viernes, 16 de enero de 2009

BARBOLLA, LA


Es hasta muy posible que ni siquiera les suene. Antigua aldea del municipio de La Riba de Santiuste, acampa en una vega de fértil apariencia sobre un ángulo que deja la carrete­ra de Paredes en su confluencia con la de Imón, a la altura aproximada de las salinas, pero sin llegar a ellas. No es, ni lo ha sido nunca, un pueblo independiente por cuanto a lo administrativo. Hoy, rompiendo el hilo secular de la costum­bre, es pueblo agregado a la ciudad de Sigüenza.
-Cuando vamos al ayuntamiento, por lo menos nos encontra­mos con personas que saben más que nosotros, ¿no le parece a usted?
Por el empalme que sube hasta Riosalido me empiezo a encontrar con los primeros charcos. Más adelante, el campo despide un aroma profundo a tierra mojada. Los campos de Castilla, en otoño entran generalmente más por el olfato que por la vista y que por el oído. La Barbolla queda cerca. Debo confesar que jamás tuve ocasión de perderme por estos lugare­jos a no ser de paso; y hoy, pese a lo desapacible de la tarde, creo que lo debo celebrar. El pueblo apenas queda retirado de la carretera lo que mide un corto cinturoncillo de asfalto de doscientos metros. Las casas son, contadas en número, algo más de veinte. Algunas maquinarias voluminosas de las de hacer la cosecha y aperos por doquier en los ejidos, me explican sin que yo lo pregunte que en este pueblo se vive de la agricultura. Las casas son fuertes y muy homogéneas, todas de buena piedra caliza vista y todas de pie. Quizá sea este de La Barbolla el único pueblo de la Provincia completa­mente en pie, sin escombreras, sin viviendas carcomidas por la ruina. El pueblo ocupa el punto central de una extensa vega de rastrojeras, de huertecillos insignificantes, de barbechos oscuros esperando la sementera para dar fruto.
Se ha puesto a llover mansamente. El sol asomó un instan­te y se ha vuelto a esconder entre los nubarrones de la tarde. Me cobijo al pie del balcón de una casa en obras, sentado sobre una de esas vigas de madera seca que los albañiles suelen emplear como andamio a falta de algo más funcional y más práctico. A mi lado hay una perruca color canela, pacífica, soñolienta y bonachona. De cuando en cuando la perra se levanta, se rasca el lomo con las ramas del sándalo y se vuelve a acomodar pegada a la columna. Los gorriones de La Barbolla se aplican en singular jolgorio las pocas bolitas negras que a estas alturas aún quedan de la zarzamora. Por el pueblo no se ve a nadie, no se mueve nadie, no hay nada.
-Y menos que deberíamos estar; se lo digo yo.
Las palomas vienen y van de las tierras al campanario y del campanario a las tierras. Aquí hay uno de los campanarios más orondos y señoriales que puedan verse, dentro, claro está, de los moldes ordinarios de la arquitectura rural. Es una espadaña de barrocas formas, con cruces, vanos y monolitos de arenisca y de piedra oscura. La plaza por su parte se adorna con una fuente moderna que chorrea sobre un estanque redondo; pienso que demasiado grande. Cuando se pulsa el grifo, la fuente arroja un chorro de agua desparramada, como en abanico, de agua fría en el que al beber uno se moja por dentro y por fuera inevitablemente.
-Ese grifo es un engaño. Está ahí pero no sirve para nada. No echa ni gota. No sé ni para qué lo queremos.
-Oiga; que yo acabo de beber, y sí que echa.
-No puede ser. Será poquita, y porque habrán llenado el depósito con la cisterna.
-¡Ah! Que andan sin agua con la sequía, por lo que se ve.
-Sí, señor; y más les valiera que se preocuparan de eso, y no de otras cosas.
-Pero si se la traen con cisterna no les habrá llegado a faltar.
-Claro; y el día que no nos traigan, ¿qué? En verano, dos o tres viajes diarios nos han tenido que traer para cubrir el gasto. Y ahí donde estuvo el horno, hace ya veinte años que nos dijeron que iban a hacer un teleclub; pues, aún lo estamos esperando.
Pienso que don Marcos, el personaje que acudió cuando estaba anotando en mi libreta las primeras impresiones, tenía bastante razón, pero que yo no tenía la culpa de sus proble­mas, ni en realidad la vida en La Barbolla es tan negra como me la quiso pintar. El pueblo, dentro de las consabidas defi­ciencias de una provincia pobre en recursos, es pequeño, bellísimo, sano como el campo, y donde la gente no tiene, ni remotamente, el aspecto de vivir mal. ¿Es así o no es así, señor alcalde?
-Sí, claro. Yo también soy de la opinión de que los hay peores. Lo que pasa es que cada uno se queja de donde le aprieta el zapato, y a nosotros es en la falta de agua.
El alcalde se llama don Joaquín Barahona. Es hermano de don Marcos, y contempla la realidad de su pueblo con un poqui­to de calma, poniendo los pies en el suelo. En la vida -piensa el alcalde- todo tiene remedio, menos la muerte.
-No han pensado -le digo- en perforar por las afueras, para ver si a veinte o a cincuenta metros apareciera alguna corriente?
-Pensarlo, sí; y ahí tenemos todos los documentos pidien­do que nos lo hagan. Uno de Burgo de Osma vino por aquí, no sé si estaba loco: nos buscó cinco corrientes, pero no sabemos. Lo cierto es que llevamos cinco años, por lo menos, con esta sequía, y de las fuentes del campo no mana ni una.
