domingo, 11 de enero de 2009

ATIENZA


Si uno no hubiera sido fervoroso de la Villa Realenga, a la que acostumbra visitar dos o más veces cada año desde hace veinte, hubiese sentido la necesidad de descubrirse como señal de respeto antes de poner los pies en sus calles; hubiera tenido que abrir el corazón de par en par a fin de dar paso, sin perder una, a todas las impresiones a recibir por muchas que fueren, y -esto sería lo más difícil- hubiera necesitado forzar su espíritu hasta los umbrales e la mística, para entrar en lo que es aparentemente impenetrable: el alma de Castilla.
-¿Es que no tienen en Atienza siquiera agua para beber?
-Sí, claro que tenemos. La costumbre. Yo me hice a beber aquí y no me acostumbro al agua de las casas.
La fuente mana junto a la carretera de Ayllón por un caño que termina, para llenar mejor los botijos, en el casco vacío de una botella de plástico. Por encima sella su señorial origen un escudo de piedra con la inscripción: "Filipus Secun­dus Rex" en molde gótico.
-¿Cómo llaman a esta fuente?
-Pues no sé cuál será su nombre. Nosotros le decimos el Santo.
-¿Y la ermita?
-El Santo también.
La buena señora no lo ha sabido explicar mejor. Cuando me voy a marchar, dice que lleva más de cincuenta años be­biendo el agua de allí, y que al pueblo le han quitado mucha vista con los chalés que le colocaron delante. Lo cuenta con muy pocas palabras, como si fuera un secreto, quedamente, miste­riosamente.
-¿Sabe usted como le dicen a los chalés?
-No señora, no lo sé.
-Le dicen las Malvinas.
Y el pueblo arriba. La bélica fortaleza de roca dura, sentada sobre su pedestal inamovible, navegando in aeternum por los adustos campos que pisó el Cid, salpicada de torres que son historia y de ejidos que fueron en otro tiempo barrios prósperos de la Atienza medieval, arrasados tantas veces por ejércitos sanguinarios a costa de vidas y de hacien­das de honrados castellanos, hoy se nos muestra adormilada, con su faldón blanco de nieve en las umbrías que los soles de la incipiente primavera no han sido capaces de derretir del todo.
Subimos rodeando por el saliente el cerro donde se re­cuesta la villa hasta caer en la primera plaza atencina de renombre: la de los Olmos o Plaza de España. Antes hemos tenido ocasión de contemplar restos de murallas hincados en los ribazos, y una ventana del XV a la que falta el ajímez en la Posada del Cordón.
La plaza ofrece hoy una visión paradisíaca, con la fuente que hay en el centro tomada por un bloque tremendo de nieve helada cubriendo el redondo pilón. Los hombres charlan en corrillos al sol de los soportales, con los chopos desnudos, los arcos de la cuesta y los escudos de piedra inertes, dando autenticidad a la escena como retenida por el tiempo. En lo alto, por encima de las gentes y de la propia Atienza, la torre del homenaje como remate del soberbio peñascal en cuyo entorno se mecen los grajos que moran en los agujeros del castillo.
La mañana es fría. Los efectos del hielo se notan en la plaza. La gente cruza sin detenerse por las esquinas. El reloj del ayuntamiento suena fuerte con la hora del medio día. Un automóvil conducido por señorita despide con ímpetu las partí­culas de nieve apelmazada de la calle.
Subo ahora hacia la Plaza del Trigo. Sin atravesar el arco de Arrebatacapas se siente la curiosidad de entrar a uno de aquellos bazares de cosas antiguas en los que se vende de todo, esté más o menos de acuerdo con lo genuinamente atenci­no. Cuida del establecimiento una señora joven y muy atenta que se llama Carmen.
-Una nueva modalidad de vida para Atienza, ¿no?
Sí, ya hace tiempo que se vienen vendiendo cosas de estas. Somos tres tiendas aquí dedicadas a la venta de cosas antiguas.
-¿De adónde les sirven el material?
