viernes, 9 de enero de 2009

ARROYO DE FRAGUAS


Muy al contrario de lo que en apariencia pudiera parecer sacrificio, que no lo es, resulta grato y placentero tomar el automóvil cualquier tarde de verano y dirigirse, sin rumbo del todo definido, hacia la comarca alpina que sirve de base a nuestros montes 0más celebrados, siempre en dirección norte.
Uno, que a fuerza de tanto viaje acostumbra a caminar por estas sierras como Juan por su casa, recoge en el pueblecito vecino de La Nava su amigo Victorino Moreno, y regresa hacia el Arroyo dispuesto a grabar en su memoria y en su cuaderno de apuntes todo cuanto a impresiones, vivencias, paisajes y aconteceres le pudiera brindar el momento; contando siempre con la garantía del carácter abierto y el exquisito sentido de la hospitalidad que adornan a nuestras gentes.
Los tejados rojizos del Arroyo contrastan en primer plano con las sierras del Mojón Cimero de La Huerce que queda como fondo, y con los gigantescos ejemplares de roble que salpican las dehesas en el camino de El Ordial. Más a la derecha, antenas y aparatos de radar sobre la cumbre, destaca inconfun­dible la mole montañosa del Santo Alto Rey.
Arroyo de Fraguas, con una envidiable tarde de sol y temperatura fresca, se muestra a los viajeros aseado y limpio, pequeño y antiguo, con sus calles recién pavimentadas y sus casas mate de pizarra o blanco de cal reflejando el sol po­niente. No hay nadie. Parece como si sus habitantes, todos, se hubieran refugiado en su casa previo acuerdo huyendo de nuestra presen­cia.
-No es eso, no señor; es que los jóvenes se han ido todos a la feria de Las Minas, y la gente mayor está por ahí, con las cabras o por los huertos.
La señora Trinidad Cebrián nos da estas razones desde la portezuela de su huertecilla, contigua a la calle Mayor.
-¿Qué hace usted ahí?
-Pues nada. Regando un poco los tomates y las lechugas, a ver si se hacen de luz.
-¿Están ocupadas todas las casas del pueblo?
-En verano sí, casi todas. Luego, cuando se van, no sé si quedaremos en el pueblo ocho vecinos.
Además de la señora Trini, teniendo en cuenta la escasa población de hecho y la fatal circunstancia de la feria de Hiendelaencina que arrastró a la juventud, es difícil chocarse con un alma por estas callejuelas y rincones en los que ahora estoy. Victorino y yo nos llegamos a plantear la necesidad de bajar a los huertos buscando a la gente, si es que la hay, allá donde se encuentre.
-Sí, yo creo que va a ser lo mejor -me dice-. A estas horas, ya con la fresca, deben andar por los huertos.
En una puerta de la calle Mayor, correspondiente a una casa de carácter semioficial por lo del buzón de Correos, cubierta con pesadas planchas de pizarra, se puede leer: "Araña Negra". El epígrafe, sabido es, coincide con una de las novelas de don Vicente Blasco Ibáñez, con la que, en princi­pio, uno no encuentra relación.
-Nos podemos acercar a ver el lavadero. Lo tienen ahí detrás.
El lavadero se sostiene sobre dos pilares de cemento y conserva su cobertura de ramaje y de maderas envejecidas. La alberca mayor ocupa las tres cuartas partes de la superficie total del pilón, distribuida como en los cuarteles de los escudos de armas. La menor es la que recibe de primera mano el agua limpia. El sobrante del lavadero, que es un chorro consi­derable, se perderá poco más abajo en los cauces del arroyo. No lava nadie. Unas cuantas piezas de colada reciente se secan a la sombra en una cuerda atada entre dos olmos.
Al bajar por la calleja que sigue paralela al arroyo, me doy cuenta de que el pueblo, a pesar de su pequeñez, es bonito y está cuidado con gusto. Los rincones de las afueras se ven escalona­dos, y conservan un tipismo ciertamente encantador. Uno duda si la gente dará o no importancia a este dato, en una sociedad inclinada por el culto a lo feo. El silencio viene a ser como el bajo continuo en la sinfonía natural que aquí se vive.
-Mira -apunta Victorino-, ahí tienes una fragua de las de antes.
-Algo tendrá que ver con el nombre del pueblo, supongo.
-Pues, quizás sí. En estos pueblos siempre había un herrero que arreglaba los picos, las puntas de las rejas y poco más. Ya no queda ni uno.
Me explica mi acompañante que el pueblo de Arroyo de Fraguas tuvo a la entrada una fuentecilla de muy poco caudal, una fuente testimonio de la que hoy no queda nada. Le llamaban la Fuente Romana.
-Sí, la Fuente Romana, que cuando llueve mana, decíamos antes. Todo aquello está ahora lleno de hierbas.
Por el barranco se ven algunos perales de los del pere­jón, y nogueras, y olmos a los que por el momento no les atacó la enfermedad. Se siente el golpear acompasado de los azadones en los huertos y el campanillo de alguna res dejada al pasto, pero que no vemos.
-¡Evaristo! -grita Victorino-. ¡Evaristo...!
