jueves, 29 de enero de 2009

CANALES DEL DUCADO


El pueblo de Canales contaba en mi memoria por algunas leyendas que, hace ya algún tiempo, me relató en Ocentejo mi amigo Ruperto, relacionadas, claro está, con una vieja rivalidad entre ambos lugares que también los años, y los siglos seguramen­te, han hecho desaparecer.
Toda la franja de montículos agrios y de adustos vallejuelos que marcan de alguna manera el límite de la Alcarria con los naturales paraísos del Alto Tajo es, sin duda, la tierra más misteriosa de toda la provincia de Guadalajara. Tierra de la que se ha escrito mucho -Guadalajara, desde que el Castellano como idioma existe, está trillada por la Literatura-; pero muy poco, o casi nada, acerca del embrujo que se mece entre el viento por estas serrezuelas y de cuya realidad en algún momento apunté algo, y pienso concluir, a no tardar mucho, si Dios me da las fuerzas necesarias y consigo al final los conocimientos suficien­tes como para llegar en sus estudio hasta donde buenamente me sea posible, de manera que pueda sacarlo a la luz con un considerable porcentaje de fiabilidad.
Cada vez que tengo que pasar por estas risqueras del Estrecho de Ruguilla, recuerdo el compromiso que contraje conmigo mismo de hablar alguna vez de los brujos de la Alcarria con todo fundamento, cuyos espíritus se adormecen cada invierno, igual que el espíritu de los topos y de las lagartijas, en los informes agujeros de estas piedras.
Las viejitas de Canredondo toman el sol de la media tarde al socaire de la ermita. Las tres o cuatro viejitas de Canredondo me explican a un tiempo, desde sus asentillos bajos, cuál es el camino mejor para llegar a Canales.
Cuando se va a Canales, guardando sin errar la dirección de Sacecorbo hacia el alto Tajo, uno se encuentra con fornidas sabinas en los descampados, con piedras grises en las vertientes de los montes y con verdín pinariego de la repoblación. El lugar aparecerá más tarde, como desvaído a mano izquierda de la carretera, en su sitio justo, mostrando con el sol de las cinco sus fosforescentes tejados ocres, paisajes largo con verticales planos de blancal por donde se escapa la vista, allá mismo, cuando el meticuloso cuentakilómetros del automóvil marca exactamente el número 100 desde que salí de la capital.
A la entrada de Canales hay tres mulillas mordisqueando los primeros brotes de abril en un baldío. Una pareja de patos beben y chapotean a placer en la reguera que sale de la fuente. Canales del ducado tienen una fuente pública redonda, muy bonita, restaurada en el año 1986 por el alcalde actual don Gabino Trujillo, después de que un rayo la partiera en dos en época todavía reciente. El pilón sobre el que se sostiene la bola del remate hace constar al visitante, en artística letra de molde, que "Se hizo siendo alcalde don Hilario López. Año 1891". Dos chorros cuelgan desde la boca de dos soles o de dos caretas de piedra perfectamente redondas.
Canales se comunica por este barrio bajo en donde está la fuente de manera directa con el campo, con lo que uno sospecha debieron ser las huertas en otro tiempo; ahora visiblemente desatendidas por falta de gente joven que lo mueva. Al fondo, destaca sobre todo lo demás el cerro del Otero, altozano agreste y romántico que según me explicaron los lugareños, guarda toda el agua del mundo escondida en sus entrañas. Pueblo de plomizas tonalidades en piedra grietada, de hermosos y legendarios parajes, de nostalgias sin fin y de caducos decires.
Como la tarde invita a hacerlo así, la gente se ha salido a tomar el sol en el barrio de la Fuente. Por ser sábado, los habitantes de Canales son un par de docenas más de lo ordinario.
-Ah, eso desde luego. Si viene usted otro día, nos coge aquí a cuatro de ellos.
Un poco en cuesta se abre entre sol y sombra el juego de pelota. Más arriba está la iglesia, junto a las eras, con el viejo cementerio adosado a sus muros. La iglesia pregona en contados detalles su origen medieval, ajustándose en algunos de ellos a lo más rudimentario del arte románico. La puerta está cerrada; una puerta nueva que se esconde bajo arco semicircular a la sombra del clásico portalejo de tantas iglesias pueblerinas. Por la puerta del camposanto vuelvo a recibir, tan alejada de los mundanos artificios, la repetida impresión que sentí en otros lugares, la paz serena de las tumbas remarcadas de hierba y de flores de lis, la imagen marmórea y fría de las cruces de los muertos. Dos tumbas muestran inscritos sendos epitafios en memoria de doña Gregoria Huerta Buendía y de doña Gabriela Huerta Buendía -hermanas quizá-, fallecidas a los 84 y a los 85 años respectivamente, dos vidas paralelas que esperan también juntas, por los siglos de los siglos, la hora suprema de la resurrección.
A la caída se advierten desde las eras los campos al descubierto del barranco de la Hoz, todos de sabinas, y las complicadas orografías a las que da lugar el cauce invisible del río Ablanquejo, un poco más al sur, por donde uno imagina visiones paradisíacas, más sugerentes aún a estas horas de la tarde allá por los primeros requiebros naturales del Alto Tajo.