-Procede casi todo él de los pueblos de la comarca. Mucho se lo compramos a los gitanos. Van por ahí, lo cambian por cosas que llevan ellos y luego nos lo traen.
-¿Se vende fácilmente?
-Muy bien. A los turistas les gustan mucho las cosas antiguas, sobre todo los refajos de lana gorda y los jerseys que nos hacen las mujeres de los pueblos. Los veraneantes prefieren lo nuevo.
Y a uno y otro lado del pasillo hay montones de objetos curiosísimos, y pieles, y cristalerías. Del techo pende un completo muestrario de utillaje que en su tiempo sería el gozo de nuestros abuelos: candiles, campanillas, badiles, braseros, calentadores de cama con mango, capuchinas, cazos, algún cáliz de poco valor, almireces, morteros...
-Todo usado, naturalmente.
-Sí, eso es todo viejo.
-¿Cuánto cobran por un calentador, por ejemplo?
-Los hay de varios tipos. El precio oscila entre las dos mil y las nueve mil pesetas.
Ahora es Juan Asenjo quien me acompaña. Es una suerte encontrar en Atienza a Juanito, persona estupenda y gran amigo, cuando se acude sin otra intención que la de conocer cosas de Atienza.
Ante la extraña visión de la Plaza del Trigo, Juan Asenjo me recuerda que la villa tuvo hace siglos más de diez mil habitantes, y quince iglesias abiertas al culto. Hoy, con un Atienza de seiscientas almas, solamente la de San Juan funcio­na como parroquia. Me gusta entrar en la iglesia de San Juan, y más desde que don Agustín, el párroco, tuvo la idea feliz de subir a ella la imagen del Cristo del Perdón para que el público, el propio y el extraño, pueda mirarlo y admirarlo siempre que lo desee. Son para mi uso estas imágenes de Luís Salvador Carmona el cenit de la imaginería religiosa de todo el barroco español, y Atienza cuenta con una de las mejores muestras.
-Antes estaba en el Hospital de Santa Ana. Mucha gente no sabe apreciar el valor que tiene.
Con la imagen orante del Cristo del Perdón en la memoria, de rodillas sobre una bola del mundo, y el recuerdo de los otros dos Cristos famosos que en esta ocasión nos quedaremos sin ver, y que son el de los Cuatro Clavos en la Trinidad, y el de Atienza en San Bartolomé, salimos otra vez al tibio sol mañanero de la Plaza del Trigo. Hay un montón de nieve recogi­da en mitad. Al frente las casas señoriales sobre columnas, cuyos aleros de talla tantas veces llamaron nuestra atención y hoy volvemos a contem­plar de nuevo. Para Juan Asenjo es la más bonita de las plazas de Atienza.
-Sin duda. Yo vivo en la de abajo, pero tengo que recono­cer que ésta es la verdadera plaza de la villa.
Hemos entrado después, huyendo del frío, en el estableci­miento que aquí llaman "El Mesón". Queda en un rincón de la Plaza del Trigo, como escondido tras el ábside de la iglesia de San Juan. Es un salón pequeño, ambientado al gusto caste­lla­no, donde se está muy bien. Sirve un muchacho joven que nos ha dicho que la clientela disminuye en invierno.
-¿Cuántos restaurantes hay en Atienza?
-Pues ahora mismo hay cuatro. Dos con habitaciones para dormir y otros dos sólo para cosa de comidas.
Cuando se anda por las calles empinadas de la villa, que siempre van o vienen a parar a cualquiera de los lugares céntricos, uno se suele encontrar a menudo con grupos de turistas, cámara en ristre, que miran a los sitios sin com­prender nada. Por estas calles sentaron sus plantas a buen seguro personalidades de la talla del rey Alfonso VIII, libe­rado bravamente como se sabe cuando era niño por arrieros atencinos, y Felipe V después, a quien la villa dotó de hom­bres y de dineros para seguir adelante con la llamada Guerra de Sucesión, y El Empecinado, y don Benito Pérez Galdós, que muy pocos son los que saben que pasó en Atienza una larga temporada para ambientarse antes de escribir su obra "Nar­váez", cuya acción transcurre aquí en una buena parte.