No contesta Evaristo. Sí que lo hace su mujer, la señora Ángela, que cava patatas en el huerto de la iglesia.
-No está el Evaristo. Se fue de cabrero y vendrá luego.
El huerto de la señora Ángela es un sedante para viajeros con agobios y para almas en derrota dejadas de la mano de Dios. La temperatura suave de la tarde, la sombra natural con tanta vegetación en torno, el singular aroma de la tierra en estos huertecillos serranos, el sol color naranja sobre la cresta de los montes, y la presencia sobre nuestras cabezas del humilde camposanto de aldea, son motivos de solaz y de gozo para el espíritu. ¿No le parece también a usted, señora Ángela?
-Hombre, pues sí. En este tiempo aquí se está muy bien. Demasiado tranquilos. Muchas veces nos hartamos de tanta tranquilidad.
Los robles y los fresnos de la Solana se agrupan cerca de nosotros en una masa vegetal casi impenetrable, de aspecto selvático.
-La fiesta mayor la tenemos en San Roque. Dura dos o tres días, depende. Traen un conjunto, bueno o malo, para que la gente se divierta, y así nos vamos arreglando.
Nos rodean a poca distancia el alto del Lomanillo por el sur, salpicado de enebros y plagado de jaras. Por el saliente el alto de la Talihuela, que con el Moroquero y el Tomillar, son los mejores mozos de la contorna, sin tomar en considera­ción, naturalmente, al Santo Alto Rey que coge más retirado.
Los pocos vecinos que somos nos entendemos bastante bien. Mi marido es el juez del pueblo.
Los rosales en flor, los lirios, las hierbas, las cruces y los recuerdos que escapan del camposanto, son la augusta pincelada que modera nuestra conversación y carga los ánimos de un pasajero halo de romanticismo.
-Pues ya ve usted, queramos o no aquí hemos de acabar todos. Arreglaron un poco el paredón hace unos años. Estaba hecho un desastre.
Doña Ángela nos habla sin prisas. Mi amigo y yo la escu­chamos y observamos el campo también sin demasiados apremios. Algo más abajo hay otras dos o tres personas descansando, sentadas sobre le mullido tapiz de una linde.
-Yo me llamo Ángela Cebrián. Aquí hay varios Cebrianes. Dicen que si procedemos de Molina.
Cuando desando con Victorino la callejuela de extramuros que de nuevo dejará en el pueblo, le comento que robles tan grandes como los de Arroyo de Fraguas creo que no los había visto jamás.
-Bueno, pues en La Nava los hay todavía mayores. Algunos necesitan un par de hombres para abarcarlos y se ven negros.
A mitad de la cuesta con la que se encierra la calle Mayor está la plaza del pueblo, situada a mano izquierda según se sube. Una placa reciente rotula sobre el mármol la pomposa leyenda de "Plaza de la Diputación". Casi toda ella está bordeada de verja pintada de negro. La Plaza Mayor de Arroyo de fraguas está muy bien, cuidadosamente atendida, alargada y pulcra, quizás demasiado estrecha.
-Ahí detrás tienen unos cuantos chalés.
Al cabo de una hora de andar por las calles y por sus alrededores, uno llega a la conclusión de que en Arroyo se debe vivir bien, habida cuenta, claro está, de que todos los días del año fueran como éste.
-Ya lo creo. Así también firmaba yo -dice Victorino-, pero cuando llega noviembre viene el Tío Paco con las rebajas. Los inviernos por esta sierra son de aúpa.
Un gallo espolonudo y de plumaje marrón oro y cinco gallinas de su misma raza nos miran con ojos de suprema des­confianza. Salimos a dar un paseo por la carretera de El Ordial. El pueblo de Bustares queda luego al descubierto, como un manto ocre ligeramente brillante cuando la tarde declina. Por ambos lados de la carretera se alternan a nuestro paso los pequeños tablares del patatar, las tierras baldías y las hazas de cebada verdes aún. El ambiente del campo y el silencio de las puestas del sol invitan a eternizar el momento, a parar como en una instantánea la marcha del tiempo.
-Qué diferencia, Victorino, entre esto y Madrid. Aquel del Madrid al cielo.
-Ya lo creo. Y a favor de esto, naturalmente.
-Veo mucho roble por toda la zona ¿Lo emplean para algo que no sea para quemar?
- No, para nada más; ahora sólo se usa para leña, que en invierno buena falta hace. Antes aún lo aplicaban para made­ras en las obras, pero ahora, ni eso. Aquí tienen una dehesa que le dicen la Becea, que tiene mucho roble.
Hemos cogido el camino de vuelta todavía en buena hora. El juego de luces del atardecer forma con la cresta pedregosa de La Cabrera, ya en término de La Nava, un cuadro plástico que a uno le gustaría conservar en un lienzo con todo su inenarrable bagaje de impresiones. El aire que respiramos en esta urna de cristal es limpio y revitalizador. La anochecida, ya cercana, lo envolverá todo en un silencio todavía mayor, hasta que la mañana vuelva a reavivar esta Naturaleza que, lentamen­te, se empieza a adormecer con los montes, con los pueblos y con las pocas gentes que viven aquí.

(N.A. Julio, 1987)