martes, 20 de enero de 2009

LA BODERA


En Los Remedios canta la chicharra. Acabamos de llegar a través de un ramalillo impecable que parte hacia La Bodera poco antes del empalme de Atienza por la carretera de Soria. Desde el techadi­llo de la ermita de arriba queda al descubierto una inmensa superficie de terreno áspero, accidentado, paisaje montuno de retamal y de robles, marcando entre barranqueras y cumbres, entre lomas gigantes­cas y vallejos sombríos, la singular orografía del macizo. Aquí quedan los menudos cercadillos de patatar, las encinas, los álamos, ­los frutales de terreno frío, rodeados por paredones de piedra oscura y portada elemental montada con palitroques. ­
Los postreros reflejos del sol de estío chocan contra la superfi­cie mate de las rocas que pisamos. Son peñascos negros que surgen de la tierra como espinazo petrificado de monstruos anteriores al Dilu­vio Universal. Atrás hemos visto girar en las eras, con paso mortecino sobre la parva, a la pareja de caballerías que acabarán trituran do la mies a la caída de la tarde. En otra era contigua, un anciano separa el trigo de la paja lanzando al viento las horcadas en movi­miento constante, acompasado, de viejo patriarca bíblico. Más allá de los huertos se alcanza a ver la otra ermita, la de abajo, la ermita de La Soledad, con portal de tejadillo y columnas de madera roída, como ésta o un poco más pequeña quizás.
La Bodera es, igual que tantos pueblos más no muy lejanos de la comarca, un canto a la piedra de pizarra, si bien, el color de las conocidas losas tiene aquí ciertas tonalidades grises, con brillo ar­gentífero, que restalla a veces de los sillarejos a manera de ínfimas lentejuelas encendidas por el sol. Los nativos de La Bodera, el pueblo aborigen, dicen que no, pero a uno, que al cabo ha venido a pasar dos o tres horas nada más de una tarde de verano, le parece un lugar estupendo, un pueblo tranquilo y óptimo para vivir apartado del mundo.
- Ahora, sí señor; qué quiere que le diga. Pero aquí hay que venir cuando los hielos, cuando en el pueblo no queda nadie. Es muy dura la vida en estos pueblos, ya lo creo que es.
- La abuela Antonia me cuenta estas cosas sentada en el huerto de cirue­los que hace esquina con la carretera y la calle de la Ermita, al pie del paredón. Más arriba florecen las zarzamoras sobre la barda, y en la ventana se lucen el clavel y las campanillas, más hermosas aún entre las leves troneras de piedra oscura.
- Con el asunto del agua, éste verano ha venido menos gente. No tenemos más que el chorrillo de la plaza para todo el pueblo.
- ¿Es esa la plaza, donde está el teléfono?
- Esa es una. Luego está la de la Fuente. Aquí es donde se hacía el baile antiguamente; sólo que estaba muy mal. Ahora que está mejor, no se hace. No ve que no hay juventud... ¡Qué rondas teníamos por aque­llos años! ¿Ha visto usted la ermita de la Virgen?
- Si es la que hay allá arriba, sí que la he visto.
- Pues esa es la patrona del pueblo, la Virgen de los Remedios. An­tes se celebraba en septiembre, pero ahora es antes, la han adelanta­do un mes para los de fuera.
- Ya. Como en todas partes. Por lo que he visto desde fuera, le tienen mucha devoción. Las paredes se ven llenas de ofrendas y vestidi­tos de niño, ¿verdad?
- Eso era de los niños que se morían. Se le llevaba a la Virgen el vestido o una trenza de pelo. Ahí están unas cintas de un primo mío que murió en Zaragoza hace muchos años. Costumbres de antes, ya sabe usted. Ahora no queda nada de eso.
Sobre la piedra de un dintel en la primera plaza, alguien escribió: "Queremos carretera" Uno piensa que el letrero ya no tiene sentido y que, aunque sólo fuera por estética, deberían quitarlo de allí. Tres señoras y un hombre tejen horcas de ajos en un callejón de la calle Real. La mercancía sin elaborar la van tomando de una carretilla que han co­locado en mitad del corro. El forastero se sienta a su lado, los salu­da y busca una pregunta para entrar en conversación.
- Así que, en La Bodera son productores de ajos, por lo que veo.
- Qué va. Aquí no somos productores de nada. Unas cuantas cabezas para el gasto.
- Que tampoco serán muchas, creo yo.
- Nada. Si en invierno no hay más que quince casas abiertas, y casi todas de a dos personas. Juventud no busque.
- Pues aún se ven buenos huertos en las afueras.
- Un poco. Patatares, ajos y cuatro cosas por ahí de secano. De rie­go, nada. Este año, entre la sequía y los hielos nos hemos quedado a verlas venir. Y es tierra arenosa y floja que precisa poca" agua, pero, la cosecha ya la tenemos hecha sin salir al campo.
