viernes, 9 de enero de 2009

ATANCE, EL


En plena era de las autovías, cuando el tráfago humano de unos sitios a otros de la Tierra ha llegado por miles de razones a revestir caracteres de quimera, uno lamenta desde el fondo de su impotencia que haya lugares en el mundo que toda­vía estén así.
Desde el cruce de la carretera que baja hasta Sigüenza, el camino para ir a El Atance es un carril de ganado impresen­table, una ofensa continua a las dos o tres docenas de perso­nas, que como cada hijo de vecino tienen la dignidad de ser hombres, y que todavía viven más allá, en La Olmeda, en Cirue­ches, en Bujalcaya­do, y en el mismo lugar de El Atance, adonde ahora voy sin demasiada seguridad de que mi empresa, por tales razones, pueda llegar a colmo. Los profundos barrancos y las piedras cortantes del camino hacen temer al viajero más osado, al tiempo que invitan a volverse atrás, o aceptar en caso contrario toda clase de riesgos.
En La Olmeda las aguas de las salinas están en plena evaporación. Cirueches -caserío, poblado, finca particular o sitio- brama entre los robles y las encinas con voz lastimera de lechoncillo mamón al soniquete de las campanillas. Las vacas madres pacen aburridas en las praderas del barranco. Cirueches, el caserío, es lugar de explotación agrícola y ganadera, en donde se ven varios establos numerados y casas que habitan dos o tres familias. "Finca particular, prohibido el paso". En Cirueches está prohibido pasar a todas partes. Al final de una de sus callejuelas hay perros de un genio atroz, dispuestos a lo que salga con las personas que no conocen.
A partir de Cirueches, ya hasta el propio lugar de El Atance, el camino se torna todavía peor, más estrecho y más terroso. En un determinado paraje, que los campesinos de estos pueblos conocen por Peñacaída, hay abundantes matas de boj creciendo en la ladera junto a los riscos. Por los cielos de la sierra merodean, lentas y majestuosas, las parejas de buitres, que acostumbran anidar en las oquedades más inaccesi­bles de las crestas montañosas de Santamera y de Huérmeces del Cerro.
Durante dos o tres kilómetros el camino baja paralelo al arroyo Salado. Creo que acerté al fin con el sitio que busco. Las casas de El Atance rompen semiescondidas detrás de una alameda sin hojas. Un centenar de ovejas carean en la veguilla de baldíos que hay por encima de la fuente. El pastor que las guarda es un zagal de diez o doce años que se entretiene escuchado el transistor mientras el rebaño mordisquea la hierba. La fuente es de sillería bien labrada. Por su situa­ción en las orillas del pueblo es una fuente que se presta a la leyenda y a los viejos idilios, fue construida en 1883 y tiene un desagüe que acaba en el lavadero.
Gerardo, el pastorcillo, se acerca disimuladamente adonde yo estoy, como intentando beber del chorro de la fuente vieja. Como el soniquete de las esquilas le molesta, el chaval viene con el aparato de radio pegado al oído.
-¡Hola! Este pueblo es El Atance, ¿verdad?
-Sí, señor. Está ahí arriba.
-Pocos vecinos.
-En invierno se juntan cuatro personas. Yo no soy de aquí.
-¡Ah, no?
-No, señor. Yo soy de La Barbolla, a doce kilómetros más arriba. Seguro que usted no lo conoce.
-Sí que lo conozco -le digo-. Está cerca de Villacorza. Un pueblo muy bonito, en el que no hay agua ni casas hundi­das.
-Aquí es al revés. Hay muchas casas hundidas y mucha agua. Ya lo verá si sube.
Noto como si al chico le molestase un poco mi conversa­ción. Me responde poniendo más atención a lo que oye en la radio que a lo que dice.
-¡Qué escuchas?
-El fútbol. El Real Madrid y el Atlético acaban de empe­zar.
-¿De cuál eres?
