jueves, 8 de enero de 2009

ARMUÑA DE TAJUÑA


Las pardas viviendas de Armuña, mandadas por la torre sobre una leve pendiente del otero, se dejan ver sólo un instante al cruzar sobre el puente del Tajuña por la carretera de los pantanos. Un kilómetro de ramal, poco más, de ramal bacheado y al punto uno se encuentra de hecho en la Plaza Mayor. Armuña es un pueblo pequeño, extraordinariamente tran­quilo, al que las cosas del azar, vaya usted a saber si para bien o para mal, han llamado a la popularidad y al renombre para un tiempo futuro. En este momento no hay ni un alma en la plaza. Tan sólo el canto de los gorriones se escucha en los aleros de los tejados. La plaza queda delimitada por un trape­cio informe de viviendas nuevas y de otras que no lo son tanto, que van recorriendo los pelados tentáculos de una parra. En el rincón de una casa en obras hay una mesa de futbolín abandonada, sin niños a su alrededor que griten, que hagan chocar estrepitosamente las bolas del juego entre los hierros y las paredes laterales de madera seca. La fuente de piedra de la plaza sube en unas barras oscuras que luego se abrirán en dos farolas destartaladas, sin luz. La fuente no mana de continuo; cuando se le pulsa el grifo lo hace con un chorro abundante, retorcido, de agua fría que se derrama sobre la pila de piedra. Dos lápidas de mármol, colocadas una a cada lado del mínimo frontal de sillería, llevan escrita para el recuerdo desde hace más de medio siglo, la siguiente leyenda: "Esta fuente, cuyas aguas proceden del manantial llamado Paco­lín, se inauguró en 8 de octubre de 1927, siendo alcalde D.Manuel Gayoso Sánchez. Constructor Salas."
En la puerta de Teléfonos hay dos mujeres ocupadas en interesante conversación. La de Teléfonos es una calle distin­guida, la mejor para mí que vi en Armuña.
-Buenos días, señoras ¿Es ésta la calle Mayor?
-No, no es ésta. La calle Mayor está ahí al lado. Es la que va a parar a la plaza.
-Poca gente, ¿verdad?
-Sí. Tenemos mucha tranquilidad. Desde luego que hay más gente de la que se ve. Será que no han salido, o que están por allá abajo que hay obras. De todas formas, este pueblo para relajar los nervios aún vale.
Algunas de las calles acusan la difícil distribución del terreno que les sirve de asiento. Son frecuentes las subidas bruscas, las bajadas en pendiente hasta las tierras de las Aguas o de los barrios bajos próximos al río. Armuña, aparte de otras segundas causas que lo hayan podido motivar, está sufriendo como pueblo una transformación profunda, un conside­rable rejuveneci­miento general, más acusado en las laderas que miran al río. Casas de temporada con ingeniosas escalinatas, cuevas abiertas en el ribazo, jardines, artística decoración al aire libre plagada de detalles... Desde el altillo del transformador, que los del pueblo llaman calle de la Reina, se alcanzan a ver a tiro de piedra las aguas del río, aguas mansas y verdes del Tajuña que descienden en litúrgico silen­cio lamiendo los troncos desnudos de la chopera, empapando los yerbazales que bordean su cauce. Más allá, las tierras llanas de la Rinconada, lo mejor de la vega; los lomos ásperos de la Alcarria perdidos a lo lejos, y, en lontananza, asomán­dose a hurtadillas sobre el valle, una vista parcial, remota, de la torre y de las casas de Horche. No muy lejos, también a la vista desde nuestro mirador, aguas arriba, las primeras exca­vaciones de lo que será en su día la estación terrena de comunicación vía satélite más importante de España. Armuña recibió con recelo en su momento la noticia de las instalacio­nes por parte de la Compañía Telefónica, pero la gente, hoy cuenta con júbilo el hecho a los forasteros, e intenta ver en aquel desmonte de tierras próximas al río, la solución a sus problemas que en buena parte, efectivamente, pudiera estar allí.