Ana, Lorenza, Francisca y Epifanio, han sido conmigo sencillamente amables. Antes de abandonar su compañía me dijeron que el cerro peñascoso que vi antes de llegar se llama La Peña, mientras que El Moto es el que tienen detrás.
En la plaza de la Fuente hay una docena de mujeres guardando turno riguroso para coger agua. Han puesto los cubos alineados sobre el borde del pilón. Las mujeres más viejas comentan que en La Bodera nunca­ se han visto con tanta estrechez, que ellas recuerden. El hilo de agua, no más abundante que el de un grifo cualquiera de los que usted, ami­go lector, tiene en la cocina de su casa, cuelga sin desperdicio lle­nando, pacientemente, los cubos que le ponen debajo.
- Y que cada vez va a peor. Como no caigan dos metros de nieve en invierno, si es que llegamos, esto no se arregla. ¡Qué lástima Señor!
La plaza está pavimentada con piedra antigua e incómoda. Las casas que la circundan se alzan en sólidos paredones, bien terminados, con sillarejo de pizarra tallada moldeando las esquinas. Una parada de pa­lomas domésticas me mira al pasar desde los tejados más próximos a la iglesia, en la misma plaza de la Fuente. Quienes por allí hay, con templan con curiosidad al forastero cuando se asoma, como a hurtadi­llas, a través de la verja cerrada del atrio. La iglesia se eleva al poniente con esbelta torre espadaña de sillar oscuro.
- También anda mal todo eso, ¿verdad usted?
Las buenas gentes de La Bodera, aunque a veces no les falte razón, viven con un marcado pesimismo a la hora de ver las cosas.
Buscando entrar en cuerpo y espíritu en la vida de este escondido pueblecito serrano, uno se adentra por pasarelas rústicas, por callejones solitarios que le recuerdan, no sabe por qué, a las tierras gallegas de doña Rosalía. Al final de la calle de La Fuente está la casona de Francisco de Mingo; su propietario, y en parte artífice de la misma, permanece sentado sobre el poyo de la puerta dejando correr la tarde. La fachada de la casa tiene el empaque y la solidez de una fortaleza, construida sin escatimar sudores, para ver desde la parda soledad de su postigo el pasar de la vida. Bloques enormes de piedra oscura, moldeados a golpe de músculo, horas interminables de esfuerzo que sólo el propio Francisco recuerda, dan como resultado esta obra anónima de la que su dueño -la cosa no es para menos- se siente orgulloso.
- Las piedras más gordas, ahí donde las ve, las cargamos entre mi difunta mujer y yo. Con carro de machos las trajimos todas. Ya está para durar las eternidades.
- ¿Y el tejado?
- Es de pizarra traída de Naharros; lo mejor que hay. Ahora ya no encuentra usted quien haga eso.
- Pienso que este sistema de losas como tejado debe de tener mu­chas goteras, ¿no?
- Como todos. Cuando ocurre, subimos, meneamos un poco la piedra y se corrige.
A mi amigo Francisco y a su hermana Dorotea les debo la amena compañía conque me obsequiaron extramuros del pueblo. Otra panorámica in­descriptible para soñar al margen del mundanal ruido, por la que el pueblo de La Bodera se asoma cada mañana hacia las sierras agrestes del poniente. Noto cómo mis acompañantes, acostumbrados de por vida a los efectos emotivos de aquella visión, se admiran como yo ante lo que ven sus ojos.
- ¿Se da usted cuenta, qué encare tiene desde aquí la Veguilla? Al cerro de arriba le decimos la Cuesta de la Hijuela.
Ya la Hijuela se unirá después el Castillar, y los valles de Lansarero y del Palomar, alfombrados de una vegetación áspera de olmos, de robles y de encinas, entre los que cruza el cauce exangüe de algún regato tapado por la maleza. Lejos de allí, la soberbia masa del Alto Rey con las torres de observación que colocaron los del ­Ejército.
Me marcho solo hasta la plaza por los pasadizos rocosos del Corra­lazo. Junto a la fuente, la cola permanente de señoras esperando car­gar. Por la plazuela de Teléfonos sale de una ventana el murmullo característico que llevan anejo las partidas de cartas en algún barecillo impro­visado por los veraneantes. El sol de la tarde aprieta al salir de pueblo; un sol inofensivo, de sorprendente luminosidad, que pinta de dorados y de violetas las sinuosidades serranas en la lejanía. Saludo al pasar a la abuela Antonia, que continúa la costura en so­litario, pacientemente, sin hablar con nadie, sentada bajo el pare­dón de un huerto.

(N.A. Octubre, 1983)