jueves, 8 de enero de 2009

ARMALLONES


El mecánico de Villanueva me pareció expresivamente escue­to, y su rotunda afirmación no dejaba lugar a dudas.
-Le digo que la carretera de Armallones es buena, y nada más. No sé que interés puedo yo tener en decirle que es mala.
Viajo desde allí, efectivamente, por una cinta de asfalto impecable que pasa bordeada de espliego en flor, de pino joven y de sabinas. Por lo demás, páramo crudo, extensiones baldías y un cielo de alfarero, limpio y sin contaminación.
Caer en Armallones es acercarse a la naturaleza más agreste y brava de toda la provincia. Años hace que ardía en deseos de acudir al lugar serrano al que ahora voy, y al fin, sin haberlo pensado en exceso, me encuentro en sus inmediacio­nes, palpando casi los cenizosos declives de sus tejados con la palma de la mano.
He madrugado mucho. Es demasiado temprano todavía. El pueblo baja como en pendiente desde el cerro de las Eras a caer sobre los cabezales de las huertas del Hoyo. A una hora de sol, o poco más, me encuentro sentado encima de una leve barbacana de cemento, junto a dos bancos de hierro pintados de verde, a un columpio arrancado de cuajo, a una cruz de los Caídos maltrecha y sucia, y a una casita de recreo sobre cuya puerta acristalada dice: "Asociación Cultural Río Grande (Armallones)".
El pueblo está aún dormido. Por la subida hasta el trans­formador crecen los escaramujos y se enmarañan las zarzamoras. Las gallinas del barrio de arriba picotean entre la hierba seca. Desde las peñas se advierte que Armallones da como pueblo una vuelta completa al cerro, rodeándolo casi como si fuera una isla. Los más viejos del lugar me contarán más tarde que aquí hubo un castillo. Abajo se ve por el poniente una plaza con un chopo pomposo en mitad, un chopo al que muy bien pudiera confundirse con una olma al decir de su copa, de su color y de sus hojas apuntando a la caída. Alrededor, roqueda­les oscuros y violentos despeñaderos. Algún vecino, para poder verla mejor, clavó la antena de la televisión en lo alto de las peñas.
Después de un rato de observar sin prisas las escabrosi­dades lejanas por las que rila el Tajo, dibujando paisajes de otros mundos como los del llamado Hundido, que por esta vez me quedaré sin ver, bajo hasta la Plaza Mayor acompañado del juez de la villa, don Simón Ibáñez. Me va contando mientras tanto que lo más bonito del término todavía queda lejos, que el ayuntamiento lo levantaron de nueva planta siendo él concejal, y que el pueblo se quedó como muerto cuando se fue la gente.
Armallones tiene una plaza grande, con una fuente central donde las mujeres cargan sus bidoncillos de plástico, y un ayuntamiento nuevo de piedra y de hormigón en el que los ancianos se sientan a la sombra, o al sol, según pinte el día. Los ancianos de Armallones se llaman Emilio, José Unsaín, Gregorio, Mariano... Me informan de que lo que hay junto al frontón, a la sombra de un manzano y de unos cipreses, fueron las antiguas escuelas de niños, pero que con arreglo a lo que mandan los tiempos, ahora tienen otra función bien distinta.
-No ve usted que no queda en el pueblo ni un solo cha­val; pues ahora lo hemos convertido en bar.
-Saben que me dan un poco de envidia -les digo-. Tan tranquilos y tan a gusto aquí en el pueblo.
-Pues sí. Y todos los días, con sólo que nos estemos aquí de lugareros, nos cae nuestro jornal. A los cuatro, de iz­quierda a derecha, sin depender de nadie. Si uno dependiera de los hijos, ya sería otro asunto. Así estamos mejor que mejor.
En una casona frontal de la plaza, con arcada de dovelas a la entrada, vive el alcalde, Eduardo Temprado. Su madre me ha dicho que no está, que ha salido un momento al campo a atar el caballo por la calle del Molino.
Cuando salgo a buscar al alcalde, las señoras que vienen de la fuente me miran con curiosidad. Por las afueras del pueblo se pasa junto a los patatares, las coles y los árboles frutales con no demasiada fortuna. Por el camino del Cemente­rio regresa al pueblo una mujer con un balde de ropa sostenido encima de la cabeza. Al alcalde y al teniente de alcalde, jóvenes los dos, los encuentro enseguida, están intentando poner en marcha un coche que se les niega a arrancar.
-Nada; que dice que no quiere y por demás está. El coche es nuevo y no comprendo de qué puede ser.
Al rato, les digo a mis contertulios que como el pueblo está tan escondido no debe tener muchos problemas.
-Muchos no -me explican-; sólo que nos falta el agua en los domicilios, pero estamos a punto de traerla y el problema ya no existe.
-Muy complicado está esto -les digo- para venir desde la capital.
-Desde la capital y desde todas partes. Estamos intentan­do que se reconstruya el puente por el Hundido, pero me parece que nos va a costar trabajo. Las autoridades de la Diputa­ción, cada vez que se lo proponemos se conoce que se lo toman a guasa y no solucionamos nada. Acortaríamos cincuenta kilóme­tros para llegar a Guadalajara.
Aclara Pedro Ibáñez, el teniente de alcalde, que por el Hundido ya existió un puente con anterioridad, que todavía quedan restos de la mitad casi de lo que fue.