Yo soy del Real Madrid. Butragueño y Hugo Sánchez son los mejores.
Arriba, El Atance, me parece de bote pronto un pueblecito encantador. Herido gravemente, casi demolido por la caries del abandono. Dos coches se disponen a salir cuando yo entro. Sabré después que pertenecen a miembros de DALMA. Seguramente que su viaje a El Atance está relacionado con las cigüeñas del campana­rio, que llegaron puntuales la tarde de San Blas. La plaza del pueblo es hermosa. Está plagada de hierbas con altibajos y carrileras. En la plaza queda la fuente pública dibujada en círculo. De los cuatro caños, tres chorrean abun­dantemente. Como fondo, destaca a contraluz la monumental fábrica de la iglesia que envuelve en sombras toda la plaza. El ambiente, como ya me había insinuado el pastorcillo, es de un bellísimo y sedante ruralismo. Como mi llegada coincide con una tarde de fin de semana, siempre hay a mano alguien con quien conversar.
-Pues hombre, sí. Los sábados y los domingos siempre andamos por aquí uno u otro.
-Y en verano todos.
-En verano todos. Este pueblo en verano es como un paraí­so.
Gerardo Blanco Llorente, natural de El Atance y vecino de Guadalajara; hombre joven todavía, atento y presto a la amis­tad sin condiciones, es mi interlocutor casual en este momen­to. Gerardo me habla con admiración de la monumental iglesia de su pueblo a cuyos pies estamos, y creo que no le falta razón. Me dice que data del siglo XVI y que es, para el caso, como una catedral en pequeño.
-Lo más triste -explica- es que se nos llevaron el reta­blo. Era muy bonito. Lo tienen en la iglesia de San Gil de Molina.
Una de las cigüeñas contempla altiva, de pie a la pata coja, el adusto espectáculo de los cerros desde su nido en la espadaña altísima de la iglesia.
-Esas se lo pasan aquí estupendamente. No les faltan bichos que comer en los humedales.
Como lo más lógico es pensar que el pueblo fuese grande en otro tiempo cuando la iglesia ofrece tan extraordinarias proporciones, Gerardo me da a entender que el caso de El Atance no ha sido exactamente ese, que cuando más habitantes tuvo fueron 300 personas, docena arriba, docena abajo.
-Sí, yo creo que de ahí no ha pasado nunca. En la escuela llegamos a estar, cuando más, sesenta chicos.
La señora Consuelo, doña Consuelo Llorente, es una de esas cuatro personas que viven de continuo en El Atance. Una de las ilustres heroínas de aquella soledad. Es una mujer de mediana edad, muy delgada, abierta en la conversación y va vestida de un negro riguroso. Por su mediación -aunque al principio le costó lo suyo- me fue posible entrar en la igle­sia.
-Es que, sabe usted, no se debe dejar la llave de la iglesia al primero que llega.
Me cuenta la señora Consuelo que cuando nacen los pollos de cigüeña vienen los de DALMA y les anillan las patas, para llevar así un control de las parejas. En el atrio que cerca al pórtico de la parroquia, me dice la buena mujer que al pueblo vienen siempre los de fuera a ver o a llevarse algo; pero que nunca acuden para dar. Cuando pregunto por la fiesta y por el santo Patrón, es Gerardo quien me informa con rapidez y con el correspondiente ripio.
-San Diego de Alcalá, que el de El Atance no vale na.
-Ah, pues ese es un santo muy nuestro -le digo-. En vida anduvo por la Alcarria, en el monasterio de La Salceda. La fiesta seguramente que será en noviembre.
-Eso es. El día 13 de noviembre ha sido siempre la fiesta mayor. Tenemos una reliquia de San Diego aquí en el pueblo. Es la falange de un dedo del santo.
El templo es en su interior de una sola nave, con capilla anexa al lado de la Epístola. La techumbre llama la atención por sus relevantes nervaduras de piedra según los cánones del arte gótico. El hueco justo en el que estuvo encajado el retablo pone al descubierto su falta, en tanto que la cubierta y los muros lucen los manchones de las goteras y alguna que otra grieta que, a no tardar, podrían convertirse en defectos irreparables.
