RANAS


Cuando el insigne escritor y académico don Miguel Delibes tuvo noticia de esta sección periodística, y más concretamente del libro Plaza Mayor en el que se recogieron los primeros cincuenta reportajes publicados en edición única, tuvo también la gentileza de enviarme una carta amabilísima de la que, a duras penas, transcrita de su difícil caligrafía, extraigo y subrayo: «Le felicito por su proyecto de sacar a la luz hasta el pueblo más escondido de la comarca. Castilla se despuebla y si Dios no lo remedia acabará viviendo únicamente en los libros.»
Hoy, uno se acerca hasta las plantas del Ocejón como notario que fuese a extender, no sabe si la última fe de vida, de un pueblo al que indirectamente alude el ilustre novelista de Valladolid.
El imperio gris de la piedra de pizarra surge en los primeros repechos que salen una vez pasada la ermita de Los Enebrales. La carretera tiene por aquí tramos en condiciones pésimas. Después es más estrecha, pero mejor cuidada. Atraviesa la sierra bordeando las laderas de las montañas, siempre por medio de cerros negruzcos, de ribazos erizados de jaras con los fondos del precipicio perdidos a una mano, mientras que a la otra se elevan, estriadas por los surcos de la repoblación, las cumbres ariscas del macizo. Muy pronto la sierpe viajera se adentra en el concejo del Campillo, que como sabido es comienza en esta dirección con Campillejo, sigue con El Espinar, y acaba con los poblados de Roblelacasa, Robleluengo y el propio Campillo.
En el empalme de Roblelacasa hay una señora sentada en la pradera. La buena mujer pasa el tiempo haciendo punto junto a un majano. A más o menos distancia de la pastora carean medio centenar de vacas y retozan los ternerillos por encima de la hierba fresca. Para ser la vacada de todo el concejo, me ha parecido un rebaño exiguo. La señora deja enseguida las cosas claras.
-Éstas son sólo de dos dueños: nuestras y de otro.
-En ese caso me parecen demasiadas. Les darán mucho trabajo.
-Claro que nos dan. Un día sí y otro no nos toca de vaqueros.
-¿Es usted de Campillo?
-No, señor; yo soy de El Espinar. Mi hijo es el alcalde que ha salido nuevo este año.
-Un alcalde para los cinco pueblos.
-A ver. Siempre ha sido así. Igual da que sea de un sitio que de otro.
Campillo se distingue de los demás pueblos del concejo por lo esbelto de su torre parroquial en piedra de pizarra, con sillería esquinera de caliza blanca. La Plaza Mayor se encuentra en estas fechas levantada a causa de las obras, y las maquinarias y los materiales aparecen regados por todas partes. En la tarde apacible del fin de semana llaman la atención del recién llegado las ruinas de la casa rectoral, con su reloj de sol, y el sonido intermitente de un calderillo de metal sobre el que porracea un anciano sentado a la sombra del poyo.
-¿Qué hace el abuelo, de arreglos?
-Equilicuatro; sí señor. Aquí estoy a ver si compongo un poco este cacharrillo para echar el agua a las gallinas.
La plaza ofrece todo el aspecto agreste que rezuma de la sierra. Es una plaza informe de casas negras, de casas que encierran en el silencio mate de sus almas una misteriosa quietud. No lejos de nosotros hay un olmo desmochado, con una bola de verdín sobre lo alto a manera de copa que no da sombra.
-Lo desmocharon para que eche monte nuevo. Las calles ya ve usted cómo están, hechas un asco con el asunto del desagüe.
-Se nota que queda poca gente.
-Poca, sí señor. No queda casi nadie. Para el hecho de estar, unos diez o doce vecinos. Los demás se fueron a la capital.
El Tío Hilario es un hombre encantador. Viste un traje antiquísimo de pana negra y boina del mismo color tomada por los años. Al Tío Hilario tan solo le queda un diente, y mucha edad, y un gran corazón, y toda la sabiduría que sobre su gastada persona dejó el tiempo.
-Pues el calderete es de aluminio. Lo vi que lo tiraron ayer y me pensé que podría aprovechar para las gallinas. No se vaya a creer que se maneja bien; pero, lo que yo digo, a fuerza de golpes tendrá que volver a su ser.
-Pensaba, Tío Hilario, darme una vuelta por Majaelrayo, pero no sé si me acercaré. La verdad es que sin el Tío Encarna pienso que no tiene aliciente. Éramos muy amigos.
-Es verdad. Ya no vive el hombre. Que dios lo haya perdonao. Tuvo el pobre una muerte muy mala. Se lo encontraron medio helao por la noche. Fue una pena, sí señor.