Por lo demás, La Barbolla es lugar de tierra buena, a la que la climatología y los hielos suelen perjudicar más de la cuenta, y en donde viven todavía ocho chiquillos de edad escolar, que para treinta y seis habitantes que son, no está nada mal en los tiempos que corren.
-Sí, se van en el transporte escolar todos los días. En eso tenemos otro problema.
-¿Cuál?
-Pues nada: que no quieren pasar el autocar a la plaza porque dicen que no cabe. Eso había que verlo, decimos noso­tros. Los chicos tienen que salir allá, casi hasta el empalme, y algún día va a ocurrir algún accidente. Si para 27 chiqui­llos traen un autocar de 50 plazas, pues que traigan uno más pequeño y ya veremos si entra o no entra. Y el grande, si se quiere, también.
Me invitan mis amigos a que vea la iglesia y a que visite el pueblo con mayor tranquilidad. Por un momento ha dejado de llover. La plaza otra vez y la iglesia, como todo en La Barbo­lla, están al volver de una esquina. Vamos a entrar por un portalejo que el alcalde me apunta no debe de estar en las mejores condiciones.
-No, no lo está; ni la iglesia tampoco. Hay muchas gote­ras. En una colecta que se hizo sacamos 140.000 pesetas para blan­quearla; pero no hubo para más. El tejado lo tenemos bastante mal.
Afortunadamente, una vez dentro, nos encontramos con una iglesia pequeña y muy bonita. No se corresponde en nada con las explicaciones que sus vecinos me habían dado. El retablo mayor luce magníficos dorados. Es de transición al barroco y se adorna con una imagen de la Cátedra de San Pedro en sitio preferente. Otras tallas de interés son un San José y un San Antonio de Padua, ambos sin el Niño en brazos, lo que no deja de ser chocante.
-Pues ya ve; yo diría que no hace tanto que lo tenían los dos.
Los techos y las paredes se ven curiosos, como retocados recientemente. El piso es de buena tarima, como los pisos de las iglesias y de las antiguas casonas de la Mesta repartidas por las serranías. Otros retablos más, con siglos de devoción oscurecien­do sus maderas, son el dedicado a San Sebastián Mártir, el de Nuestra Señora del Rosario, el del Carmen, el del Santo Cristo y el de la Virgen de las Angustias.
-Sí; esta imagen se subió desde la ermita hace algunos años.
Bajo los bancos donde todos los domingos y fiestas de guardar se sienta la feligresía, al pie del coro, hay una lápida sepulcral con relieves de alabastro que es toda una obra de arte. Recorremos los bancos para verla con detalle. La encabezan dos cráneos sobrepuestos y dos tibias brillantes de tanto pisar. El limpio epitafio dice: "Doña Librada Ruiz, mujer de Domingo López, muerta el 23 de junio de 1591". Cuatrocientos años nos hacen pensar en la brevedad de nuestra existencia sobre la tierra, y en el olor a eternidad de estos solitarios templos pueblerinos, donde el tiempo no parece contar; donde los siglos reverberan a la luz tímida de la lamparilla del Altar Mayor. La enorme pila bautismal de piedra vaciada, dibuja su clásica figura de copa tras la balaustrada de maderas viejas. Pilas bautismales que son un callado testimonio de vidas nuevas para las que ahora no hay lugar.
-Pues no lo recuerdo bien, pero el último niño que se bautizó tendrá ya siete años.
En la sacristía hay pendiente de la pared una imagen de Cristo antiquísima. La talla es de un color claro, y me ha parecido deforme y desproporcionada. Las paredes se han abierto por algún ángulo y amenazan ruina.
-Este San Pedro de la sacristía es el que sacamos en procesión el día de la fiesta. al del altar Mayor no se le toca. Tenemos tres. Uno pequeñito se lo quisieron llevar al museo de Sigüenza; pero al final dijeron que no porque está muy estropeado de cuando la guerra.
Aquí nos dejó don Marcos Barahona y nos comenzó a acompañar un joven con cara de niño, César Rodrigo, técnico en electrónica, entendido en parajes y en cartografías, amigo y conocedor, por lo que se ve, de todo lo relacionado con el pueblo. Cesar, el alcalde y yo, nos bajamos dando una vuelta hasta la Vega del Vadillo, que empalma poco más adelante con la del arroyo de Villacorza, una especie de regato subsidiario y perpendicular al río Salado que baja desde La Riba.
-El pueblo de La Barbolla -aclara César- tiene algo que ver en lo administrativo con su situación. Siempre ha sido una entidad menor de La Riba, precisamente por encontrarse anclado aquí, en mitad de la vega.
Los puntos más elevados que se ven a su alrededor, todos pertenecientes a viejas montañas desgastadas de suave cima, donde se da el matorral bajo, corre la liebre y habita la perdiz cuando nadie la molesta, se llaman el Alto de los Cardos, el Cerro Picozo y el Cerrojón. Desde los vallejos que se escurren por las laderas del Cerrojón, a cierta distancia ya de las primeras casas de La Barbolla, un poco al norte del poblado vecino de Villacor­za, llegaba el agua que sirvió al pueblo para su uso antes de la sequía. Viene regularmente cuando la hay de la Fuente Buena por una tubería de plomo con escaso calibre. Es de esperar que el invierno al que estamos abocados sea generoso, y se acaben de una vez por todas las preocupaciones del vecindario. Las ya legenda­rias nevadas de otro tiempo, los dilatados temporales de lluvia, se añoran desesperadamente en estas latitudes del norte de la Provincia, y su presencia, querámoslo o no, se hace precisa. El pueblecito de La Barbolla -no por eso de peor aspecto-, a pesar de los pesares desfallece de sed.

(N.A. Noviembre, 1986)