viernes, 16 de enero de 2009

BARBATONA


Hoy las carreteras agostadas de la provincia, no sé si un poco de manera intemporal con arreglo a las fechas, nos han traído a la casualidad por tierras de la Virgen. Barbatona rezuma, desde el momento mismo en que se divisan en sus inme­diaciones las formas solemnes del santuario, un delicioso sabor mariano. Hallarás el caserío, lector amigo, encrestado a la vera del camino cuando pases, sorbiendo los soles implaca­bles del estío o los fríos glaciales de aquellas tie­rras pobres, desde Alcolea del Pinar a la Ciudad del Doncel o viceversa.
Hace un calor sofocante. En días irregulares como éste la climatología condiciona el quehacer de los hombres. Nada más llegar busco refugio instintivamente en la recoleta cantina que regala sombra y sosiego cuando se inicia la cuesta. Una buena mujer sentada en la barbacana me dice que puedo entrar, que su marido está adentro para acompañarme.
La cantina de Barbatona es un tenderete sin excesivos misterios, con todo el género del que dispone en permanente exposición, de cara al público: unas cuantas botellas al otro lado del mostrador, encendedores de colorines, cajitas de sardinas y de berberechos apiladas sobre el anaquel, frascas de cristal llenas de piruletas, cintas de magnetófono con música y una rama del árbol del paraíso para ahuyentar las moscas. El dueño está solo, apoyado de codos en el mostrador esperando que pida.
-Una cervecita fresca si tiene a mano.
-Sí, señor; todas las que quiera.
-Con motivo del santuario aquí no les faltarán clientes -le pregunto.
-Nada; poca cosa. Los cuatro días de verano que están los de las colonias y pare usted de contar. Cuando pasa el mes de septiembre nos quedamos totalmente solitarios, como una aldeo­ta derrotada.
Un chiquillo de los de la colonia entra sudoroso en el establecimiento y se compra cinco duros de caramelos. El dueño los saca de un tarro de cristal y se los sirve.
-Con esta tranquilidad y con Sigüenza a cuatro pasos, pienso que vivirán estupendamente.
-Tranquilos sí -me responde-; pero nos falta el agua.
- No es posible. Ahí donde el lavadero, tienen una fuente hermosa.
-Sí; pero en las casas no hay. Diez años llevamos ras­treando con la dichosa agua y no conseguimos que nos la trai­gan. Ya hemos entregado el dinero para las acometidas, y que si quieres. No sabemos qué mano negra andará por medio, pero así estamos.
-¿Dónde está el fallo entonces?
-En Sigüenza. El fallo está en Sigüenza. Nosotros somos barrio anexionado desde que se fundó el mundo, y los últimos que se agregaron ya la tienen puesta ¿Qué le parece?
-¿Cuántos son ustedes ahora en Barbatona?
-En tiempo normal no llegamos a veinte. Ocho o diez casas abiertas.
-¿Cómo se llama usted?
-Me llamo José, para servirle.
-Es curioso. Yo también me llamo José.
-¡Ah! -me interrumpe-; pues no será usted muy legítimo. Dicen que no hay ningún José que salga bueno.
-Digo yo que cuando la romería habrá que sacar a la gente con sacacorchos de la cantina.
-Mucho peor. Ese día nos viene una ventregá. Si hace calor, porque acuden a la sombra; y si llueve, quieren meterse aquí para no mojarse. Todos los años traigo dos chicos para que me ayuden, pero este último año no se les apañó el venir, y cerré el establecimiento. Ese día no hay manera de hacerse uno con la gente. Calcularon que habría treinta mil personas, o no sé cuantas.
He vuelto a salir de la cantina. La sombra de las acacias disipa en lo posible la fogata que baja de los cielos. Las chicharras templan sus violines estrepitosamente desde sus escondrijos entre las ramas. Barbatona, en realidad tiene una sola calle con varias travesañas que suben hasta el santuario. La calle principal comienza en la alameda, junto al lavadero, y asciende recta hasta las escalinatas por las que se entra a la ermita. En extramuros, cerca de los pinarejos que se ven por el poniente, hay un grupo de chiquillos de la colonia jugando al fútbol a pleno sol. Algunos están jugando sin camiseta; tienen la piel bronceada y brillante como el cuero de los gitanos granadinos a los que cantó el poeta García Lorca. El abuelo Lucio, don Lucio Relaño, el sacristán, acaba de asomarse al quicio de su puerta y al instante se acomoda bajo el olmo.
-A la sombra de la Virgen de la Salud. Así cualquiera.
-Y del olmo, que tampoco es mala. Se nos va a morir el dichoso olmo.
Bajo el pórtico hay media docena de niños jugando a voz en grito, discutiendo mientras mueven unas fichas de dominó que arrastran por el suelo. Los coches de los veraneantes descansan en el atrio, protegidos contra todo mal a la sombra de un castaño loco. Un hombre de edad soporta junto al encaña­do las impertinencias de un bebé que corre por allí medio desnudo.
