jueves, 1 de enero de 2009

ANGUITA



Por razones climatológicas me hube de salir en esta ocasión de la norma habitual y llegué a Anguita por la tarde. La experiencia espero que se repetirá en cuantas ocasiones me sea posible, pues es cierto que si con los primeros latidos del día cada pueblo pone ante los ojos del visitante su aspecto vital, que paulatinamente se va disipando a medida que el sol de la mañana toma lugar sobre su techo, la pureza de su ambiente, la transparencia, su color genuino y hasta su propio olor, suelen aparecer durante las pocas horas que preceden al crepúsculo.
La plaza del ayuntamiento es una de las primeras sorpresas conque Anguita regala al visitante que cae por allí para ver y para preguntar, si llega el caso. Es una plaza original con sólo tres caras, que se inicia pasadas unas escaleras de acceso y se alarga después calle arriba camino de los barrios altos.
Antes de subir a la plaza, los hombres matan la tarde en el bar dándole al naipe y fumando despreocupadamente. Otros, que ya ganaron, ya perdieron o no quisieron jugar, toman café en la barra y miran al que llega nuevo con ojos de confianza.
- Buenas tardes, amigo.
- Hola. Buenas tardes.
- ¿Qué va usted a tomar?
Era don Cristóbal Samper, el alcalde, que me debió reconocer a primera vista y me presentó al secretario.
Nos pareció oportuna la sugerencia de don José Huarte y subimos a la Secretaría, donde nos fue posible hablar libres de todo bullicio. El ayuntamiento de Anguita es, al parecer, el edificio más antiguo del pueblo. Un caserón centenario que rezuma señorío en su arco de entrada, en sus artesonados y en sus viejas columnatas con capiteles de madera tallada.
- A este pueblo yo he oído que le llamaban antes Cuevas de Lonzaga, y como usted verá es muy antiguo.
- ¿Cuántos habitantes quedan?
- Bueno, entre todos los pueblos incorporados son 605 personas, pero a Anguita le corresponden 358 exactamente.
- ¿Qué otros pueblos son los incorporados a éste?
- Pues mire, son: Aguilar, Santa María del Espino, Padilla del Ducado y Villarejo de Medina. Los hay hasta de treinta habitantes.
- ¿Y el principal medio de vida?
- La agricultura. Aquí se vive del cereal y se siembran hasta las 200 hectáreas de regadío que tiene el término. Ganadería, muy poca; yo creo que no pasará de 2.000 ovejas y 200 cabras. Aparte, tenemos 700 hectáreas de pinar y otras 400 que se están repoblando ahora.
- ¿Tienen problemas económicos?
- No. El pueblo no tiene problemas económicos serios. Tenemos un buen presupuesto y, en este sentido, estamos mejor que otros pueblos.
- ¿Qué le preocupa a usted como alcalde?
- Me preocupa lo primero que tenemos a la vista, que es modernizar el alumbrado público y el pavimento de algunas calles que faltan. Yo creo que todo puede estar hecho dentro de un año o poco más.
A escasa distancia de Anguita está el campamento juvenil donde en breve se piensa invertir cerca de veinte millones de pesetas. El campamento provincial es una magnífica instalación con agua corriente y fluido eléctrico propio, donde cada año cientos de muchachos pasan temporadas de trabajo y de recreo al aire libre.
- Si quiere, podemos dar una vuelta por el pueblo.
Por supuesto que me pareció bien la invitación del señor Huarte. Minutos después estábamos en el atrio de la ermita que hoy sirve al pueblo como templo parroquial en la parte alta, contemplando el insólito panorama que a estas horas de la tarde presenta la vega del Tajuña con Aguilar al fondo, a la vez que deja la alargada silueta de su sombra sobre los campos de trigo. Desde allí toman vida aquellos versos del Poema:

Troçen las Alcarrias e ivan adelant
Por las Cuevas d´Anguita ellos passando van.

- Por allí, cerca de Aguilar, está la ermita de la Virgen del Robusto, donde antes, cuando había más jóvenes, se hacía una romería a la que venía gente de más de veinte pueblos, incluso de Aragón.
- ¿Cuándo celebran la fiesta?
- La Virgen de la Lastra es el primer domingo de octubre, y es la fiesta patronal de Anguita; pero ahora, los veraneantes han organizado otra el primer domingo de agosto. Así que tenemos dos.
A don Cristóbal Samper hubo un momento en que se le llegaron a resistir las calles empinadas del pueblo bajo su mando. Unas calles perfectamente pavimentadas en su mayoría y con rincones bellísimos por cualquier parte. Charlando con el secretario llegamos hasta la Hoz, el gran descubrimiento.
- Por aquí dicen que acampó el cid cuando iba para el destierro. Mire: esa iglesia que hay al otro lado del arroyo es la parroquia, que está esperando hundirse cualquier día por abandono.
Soplaba fresco el vientecillo por la carretera de Maranchón. Unas encima y otras debajo las casas juegan entre las rocas de la hoz teñidas de irisaciones por el último sol de la tarde. En lo más alto, algunos robles hacen equilibrios clavando su raíz entre las peñas.
- Aquí el vecindario suele estar contento. No existen prácticamente los impuestos municipales, y eso ya sabe usted que siempre viene bien; pero, a pesar de todo, la juventud se va.
De regreso al pueblo, nos esperaba el alcalde cerca del puente del arroyo. En una esquina que da a la plaza hay un balcón con escudo y la inscripción "1600", partido en su mitad como a corte de cuchillo. La casa tiene todo el aspecto de una dama venerable sumida en el olvido, a la que no le quedan fuerzas ni aun para el lamento.
- Yo siempre he oído que aquí durmió una reina, ¿sabe?
- Es posible. ¿Y qué reina fue?
- eso no lo sé. Siempre se ha dicho así. Esta es la casa más vieja del pueblo, después del ayuntamiento.
La casa de la señora Cesárea es hoy un pequeño bar, que tuvo el techo artesonado hasta que un mal día se les ocurrió dar de yeso y cielo raso.
- Ya lo sé que hicimos mal, pero ya ve usted.
En el salón de sesiones del ayuntamiento, y bajo la dirección de don Antonio, el sacerdote, un grupo de jóvenes ensayaban teatro. Era una obra sobre la Pasión que esperan representar en Semana Santa; después, si la cosa se arregla, reponer en la capital para público de la tercera edad en función desinteresada.
La verdad es que aquella tarde no sentí prisa alguna para marchar, aunque la distancia y la hora se encargaron de hacerlo. Anguita es un pueblo hermoso con color y sabor propios, donde uno se encuentra a gusto. Un poco escondido, eso sí, pero en su aislamiento está, probablemente, la clave de su misterio y de su belleza abundante. Una pincelada justa dentro del marco variopin­to del paisaje total de la provincia.
(N.A. Abril, 1980)