jueves, 22 de enero de 2009

BUJALARO


A mitad de mañana, en uno cualquiera de los días anónimos que completan el calendario, Bujalaro, inmerso todo él en la sutil quietud del otoño, se ofrece ante los ojos como un lugar apacible, como un recóndito y fugaz descansillo cargado de bienestar. En la plaza de la fuente, que la carretera divide en dos a poco de entrar en el pueblo, sólo se escucha el ladrido lejano de algún caniche espantando su sole­dad en las callejas de extramuros, el rumor incesante de los chorros de fecundo manar y el canto entremezclado de los pájaros que se ocul­tan en la fronda otoñal y decadente de su olma centenaria. De tarde en tarde, resuena en el silencio de la plaza el estampido de algún mor­tero de carburo, que los hombres del campo acostumbran a emplear como espantapájaros para la guarda de sus viñas.
La parte noble de la plaza de Bujalaro la ocupa su fuente pública, en la que los caños surgen por ambas caras de un muro escalonado y se consuma en lo más alto con la figura superpuesta de un antiquísimo león de piedra, al que los años y los siglos se encargaron de desfigurar en sus más elementales rasgos. Por encima de la fuente, los árboles le tienden su ramaje como dosel.
-Oiga: ¿cuál de los hijos del tío Domingo Pérez es usted?
-No; no, señora. No soy hijo del tío Domingo Pérez. Yo no soy de aquí.
- ¡Anda! Pues me había parecido que era usted el que estaba en Canarias.
Encontré a doña Eusebia González barriendo la puerta de su casa en la calle de la Iglesia. Doña Eusebia es una anciana sencilla­mente encantadora; una mujer de simpatía innata con la que por mi parte hubiera pasado muy a gusto media mañana de conversación.
- ¿Qué le parece el pueblo?
-Bonito. He visto muy poco, pero me parece un pueblo hermoso. -Eso dice todo el que viene. ¡No ve que han arreglado todas las casas! Vaya usted a ver la iglesia.
-No faltaría más. Si usted lo dice... ¿Dónde vive el señor cura?
-Pues mire usted, no vive aquí; viene de Mandayona. Vaya a pedir la llave y la ve.
- ¿Tiene usted familia?
-Sí, señor. Lo que pasa es que los hijos los tengo en Alcalá y en Madrid, pero ellos tienen aquí su casa y vienen mucho.
Al dar la vuelta por las calles que circundan la iglesia de Bujalaro se cae de nuevo en la plaza, debajo de la olma cuyas sombras y volú­menes inundan y enriquecen el espacio al otro lado de la carretera. El sol de la mañana choca de plano sobre la pared de mampostería y sobre la puerta en arco de la ermita de San Pedro. Cruza, ensorde­cedor, con dirección norte, un avión a punto de rascar su vientre gris con las rocas del pequeño altozano que, sin haber tenido, que se sepa, fortaleza alguna montada sobre su lomo, en el pueblo conocen por El Castillo.
Tere Butrón, una jovencita estudiante de Medicina que vive a la entrada del pueblo, me acompañó hasta la casa de doña Teodora Mo­reno, muy cerca de allí. Tere deja entrever en su conversación todo el porte de una muchacha sencilla y educada, que se identifica plenamente con su pueblo, a pesar de no vivir en él por razones de estudios.
-Aquí queda ya poca gente. En invierno estarán menos de doscien­tos. Cuando llega el verano, entre estudiantes y muchos hijos del pue­blo que vienen a pasar sus vacaciones, entonces somos muchos más.
-¿Qué tal se vive en Bujalaro?
-De comodidades, no está bien, en el sentido de no tener a mano establecimientos de importancia y algunas cosas que siempre se hacen imprescindibles. Ahora, en las casas, la gente tiene de todo.
La llave de la iglesia suele estar siempre en casa de doña Teodora, que, dejando para más tarde las urgencias domésticas, vino conmigo muy gustosa para que pudiera ver el templo con tranquilidad. La por­tada de la iglesia de Bujalaro queda a la sombra de unos árboles des­pués de haber pasado la verja que cierra el recinto. Es una preciosa pieza de arte plateresco, construida, según reza, el año 1540, en honor y honra de Santa María "Reina de los Cielos y Señora de los Ángeles".
Preside todo el complejo artístico una imagen de la Virgen en piedra roída por las aguas, los hielos y los vientos de más de cuatro siglos. En su interior es una iglesia, no demasiado grande, que muestra al vi­sitante la perfecta conservación de su artesonado mudéjar y un retablo corto en tamaño y largo en contorsiones y motivos barrocos muy propio del arte español del dieciocho. En el presbiterio, un altar de cara al público con las sabanillas alzadas y recogidas sobre el ara.
-Pues mire: lo ponemos así porque entra un gatillo y se pone a jugar con los flecos hasta que los rompe. No es que esté bien esto, pero así ya no se puede subir.
