viernes, 2 de enero de 2009

ANGUIX


Estoy sentado, amigo lector, sobre las hierbas secas al pie de un castillo medieval, o dicho mejor, al píe de las venerables ruinas de un castillo medieval. Uno más de los muchos que ennoblecen por cualquier latitud las tierras viejas de esta provincia. Abajo, lamiendo los abruptos peñascales que sostienen como peana las ruinas de este castillo de Anguix, serpentea el padre Tajo, dibujando muy a escondidas y calladamente los recodos y escapes a que dan lugar las tierras fragosas con las que desde la altura nos sorprende la Alcarria.
El sol es fuerte y la mañana limpia. Pese a todo, los generosos vientos de la cumbre refrescan la sudada piel del caminante después de la ascensión, colándose como mimosa arma de paz entre las saeteras. La serena filigrana del río por debajo de los despeñaderos, y la uniforme aspereza de los bosques que en este instante tengo frente a mí, producen, estoy seguro, una impresión de las que difícilmente se van de la memoria. Al norte, en dirección opuesta, el poblado de Anguix con sus casonas blancas de alquería, las tierras rasuradas de los rastrojos, los olivares lejanos y las carrascas próximas, las manchas cuadrifor­mes amarillo viejo de los campos de girasol. En medio de todo, dominador siempre, el castillo inexpugnable, lección al alcance de cualquiera de lo que la palabra inexpugnable quiere signifi­car.
De pie sobre los gruesos muros, con los vientos de la Alcarria soplando veladamente sobre el cuerpo del visitante, los filos del vértigo se encrespan hasta la temeridad. De puro impresionante, el espectáculo natural de los montes, del río, de los despeñaderos, desde estas piedras castilleras produce pavor.
Desde el interior de la torre del homenaje el campo, con los riscos violentos y el viraje del río, se enmarca en las propias arcadas que miran hacia el mediodía y hacia las puestas del sol, dando lugar a un cuadro natural impresionante. En el suelo hay un ventanuco circular que se comunica con la mazmorra de ladrillo que hay en el piso de abajo. A un lado, la escalera de caracol medio derruida por la que no me atrevo a subir. Al través de sus troneras se distingue por el saliente el verde intenso del río, que desciende manso marcando en torno al castillo uno, dos, tres meandros, antes de desaparecer definitivamente dispuesto a tranquilizarse en las balsas de Bolarque. sobre los viejos muros hay escritas fechas, dibujados a punta de tizón corazones heridos, dejadas a perpetuidad leyendas más o menos obscenas, fruto, claro está, de la civilización del progreso, en contraste con los severos pudores de lo antiguo.
El viento cada vez más fuerte que se cuela por debajo de las arcadas, mimbrea las hojas de la ortiga y silba al chocar con los cortes desmoronados del torreón. A la salida, duro mirador frente al río, se adivina después de los siglos el trabajo de los picapedreros que dieron forma a la roca para convertirla en atalaya de provocadoras visiones durante la remota madruga de la Alcarria. Hoy se crían, muy asidos a su respaldo, los amarillos abanicos de la flor de té.
-Se ve que los antiguos sabían muy bien lo que se llevaban entre manos. ¿No le parece a usted?
-Sí señor, lo sabían mejor que nosotros. Eran una gente muy lista. Aquí, al que se negaba a trabajar, dicen que lo arrojaban por el barranco.
Los historiadores y cronistas aseguran que el primer castillo que existió sobre estas peñas fue levantado en el siglo XII, en el año 1140 aproximadamente, siendo su propietario el caballero toledano don Marín Ordóñez; pero su viuda lo entregó a la Orden de Calatrava en el 1174. El actual es obra de finales del siglo XIV, de cuando las tierras de Anguix pasaron de nuevo a ser propiedad real incluidas en el concejo de Huete. Es el rey Alfonso XI quien lo regala más tarde a su montero Alfonso Martínez, pasando en 1464 a ser propiedad personal del rey Enrique IV. Más tarde llegaría a ser posesión del primer conde de Tendilla y, finalmente, de los marqueses de Mondéjar.
-Cualquiera se sabe todas esas historias. En los libros sale toda la leyenda del castillo, pero vaya usted a saber.
-¿Nunca se le cayó una cabra por el despeñadero?
-Nunca jamás. Estos animales son muy equilibristas.
De regreso, ya casi dentro del caserío, la sorpresa es todavía mayor. Tengo que aminorar la velocidad del automóvil por el camino de tierra para no atropellar a un enorme ejemplar de ave rapaz, un águila tremenda que anda engulléndose precipitada­mente una culebra de las de más de un metro. Cuando, por fin, consigue levantar el vuelo, con la ayuda de un terraplén que le facilita el despegue, el animal lleva colgando, asegurada en las garras, más de la mitad del cuerpo de su víctima que con las prisas no tuvo tiempo de mandar al estómago.
-Pues le aseguro, señora, que la impresión todavía no se me ha ido. Era un bicho que parecía un avión.