-Ya lo ve, se nos va a hundir -dice la señora Consuelo-, sin que nadie nos la venga a reparar un poco.
En la capilla de San Diego, húmeda y despellejada, está la imagen del patrón de El Atance, ocupando el nicho central de un retablillo barroco colocado en el año 1689. Dos lienzos en mal estado penden de las paredes, uno que representa a la Asunción de la Virgen y el otro a Santa María Reina y Madre. En el suelo se ve una losa sepulcral tapando los huesos de un insigne del siglo XVII, el bachiller don Pedro Bochones, capellán que fue de esta iglesia, finado el 23 de agosto de 1623.
-Ahora vamos a subir al coro para que vea el órgano. El caracol que hacen las escaleras del campanario le tiene que gustar.
Al coro subimos todos: doña Consuelo, Gerardo, Matilde su mujer que es de Torrebeleña, la encantadora Noelia hija de ambos, y yo. El órgano de la iglesia es, efectivamente, una pieza escogida de museo, un recuerdo vivo de la época románti­ca en que solía privar lo valioso y lo trascendente, la música limpia y acorde con pretensiones de eternidad. Hace quince años se desprendió sobre el fuelle una piedra de la techumbre, y el órgano de las grandes ceremonias apagó el sonar de sus trompetas para siempre.
-Fue una lástima, mire usted; se lo decimos sin pasión. Tenía un sonido divino. Las piezas están todas, pero es muy difícil que lo volvamos a escuchar.
Aunque todo queda hoy tan lejos, hasta el punto de que sea imposible siquiera el poderlo sospechar, El Atance, según mis amigos, fue cabecera de arciprestazgo. Contó con un impor­t­ante cabildo llamado de San Lucas, cuyas ropas talares se guardan en las lujosas cajoneras de la sacristía, siendo muy corriente que cada 18 de octubre se consagrasen en el lugar hasta cuarenta sacerdotes de toda la zona. Las vestimentas litúrgicas del ahora legendario Cabildo de San Lucas se con­servan, parece ser, en Sigüenza, a lo que por sistema se opone rotundamente doña Consuelo.
-No señor, no debieron llevarse nada. Aquí nos deben traer cosas, y no llevarse, que entre unos y otros han dejado al pueblo sin nada de lo que tenía.
La pila bautismal es una hermosa pieza de piedra gajeada, de estilo y origen posiblemente medieval. Los del pueblo se sienten orgullosos de haber sido cristianados en aquella antiquísima obra de arte.
-Pues ya van por lo menos veinte años que no se bautiza a nadie en ella.
Fuera de la iglesia seguimos charlando brevemente junto al pretil, y luego continuamos más abajo, en la plaza. Aquí, ya casi a la hora de la despedida, se une a nosotros Luis Blanco, el hermano de Gerardo. Los cerros de la Dehesa, la Serrezuela, los Guillamares, y todos los vallejos y cumbres ásperas de El Atance, recogen sin fuerza apenas los rayos abrileños del último sol. Un grillo comienza su concierto vespertino entre las hierbas que hay junto al juego de pelota. La señorial estampa de la iglesia destaca oscura como fondo por encima de toda la plaza. El silencio de la atardecida parece venir, caballero del viento, por la ermita de la Sole­dad allá en las eras, mientras que la encantadora Noelia, la chiquilla, chapotea con el agua en el pilón redondo de la fuente.
(N.A. Abril, 1988)

NOTA: Este pueblo con todo su término municipal fue expropiado en 1998, y cogido después por las aguas del pantano que lleva su nombre. La fuente pública se llevó un parque de Sigüenza, y su iglesia de la Asunción se trasladó piedra a piedra y se reconstruyó en la nueva barriada de Aguas Vivas, de la capital de provincia.