Donde sí que hay público a estas horas de la mañana es en el antiguo camino de las Aguas, a la caída de Armuña. Una máquina excavadora está ensanchando el paso a pie para llegar al puente, mordiendo paladas de tierra del ribazo y volvién­dolas a depositar sobre los hoyos, en una labor rápida y eficaz de ensanchamiento. La operación la contempla el señor Ceferino desde la bajada de la Iglesia. Él, que en su oficio de caminero pasó medio siglo rozando pacientemente con el azadón plano las cunetas, quitando de aquí y dejando allá el esportillo de tierra que por la noche la lluvia volvería a desbaratar, convirtiendo toda su labor y su esfuerzo en tiempo perdido.
-Así es, sí señor. Yo llevo en Armuña sesenta años, pero soy de Hueva. Eso que están haciendo era muy necesario, ya lo creo. Ahí se armaban unos barrizales que no se podía entrar, y es uno de los caminos que más se transitan del pueblo.
-Y correrá a cargo de la Compañía Telefónica, supongo.
-Qué va. Eso es cosa del Ayuntamiento. Aquí la Telefónica no tiene nada que ver. Mire, aquel que hay allí donde la máquina es el alcalde.
El alcalde de Armuña es un hombre joven, bajito más bien, de fuerte contextura y amable condición. Alejandro Torralvo, que así se llama, tiene las ideas claras de la realidad de su pueblo, y prevé, con sentido común, lo que podrá ser algún día el pueblo si las cosas le vienen derechas.
-Pues hombre, qué quiere que le diga. En el pueblo tene­mos mucha ilusión con la cosa de la central. No sabemos lo que nos podrá acarrear de beneficio, pero lo que nos pueda acarre­ar tampoco será mucho. Son aparatos que no producen ningún tipo de contaminación, ni humos, ni ruidos, ni nada. Y si algún día pueden emplear a gente del pueblo, creo que todo serán ganancias.
-Y la cosa, por lo que se ve, va en serio.
-Sí, claro, ya está viendo las obras. Ahí van a meter cerca de tres mil millones de pesetas. Dicen que va a ser una de las más importantes de Europa, más aún que la de Buitrago, y se llamará "Estación Terrena de Armuña de Tajuña", que, por lo menos, al pueblo le va a dar un nombre por todas partes. Puede traer también algún inconveniente, quién sabe; pero pensamos que puede ser mínimo si lo trae y, desde luego, mucho menor que las ventajas.
En el río, a cuyas márgenes nos hallamos reunidos en amigable corrillo, los aficionados del pueblo suelen sacar pesca de la mejor clase. El señor Ceferino saca de la cartera un par de fotos luciendo hermosos ejemplares conseguidos por él mismo. Abunda en estas aguas el barbo y las especies flu­viales más características de la zona.
-Y truchas también. Del puente para arriba se sacan buenas truchas. Esa que ve en la fotografía era de kilo y medio. Y si hablamos de cangrejos antes de la epidemia, qué vamos a decir. Aquello era venir y llenar.
El ascenso hasta el pueblo se hace ahora por una costani­lla distinta a la que bajé, y que me deja en el arco de entra­da al atrio de la iglesia que apoya su artístico portalejo sobre seis columnas sencillas de piedra labrada. La puerta de la iglesia está cerrada. Desde el cobertizo se domina un panorama arisco a media distancia, de colinas marañosas, de tierras infecundas separadas del pueblo por los primeros llanos de la vega. Muro por medio con este romántico rincón de la solana, queda ante la mirada del viajero la paz del campo­santo. Pienso que en muy pocos lugares como en Armuña los hombres viven tan cerca de la muerte. Dos hileras de tumbas guardan bajo el frío de sus losas los restos de quienes prece­dieron en la vida a estos buenos hombres y mujeres que hoy he tenido ocasión de conocer. Apoyado de brazos en las piedras del muro, me uno al silencio del pequeño cemente­rio mientras voy leyendo algunos de los breves epitafios que recuerdan a quienes allí yacen, único manifiesto que perpetúa su memoria entre los que quedamos. Me doy cuenta de que el apellido Sánchez es común al vecindario, y que la gente de Armuña -vaya en su honra- es atenta y detallista con quienes, carne de su carne, un mal día hubieron de dejar para siempre.
Al salir de la plaza hay unas ancianas preparando el braserillo de leña seca. Del bar cercano salen los sonidos desacordes de una máquina tragaperras, y el pueblo se convier­te a estas horas en receptorio de los incondicionales del fin de semana. Es sábado.

(N.A. Marzo, 1983)