-Ah, pues no me diga usted más. Llevo unos días que echo de menos nueve o diez pollos que tenía, y seguro que ha sido el águila.
El poblado de Anguix queda como a un kilómetro escaso del castillo en dirección norte. La calle principal, también en la que viven casi todos los vecinos, es la carretera que va desde Pastrana a Sacedón. Las casas están blanqueadas por fuera y todas las calles limpias. A la salida hay un pino altísimo, con un tronco de gran corpulencia y dos olmos hermosos, vivos aún.
-Lo que no acabo de entender -pregunto- es si esto es un pueblo o es una finca. He visto la iglesia, el colegio, algunas viviendas abiertas y otras sin habitar...
-Pues sí señor; es todo una finca.
-¿Cuántas familias viven?
-Ocho familias somos ahora.
-Y estarán agregados como vecinos a algún pueblo cercano.
-Pertenecemos a Sayatón; un pueblo que está subido en un alto, más allá, por esta misma carretera. El cura que viene es el de Bolarque.
-¿Los niños van al colegio?
-Ahora ya no. Antes sí que iban. Los pocos que quedan se los llevan al colegio de Albalate. Se está marchando de aquí todo el mundo. Los jóvenes no se quieren quedar. antes teníamos maestra y todo.
Doña Carmen González me explica después que en Anguix tuvieron como patrón, con su fiesta propia, a San Isidro Labrador, pero que ya no hacen nada, que ahora celebran como fiesta suya la de Sayatón el 15 de agosto. Luego es ella la que pregunta.
-¿Conoce usted Pastrana, por casualidad?
-Sí señora. Viví allí unos cuantos años, y creo que todavía tengo en Pastrana buenos amigos. es un pueblo muy bonito.
-Pues yo es que soy de Valdeconcha. Llevo viviendo aquí desde que tenía 14 años; así que, ya ve. Mi marido se va a jubilar dentro de poco. El pastelero de Pastrana es mi hermano.
-¿El señor Rosendo?
-Sí señor, el mismo ¿Es que lo conoce?
-Claro que lo conozco. Se parece usted mucho a él.
-Otro hermano tengo también en Valdeconcha. Cada uno tiramos para su sitio.
En la placetuela de la iglesia hay plantado un curioso monumento sobre pedestal de cemento, y de azulejos que el tiempo se va encargando de despegar. Consiste en tres piedras de almazara, cónicas e iguales las tres, que se rematan con una gran rueda dentada y una especie de tolva por encima a modo de cruz. Detrás queda la iglesia y una casa con vistosa rejería que, por el aspecto, nadie debe usar y acabará destrozada por el abandono como con el tiempo es muy posible que acabe todo Anguix.
-Si se acerca usted por donde está la escuela puede ver a mi marido y a otros hombres que andan por allí encerrando el grano.
Una nube finísima intenta cubrir el castillo por el mediodía. La imagen resulta entre pintoresca y fantasmal.
-Oiga, pues para subir hasta el castillo hay que pensárselo dos veces. Hay quien se queda por la mitad y no sube.
Yendo hacia la escuela se ven algunos chiquillos corretean­do; son chiquillos morenotes y sanos, con la tripa al aire. Dos o tres carruajes antiguos duermen el sueño trágico de su inutilidad debajo de una encina copuda. Alrededor del pueblo se ven muchas encinas copudas. Sobre la puerta y las ventanas destartaladas de la escuela dice "Grupo Escolar Antonio López Pérez". Por dentro se ven algunas mesas bipersonales y cascotes desprendidos del techo. Las escuelas clausuradas son la muerte próxima de los pueblos.
Anguix, visto desde aquí, nos lleva necesariamente con la imaginación a otras tierras de España. Más que un caserío en mitad de la Alcarria el pueblo parece una venta manchega, un cortijo andaluz o una alquería extremeña. A cualquiera de los tres lugares se podría transplantar sin desdecir en ninguno de ellos.
-¿Qué piensan hacer, señora Carmen?
-Pues mire usted, qué se yo. Nos iremos a Alcalá con los hijos.
-Un cambio demasiado brusco. Echarán de menos todo esto.
-Ya ve, toda la vida aquí. Lo echaremos mucho de menos, ya lo creo.
Cuando intento pasar al amplio corralón o patio donde el marido de la señora Carmen y algunos hombres más descargan el grano, me lo impide muy enfadada con los ladridos y el lomo en arco, una perra loba que se llama Sila.
-No hace nada. Es una perra muy dócil. Lo que pasa es que, como no le conoce...
Anguix, simpático lugar de la Alcarria, pese a no consti­tuir municipio por sí mismo, es un pueblo hermoso, muy tranquilo.
Sus alrededores en tierras del Tajo cuentan con el privilegio de las cosas insólitas, de lo irrepetible, de aquello de lo que tan sólo se puede gozar alguna vez y después se guarda en el arcón de los buenos recuerdos para siempre. Y sus buenas gentes, aún con el carisma de la sensatez y de la conversación amable y sin distancias; lo que significa, más o menos, andar por la vida a corazón abierto, que es el culmen de la fiabilidad y de la transparencia, dos cualidades indispensables para convivir de las que el mundo del progreso suele pasar para mal suyo.

(N.A. Septiembre, 1987)