domingo, 18 de enero de 2009

BOCÍGANO


Los pescadores que hay en la presa de El Villar dicen que lo sien­ten, pero que no me pueden informar porque no son de por allí. Yo si­go la cinta de asfalto entre jarales y peñascos de granito con la im­presión de que marcho a ciegas, de que muy bien me han de salir las cosas porque, lo que es a mí, me da la impresión de que no voy a ninguna parte. En Berzosa me dicen por fin que siga, que la carretera no tiene pierde. Pese a todo, en estos complicados senderos de la sierra de Madrid, uno se siente extraño y lamenta que a su destino de hoy no haya acce­so posible sin tenerse que salir de los límites de la provincia de Guadalajara. En todo momento, y como fondo, la belleza agreste de las cumbres de Somo­sierra recortadas a pico, los ventisqueros de nieve presentes a perpe­tuidad en los cortes de la cara norte. Uno viaja remotamente feliz a pesar de todo, con un lejano optimismo sin saber a ciencia cierta cómo le pintará la tarde.
Por Paredes de Buitrago ya se ven las vacas rumiando en el herre­nal, algún pueblecillo después y enseguida Montejo de la Sierra, el último pueblo madrileño antes de volver a pisar tierras de Guadala­jara.
En El Cardoso tomo café riquísimo en el pequeño bar de Margarita, mi antigua alumna en un colegio de la capital. Luego las aguas de cristal del arroyo Berbellido, que anda de crecida al fondo de un valle de robledal aparatosamente abrupto, para emprender el acceso hacia Bocígano, curvas y más cur­vas burlando la altitud apabullante en la que se alza el pueblo. Una señora joven, desdentada por la falta de cal de las aguas serranas, me para en mitad de la cuesta.
- Perdone, señor ¿No habrá visto unas vacas ahí abajo, por donde el río?
- No señora. He visto unos becerros pero mucho más atrás.
- Perdone usted. Muchas gracias.
En la cumbre misma de uno de los solemnes altiplanos que presen­tan estas sierras mondas, a 1.366 metros de altitud: Bocígano.
Me encuentro al entrar al pueblo con una plaza amplia, a la que sirve de centro un olmo en yema y una fontanilla de dos chorros que mana con generosidad. La plaza está llena de automóviles en los que han ve­nido al pueblo los incondicionales del fin de semana. Al otro lado del olmo se recorta la espadaña de sillarejo de la parroquia, con una sola campana entre sus dos vanos y como remate una cruz de hierro. Hay dos corros de hombres en la plaza. Son los de Madrid, a los que uno no sabe por donde salir. El halago, así de bote pronto, es arma que generalmente ofrece confianza.
- Mucha agua y buena. No se podrán quejar.
- Pues sí. Aquí, lo que es de eso no falta.
- ¿Adónde fue a parar la maquinaria del reloj de la torre?
- No tiene. Es de sol. Ese no gasta pilas. Dos horas más atrás que el nuestro justamente. Ese no obedece a modas. Y anda que va mal.
- El olmo parece que va aguantando, ¿No?
- Esperemos que aguante. Ahora le han hecho una poda buena. Seguro que con eso conseguimos que se salve.
Uno de los contertulios, un muchacho joven y de afable trato que lleva una caña de pescar, parece ser que me ha reconocido.
- Pues no sabe lo que nos alegra verle por aquí. En Madrid tenemos en casa la Nueva Alcarria y mi padre siempre se queja de que no sale nuestro pueblo. La sorpresa va a ser así chiquita cuando salga.
Mientras que Juanito Gordo se marchó a dejar la caña, me contó Alejo que como no les ayuden un poco, la iglesia se cae.
- Ya hemos tenido que sujetar la torre porque se hundía. Luego, los tordos hay que estar al tanto, y zumbarles de cuando en cuando, porque remueven las tejas y lo destrozan todo.
- ¿Usted también vive en Madrid?
- A ver. Me fui en el 57, y ahora que me han jubilado me pasaré aquí la mayor parte del tiempo. A cada uno le tira lo suyo.
- Y si es hermoso como esto, mejor que mejor. Con mirar el paisaje yo creo que hay tarea bastante para pasar la vida.
- Pues no ha visto los picos. Por aquí tenemos La Pinilla que está cerca, y La Buitrera, y el Pico del Lobo. No hay otra cosa.
Cuando regresó Juanito hablamos de La Machada, una fiesta popular de origen desconocido, de un purísimo sabor pastoril acorde con la situación geográfica de Bocígano, a la que el pueblo, a pesar de las dificultades, le es fiel. La Machada se celebró siempre el día de San Miguel, la fiesta mayor de finales de septiembre, pero por imperativos de la emigración ha sido trasladada desde hace algunos años al penúltimo domingo de agosto. Juanito, que es acérrimo defensor de la fies­ta, me la cuenta un poco sin entrar en detalles.
- Consiste en que seis u ocho mozos vestidos con chalecos de piel de carnero salen por el pueblo haciendo de machos; y otros dos casados, hacen de mayorales, uno delante y otro detrás de los machos. Recorren el pueblo, recogen leña, y hacen una lumbre en la plaza que dura hasta el día siguiente. Cuando está encendida pasan por encima del fuego. Al otro día los machos van por todas las casas pidiendo pan y carne, y con lo que sacan hacen unas migas de esas secas de pastor. Las migas se sirven a la gente en la plaza y nos las comemos todos con las manos. Es una costumbre.
- Pues, las migas de pastor a palo seco pasarán mal.
- No, a palo seco nada. A la bota no se le deja parar. La cosa es ahora más difícil porque no hay media docena de solteros para hacer de machos y nos tenemos que meter algún casado en su lugar. No debía ser así, pero no tenemos más remedio. Mientras que yo pueda, la cos­tumbre no se perderá.