Por las oscuras callejuelas de Campillo uno anda absorto en lo que ve. Es la pureza ancestral de tanto paredón negro lo que importa; los tejados aconchados de losas; los rincones insólitos donde juegan los palitroques de roble, las ropas de las cuerdas, los cachivaches tirados anárquicamente; la viejita que asoma su rugosa faz por el ventanuco del cocedero... Un gato blanco está sentado, impasible, sobre el canto de la primera hoja en una puerta de dos que abre en horizontal.
Por las esquinas han colocado carteles indicadores con los nombres de las calles, y números correlativos de chapa nueva sobre los dinteles, incluso en las chirriantes portonas de las tainas del ganado. Uno piensa que todos los aditamentos están por demás, y que Campillo no sería menos bello a falta de tanto artificio con el que se ha querido engalanar: Calle del Pico, de la Escuela, de las Cortes, del Rincón, y otras dos plazas, aparte de la Plaza Mayor, la Plaza de la Iglesia y la Plaza del Olmo.
En la calle de las Escuelas, por detrás de la iglesia, hay un hombre sentado a la sombra de un tejadillo comiendo pan, y una mujer que hace calceta de lana gorda por el viejo sistema de las cinco agujas.
-Buenas tardes tengan ustedes. Que aproveche.
-Muchas gracias.
-¿Usted no merienda, señora?
La mujer se resiste a contestar. El hombre lo hace.
-Dice que no quiere.
Por las afueras del pueblo está la era de pan trillar, donde los veraneantes juegan al fútbol. No se ve un alma. La era está rodeada por paredones de pizarra superpuesta y de praderillas donde suben a comer las cabras. En primer término aparece una hilera de praderillas alineadas, abajo los huertos escondidos entre la arboleda, y más a distancia el tremendo murallón de las montañas de jara y robledal que comanda por el noreste la elevada cumbre del Ocejón.
El silencioso espectáculo de aquella naturaleza al desnudo empequeñece al hombre. Desde la era los ojos no ven más allá de las crestas de Cabeza de Ranas, ni oyen los oídos otro son que el canto del grillo y el tañer de las esquilas. La piel bebe aquí hasta saciarse el bálsamo de la Naturaleza, bajo el soplo de la brisa serrana.
Al cabo se ve otra mujer cuidando su hato de cabras en la cerca. Le hablo desde lejos, desde las piedras del paredón opuesto al sitio donde ella está. Por medio mordisquean la hierba una docena de reses con las ubres a punto de reventar.
-¡Buenas tardes, señora!
-¡Buenas tardes tenga usted!
-Bonito panorama el del campo, ¿verdad?
-Sí, señor; eso es lo que dicen todos, que esto es muy bonito. Ahora en verano, ya se sabe. El invierno es peor.
-¿Por qué no han echado las cabras al monte?
-Pues mire, es que hay mucho bicho por ahí. Bajan las zorras, aunque esté mal dicho, y la cabra que se queda a parir por de noche, el chivo ya no lo logras.
-¿Ah, sí?
-Sí, señor. Hace ya mucho tiempo que no echan estricnina, y hay mucho bicho.
Me contó la buena mujer que era hija del Tío Hilario, el abuelo de la plaza, y esposa de Gregorio Jiménez, el cartero de Corralejo, de Cabida y de Peñalba, allá por el río Jaramilla.
-¿Entonces usted no sabe lo de mi marido?
-No, señora; no lo sé.
-Pues que todos los días se hace cuarenta y dos kilómetros para llevar la correspondencia.
-¿A pie?
-Pues, para el caso, sí; porque lleva caballería, pero es como si no la llevase. Que si la mosca, que si unas cosas y otras, siempre le toca ir andando.
-¡Qué barbaridad! Y habrá días que no haya más que una docena de cartas.
-Y menos también. Ya veremos, cuando caiga de golpe qué jubilación le queda.
Así de sencilla, amigo lector, es la vida por donde hoy estuve. Hombres y mujeres, niños es posible que no los haya, yo no los vi, asidos de la mano a estas sierras sin tapujos. Gentes de magno corazón cargadas de problemas que nadie resuelve, pero que en su pequeñez, consiguen sacar a la vida rutinaria de cada día todo el jugo de lo bueno que es capaz de dar; y viven en medio de una paz que se respira, de una comprensión mutua que se palpa, sin otras pretensiones que los hados de la climatología les sean propicios y les dejen vivir en su anonimato, al amparo del sol generoso de las montañas, de las nieves, de sus noches largas de invierno para soñar en remotos paraísos, nunca más bellos, lo aseguro, que donde ya viven.

(N.A. Julio, 1983)