-Es el mejor árbol que hay por todo esto. Se meten debajo cuatro o seis coches y aún sobra sitio. Las acacias dan peor sombra.
Cuando la puerta principal del templo está cerrada, se puede entrar a él por otra lateral que mira al mediodía. El silencio y el frescor conventual del santuario invitan a quedarse allí huyendo del mundo. La ermita de Barbatona es un apoteosis de fervor popular; un lugar recogido en donde se dan cita, por medio de palabras grabadas en el mármol y de objetos personales que son en el fondo una historia de grati­tud anóni­ma, los testimonios de toda una diócesis volcada en cuerpo y espíritu sobre el corazón sin mácula de la Madre. Muros embal­dosados con cientos de placas iguales, ordenadas conveniente­mente para que quepan más, en las que figura una fecha como todo texto y el nombre de una persona o las inicia­les de la familia que en su momento recibió el favor: "A la Virgen de la Salud en agradecimiento. A.B.-A.J. 16 diciembre 1926". O ésta otra más reciente: "En agradecimiento a la Virgen de la Salud por la curación de nuestro hijo. Familia Bonillo. Marzo 1984". Y exvotos variadísimos, apretados en el muro del Evan­gelio: manos de cera, mascarillas, corazones, pies, trenzas de pelo natural, aparatos ortopédicos, fotogra­fías desvaídas de solda­dos de primeros de siglo que al partir pusieron sus vidas en manos de la Señora y volvieron con bien, cuadros con dibujos centenarios y leyendas escritas que cuen­tan el milagro obrado en beneficio de tal o de cual persona enferma o herida sin esperanzas de salvación: "hallándose Marta Mondéjar gravemen­te enferma, se ofreció a Nuestra Seño­ra de la Salud y quedó libre de la enfermedad. Año de 1883".
Detrás de la verja que separa el presbiterio de las tres naves se ve, sencilla e inmensa a la vez, ocupando la horna­cina que preside el retablo mayor, la venerable imagen de la Madre de dios, a la que Guadalajara toda desde hace siglos suele acudir como tabla de salvación en los momentos cru­ciales de sus vidas cuando, nulo el poder de los hombres, se hace precisa la fuerza de la fe que arranca del Corazón de Dios, como la arrancó la mujer cananea, la omnipotente intervención de lo sobrenatural.
El templo es limpio, mimado, atrayente. Un matrimonio que viene de viaje deja su limosna, reza una oración, y sigue su camino. Los niños del pórtico no han dejado de gritar en todo el rato. Al salir al exterior la luz del día hiere la vista. Los chicos de las colonias regresan sudorosos y se van metien­do, rotos por el cansancio, en una especie de barraco­nes residenciales que quedan en la prolongación del pretil. Por la carretera suenan de vez en cuando los automóviles que circulan en ambas direcciones. Al otro lado de la carretera y de los rastrojos quedan las leves colinas de pedregal, puntea­das con los tonos oscuros de los tomillos, de las aliagas, de las sabinas y de los marojos.
El señor Lucio y el señor Néstor matan el rato bajo el campanario barroco del santuario dejando correr el día. Cuando les pregunto me hablan del tiempo que hace, vuelven a recordar la urgencia en la traída del agua con los mismos argumentos que antes lo hizo su vecino José, y de la nevada que cayó en el mes de mayo, la víspera de la romería.
-Oiga, sin exagerar nada. Cayó una nevada de a cuarta. Caían copos de grandes como mi gorra ¡Qué barbaridad! A la media hora se quedó todo limpio, como si tal cosa. si llega a caer en diciembre tenemos nieve para dos meses.
-¿Adónde suelen celebrar la misa el día de la peregrina­ción?
-Pues en un altar ahí abajo, encima de un cerrillo. Se ve muy bien. Todavía dicen que lo quieren poner más alto. Aquí, ese día, si tiran una manzana entre la gente, seguro que no cae al suelo. Es una barbaridad el personal que acude. Lo mismo pueden ser veinte mil que cuarenta mil personas. Vaya usted a saber.
Barbatona se queda ahí, solitaria el la cresta a la vera del camino, como una aldeota derrotada que diría el paciente José, el cantinero, aguardando en la noche de tres­cientos sesenta y cuatro días volver a ser noticia de nuevo, cuando apunte el calendario otro segundo domingo del mes de mayo en el que sus contadas callejuelas y sus alrededores moribundos den en convertirse, también por misterio de fe, en ríos de gentes que rezan, que cantan, que se divierten bajo el manto de la Madre Común "Stella matutina et Salus infirmorum", que relumbra como astro encendido sobre las tierras de Gua­dalajara desde aquellos campos de labrantío, a una legua, no más, de la ciudad de los obispos.

(N.A. Agosto, 1985)