-Sí hombre. Lo mandó construir el rey Carlos IV, y en la guerra de la Independencia lo volaron los franceses. Por cierto, que unas señales indicadoras que pusimos para llegar al Hundido las han arrancado, no sabemos quién, pero se ve que ha sido a mala intención. Se ve que ha sido alguien que no le interesa que vengan a verlo. A eso no hay derecho.
-Con tanto bosque y con tanto terreno agrio, me pregunto que aquí tendrán que vivir de lo poco que da la vega.
-No; en este pueblo la gente vive de los jornales que da el ICONA y del ganado. Los viejos de lo que reciben de jubila­ción.
Al cabo, junto a la fuente de la plaza de nuevo, me doy cuenta de que el vecindario de Armallones como el de toldos los pueblos en los que estuve, que ya fueron cientos, me miran de lejos con ojos de curiosidad, cuando no de sospecha. Doña Ángela, la madre de Eduardo Temprado, y el juez, don Simón Ibáñez, se me prestan voluntariamente a la primera insinuación para enseñarme la iglesia, allá en los altillos de entrada en los que había dejado el coche al poco de llegar. El juez y la madre del alcalde me dicen que la iglesia tiene poco que ver. Eso se dice siempre. Por lo pronto, ascendemos por callejuelas de escalón, bajo aleros remotos y junto a viviendas en obras. Cuestas empinadas de un solemne rusticismo, hasta dar con la espadaña esbelta del templo, que mira con su campanario en proa a las barranqueras vírgenes de más allá del pinar por las que pasa el río.
-Pues llegarse hasta el Hundido merece la pena. Con el coche se va en un instante. Cuando uno está allí parece que la tierra se vino abajo. Es muy bonito, pero hay precipicios que meten miedo. Hay mucho bosque por aquella parte.
La portada de la iglesia merece, cuando menos, se la mencione. Es de estructura románica tardía, con sencillas archivoltas que envuelven un delicado trabajo de artísticas picaduras de ajedrez. Ascendemos por una docena de escalones labrados en piedra.
-Muy grande, ¿verdad usted?, para sólo setenta y dos personas que somos ahora. La pila de bautizar dicen que tiene mucho mérito.
-Y muchos siglos también.
-No le echamos más que un poquito de agua, porque en los inviernos se hiela aquí dentro.
La única nave que tiene la iglesia se cubre con una bóveda de medio cañón que llega hasta el presbiterio. El artesonado de la cúpula es de lo más impresionante que he podido ver en madera policromada. Más bello aún al encontrarlo medio perdido en un lugar donde todo lo que llama la atención, que aquí no es poco, significa sorpresa.
-Pues cuando la guerra le tiraron bien de tiros, ya ve. Le ataron sogas a los caballos a ver si, tirando de ellos, podían volcar la piña que hay en el medio, porque decían que si era de oro. ¡Barbaridades!
Algunas imágenes situadas en el suelo, cerca del altar, hablan al visitante de las devociones de los serranos en lo que fue su verdadera historia: un Cristo en la Cruz, un San Antonio, una imagen de María Auxiliadora adornada con cintas de colores, y un Niño Jesús de Praga, entre algunas más.
-Y de todas ¿Cuál es el Patrón?
-La fiesta -me dicen-, es la Natividad de la Virgen, el día ocho de septiembre. Lo que pasa es que se tuvo que ade­lantar al mes de agosto porque hay más personal.
Un retablillo pobre con columnas de yeso, y un pino adornado aún con los colgajos plateados de la Navidad del año anterior, atraen la atención antes de salir a la calle. La señora Ángela debe ser la que cuida la iglesia en ausencia del sacerdote, que sube a decir misa desde Villanueva de Alcorón todos los domingos y fiestas de guardar.
-Cuando se encarga alguna misa o hay necesidad, el señor cura también viene. Como somos pocos, pues ya se sabe, lo imprescindible y nada más.
Concluimos la visita tras andar y desandar tantas veces las nostálgicas callejuelas de Armallones, ya en los umbrales del medio día, tomando una cerveza en casa de la señora Faus­tina, por la calle del Barranco, bajo los roquedales del cerro de la Loma. Es una estancia sin pretensiones, donde, sin mostrador siquiera para despachar, se venden al pormenor de tarde en tarde productos de primera necesidad y alguna que otra botellita de cerveza cuando es preciso. El saloncillo es fresco y sosegado. Como excepción, además de nosotros, en el establecimiento de la señora Faustina hay un hombre de mediana edad comiéndose una latilla de sardinas y un tomate picadito con aceite y sal. El hombre se siente satisfecho y feliz, tan bien o mejor que en los lujosos comedores del Palace Hotel.
Esperamos que, pensando de lejos en otra visita a estos indescriptibles parajes del Alto Tajo, y a sus pueblecitos semidesiertos en los que aún viven gentes que se merecen todo, podamos arribar hasta la Plaza Mayor por ese puente sobre el Hundido al que aspira el vecindario, y que nos rega­lara, como segundo bien, la visión de sus dantescos alrededo­res, sonrisa o grito desesperado de una Naturaleza sin paran­gón que tene­mos aquí, en esta tierra nuestra.

(N.A. Octubre, 1985)