Muy cerca de la iglesia, carretera arriba, hay un jardín a manera de plazoleta, donde crecen las plantas ornamentales y el sauce llorón. Tiene el suelo de piedra labrada, a la que, con el mejor criterio, le quisieron respetar sus accidentes naturales. En la pared del fondo, un bajorrelieve esculpido con un busto y la inscripción: "A don Carlos Martín Álvarez. Bujalaro". Se hizo el jardinillo por prestación personal del vecindario en 1975, y es un homenaje permanente al padre del ex­ministro Martín Artajo, cuya familia, parece ser, está vinculada al pue­blo desde hace tiempo.
A Juanjo Butrón, hermano de Tere, lo encontré por casualidad una hora antes de marcharse al trabajo. Es un muchacho que conoce como pocos la vida de su pueblo y fue para mí, ciertamente, un hallazgo que nunca me cansaré de agradecer. Saludé a Juanjo a la sombra de un olmo que haya la puerta de su casa.
-Este olmo, dice mi abuelo, es media vida.
Se oyen mujeres hablar en el lavadero próximo. Por el camino de la Guadina sopla el aire fresco que llega de la sierra y, al lado mismo, las primeras huertas del Vadillo que sus propietarios suelen regar con aguas sobrantes.
-¿No afectará el agua del lavadero a las hortalizas?
-Claro que afecta. Estas huertas de arriba, sanitariamente dejan mucho que desear. La gente las va abandonando por su cuenta, sin que nadie les diga nada.
En las huertas del Samoral, a orillas del Henares, uno tiene que admirar sin condiciones la capacidad y el buen hacer de las gentes del pueblo. Más de diez hectáreas de terreno van siguiendo el curso del río, en las que se puede cultivar, con seguridad de éxito, siempre que las heladas de mayo lo permitan, toda clase de hortalizas. Campos per­fectamente delimitados en tablares y eras por donde corre el agua su­ficiente hasta calar a fondo las raíces de la última planta.
-Hay gente que trabaja la huerta muy bien. Como cada familia tiene la suya, es una labor que todo el mundo conoce.
-¿Contribuye la huerta a la economía del pueblo?
-Sí; por supuesto. La gente gasta durante el año productos de su huerta; nunca para vender. Son huertas que vienen muy bien al pue­blo, pero que solamente alcanzan al autoconsumo.
-¿De qué se vive en Bujalaro?
-Bueno; aquí hay diecisiete personas que diariamente se desplazan a trabajar a Jadraque o a Matillas; trece agricultores; cinco ganaderos, con poco más de mil cabezas entre todos. Aparte de eso, la jubilación y las huertas.
De regreso, se ven al fondo, como alineados, uno tras otro, los ce­rros del Frontón, las Casqueras y el Pico Francés, primeras manifes­taciones orográficas de la Alcarria Alta, ya en aquel término municipal. En el bar de Andrés no hay apenas clientes a esa hora de la ma­ñana. Allí supe que el pueblo necesita una revisión seria del alumbrado público a causa de las nuevas edificaciones, que la concentración par­celaria se extienda a terrenos de huerta y arbolado, y un puente sobre el Henares a la altura del ferrocarril, entre otras cosas.
En los barecillos escondidos y familiares de los pueblos a uno le encanta escuchar viejas historias, que a veces se oyen en labios de sus propios protagonistas. Entre Bujalaro y su vecino Jirueque nunca fal­taron hazañas y curiosos episodios que contar.
-Pues mire usted: cuando el Telesforo, de Jirueque, se casó con la Eufemia, que era de aquí, los mozos se llevaron el badajo de las campanas para fastidiarles la ceremonia; luego decían que tuvieron que tocar con una manta. Otra vez vino uno de Jirueque dándoselas de que se habían llevado la mejor madera del pueblo regalada por un propie­tario de aquí; fueron los mozos una noche, se trajeron la madera y les quitaron hasta el mayo.
y así las historias se suceden sin interrupción, sacando a la luz el carácter indomable y simpático de toda una raza.
-Una noche del día de los Santos, hace ya muchos años, salieron los mozos del pueblo en procesión, disfrazados con sábanas y una vela encendida dentro de una calabaza con agujeros puesta sobre la cabeza. Iban derechos al huerto del Chocolatero, porque el guarda presumía de que a él nadie le quitaba las peras. Los mozos, con aquella indumen­taria, mientras las campanas de la torre tocaban a clamor, iban can­tando:

Antes, que éramos vivos
íbamos por los caminos;
ahora, que somos muertos
vamos por los huertos.

Cualquiera se puede imaginar el paso que cogió el guarda por las huer­tas arriba hasta que se metió en su casa. Al día siguiente no había peras.
Esto es Bujalaro para quien tan sólo estuvo en él unas horas. Pueblo alegre, trabajador, habitado por buenas gentes, del que me traje un agradable recuerdo, algunos amigos más y una docena de tomates con que me obsequiaron metidos en una bolsa.

(N.A. Noviembre, 1980)