La mujer que un rato antes me paró en la carretera a preguntando por las vacas, es la que ahora nos viene a enseñar la iglesia. Es un templo sencillo y recogido, con tres naves y un retablillo de corte clásico rematado en cuarto de esfera siguiendo la forma del presbite­rio. Atrás se ve un coro que abarca de muro a muro, con balaus­trada tan antigua quizás como la iglesia. Me indican Alejo y Juan que me fije en la imagen de Santa María la Blanca, situada en el frontal de la pequeña nave de la izquierda. A la talla le han intentado res­taurar el rostro con pintura de bote de un riguroso color blanco, y le han colgado unas vestimentas que le sientan fatal. Sin los tales aditamentos, parece una buena imagen, obra de algún escultor mediocre de la época barroca. Después nos metemos a descifrar la inscripción que rodea la copa de piedra de la pila bautismal. Me habían dicho que estaba escrita en latín, pero no es tal. Con los mecheros y la farola de gas, buscando el sombraluz, a veces arrastrando por el suelo, conseguimos sacar en claro lo siguiente: Esta pila, la iglesia, la espadaña y órgano, ­siendo cura don A C N López. 1771" La segunda mitad del texto aparece abreviada hasta hacer la frase incomprensible, pues el diámetro de la pila no daba para más. En los muros laterales de la iglesia hay otras imágenes del Niño de la Bola y de San Miguel.
- Gracias a lo que los que viven fuera están reconstruyendo, si no, los pueblos dentro de unos años serian montones de escombros.
- Pues no creo que se reconstruya mucho más si las cosas no cambian.
Ahora nos exigen unos planos que lo mismo te cuestan cien mil pesetas que medio millón. Así que tendremos que dejar que las casas se hundan. La gente, por si era poco lo que valen las obras, resulta que muchos no lo pueden pagar.
Por el callejón que llaman de Alcalá nos encontramos con el señor Hilario. Vive en el pueblo de continuo y es el alcalde pedáneo. El señor Hilario me cuenta que le da vergüenza decir los habitantes que tiene el pueblo, pero que sólo hay siete, y una media de edad de casi ochenta años.
- Deprimente, ¿verdad?
- Siempre hay en el pueblo alguno más, pero de los que van y vie­nen. En tiempos existía un padrón con ciento y pico de vecinos. En cada casa del pueblo había una familia. Y de ganao, para qué decir. Más; de diez mil cabezas de lanar, sin contar las cabras ni las vacas.
- ¿Y ahora?
- Bueno ahora. Ochenta cabras, catorce vacas y ninguna oveja. Así como le digo.
- ¿De qué viven entonces?
- Pues de ese poco de ganao y de las cuatro patatas y judías que dan los huertos. No pasamos hambre, pero tampoco nos sobra como para derrochar.
Por la misma calle corre el sobrante de la fuente que más abajo se unirá al arroyo. Desde las peñas de la Hoya sube de continuo en el silencio del barranco el sonar del río Berbellido, que desciende entre las peñas dibujando los pies de los montes. Me explican el paso de las aguas por la Umbría para surtir al pueblo de Colmenar; una verdadera obra de ingeniería de los antiguos, que muy pocos conocen.
­- En aquellas pedreras de allá abajo, dicen que hubo una ermita de San Roque. Los viejos tampoco se acuerdan de cuando estuvo.
Luego me explican que Bocígano ha sido pueblo de longevos, que muchos de sus vecinos han logrado saltar la difícil barrera de los cien años.
- A ver. Alimentos sanos y ambiente limpio, pues ya se sabe, a vi­vir. Aquí, eso sí, muchos dolores de cabeza y problemas de muelas. Lo primero por la altura, y lo segundo por el agua tan fina y tan falta de cal.
En una de las pequeñas cercas balconadas del Cubillo está Eloy arando con su pareja de mulillas. Frente por frente las ingentes alti­tudes montañosas teñidas de roble y salpicadas de lastras, que los del pueblo me informan de que son de cuarzo blanco.
- Y éste en el que estamos ahora es el camino de Riaza. Desde aquí, sie­te horas a pie por encima de los cerros.
- ¿Han ido alguna vez?
- ¡Bueno! Todas las que hacía falta. Y dormir en el Pico del Lobo. Y con alguno acuestas, o descalzos, así por ofrecimiento a la Virgen de Hontanares. A Riaza, muchas veces por ahí a cruzamonte.
-¿En qué se distraen cuando vienen los de Madrid?
- Hombre, aquí se pasa bien. Vamos de pesca, a los jabalíes, que está todo el monte invadido por esos bichos, y cuando no a echar la partida en la tabernilla de Juan, que también vive en Madrid y los fines de semana está aquí puntual para abrirla. Nos apañamos bien.
Por las afueras se ven junto a los huertos las casas subidas so­bre la roca. Bocígano tiene sus calles con nombres que evocan otras maneras de vivir, otros tiempos: del Hontarrón, del Guijarro, calle de las Nogueras.
En la taberna de Juan Palomino mis amigos se empeñan en invitarme a tomar con ellos un botellín de cerveza con chorizo de jabalí. Es la nota entrañable de siempre que martillea a la salida de algunos pueblos el corazón del viajero, endurecido ya de tanto convivir con gentes a las que, quizás, no volverá a ver nunca y que le llenan al cabo del tiempo el alma de añoranzas que jamás le será permitido volver a vivir
El sol poniente nos regala a estas alturas un reflejo más fuerte. Un reflejo limpio, lujurioso, un reflejo de primera mano. Y suena el murmullo del regato, y sopla en la misma dirección que el sol un vientecillo suave, frío, como de haberse acabado de restregar en la nieve por las cercanas laderas de Somosierra.

(N.A. Mayo, 1985)