-¿De qué se vive ahora?-pregunto a Juan.
-Un poco de todo. Del campo y de la ganadería viven varias familias, pero no es ese el sector mayor. También del comercio encaminado al turismo, y de la industria hay algunas familias que también viven. La construcción ha dado mucho trabajo, y la cosa de bollería también bastante. Aquí, afortu­nadamente, no hay problemas de paro. Si en un momento determi­nado buscas mano de obra, lo normal es que no la encuentres.
Vamos ahora por la plazuela de Mecenas, más en la parte baja. Junto a nosotros el arco residual que dicen de la Vir­gen.
-En esta plaza se celebraba antiguamente el mercado de cerdos. Los sábados venía la gente de los pueblos con sus animales; unas veces los vendían y otras no.
-¿Llegaste a conocerlo?
-Sí; me acuerdo perfectamente. Venían los de La Bodera y les preguntaban: ¿Habéis vendido el cerdo?, y ellos contesta­ban: "No, pero así venemos a verus". Era el habla de muchos pueblecillos de la sierra. Todo aquello ya se ha perdido.
Hemos acudido a la plaza de Mecenas para ver la industria cárnica que, desde hace casi diez años, viene funcionando en Atienza a la vez que se abre mercados con el convincente argumento de la buena calidad.
Antes de haber visto la carnicería de los hermanos Arias, uno pensó que vendría a ser poco más que una industria fami­liar, de abultado volumen pero sin demasiadas pretensiones. Luego me he dado cuenta de que no es así. Son varias las máquinas que se ocupan de la elaboración e higiene de todo aquello, y doce personas a pie de obra cada día. Felix, uno de los promotores de cuanto aquí hay, me lo va contando mientras pasamos de una a otra dependencia viendo con asombro lo que queda expuesto.
-Se vienen sacrificando aproximadamente entre los ciento cincuenta y los doscientos cerdos cada semana. Estas habita­ciones son los secaderos.
Las diferentes dependencias de la planta aparecen con los techos repletos de embutidos, que se van secando por el siste­ma tradicional: braseros de carbón encendidos.
-¿Cuantos chorizos, más o menos, tenéis hoy en los seca­deros?
-Lo de un día de matanza. Un os dos mil kilos.
Ahora pasamos a las habitaciones frigoríficas repletas de jamones tiernos aún, otros en salazón, y otros muchos, miles quizás, curados y dispuestos para la venta.
- La cura de los jamones será lo más entretenido, supon­go.
-Sí; entre unas cosas y otras el proceso de curación anda con el año. Si se le acorta el tiempo, el jamón no puede estar curado como es debido.
-¿Tenéis problemas de acoplamiento en el mercado?
-No, problemas no hay. Algunas temporadas del año no podemos con la demanda. Ahora, en primavera, se nota que baja bastante.
-¿Quienes suelen ser vuestros principales clientes?
-Se vende en muchos sitios; pero donde más en Guadalaja­ra, Madrid, Alcalá de Henares y Calatayud.
Y se nos ha quedado atrás la Atienza monumental y artís­tica, su historia y sus tradiciones, singulares algunas como la ocho veces centenaria "Caballada", honra y orgullo de esta villa; pero, ciertamente, nuestro espacio es limitado y se orienta cada semana en especial al hombre. No obstante, y ante el cúmulo de tinta impresa en torno a esos temas concretos, remitimos al lector a la obra y trabajos de investigación del doctor Layna Serrano, su historiador por excelencia, con la seguridad de que hallarán en ellos motivo suficiente para admirar aún más, mucho más, a esta Atienza cautivadora, sufri­da, anhelada por guerreros y poderosos de todos los siglos, gala y archivo de acciones honrosas protagonizadas por sus gentes a quienes la Historia muy poco les ha sabido recono­cer.
(N.A. Abril, 1984)