Tres o cuatro perros tímidos salen juntos a ladrarme a la vez por las eras. El viento que a menudo sopla en rachas desde el norte es grato y confortador. Los perros se callan. Las eras que aparecen por el alto tienen piedras planas como pavimento, y restos de muro alrededor igual que los castros celtíberos. Una bandada de grajos merodea por el camino que sube desde el barranco. Se siente un indecible bienestar en este ambiente de silencio, sano y remoto de Canales.
Al bajar de nuevo hacia adonde está la gente, lo hago por unos callejones estrechos de piedra en los que crece la hierba. No lejos hay un olmo enfermo. Las columnas de la alta tensión se llevan la corriente eléctrica por encima de los montes. Piedras, ruinas, palitroques de madera podrida, ropas tendidas al sol... En la plaza del pueblo siguen sentado sobre poyo dos hombres de avanzada edad, don Julián del Amo y don Germán Salmerón. Año arriba, año abajo, los dos deben ser de las mismas quintas.
-No señor -explica el primero-: yo soy más viejo. Le saco al Germán tres o cuatro años. Nací el 18 de octubre del año cuatro. Así que, eche usted la cuenta.
-Ochenta y cuatro pues, los primeros que le caigan.
-Sí, yo creo que esos deben ser.
-Tienen una fuente muy bonita. Con esa fuente, el pueblo parece otra cosa.
-Ya lo creo. La hizo un alcalde que se llamaba el Tío Hilarión. Aún me acuerdo de él. Nevando estaba el día que lo enterraron. Las piedras de la fuente las bajaron de lo alto del cerro del Otero con una yunta de bueyes. Debieron se unos fontaneros o albañiles de Ruguilla los que la pusieron en funciones.
Los dos abuelos, don Julián y don Germán, que hasta sus nombres riman, son a la par de simpáticos. El Tío Germán es, creo yo, un poco menos abierto. Los dos cubren sus cabezas con boinas de paño negro, y los dos se echan a reír cuando les digo que si todavía bailan el día de la fiesta.
-Sí; ahora bailamos los dos de coronilla. Harto lo hemos hecho, no crea. Todavía hay por mi casa un guitarra de cuando éramos mozos.
-Y bailarían para San Roque, naturalmente.
Sí, señor; para San Roque. Ahora traen una música de esas que hacen ruidos.
-¿Cómo les dicen a los de Canales?
-A nosotros nos llaman canaliegos.
-¿Y a los de Ocentejo?
-A esos les dicen pollitos.
-¿Por qué?
-Vaya usted a saber por qué. Eso sí que no se lo puedo decir.
-¿Se entienden bien con ellos?
-Sí, con los de Ocentejo nos entendemos bien. Son buenos chicos.
Aparece por la tertulia del poyo otro nuevo amigo, Gabino Abánades. Aunque por más joven es seguro que sepa del pueblo muchas menos cosas que los otros dos, tiene, sin embargo, mucha más soltura para andar que cualquiera de ellos. El abuelo Julián así lo reconoce.
-Que le acompañe él, que es más joven. Es mi yerno. Nosotros nos quedamos aquí.
Gabino me ha dicho que vive en Madrid. Durante algunos fines de semana se viene al pueblo a disfrutar, a ponerse en contacto de nuevo con los miles de recuerdos de la niñez y a pasar -porque aquí se puede- dos días tranquilo de vez en cuando.
-Bueno, la verdad -me dice- es que el pueblo, desde hace unos años atrás, estaba llamado a desaparecer. Últimamente lo hemos ido arreglando; se han hecho obras, y parece que la gente, mal que mal, se va sosteniendo. En verano, todo esto es estupen­do.
Gabino me deja un instante y vuelve al momento con la llave de la iglesia. A las gentes de los pueblos les gusta enseñar su iglesia a falta de algo mejor. En realidad son muchos los pueblos de la Provincia que apenas si aportan como interesante algo más que su iglesia: resumen de historia callada, de quereres comunes, de devociones y de recuerdos.
-Pues la nuestra me parece que tiene muy poco que ver. Una buena pila de bautismo sí que había, pero se la llevaron al museo de Sigüenza. Aquella, de verdad que era una joya.
La iglesia es, con arreglo al pueblo, pequeña por dentro. Tiene una sola nave, blanqueada, baldosas antiguas en el suelo, interesante cúpula y una bóveda agrietada con cierto peligro. Anoto, además, una imagen de San Roque en el nicho de yeso del ábside, con la pintura tosca de un castillo sobre el mismo muro. San Antonio -según me dicen- dando a un chiquillo un pedazo de pan, una imagen del Niño Jesús de Praga, una Inmaculada Concep­ción también pequeña y un Sagrado Corazón de igual tamaño, completan el todo en imágenes que durante bastantes años debieron atraer el fervor de los canaliegos.
Gabino y yo damos la última vuelta por los alrededores, soportando de costado el viento poniente que a medida que la tarde cae se va tornando más frío.
Las lejanas perspectivas de cortes y peñascos por donde se encaja, joven aún, el padre Tajo, se me vuelven con el sol dorado de las siete y media como un indescriptible lugar de ensueño. Delirio de cadíes y de princesas moras muertas de amor, olimpo de leyendas que se dejaron perder, quedando a perpetuidad la belleza embrujada de estos atardeceres de la sierra a los que, con no poco pesar, uno ha de decir adiós aunque no le apetezca hacerlo.

(N.A. Mayo, 1988)